Mientras se vestía, le contaba que tenía ganas de instalar un kiosco. Los ojos tan verdes le hicieron pensar a Freddy en aquella teoría de W. H. Hudson en la que el naturalista inglés intentaba demostrar que el color de ojos verde no existe. Ni bien habían terminado, ella modificó su tono de voz y ahora charlaba usando el mismo énfasis distendido que emplean los taxistas o los mozos cuando están de humor. Freddy, aún desnudo y recostado contra la cabecera, prestaba más atención a la precisión con que iba eslabonando cada prenda que al significado de lo que le decía:
—No te demores que pueden necesitar la pieza —dijo por último, retocándose el bretel y recogiendo la minúscula cartera de encima de la mesita de luz.
—Esperá —dijo Freddy. Extrajo un billete del pantalón y lo extendió entre dos dedos. Ella hizo un mohín y acompañó el beso en los labios con una onomatopeya que reprodujo el sonido que hacen las madres al besar a sus bebés.
Abajo, los tres conservaban la misma ubicación en la mesa que antes. Freddy se sentó y bebió un trago del vaso de Colombres. Durante un rato permanecieron en silencio, fumando y siguiendo con la vista el deambular de las chicas. Desde un televisor que ellos no podían ver, los gemidos de una mujer en trance se intercalaban con la música estridente que saturaba el salón. En la barra, la que había subido con Freddy, escuchaba con expresión soñadora lo que un tipo petiso le contaba al oído.
—¿Qué hacemos? —preguntó Esteban, concentrado en revolver con un dedo el pedazo de hielo que flotaba en su bebida. Martín consultó su reloj y se encogió de hombros. Freddy no estaba seguro si la idea que tenía de un festejo coincidía con aquello. De un festejo de graduación, para más datos. No era tampoco que se encontrase defraudado, simplemente le costaba hacer encajar la experiencia con lo que hubiera imaginado que debía estar sintiendo en ese momento.
Más o menos por la mitad de la carrera habían empezado a estudiar juntos. Se anotaban en las mismas cátedras y unos días antes de los finales se reunían en casa de Colombres a repasar. Ese martes, se habían dado cita a las cinco para consultar la nota del último final. Todos habían aprobado y les pareció bien emborracharse en un bar cercano a la facultad, por la zona de Paseo Colón. Se pasaron la noche llamándose ingeniero uno al otro, hasta que Martín propuso un final de fiesta en una casa de putas.
En la vereda, Colombres le ofreció compartir el taxi, pero Freddy quiso caminar para despejarse un poco. Caía una lluvia fina y silenciosa que apenas si alcanzaba a humedecerle el pelo. Había evitado dar a su madre y a su hermana mayores precisiones acerca de la fecha del examen y de la entrega de la nota. Durante los últimos siete años, aquel día había estado agazapado en su vida como un norte difuso pero omnipresente y ahora que debía habituarse a vivir con esa falta, se sentía vulnerable. El carácter de ese ahora, inaprehensible y efímero, era lo que había estado molestándolo a medida que la fecha se acercaba.
Anduvo más de diez cuadras hacia el lado de Constitución sin cruzar una sola persona y sin escuchar el menor sonido. Había ruidos a lo lejos, en el fondo de las calles, pero por donde él caminaba, la noche y el silencio eran una misma cosa. Dobló por una transversal que le pareció menos oscura y a mitad de cuadra se topó con un negocio abierto. La palabra “Bar”, dibujada sobre la vidriera con grandes letras blancas, no iba seguida de ningún nombre propio, sólo cumplía con la escueta función de anunciar la índole de aquel local pequeño y mal iluminado.
Recién cuando terminó de acomodarse encima del taburete, delante de la heladera mostrador, se le ocurrió preguntarse si lo que en realidad deseaba era seguir bebiendo. El lugar era un cuadrado con cuatro mesas que no dejaban demasiado espacio libre. La del rincón más alejado de la barra se hallaba ocupada: dos muchachos y una chica, ninguno de más de veinte años, fumaban en silencio. Freddy pidió whisky y se quitó el saco.
—¿Importado, caballero? —preguntó el hombre que atendía. Era calvo y macizo. Los pelos de las patillas, largos y grises, se arqueaban hacia arriba formando rulos a medio cerrar.
—Sí. Gracias. —respondió Freddy, y cuando giró para buscar los cigarrillos en el saco, encontró sentada a su lado a la chica de la mesa. Lo miró dos veces mientras encendía un cigarrillo con el filtro del anterior. Llevaba calzas negras y una remera que le dejaba la zona del ombligo al descubierto. Freddy oyó que en la mesa, los dos muchachos, habían comenzado a discutir en voz baja. Ella soltó la colilla y se bajó del taburete para aplastarla con el taco. Después, volvió a treparse y le hizo una seña al hombre que atendía la barra.
—¿Qué tomás? —preguntó el hombre.
—Igual —contestó.
La voz era por lo menos diez años mayor que ella. Fumaba entrecerrando los ojos y parecía fastidiarle que el pelo se le volcara delante de la cara. Tenía la piel oscura y lustrosa y los ojos sobrecargados de pintura. Freddy terminó su whisky y enseguida pidió otro. El cansancio de sus piernas se iba trastocando en un relajamiento agradable. Cuando el hombre hizo caer la segunda medida con un gesto ampuloso, los hielos produjeron un pequeño chisporroteo y se reacomodaron. Freddy se distrajo un rato viéndolo al hombre frotar un trapo mugriento contra la máquina de café y luego empezó a hablar con la chica. Se llamaba Samantha. Una franja de pecas le recorría la parte alta de los pómulos y el puente de la nariz como un antifaz. Freddy repitió el nombre pronunciando una zeta en lugar de la t y ella sonrió y desvió la mirada hacia el interior de su vaso. Lo sostenía con las dos manos y bebía echando la cabeza hacia atrás. Mientras hablaba, dos o tres veces intentó alcanzar con la punta del pie el travesaño que unía las patas del taburete de Freddy. Tenía un extraño modo de pronunciar las eses, con una especie de seseo gutural, y Freddy se dejó llevar por el sonido de esta modulación perdiendo de vista el sentido de lo que ella le estaba diciendo. Desde la mesa, cada tanto, el más morocho dedicaba rápidas miradas al perfil de la chica. Con el último trago de whisky, Samantha absorbió el hielo y después de retenerlo un instante en la boca lo dejó caer en el interior del vaso. Se entretuvo haciendo esto hasta que el hielo se deshizo. Entonces, llamó al hombre de la barra y le pidió otro whisky.
—Para vos, no —dijo el hombre, y sonó como si durante toda la noche se hubiera estado preparando para dar esa respuesta.
—¿Se puede saber por qué? —dijo ella. Se había erguido sobre el asiento con los brazos en jarra, las piernas rígidas y los pies colgando sin tocar el suelo. No daba la impresión de estar bebida, y Freddy le hizo un gesto al hombre con la cabeza para que le sirviera.
—Yo me hago cargo —dijo.
En la mesa, el que la había estado mirando se puso de pie y gritó algo ininteligible. Cuando Freddy se dio vuelta, ya lo tenía delante.
—Decime, flaquito ¿Vos la querés poner en pedo? —le dijo. Tenía el mismo cuerpo fibroso que ella, pero con los músculos más marcados. Se había colocado tan cerca que Freddy pudo ver su cara duplicada en el fondo de sus ojos negros. —¿De qué mierda te vas a hacer cargo vos, eh? ¿A ver? ¿A ver?—. Cada vez que Freddy se decidía por una palabra para comenzar a responder, volvía a increparlo con el mismo ¿A ver? repetido.
Freddy nunca supo si hizo un movimiento fuera de lugar o si fue su silencio lo que sacó de quicio al muchacho. Lo último que oyó fue conchitumadre antes de recibir el cabezazo en pleno rostro. Tuvo el mismo efecto que cuando se dispara un tiro al aire: todos, incluido el que permanecía sentado a la mesa, retrocedieron tres o cuatro pasos del lugar donde se hallaban. Freddy, confuso, quedó parado a un metro de la pared palpando la dureza de sus propios huesos. Estaba por escupir para constatar el color del líquido que le llenaba la boca cuando sintió que sus pulmones se vaciaban de golpe y su cuerpo se arqueaba hacia delante. Procuró amortiguar la caída desplazándose de lado contra la heladera mostrador, pero antes de que pudiera afirmarse, una zapatilla dio de lleno en su oído izquierdo y lo tumbó boca arriba. A pesar de que las patadas impactaban en sus costillas, Freddy sólo atinó a cubrirse la cara. Oyó a Samantha decir “¡Pará Negro Pará Negro Pará Negro!” y callarse de golpe. Cuando por fin la andanada pareció detenerse, Freddy tuvo la impresión de haber quedado solo en el centro del silencio. No podía respirar ni hablar. No quería moverse por miedo a que aquello comenzara de nuevo. Entonces, un peso que le hundió el estómago lo obligó a abrir los ojos. El muchacho se había sentado a horcajadas encima suyo y agitaba una navaja delante de su cara.
—¿Querés ver cómo se degolla un chancho? —dijo, y le apoyó el filo en la garganta. Freddy notó en el cuello un ardor similar a cuando se hacía un corte al afeitarse. No estaba borracho. Al menos no del todo. Y se preguntaba por qué razón, entonces, no sentía miedo. La chica había vuelto a la mesa y miraba tapándose la boca con las manos.
—Atila —advirtió el hombre desde atrás de la barra—. Mirá que no quiero quilombos con la gorra…
Freddy tenía la vista clavada en la viga de madera que cruzaba el cielo raso, en el sector donde entraba en la pared, en la mancha verdosa que se había formado justo donde hacía esquina con el ladrillo. Ni siquiera pestañeaba. Hasta que empezó a sentirse más cansado que dolorido y cerró los ojos. Percibió la humedad de las baldosas a través de la camisa y la dureza del piso contra el filo de los omóplatos. No supo explicarse de qué manera, pero fue capaz de discernir que toda su humillación se conectaba exclusivamente con Samantha. El motor de la heladera arrancó a unos centímetros de su cabeza, oyó el zumbido de unos neumáticos sobre el asfalto mojado y volvió a escuchar la voz del hombre:
—Vamos, pague y váyase —dijo esta vez. Estaba parado junto a él y sostenía su saco doblado con prolijidad sobre el brazo izquierdo. Freddy no recordaba haber dejado de sentir el peso del otro cuerpo en ningún momento. Rechazó la ayuda del hombre y se puso a sacudirse las mangas, se acomodó la camisa dentro del pantalón y se detuvo a examinar una salpicadura de sangre en el pecho. A pesar de que le ardía, evitó llevarse la mano hacia el cuello. Por fin, tomó el saco que le extendía el hombre y se lo calzó. Sentados a la mesa, los muchachos y la chica parecían hacer un esfuerzo por no mirarlo. Pagó lo que dijo el hombre, volvió a retocarse la corbata, se tomó el tiempo para palpar por fuera los bolsillos del saco y salió sin mirar a nadie. Cruzó la calle y se detuvo en el único sector de vereda más o menos iluminado. La llovizna, cuando ingresaba en esa zona, parecía hecha de polvo. Se pasó el pañuelo por el cuello y lo estuvo observando sin encontrar rastros de sangre. Después, se sonó con fuerza la nariz y volvió a dolerle todo. Casi llegando a la esquina descubrió una obra en construcción y se refugió debajo de las chapas del portal a fumar un cigarrillo. Aquí, la oscuridad era turbia. Con la primera pitada sintió la hinchazón del labio inferior: el efecto era el mismo que cuando volvía a su casa después del dentista. Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó. Despejó de polvo un sector del segundo escalón y se sentó a esperar.
Desde chico, todos habían insistido con que Freddy tenía facilidad para el razonamiento abstracto, pero se decidió a seguir ingeniería recién cuando descubrió que no existía razonamiento que no lo fuera. Lo abstracto, pensaba, está en el origen de lo racional. Y dado que todo razonamiento demanda de una secuencia lógica de representaciones, concluía que cualquier pensamiento no puede ser sino más que el producto de una concatenación de referencias abstractas. Tenía claro que decodificar una receta de cocina, por ejemplo, requería de un proceso mental similar al que se necesita para descifrar la ecuación de Helmholtz. Leer la palabra manteca y representarse un paralelepípedo hecho de una materia amarillenta y aceitosa, resbaladiza, consistente, etc., era equivalente a concluir que:
F (x+ξ, y+η, z+ζ)=F (x, y, z)+F (ξ, η, ζ,)
Freddy vivía con su madre y una hermana cinco años mayor. El padre se había suicidado tres días antes de que él cumpliera catorce años. Era óptico y trabajaba en la pieza de la azotea, donde había instalado su laboratorio. El recuerdo más certero que Freddy conservaba de su padre era verlo bajar la escalera caracol enfundado en el guardapolvo gris, con la mirada clavada en sus zapatos negros, como cuidándose de no hacer ruido con las pisadas. Cuando terminó el período de luto, su madre subió a la terraza y recogió todo el instrumental en cajas de cartón que amontonó en el desván encima del lavadero. Después le dijo a Freddy, que compartía el dormitorio con su hermana, que podía trasladar sus cosas a la pieza de la azotea. El laboratorio siempre había estado vedado para el resto de la familia. Su padre se encerraba por la mañana y sólo se lo veía durante el almuerzo y la cena. Cuando Freddy terminó de acomodar la cama y los trastos que componían sus pertenencias, se sintió un usurpador. En las paredes todavía subsistían las marcas que denotaban la disposición de un orden diferente. Como si el cuarto expresara con esas señas descoloridas un acostumbramiento que ahora se negara a rectificar. Comenzó a pasar cada vez más tiempo en la pieza de la terraza. Durante los dos últimos años, hubo períodos en que ni siquiera bajaba para las comidas. Su madre y su hermana se alternaban en su cuidado como dos enfermeras velando a un desahuciado que hubiera comenzado a dar señas de mejoría. Las cajas del desván habían servido para costear su carrera, Freddy lo había comprendido acaso demasiado tarde, y con la extinción de la última, supo que, en cierto modo, su vida acababa de enajenarse para siempre.
Sentado en el portal, Freddy pensó en el tiempo, en cómo lo reduce todo a la mínima expresión, convirtiendo en recuerdo, en un abrir y cerrar de ojos, lo que durante años pudo constituir el eje central de una vida. Sin ir más lejos, ese episodio el día de su graduación, en apenas unos meses, no tendría más especificidad que el contorno de su propia sombra. Y en todo caso, cada vez que volviera a reflotarlo en el transcurso de alguna sobremesa distendida, la materia de lo que estaría narrando no sería nunca el suceso puro que acababa de acontecer, sino el recuerdo que de él su memoria hubiera sido capaz de procesar.
El olor del hormigón crudo le fue ocupando el pecho con una carraspera vidriada por el dolor. Tuvo que encender un fósforo para consultar la hora: faltaban unos minutos para las cuatro. Desde allí, la luz del bar parecía una referencia apenas más clara que la sucesión de fachadas grises. Cada tanto, levantaba la vista y se abstraía en las monótonas ondulaciones que la lluvia trazaba debajo del alumbrado público. Calculó que no debieron haber pasado más de veinte minutos cuando los tres aparecieron en la vereda. Sin cruzar la calle, comenzaron a caminar hacia la esquina donde se encontraba Freddy. Adelante iba Atila, detrás, el otro muchacho, y dos metros más atrás, Samantha. Andaban como si caminasen por el pasillo de un tren en marcha. Freddy esperó, sentado como estaba, a que la línea del primero se hallara perpendicular a su posición.
—¡Atila, negro hijo de remilputas! —gritó entonces con toda la voz, y debido al esfuerzo, le pareció que algo se desgarraba debajo de sus costillas. En la vereda de enfrente, las tres figuras quedaron paralizadas.
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