Una vez que logró sacudirse de encima la desconcertante sensación de ser la persona de mayor edad entre las diez mil presentes, Daniel pudo dedicarse a disfrutar de la experiencia. Las dos baterías armadas sobre el escenario refulgiendo contra los últimos rayos de la tarde predispusieron favorablemente su estado de ánimo. Por un rato, se entretuvo con la charla que mantenían una mujer, apenas menor que él, y dos adolescentes, un varón y una chica, sentados en la fila de adelante. El chico parecía el más exaltado. Se paraba y se cubría el rostro con las manos, se sentaba, se alisaba el pelo hacia atrás, volvía a pararse:
—¿Te das cuenta (Daniel no pudo captar el nombre que había empleado para llamar a la mujer), tantas noches que pasamos escuchándolos en casa y ahora están acá —dijo, y de inmediato se dio media vuelta, estrujó a la chica en un abrazo y la zamarreó como para hacerla reaccionar—. Acá —remarcó—, ¡En Montevideo! ¿Te das cuenta, loca?
El apelativo estaba dirigido a la chica que, no obstante, continuaba en una especie de embelesamiento y la única muestra que dio de haber comprendido lo que le estaban diciendo fue el esbozo de sonrisa que hizo asomar en la comisura de sus labios.
De pronto, un murmullo general seguido de una carcajada que se armó en la parte superior de la tribuna y fue rodando por los escalones hasta estallar sobre Daniel, le hizo desentenderse de la charla para intentar ubicar la causa del alboroto. Al no advertir nada que justificara el fenómeno, buscó con la mirada a Federico, el hijo de su cuñada, que sentado a su lado le señaló un sector de la valla que separaba al escenario del campo. Antes que pudiera girar la cabeza, percibió nuevamente el murmullo, pero esta vez, la risa fue más veloz y llegó hasta donde se encontraba él con unos segundos de ventaja.
Toda la atención de la tribuna se centraba en la valla, que mediría unos dos metros de altura y se extendía, como una muralla ocultando el pie del escenario, de un extremo al otro de la platea.
Daniel continuaba sin poder advertir lo que ocurría. Estiró el cuello hacia la izquierda, y sin perder de vista el pie del escenario, le pidió a su sobrino que le explicara.
—Allá —remarcó Federico, y volvió a señalar en la misma dirección.
Daniel recorrió con la mirada de punta a punta la valla, y cuando iba a pedirle más precisiones, por fin los vio: el chico más morrudo se ponía en cuclillas y aguardaba hasta que el que empuñaba el trozo de manguera se acomodara sobre sus hombros. Entonces, con una agilidad simiesca, el de abajo daba un salto y se estiraba elevando al que llevaba encima por sobre el borde de la valla a la vez que éste, en una maniobra sincronizada, sacudía un feroz manguerazo tomando por sorpresa a alguno de los policías que montaban guardia al otro lado.
En ese momento, la respiración contenida del estadio se transformaba en algarabía.
Justo en el instante en que se encendieron las torres de iluminación, Daniel empezó a sentir frío. Consultó su reloj y comprobó que aún faltaba más de una hora para el comienzo del recital. El sol ya había declinado pero aún persistía en el aire un resplandor como de fondo marino, y el estadio, poco a poco, se fue convirtiendo en una enorme boca de luz abierta hacia el profundo azul del cielo. En lo alto de esa garganta oscura, tres palomas blancas parecían inmóviles mientras cruzaban la noche. Daniel se las señaló a su sobrino.
—Mirá las cosas en que te fijás… —dijo Federico, pero en su semisonrisa no había burla ni desdén, sino un ligera inflexión admirativa que agradó a Daniel.
Cuando Graciela se divorció decidió que la vida en la ciudad la asfixiaba y fue a radicarse con Federico, que entonces tenía cuatro años, en un balneario ubicado justo donde la panza de la provincia de Buenos Aires se hace más prominente. El más optimista de la familia le vaticinó seis meses de plazo antes de que regresara harta de malvivir la monotonía del campo. Sin embargo, iba ya para el décimo año, y no se cansaba de repetir que era la única decisión inteligente que había tomado en su vida.
Hacía tres meses, Daniel y Marcela habían pasado un fin de semana largo en su casa, y la última noche, al final de la prolongada sobremesa, fue que Daniel se encontró invitando a Federico a un concierto de su banda de rock favorita.
La cena había sido al aire libre, y una vez levantados los platos siguieron bebiendo hasta que el rocío de la noche los corrió hacia el interior. Federico, hacía rato que estaba encerrado en su pieza oyendo música a todo volumen.
Más allá de las dos o tres semanas de cada verano que compartían bajo el mismo techo, y de la corriente de camaradería varonil que alimentaban ambos para contrarrestar la exuberante presencia femenina que imponían madre y tía, Federico continuaba siendo un perfecto extraño para Daniel. A sus quince años, había desarrollado un carácter retraído y taciturno. Sus largas caminatas por la playa, sus solitarias excursiones de pesca, las tardes enteras de encierro en su pieza escuchando el mismo disco, lejos de aislarlo, habían logrado atraer sobre sí la atención de la madre.
Mientras terminaban de ordenar la cocina y preparaban la mesa para el café, Daniel presenció en silencio cómo Marcela intentaba hacer ver a su hermana que esa conducta no era otra cosa que un brote rotundo de adolescencia.
De regreso del baño, y tal vez influenciado por esa conversación, Daniel sintió el impulso de charlar un rato a solas con Federico. El hecho de saber que hasta el próximo verano no volvería a verlo debe haber contribuido también en algún sentido, tanto como el vino que había bebido. Más tarde, reflexionando sobre el asunto, se dio cuenta que aquella súbita pulsión de afecto se originaba más en una inexplicable necesidad suya de agradar al chico que en un verdadero interés en las carencias que pudieran estar afectándolo.
Dio tres golpes a la puerta, y cuando el volumen de la música disminuyó, introdujo su cabeza en la habitación.
—¿Se puede?
—Pasá…
Federico estaba sentado frente a la computadora jugando un programa de fútbol, el televisor encendido sin sonido en un canal de video-clips, y la música en el equipo de audio:
—¿Ya se van? —preguntó.
—No, salimos mañana temprano.
Entonces, volvió a concentrarse en la pantalla y Daniel se puso a recorrer con la vista los posters de las paredes mientras buscaba algo con que captar la atención del chico.
—¿Qué onda? —dijo, para no prolongar excesivamente el silencio, y enseguida se sintió ridículo.
—Todo bien… —A Daniel le pareció que una fugaz expresión de desconcierto cruzó por los ojos de Federico.
—Sabés que a estos —adelantó el mentón hacia el minicomponente— los vi allá por el ochenta…
El chico lo miró entre incrédulo y curioso.
—Tocaron en La Vuelta de Rocha, al aire libre. No seríamos más de cincuenta…
—¿En serio?
Daniel trató que sus palabras sonaran desprovistas de todo énfasis, y la expresión que adoptó fue la de alguien que no alcanza a comprender que un hecho tan prosaico pueda resultar de interés para nadie. Contó que en esa época ofrecían un espectáculo multidisciplinario con actores, saltimbanquis y otras yerbas; que eran como quince en escena; que La Negra se paseaba en tetas por el escenario; que todo era muy delirante (se preguntó si esta palabra estaría aún vigente), y caótico. Y, por supuesto, relató el mítico episodio de los pastelitos que repartían entre el público antes de comenzar el show.
Al menos, una cosa era verdad: en efecto había asistido a aquel concierto, pero ahora no estaba seguro si los detalles obedecían a su propia percepción o eran prestados de la memoria colectiva que se había generado en torno de aquella banda de rock. En realidad, no podría decirse que a los veinte años Daniel hubiese sido demasiado afecto a concurrir a ese tipo de espectáculos. Por su temperamento, ya en aquel entonces, prefería el plácido refugio de las cuatro paredes de un cine o frecuentar el circuito de bares intelectuales de la calle Corrientes (La Paz, sobretodo), y dejar pasar el tiempo entre cervezas y charlas filosóficas. Si la memoria no lo traicionaba, había concurrido a aquel recital nada más que porque un compañero de trabajo, que era músico, había insistido en que lo acompañara, y porque, probablemente, esa noche no tuviera nada mejor que hacer.
Federico lo había interrumpido un par de veces para requerir alguna precisión: si recordaba qué temas habían tocado, si ya tenían algún compact editado…
—¿Sabés qué? —dijo Daniel—. La próxima vez que toquen vamos a ir a verlos juntos.
Federico asintió con el mismo entusiasmo con que lo haría si alguien a quien debiera cierto respeto le estuviera prometiendo llevarlo de vacaciones a Marte el próximo verano. De repente, Daniel sintió que había ido demasiado lejos, y que ahora, entre él y el chico se jugaba algo que no tenía nada que ver con el honor o el orgullo, ni siquiera con la palabra empeñada. Lo que aquí se medía conectaba directamente con el punto en que se encontraba la curva de su vida adulta, y concernía no sólo a su propia experiencia sino, en cierto modo, a la disposición molecular en que se desenvolvían las vidas de otras personas: la del propio Federico, claro. Pero además, y aún no tenía claro por qué, la de Graciela y, más que nada, la de su mujer.
Decidió no insistir en el asunto para no quedar aferrado al alma de un animal moribundo en caso de verse en la necesidad de aplazar su promesa. Simplemente se acercó a Federico con el brazo derecho levantado a la altura del pecho y el pulgar extendido hacia fuera. Hicieron coincidir las palmas y los pulgares se enlazaron.
—¿Hecho, entonces? —fue todo cuanto dijo.
—Hecho —respondió su sobrino.
Federico llegaba a la terminal de Retiro el sábado a primera hora. A comienzos de abril había llamado para contarle que el 22 y 23 la banda se presentaba en Montevideo. Una vez que Daniel hubo asimilado el cimbronazo de enterarse que el concierto tendría lugar en el extranjero, no les costó demasiado coordinar los pasos a seguir: Federico le proporcionó las direcciones donde comprar las entradas con anticipación en Buenos Aires; para abaratar costos irían en ferry, vía Colonia, y regresarían, sí, en avión.
Si bien al principio, y analizándolo en frío, Daniel no estaba nada entusiasmado con el compromiso que había asumido, sobretodo por las historias de violencia que rodeaban cada presentación de la banda, con el correr de los días, la idea de pasar un fin de semana lejos de casa comenzó a resultarle atractiva. Tres noches antes de la llegada de Federico había discutido nuevamente con Marcela.
Después de tanto tiempo, Daniel era capaz de percibir los síntomas casi antes que se produjeran; lo mismo que cuando presentía que al despertarse a la mañana siguiente le dolería el puente que tenía en los molares: se acostaba sabiendo que al otro día no podría masticar sólidos, pero también sabía que transcurrido el día el dolor habría desaparecido. En las crisis de Marcela sucedía algo similar: su mirada operaba una sutil modificación y comenzaba a rebotar sobre los objetos en vez de abarcarlos despaciosamente; sus movimientos se volvían hiperquinéticos; las frases que le dedicaba a Daniel se iban espaciando unas de otras hasta corporizar un silencio que la engullía por completo. Entonces, Daniel se aprestaba a recibir la embestida de un momento a otro.
—¿Nunca vamos a tener un hijo?
En el tema de los hijos Daniel era inflexible, y después de los treinta y cinco, más que nunca. No se trataba de una declaración de principios, ni tampoco denostaba a la humanidad para justificarse. En todo caso, el hecho de traer hijos al mundo le parecía algo natural, sólo que era algo que le sucedía a otra gente, como tocar el piano o nacer en Estambul.
—Marcela, ya lo hablamos mil veces. ¿Es necesario empezar de nuevo?
Pero para ella, cada vez era la primera. Sus ojos se posaron un segundo sobre Daniel y de inmediato salieron disparados. En esos trances, su mirada se volvía inaprehensible, como el vuelo de un colibrí en un jardín de rosas.
—¿Por qué nunca nos casamos? —quiso saber.
Daniel adoptó un aire condescendiente; el mismo que se emplea para responder a una criatura que hace una pregunta no demasiado estúpida. Habló de que ellos no necesitaban contratos, de que estaban juntos porque se querían y no porque los obligara una libreta. En general, utilizaba un tono irónico con todo el mundo, pero no sabía por qué, con Marcela su ironía sonaba inconsistente, artificial y un poco cómica.
—Pensé que estábamos de acuerdo —dijo.
—¿Y por qué no podemos firmar un contrato como todo el mundo?
—Yo te quiero, y no veo la necesidad de certificarlo por escrito; si los demás no se sienten seguros allá ellos… ¿Acaso si nos casáramos cambiaría algo?
—¿Qué mal podría hacernos?
Normalmente, llegados a este punto, la discusión ingresaba en un campo de disgresiones que hacían perder de vista el eje central. Esta vez, Marcela parecía saber a donde quería llegar:
—¿No serás vos el que necesita sentirse seguro?
Recién el día que Marcela planteó por primera vez la cuestión, Daniel entendió que la decisión de vivir juntos sin casarse no había sido una elección mutua. Él había dado por sentado algo que, en su momento, y tal vez por temor, ella simplemente no había sacado a luz. Sin embargo, su negativa en este caso, se compadecía con un reto íntimo, quizás, uno de los últimos que podía resistir sin claudicar: la posibilidad de enfrentarse a las convenciones viviendo un amor sin ataduras de ningún tipo. Pensaba quedarse para siempre al lado de Marcela, y era esta convicción, paradójicamente, lo que abastecía su resistencia. Ella tenía razón, él necesitaba sentirse seguro, pero en un sentido distinto del que ella confería a esa frase.
Estaban en la cocina, y Marcela doblaba y desdoblaba un repasador encima de la mesada. Daniel se levantó y le rodeó la cintura por detrás.
—Mi amor ¿Acaso no estamos bien así? —Le habló rozando con los labios el vello de la nuca y aspiró hondo para captar el familiar aroma que despedía su pelo, con una caricia se lo acomodó detrás del oído y la hizo darse vuelta. Cuando la besó, ella comenzó a llorar en silencio y entonces él supo, por la pasividad con que rechazó el abrazo, que ahora, la que se debatía por llegar a algún tipo de decisión, era ella.
Partieron en el primer Ferry de la mañana y llegaron a Colonia antes de las diez. Allí los aguardaba el micro que los trasladaría hasta Montevideo. Lo primero que hicieron al llegar fue buscar alojamiento en el centro. El Gran Hotel Aramaya tenía una ubicación inmejorable y, dadas las circunstancias, podría decirse que sus instalaciones no resultaban del todo deprimentes. De no haber sido por el apócope al comienzo del nombre, Daniel no habría tenido nada que objetar. Una vez registrados, salieron a almorzar y pasaron la tarde recorriendo las calles céntricas de la ciudad hasta la hora de partir hacia el Centenario. Durante el trayecto, ya se podía palpar el clima que envolvía al evento: por todas partes se veían chicos deambulando en grupos compartiendo cartones de vino o botellas de cerveza, portando banderas con estrofas de canciones y el nombre del barrio subrayado debajo, entonando consignas de guerra… Federico llevaba puesta una remera con la imagen del Che Guevara.
La oscuridad más absoluta envolvía al estadio y la expectativa contenida creaba un campo magnético que recorría la tribuna arriba y abajo. Eso que dicen que perciben los animales instantes antes de que se produzca un cataclismo podía olerse en la atmósfera en su estado más salvaje. La gravedad se había cristalizado convirtiendo en una masa espesa el aliento de las más de quince mil personas presentes. Hasta que todo voló por el aire. Los reflectores estallaron en un azul incandescente y viraron al violeta y al verde, y cuando la guitarra atacó un poderoso riff con reminiscencias chinas, el estadio entero pareció entrar en ebullición.
Daniel sentía que le costaba respirar: literalmente, los bajos repercutían en algún lugar localizado entre su esternón y su estómago y le cortaban el aliento. Seguía como hipnotizado los desplazamientos del guitarrista que, con las piernas separadas y el cuerpo arqueado como un junco en medio del temporal, le arrancaba a su instrumento una gama de acordes que iban desde la primitiva esencia antediluviana hasta la sofisticación más glamorosa. A Daniel le resultaba prodigioso que esa guitarra roja, más allá de los sistemas de amplificación y las torres de parlantes, fuera capaz de propalar, por sí sola, semejante caudal sonoro: era un sonido oceánico que envolvía por completo al estadio.
La noche ya era gélida y soplaba una brisa helada que, cada tanto, acercaba en una nube el inconfundible olor de la marihuana. El bajo se intercalaba sutil entre los resquicios que dejaba la monolítica sincronización de las baterías mientras el cantante, estático al borde del escenario, se transformaba en un prisma que atraía todas las miradas: su voz era como una moladora aserrando madera que cada tanto tropezara con un clavo.
Después del solo de saxo, el guitarrista se adelantó con pasos felinos para ubicarse junto al cantante: atacó un solo recorriendo, completa, la paleta de colores que el tema había aludido a lo largo de su ejecución. El final, apenas si dio para recomponerse: de inmediato uno de los bateristas contó cuatro y la banda atacó un rock and roll que la algarabía del público se encargó de subrayar. Podía respirarse la adrenalina que cargaba el aire. Al pie del escenario, todos saltaban frenéticos al ritmo de la música produciendo oleadas en una marejada discontinua. En la platea, si bien los movimientos eran más limitados, también se contorsionaban sin apartar por un segundo la vista de los músicos. A su lado, Federico entonaba la letra como en estado de trance y Daniel pensó que si en ese momento hubieran chocado los planetas, en el único lugar donde habría pasado desapercibido hubiese sido en esos diez mil metros cuadrados perdidos en el culo del mundo. El Centenario era un pozo de energía sumergido en la densa oscuridad del parque que lo circundaba y ajeno al universo. Por encima de las tribunas, a lo lejos, se divisaban unas pocas ventanas iluminadas en los edificios más altos; a Daniel se le ocurrió que constituían la única referencia fehaciente de que fuera del estadio la vida de la gente continuaba inalterable, y recordó aquella canción de Joni Mitchell donde alguien, en una estación de servicio, mira una fotografía de la tierra tomada desde la luna y se lamenta que en ella no sea posible vislumbrar ni la autopista en que se encuentra, ni la estación de servicio, ni al propio observador que contempla la foto.
Al final de un breve intervalo, más o menos por la mitad del concierto, el estadio quedó a oscuras y el cantante anunció que para el tema que seguía iba a necesitar ayuda. Una reverente exclamación de júbilo brotó espontánea de todos los sectores y al mismo tiempo que la banda arrancaba con una lenta melodía con visos de salmo, se fueron encendiendo cientos de bengalas que eran mantenidas en alto como antorchas. Las banderas comenzaron a ondear por sobre las cabezas y el coro que formaba la multitud sepultó definitivamente la voz del cantante. Federico, lo mismo que todos aquellos que no tenían banderas, se había quitado la remera y la sostenía por encima de su cabeza en dirección al escenario como si ofrendara un estandarte.
Daniel comprendió que estaba asistiendo a un ritual del que no formaba parte y en el que, apenas, se le concedía el privilegio de participar como espectador. Sintió nostalgia de la fe perdida y le sobrevino una necesidad casi física de compartir con alguien ese sentimiento. Añoró la presencia de Marcela a su lado y no pudo reprimir una honda sensación de soledad.
El concierto cerró con un tema estructurado en dos partes bien diferenciadas que se alternaban sucesivamente: la primera tenía el aire de una canción popular rusa, y mientras sonaba, todo el mundo acompañaba la melodía haciendo palmas hasta que explotaba el estribillo. Entonces, obedeciendo un mandato liberador, todos embestían contra todos como una manada desbocada. A Daniel, esta parte lo tomó desprevenido y a duras penas pudo conservar el equilibrio mientras era transportado en el aire por la avalancha. Cuando finalizó, se encontraba dos filas abajo de su asiento.
Buscó a Federico, y calculando la duración del interludio ruso, empezó a escalar hasta llegar a su lado con el tiempo justo antes de que recomenzara el estribillo: esta vez, intentó afirmarse con los pies contra el respaldo de su butaca y logró capear la estampida con cierto éxito hasta que el propio Federico, lanzado como un rugbier a dos metros de cruzar la línea de try, lo embistió con el hombro y lo arrojó sobre la chica que había aparecido a su derecha. Maquinalmente intentó disculparse de la chica, pero ella ya estaba ocupada en empujar al que seguía en la fila.
Daniel comenzó a tomar precauciones previendo la próxima repetición.
Pensó en sentarse y meter la cabeza entre las piernas pero de inmediato descartó la idea; abarcó de una mirada diez metros a la redonda como si hubiese sido posible que de la nada surgiera un refugio donde guarecerse; ya resignado, tuvo tiempo para consolarse recordando un chiste que decía que la eyaculación precoz era como el solo de batería: uno lo veía venir, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Y lo que hizo, cuando por fin se desató nuevamente el vendaval, fue arremeter contra la espalda de Federico arrastrando en la caída al menos a tres de los ocupantes de la fila de abajo. Esta vez, terminó encajado entre dos hileras de asientos, y a pesar del volumen desmesurado de la música, pudo reconocer la carcajada que soltó su sobrino antes de ir a tenderle una mano.
Mientras oía sonar el teléfono, Daniel se dijo que lo más probable era que Marcela hubiese tomado alguna pastilla para dormir mejor. Las pocas veces que por trabajo él debió pasar la noche fuera, a ella le había costado conciliar el sueño; en esas ocasiones, el ruido de una ventana en algún piso de arriba era suficiente para sobresaltarla y mantenerla en vela toda la noche. Pensó que debió llamarla antes de cenar, cuando Federico habló con Graciela; entonces, quizás, aún estuviera despierta. Pero ahora se daba cuenta que la causa de haber pospuesto la llamada era, precisamente, la presencia de Federico: estando él a su lado, la comunicación habría tomado un cariz diferente del que pretendía Daniel. Después de las preguntas de rigor acerca del viaje, el hotel y el recital, habría tenido que pasarle el auricular a su sobrino para que él le contara sus propias impresiones. Y aunque apelando al argumento de que el restaurante estaba por cerrar hubiese podido mandarlo a reservar una mesa, se habría sentido condicionado sabiendo que no contaba con un tiempo ilimitado por delante para explayarse a sus anchas. Porque intuía que, del mismo modo que lo que tenía para decir debía ser dicho cuanto antes no pudiendo siquiera esperar llegar a Buenos Aires, una vez dicho, a ninguno de los dos le iba a resultar fácil cortar la comunicación.
Cuando salió a la calle, las cortinas de la mayoría de los negocios de la 18 de Julio se hallaban bajas. Lo sorprendió el silencio de la ciudad. A pesar de ser las nueve y media pasadas, sólo vio abierto el bar lindero con el hotel y la disquería delante de la cual se encontraba el teléfono público de la noche anterior. Después de hablar con Marcela, Daniel subiría para despertar a Federico y llevarlo a desayunar. El vuelo partía de Carrasco a las tres de la tarde, así que podrían hacer tiempo recorriendo la zona del puerto y comprando algunas chucherías para llevar de recuerdo. Exactamente en el momento en que introducía la tarjeta magnética en la ranura del teléfono, comenzó a sonar en la disquería el tema con que había concluido el concierto. Montevideo se negaba a disolver el influjo de las últimas cuarenta y ocho horas. En la entrada de una galería comercial que aún permanecía cerrada se arremolinaban las páginas sueltas de un diario, y por un instante, parado debajo del intenso celeste de la mañana, en la soledad de la calle sin vehículos, esa música lo hizo sentirse fuera de este mundo.
Demoró un rato antes de marcar.
La voz de Marcela sonó más próxima de lo que hubiera esperado; casi podía verla, en camisón y apoyada contra el marco de la puerta, sosteniendo el auricular con el hombro izquierdo, examinándose con parsimonia las uñas de ambas manos.
—Anoche te llamé —dijo Daniel.
Esperó.
—Anoche te llamé tarde —repitió—. No escuchaste el teléfono.
Le pareció que el tema, en la disquería, terminaba antes de lo debido.
—¿Me oís, Daniel? — Curiosamente, ahora que había vuelto el silencio a la calle, la voz de Marcela le resultó más lejana. —Anoche no dormí en casa.