Recién comencé a prestar atención cuando me di cuenta que los del último asiento desviaban la vista hacia las ventanillas para reírse. El tipo iba tomado con una mano del pasamanos del techo y con la otra del caño del respaldo. El colectivo le quedaba chico: parecía un oso metido en la jaula de un chimpancé. Me corrí unos pasos para captar lo que le decía al que iba sentado en el asiento sobre el que estaba encorvado:
—Si mi novia se llega a vestir así yo la ahorco —dijo señalando hacia la ventanilla.
Se miró las manos y agregó algo que se perdió bajo el escape abierto de una moto. Sus brazos eran dos herramientas, sus modos y su voz, los de una mujer autoritaria.
Después que cruzó Pueyrredón, el 12 comenzó a vaciarse. No pasábamos de tres los que seguíamos de pie y ahora todos parecían atentos a lo que hablaba ese tipo.
Se dirigía nada más que al hombre que iba sentado delante de donde él estaba, y éste, supongo que por pudor, cada tanto alzaba la cabeza para mirarlo.
—…es virgencita, y el día que se desnude va a ser para mí solo… —alcancé a oír, y sentí algo parecido a cuando de chico escuché a mi hermana mayor a través de la puerta hablando durante el acto sexual.
Los del último asiento eran cinco: un hombre en cada extremo y tres mujeres de entre veinte y treinta años en el centro. Se notaba que hacían un esfuerzo descomunal por no mirarlo. Sin embargo, no podían mantener durante mucho tiempo los ojos apartados de esa mole, como si un campo magnético los atrajera, como si el tipo estuviera desnudo.
—En la guerra de Vietnam degollaba chinos con un Tramontina —El tono era de confidencia—. Ahora, soy guardaespaldas del presidente de Estados Unidos…
El hombre canoso, de traje, que iba junto a la ventanilla del último asiento, apoyó el libro abierto sobre la falda e hizo el gesto de contener un acceso de risa al tiempo que cruzaba una mirada cómplice con dos de las mujeres. Acabábamos de pasar Coronel Díaz. Entonces, comencé a moverme hacia la puerta.
—Volví para casarme con mi novia… —estaba diciendo el oso cuando pasé a su lado.
—Disculpe —le dije—. Pero aquel de la punta se está riendo de usted.