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Un flujo de humo roto
por Federico Estigarrivia

A Mariana Garrote,
una amiga que fuma


La mirada de vigilia, como los recuerdos, como la mujer que está al lado o la que ya se fue, como uno mismo cuando se despierta a la madrugada, o después de una noche en la que se soñó algo que apenas se recuerda, son ese círculo imperfecto que se hace con el humo del cigarrillo, y los sueños, a pesar de hacerlo notar con curioso realismo, ayudan a soportarlo.


Lanzaba las bocanadas buscando el círculo perfecto, desde siempre. Más, se dice que empezó a fumar con ese propósito (esto no es exacto), que con los años adquirió una destreza tal que podía hacer girar los círculos en el aire torciendo la boca de golpe en el instante justo de la ejecución, y que había llegado al punto de no fallar jamás. Que no fumó antes de Irene y tampoco después, se dice también. Y si se dicen cosas es porque él la amaba cuando caminaban por la avenida costera, ella recién bañada y fresca, era difícil verla así durante el año ajetreado por responsabilidades que en el fondo eran ambiciones. La miraba caminando y se diluía en deseos de abrazarla que ella rechazaba con humores de cada vez, diciendo lo mismo: Cuando se camina, se camina. Fue desconfiando de esos deseos al saberlos de antemano fracasados, inoportunos y sin tope: de humo. Lo cierto es que había aprendido a deleitarse con las vicisitudes del humo, y entonces seguía con la Irene distante de hombros y pies sublimes.
Dicen que el día aquel que ella partió furiosa de la casa, golpeando la puerta e insultando, dejó olvidados los cigarrillos en la mesada de la cocina, y era mucho que los olvidara porque nunca pasaba, y entonces él, en lugar de buscarla y convencerla, apagó las luces de la habitación sin uso, tomó uno y lo encendió y disfrutó de la pequeña luz naranja de las cenizas por venir. Siguió fumando desde entonces hasta el sueño del día que relato, en el que descubrió durmiendo que el círculo de humo no era perfecto, que tenía una hendidura en la parte superior por donde comenzaba a deshacerse, abriéndose allí antes de desaparecer sinuoso a lo lejos, pequeño error que la vigilia permitía pero no el inapelable mensaje que representaba el sueño. No se reconocía en absoluto supersticioso con los sueños al punto de sostener que uno sueña cualquier cosa, pero si uno sueña cualquier cosa no entendía por qué había soñado que el círculo de humo que tanto había ensayado no era perfecto y que además esa imperfección, ahora debía ser honesto, coincidía con la realidad. Se despertó sobresaltado y ni siquiera los sufrimientos que se inventan lograron distraerlo de semejante denuncia. Había pensado una sola vez en el hecho; lo adjudicó en su momento a una separación excesiva de sus dientes delanteros derechos, pero descartó todo porque los otros no lo notaban y, en el fondo, disimulando, él tampoco.
Sabía sin embargo que un instante puede programar años, ya que una noche en el jardín frondoso de la casa de Irene tuvo la intuición de una novela que le llevó dos años de trabajo y que no abandonó sostenido en aquel instante que acompañó fumando y pensando cómo ella no sabía que él venía de ver a Dolores: por primera vez en tantos años estaba con otra y ella no lo notaba, nada cambiaba entre ellos y para él todo era distinto, el jardín ya no lo protegía del rechazo y de la vida en común más o menos decente y de terceros que no tenían lugar en ese deseo ferviente que lo unía a esa mujer a la que sin embargo no accedía del todo. Dejó de frecuentar a Dolores cuando su deseo por ella creció hasta igualar al que sentía por Irene y una tarde de domingo con pileta miró a su mujer y quiso estar allá, en el departamento compartido donde había conocido a alguien de importancia; fue demasiado y era lógico: no había soñado todavía el sueño.
Tampoco había soñado cuando alquiló la oficina justo en frente a la casa donde vivían, un poco a la derecha; a la derecha un poco era también donde se abría el círculo en el sueño y en la realidad, y entonces descubrió que tanto Dolores como la oficina eran esa hendidura en su vida, y cuando abandonó sus estudios a punto de recibirse al aparecer las primeras incertidumbres sobre el futuro, y si bien toda su historia bien podía pensarse como una hendidura, ese recurso retórico se convertía en verdadero por un solo detalle común a todo: un matiz doloroso que nunca lo abandonó en cada paso, un sentimiento de salirse de algo que paradójicamente no albergaba y no hacía feliz. Pero la hendidura no es el círculo y menos el fumador, y no es tampoco los otros que celebran el virtuosismo.
Aunque menos seguía deseando a Irene, a pesar que había aumentado unos kilos en los últimos años y que se veía incómoda y a veces aturdida o aburrida. Desde el balcón de la oficina fumaba y hacía los círculos de humo de modo que la puerta gris de la casa quedaba en perspectiva dentro de ellos, una diversión que no abandonaba mientras pensaba ese día que hacía diez años que él ya no vivía allí y que Irene compartía la casa con otro hombre, aunque jamás los vio llegar o salir juntos; y supo que por primera vez sentía la oficina su hogar. Dicen que esa mañana, la del sueño, en la última bocanada del último cigarrillo sintió miedo o vértigo, no por la imperfección ahora desnuda del círculo sino por la posibilidad de verlo cerrado y entero a pesar de saber que no lo estaba. El humo fue progresando más lento que nunca y pudo ver la hendidura con claridad, y sintió una alegría triste que fue media sonrisa solitaria. Estaba bien que el círculo no fuera perfecto, podía aceptarlo ahora gracias al sueño, pero aun así...

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