Existe un consenso generalizado en atribuir a Edgard Alan Poe la creación del cuento policial y del relato de terror moderno; se podría agregar un tercer aporte, acaso menos trascendente, pero igual de original: la creación de un objeto -en este caso, un relato-, construido a partir de la encadenación de réplicas reducidas de lo que, a la postre, será el producto final. Como una rosa cuyos pétalos reprodujeran la forma de la rosa. La Carta Robada –el texto en cuestión-, constituye un gran oxímoron compuesto por réplicas menores de ese mismo oxímoron y, a mi juicio, un gran chiste armado por un conjunto de chistes cuyo funcionamiento independiente produce un efecto análogo al del resultado final. En el presente trabajo intentaré revisar el dispositivo que hace que, en este caso, un oxímoron –en definitiva, un juego de palabras- termine convirtiéndose en un chiste.
El argumento del relato parece bastante simple: Un ministro inescrupuloso aprovecha la ocasión para robar a un personaje de altísimo rango (al parecer la reina), un documento comprometedor delante de sus propias narices sin que esta pueda impedirlo debido a la presencia de un tercer personaje (presumiblemente el rey), a quien no quiere alertar de la existencia de dicho documento. Este documento –a la sazón una carta- en posesión del ministro, constituye un elemento de poder sobre la reina del que el funcionario podría valerse a su debido momento para obtener favores políticos. La reina encarga la recuperación de la carta al Prefecto de policía, quien junto a un cuerpo de elite, revisa una y otra vez, con minuciosidad de orfebre, hasta el último rincón de la vivienda del ministro sin dar con la carta. Ante los reiterados fracasos, acude a solicitar ayuda al reputado detective Dupin. Éste, apenas interiorizado de los pormenores y de la recompensa económica que ofrece la reina, recupera la carta sin el menor inconveniente, ya que el preciado documento, nos enteraremos más adelante, se hallaba oculto a simple vista, y lo hace, además, delante de los propios ojos del ministro sin que éste sea capaz de advertirlo.
Así, y a grandes rasgos, el texto parece guardar las pautas de un relato policial convencional, en el que se presenta un enigma que demanda de una mente sagaz para su resolución. Lo que se intentará dilucidar aquí es por qué el relato se lee con una sonrisa en la boca que, a medida que se acerca el desenlace, va aumentando hasta convertirse en una risotada final.
Según el diccionario de la Real Academia Española, oxímoron es “La combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”i. Por su parte, Sigmund Freud, en El Chiste y su Relación con lo Inconsciente, se ocupa de desentrañar la técnica del chiste, y una de las categorías que establece es el doble sentido o juego de palabras que es “...el caso ideal del múltiple empleo; la palabra no sufre aquí la menor violencia; no es dividida por sílabas ni sometida a modificación ninguna. Tampoco necesita abandonar la esfera a la que pertenece (por ejemplo la de los nombres propios) e incluirse en otra diferente. Tal y como es y se halla dentro de la frase, debe, merced a determinadas circunstancias, expresar dos diferentes sentidos”ii. En esta técnica, el sentido humorístico estaría dado por “el doble sentido de la significación objetiva y metafórica de una palabra”iii. Elige el siguiente chiste que se atribuye a Schleiemacher para ejemplificarlo: Los celos son una pasión que con celo busca lo que dolor produce. No puede negarse que la frase constituye un chiste, aunque no de gran efecto, señala Freud, y comienza a descartar factores que presumiblemente harían de la frase un chiste. Así, nos dice que el pensamiento expresado carece de todo valor, no constituyendo más que una muy insignificante definición de celos; que no puede hablarse aquí de “sentido en lo desatinado”, “sentido oculto” o “desconcierto” y “esclarecimiento”; asimismo, insiste Freud, resulta imposible hallar un contraste de representaciones, y sólo con gran esfuerzo puede sospecharse un contraste entre las palabras y lo que significan. “La única singularidad de la frase”, concluye, “es, al mismo tiempo, aquel carácter cuya desaparición traería consigo la del chiste; esto es, el hecho de hallarse empleadas las mismas palabras en diferente forma”iv.
Tendríamos hasta aquí que, de acuerdo con La Real Academia Española, un oxímoron entraría en la categoría de lo que Freud denomina juego de palabras que producen un doble sentido, dado que en el mismo se opera un contraste entre las palabras y lo que significan; además, cumple con otro de los requisitos que para Freud son necesarios en el efecto chistoso: la brevedad. Sin embargo, y a pesar de cumplir con estas premisas, no nos resulta difícil demostrar cómo los juegos de palabras que se desparraman a lo largo del texto de Poe no se constituyen por si mismos en chistes. Veamos algunos ejemplos: “Si es un caso que pide reflexión, lo examinaremos mejor en las tinieblas”v, asevera Dupin en la primera visita que le hace el Prefecto, para luego reflexionar que el caso es “sencillo y extraño”, y enseguida que “tal vez la misma sencillez del asunto sea lo que desoriente a la policía”. “La policía parisiense es excesivamente hábil en su oficio”, dirá más adelante... Si bien todos estos ejemplos constituyen juegos de palabras más o menos ingeniosos, cuesta encontrarles el lado chistoso, del mismo modo que nos resulta difícil hallarlo en el sentido más amplio del relato arriba resumido. Sin embargo, durante la lectura y una vez arribado al final, un sentido humorístico del texto aparece de manera inequívoca. Intentemos averiguar por qué.
En Los Géneros del Discurso, Tzvetan Todorov abordará el tema del chiste. Una primera característica que el autor destaca es la heterogeneidad de elementos que componen las fuentes del humor. Todorov diferencia, a partir de ello, tres niveles de análisis: el primero es lo que Freud llamaba las tendencias del humor (agresión, obscenidad, etc), el siguiente es el trabajo de figuración (sintagmática), el cual llama la atención del auditor llevándolo a buscar una interpretación nueva, y el tercer nivel es el trabajo de simbolización, que consiste en inducir a partir del primer sentido un segundo sentido. En cada uno de estos niveles se encuentran características indispensables en la constitución del humor, pero “...al contrario de lo que pensaba Freud, quien consideraba a la técnica la responsable del efecto humorístico, es incuestionable que ciertas tendencias permiten su realización: la agresión, por ejemplo, pero no el elogio”vi. Entonces, el doble sentido podrá estar muy presente, pero la ausencia de tendencia, de intencionalidad, impedirá el humor.
Continuando con Todorov, vemos que dentro de la figuración, una de las figuras más frecuentes que conducen a buscar un segundo sentido en un enunciado humorístico es la contradicción. La forma más simple en que ésta se manifiesta es mediante la afirmación simultánea de dos opuestos. Pero en la mayoría de los casos no es tan evidente, ya que no se lleva a cabo entre dos elementos copresentes sino entre dos enunciados de los cuales el primero propone (o presupone, o implica) una inferencia. Y cualquiera sea la forma de la contradicción, su efecto es siempre parecido: ella lleva al auditor a rechazar el sentido superficial y a buscar un segundo sentido: es decir, a postular, a través del humor, un trabajo de simbolización.
En cuanto a ésta, Todorov se concentra en sólo un aspecto del problema: la jerarquía de los sentidos y el papel que desempeña en la producción humorística. Si bien el humor contiene siempre un doble sentido, estos dos sentidos no se sitúan jamás en el mismo plano, sino que uno se presenta como un sentido dado y evidente, mientras que el otro, el sentido nuevo, se le superpone para dominarlo una vez terminada la interpretación. El primer sentido está expuesto (o dado), y el segundo es impuesto (o nuevo). ¿De qué mecanismo nos valemos para escoger el primer sentido y luego el segundo? Se podría recurrir aquí a una diferenciación entre contexto sintagmático (lo que está contenido en las frases vecinas o en la situación enunciativa) y el contexto paradigmático (el saber compartido por dos interlocutores y, a menudo, por la sociedad a la cual pertenecen). Uno de estos contextos puede sugerir el sentido dado, mientras el otro impone el sentido nuevo. Lo que desconcierta en el texto de Poe es que éste dispositivo aparece de manera inversa: el sentido expuesto es el sentido nuevo, el verdadero doble sentido a ser simbolizado. Aquí tendríamos un primer indicio del efecto humorístico que produce el relato.
Repasemos, ahora, los ejemplos anteriores a la luz del aporte que hace Todorov a la cuestión. Si afirmar que un caso que pide reflexión es conveniente examinarlo en las tinieblas no reviste un carácter de por sí chistoso, que la frase sea proferida por un detective cuya sagacidad conocemos por ser el protagonista de otros relatos policiales del mismo autor, en un cuarto en penumbras y atestado del humo de dos pipas, a un jefe de policía cuya inteligencia está de antemano puesta en tela de juicio y que además expresa un desconcierto absoluto ante un asunto muy sencillo, hará que la misma tome un cariz humorístico que predispondrá al lector para recibir las siguientes frases con sentido chistoso. Y en el mismo contexto, sugerirle al Prefecto de policía en cuestión, que tal vez sea la sencillez del asunto lo que desoriente a la policía, y que acaso el misterio sea demasiado claro, no hace más que aumentar en el lector el sentido de comicidad. Entonces, a esta altura, oírle al detective afirmar que la policía parisiense es excesivamente hábil en su oficio, cuando es claro que no tienen la menor idea de cómo resolver el asunto, vuelve la situación hilarante.
Lo que aquí se hizo fue simplemente incorporar contexto e intencionalidad a los juegos de palabras y verificar cómo provistos éstos de tendencia, el doble sentido resulta chistoso. Y aquí aparece la vuelta de tuerca que introduce Poe: el doble sentido, en realidad, se halla delante de las propias narices del Prefecto y de toda la policía, y ninguno de ellos es capaz de advertirlo por atenerse a una lógica estructurada que indicaría que el doble sentido debe ser buscado siempre detrás del primero. En cuanto a la tendencia, tampoco se trata de cualquier tipo de tendencia, sino de una intencionalidad de carácter negativa, en el sentido que lo que se propone es sumir al otro en el ridículo. Y, a su vez, para que esto tenga efecto chistoso, además deberá ser llevado a cabo delante de un tercero que capte el doble sentido que omite el destinatario del mismo. Esta es otra estrategia que contribuye al desconcierto del lector: el propio narrador del texto es quien opera como testigo de los sucesivos episodios que se van suscitando, haciendo que, por ende, el lector se entere al mismo tiempo que el narrador de los avatares de la trama. Así, nos enteramos que el ministro ridiculiza a la reina primero –robándole la carta delante de sus propios ojos- y al Prefecto después –escondiendo la carta en el lugar más visible de la casa, previendo que lo elemental de la inteligencia de la policía llevará a esta a buscar en escondites más convencionales-; que Dupin, a su vez, ridiculiza al Prefecto –por no ser capaz de resolver un caso tan sencillo-, y al ministro –sustrayendo la carta sin que éste lo advierta y condenándolo, de paso, a un escarnio aún mayor cuando necesite echar mano del documento y, en vez de la carta, se encuentre con un mensaje burlón que el detective escribió en el papel que dejó en su reemplazo-.
Obsérvese cómo el saber compartido por dos o más interlocutores del que nos habla Todorov (contexto paradigmático), se encuentra siempre presente, quedando excluida del mismo la víctima objeto de la burla. Lo chistoso, entonces, no sólo es presenciar cómo, a su turno, alguien se burla de un incauto, sino, también, tener la posibilidad de ser partícipes de la burla.
A veces, lo esencial es visible a los ojos, parecería querer decirnos Poe en este relato, pero únicamente podrá advertirlo aquel que sepa anticipar o prever la lógica del otro; el que, en definitiva, posea una inteligencia desprovista de acartonamientos atados a inferencias demasiado lógicas. El más astuto, podrá pensarse... Y también el más chistoso, agregaríamos nosotros.
ii Freud, Sigmund, 1912 (1997), “Parte Analítica” en El Chiste y su Relación con lo Inconsciente, Buenos Aires, Editorial Losada. Pág. 1049
v Allan Poe, Edgard, 1997 (1999), “La Carta Robada” en Narraciones Extraordinarias (Segunda Selección), Barcelona, Ediciones 29, 3ª Edición
vi Todorov, Tzvetan, 1996 (1991), “Palabra de Humor” en Los Géneros del Discurso, Caracas, Monte Avila Editores Latinoamericana. Pág. 310