Omnes ferunt, ultima necat
Empezaba a lavarme las manos cuando vi la fotografía en la página del Diario Popular que algún enfermero había dejado abierto a un costado de la camilla. La mujer se demoraba arropando a la criatura en espera de vaya uno a saber qué cosa, un consejo de última hora, alguna receta mágica, un término médico que no alcanzara a comprender para así tener oportunidad de preguntar sin pudor. Son todas iguales, están tan habituadas a la desgracia que lo contrario les parece inverosímil. Llegan con sus crías enrolladas en trapos descoloridos y los desenvuelven como si pelaran una cebolla podrida. Huelen a humo, a tierra, a leche cortada. Y después, cuando les anuncio que todo lo que el chico tiene es hambre, me obligan a repetírselo dos o tres veces, como si no entendieran, como si no lo pudiesen creer, como si no supieran. Estampo el sello en la receta, dibujo un garabato y les regalo algunas muestras gratis de hierro, de calcio, de leche en polvo… ¿Qué otra cosa puedo hacer?
El ventanal de vidrio opaco transpiraba vapor. Las gotas se condensaban del lado de adentro y resbalaban dejando tras de sí trazos como cicatrices viejas. Era tanta la humedad, que el papel del diario ni siquiera crujía. “Crimen del taxista. Detuvieron a principal sospechoso,” decía el copete. El Tuerto aparecía con una expresión entre distendida y atónita, con ese aire medio tímido de las fotos de carnet. No me costó trabajo imaginármelo ladeando la cabeza para enfocar con su ojo sano a los guardias, como haciendo puntería sobre el caño de una escopeta, los labios contraídos en una mueca, el cuello rígido hundido entre los hombros. Y lo comprendí todo de golpe. Aquello que ya había quedado sepultado debajo de sucesivas capas de cotidianeidad no sólo volvía a salir a flote, sino que lo hacía para humillarme del peor modo. Me sentí empequeñecido, impotente, como si mi padre acabara de insultarme en público.
Supongo que la parte que conozco de la historia comenzó en el bar de Jorge casi al mismo tiempo en que yo aparecí por Liniers. Estaba cursando las últimas materias de medicina y un compañero de facultad me había conseguido una changa en el locutorio de un tío suyo. Yo cerraba el negocio y tiraba el arqueo de la caja. Todo lo que tenía que hacer era llegar media hora antes de las doce y esperar que Leonardo, el chico que atendía el turno de la noche, dejara todo listo. Entonces hacía el cierre, registraba los asientos en el libro y guardaba la recaudación en la caja de valores. Nunca me llevó más de una hora y me ayudaba a pagarme los apuntes y los cigarrillos. Después, pasaba un rato por el bar antes de caminar hasta el otro lado de las vías para alcanzar el último 34.
Aquel verano me había dado por la ginebra fría. No con hielo, sino enfriada en la heladera. Jorge refregaba el platito de acero un buen rato antes de despositarlo sobre el mostrador con la veneración de un obispo manipulando un cáliz. Colocaba la copa encima y recién entonces se agachaba para sacar de la heladera la botella de Llave. Hacía que el líquido rebasara la copa hasta inundar el platito y se quedaba esperando que yo confirmara con un gesto del labio inferior.
El local era angosto como un pasillo: la barra con sus cinco taburetes y una mesa en el rincón del fondo dejaban apenas espacio para moverse. Había un espejo cuarteado, botellas con etiquetas ilegibles, ceniceros de lata con la marca Cinzano grabada en cada una de las tres caras… En todo el tiempo que lo frecuenté, jamás vi una mujer asomarse siquiera a la puerta. Funcionaba como una especie de club, los clientes saludaban escrupulosamente al llegar y al irse, primero a Jorge, y luego al resto.
No hacía falta ser estudiante de medicina para darse cuenta de que Jorge estaba en las últimas. Flaco, encorvado, la piel del color de la parafina barata, hubiese jurado que su hígado debía tener más o menos el tamaño de una pelota de basquet. No creo que le quedase un solo molar sano: cuando sonreía, se le formaban en las mejillas ventosas grandes como pocillos de café. Usaba un anillo de oro descomunal en el anular de la mano derecha, con la que desplegaba un ritual de gestos ceremoniosos para cualquier cosa, lo mismo se tratara de dar el pésame a una viuda que de servir un Gancia con Campari; algunas veces, esto causaba una ilusión de discordancia tan fuerte como imaginar a la filarmónica de Viena interpretando el Arroz con Leche. Andaría por los cincuenta y pico. Tenía una hija en alguna parte y hablaba de ella sólo cuando la borrachera alcanzaba un punto en que las palabras le salían encimadas y para dentro, así que nunca pude enterarme de mucho más. Empezaba a beber con el primer cliente del día, y acaso por comodidad, lo mismo que éste pidiera; después, iba cambiando a medida que la jornada progresaba. Dormía sobre un pedazo de gomaespuma detrás de la barra y hubo noches en que se acostaba y pedía que el último en salir bajase la persiana y trabara la puerta.
Yo lo trataba de usted. Las noches de lluvia, cuando los taxistas tenían más trabajo y no aparecían por el bar, él llenaba dos vasos altos de ginebra y daba vuelta al mostrador para conversar de taburete a taburete. Había leído poco, pero bien. Le gustaba decir que de haber tenido la oportunidad de encarnarse en un personaje de novela, no habría dudado en elegir al capitán Ahab; era un solitario, aunque no sé si por elección propia. En ocasiones, en mitad de una evocación, entornaba los ojos y guardaba silencio. Yo sentía que me quedaba solo, entonces encendía un cigarrillo y trataba de imaginar qué clase de nostalgia puede convocar a un hombre para ser arrastrado con esa intensidad. Siempre esperé a que fuese él quien reiniciara la conversación.
—Una vez, cuando tenía más o menos tu edad, viví casi tres meses de la timba —me soltó una noche sin que viniera a cuento. Dijo que en ese tiempo vivía con su padre en un conventillo de la calle Beruti, entre Bulnes y Salguero. La madre había muerto cuando él tenía siete años y el padre nunca había podido recomponerse. Cada uno por su lado, habían ido alimentando algo así como una especie de resentimiento que de a poco se fue volviendo contra ellos. Una mañana se levantó de la cama, metió tres o cuatro cosas en un bolsito de mano y salió a la calle sin tener la menor idea de lo que se proponía. Dice que eligió Colonia porque el pasaje era barato y porque, al fin de cuentas, se trataba de un país extranjero. Lo primero que hizo al desembarcar fue despacharle al padre una postal del barrio viejo con dos líneas donde le informaba que se encontraba bien. Había separado la suma del pasaje de vuelta y la había abrochado con un alfiler de gancho al bolsillo interior del saco. Con el resto, le alcanzaba para dos o tres comidas.
—Hace ya tanto tiempo que todo me parece ilusorio. Me pasé la tarde vagando por la zona del faro; me acuerdo que miraba el agua y después el horizonte y me sentía como un preso que le dedicara desde lejos una última mirada a la prisión de la que acaba de fugarse. A esa edad, uno necesita creer que la incertidumbre del mundo le duele en alguna parte para sentirse vivo.
Dijo que cuando empezó a anochecer, todavía no tenía resuelto cómo pasar la noche. Que la idea le vino ni bien se fijó en el letrero. A lo mejor ya estaba queriendo tirar la toalla y no se atrevía a admitirlo y el casino venía a solucionarle el dilema. Decidió que si perdía se volvía con el primer ferry de la mañana. Jugó todo a una bola, a color, y ganó. Que hubiera resultado tan sencillo lo había decepcionado un poco. Buscó una pieza en la parte nueva de la ciudad y después de cenar se emborrachó tomando medio y medio en un boliche del puerto. Esa primera semana, perdió una sola vez. Apostaba siempre la misma cantidad que el primer día, a colorado, en la misma mesa, a una sola bola. Descontando las comidas, el alquiler de la pieza y el costo de la entrada al casino, ya tenía más del triple que con lo que había comenzado. Dijo que se sentía como dentro de un gran error, como si por algún motivo se hubiera introducido una alteración en el orden habitual de las cosas, un pequeño desfasaje que de tan ínfimo pasara desapercibido y sin embargo distorsionara por completo la ecuación final. Por esas cosas del destino, sin querer, él había descubierto la grieta. Otras veces, pensaba que todo era una maquinación regida por alguien, que él era producto de un experimento y que los demás se confabulaban para llevarlo adelante. Y se dejó llevar. Dormía hasta tarde, almorzaba en una fonda a dos cuadras de la pensión, leía un poco… A veces, se preguntaba con temor si aquello era capaz de durar toda la vida, como si su voluntad no bastara para renunciar, como si se hubiera empecinado en continuar mientras el azar lo dispusiera. A las tres semanas, empezó a pagarle a una mujer. Nunca había estado con una mujer y tal vez por eso demoró en decidirse. Era ocho, nueve, diez años mayor, pero aparentaba la misma edad que él, o aún menos. Usaba una boina calada de costado y cuando algo le causaba gracia parecía esforzarse por no reír. No se mostró impresionada cuando Jorge le contó lo de la ruleta. Se veían en casa de ella, un garaje acondicionado que le alquilaba a una parienta lejana de su madre. Era de un lugar del interior llamado Baltazar Brum y le gustaba describir la calle principal del pueblo agregando o suprimiendo siempre algún detalle: “Ancha, con grandes árboles a ambos lados y con un cantero en el medio que en primavera se llena de lilas y retamas amarillas”. “Con estribaciones en las esquinas, amplia y de un color parecido al mar”. “Con un cantero en el centro, rodeada de una gran arboleda y con las vidrieras alineadas de los negocios brillando bajo el último sol de la tarde”.
Cada vez que Jorge ganaba la buscaba, y nunca había perdido más de dos veces en una semana. Algunas noches, cenaban juntos en un bodegón por el lado del mirador y ella siempre insistía en pagar su parte. Se había comprado un guitarrón acústico, nuevo, caro, y quería aprender a tocarlo. Lo llevaba a todas partes.
—Así estuvimos casi tres meses hasta que empecé a perder. El orden parecía haberse invertido; ahora, de siete noches, ganaba dos, a lo sumo tres. Una semana perdí cinco noches seguidas, y la última, la busqué para contarle. Ojalá mañana tengas suerte, dijo ella, la verdad es que te extraño un poco. Al día siguiente reuní todo lo que me quedaba y esperé que abriera el casino. Aposté en la primera bola, todo a rojo, y mientras la rueda giraba conocí lo que es la desesperanza. Por supuesto salió negro, ocho, si mal no recuerdo. Esa misma tarde me volví a Buenos Aires.
En el trato con los taxistas y con los clientes esporádicos Jorge adoptaba una personalidad diferente según el caso, pero conmigo, al menos durante esas charlas trasnochadas, era siempre el mismo, y me gustaba creer que era esa su verdadera faceta: un hombre que había vivido lo suyo, digno, mesurado. Aunque en general evitaba las conversaciones muy personales, a veces se filtraba el nombre de una mujer de la cual jamás quise saber más de lo que Jorge necesitaba contar.
La primera vez que lo vi al Tuerto habíamos sacado la mesa a la vereda y tomábamos ginebra con Gálvez y Rattín, (se llama Murano, pero le decían Rattín por su parecido con aquel número cinco de Boca). Jorge terminó de ordenar algo adentro y salió con un vaso en una mano y arrastrando la silla de plástico con la otra.
Siempre me fastidió el calor, sobretodo a la hora de dormir. Con la temperatura me pasa lo que se me ocurre que debe sucederle a los habitantes de esos países nórdicos durante los meses en que todo el tiempo es de día: si no percibo el cambio, me olvido que en algún momento hay que acostarse.
En la facultad ya habían terminado las clases y sólo me quedaban las guardias del hospital los fines de semana, así que podía demorarme hasta la hora que quisiera. Esa noche, el calor era el que se siente en el campo debajo del sol cuando no sopla la menor brisa: chato, opresivo, lento. Los dos taxis estaban estacionados enfrente del bar y Gálvez había dejado el suyo con la puerta abierta y el estéreo funcionando. Le gustaban los tangos de Discépolo. Decía que las letras eran “tal cual la vida”, y al comienzo de cada canción, se adelantaba a explicar su significado como si el que cantaba lo estuviera haciendo en otro idioma. Serían cerca de las dos cuando aparecieron los tres chicos y se plantaron delante de la mesa.
—¿Qué pasa, macho? —preguntó Gálvez.
El mayor tendría quince, dieciséis años, y la pupila de su ojo izquierdo parecía una uva negra incrustada contra el lagrimal. Tuvo que torcer la cabeza para enfocar al que le estaba hablando.
—¿Tiene algo pa comer, don? —dijo. Los otros dos se quedaron un poco apartados.
—Dejame ver —suspiró Jorge, sosteniéndose del borde de la mesa para ponerse en pie. Mientras entraba en el bar, el Tuerto siguió sus movimientos rotando la cara con la precisión de un faro. Llevaba una musculosa desgarrada, un short de fútbol rojo y ojotas. Todo el tiempo que estuvo esperando, se la pasó retorciendo el dobladillo del short con una mano.
—¿Son de Fuerte Apache? —le preguntó Rattín al menor de los tres. Creo que evitó dirigirse al Tuerto para no tener que mirarlo a los ojos. Fuerte Apache estaría a unas diez cuadras y entre la fama de los que vivían en esos monoblocs y la de un asesino serial condenado a la silla eléctrica sólo mediaba una cuestión de matices, en favor del asesino. El chico negó dos veces con énfasis:
—De la villa —dijo.
—De Guatemala en guatepeor —comentó Gálvez, divertido. Despatarrado en la silla, con la camisa desabrochada y la piel brillante de sudor, agitaba el diario de la tarde delante de su cuello—. ¿Y vos, cuantos años tenés? —le preguntó al otro. El chico pareció consultar con la mirada al Tuerto y guardó silencio.
—¿Sos sordo? —insistió Gálvez.
—Nueve —contestó entonces el chico, como si le diera vergüenza admitirlo. Gálvez sacudió la cabeza y lo miró a Rattín y después a mí.
—¿Y vos? —le preguntó al otro.
—Siete.
—¿Y sus viejos dónde están? —dijo Rattín. Ninguno de los dos pareció comprender. —¿Los tres son hermanos?
—Yo y éste sí —dijo el que tenía nueve años tomando de una manga y atrayendo al más chico a su lado—. Él, no —Señaló con el mentón al Tuerto.
—¿Y con quien viven? —preguntó Gálvez.
—Con los otros hermanos y la Javi y el novio de la Javi… —contestó el chico encogiéndose de hombros.
Mientras tanto, el Tuerto continuaba en el mismo lugar estrujando con los dedos de la mano izquierda el borde del pantalón, el rostro escorado como una embarcación que se hunde y el ojo útil desmesuradamente abierto en dirección al bar. Cuando reapareció Jorge, recibió el paquete con las manos extendidas y lo sostuvo apartado del cuerpo como si pensara que pudiera contener un gato vivo. Después dio las gracias y se puso a caminar para el lado de Ramón Falcón.
—Gracias, don —se apuraron en decir los otros. En la esquina, deshicieron el envoltorio y se sentaron a comer en el cordón de la vereda.
Después de esa noche, debo haber vuelto a cruzarme media docena de veces más con el Tuerto a la hora en que yo llegaba al bar. Desde la mesa del rincón, alzaba siempre la misma mano nerviosa en respuesta a mi saludo y asentía con solemnidad. Según Jorge, desde el día que le había pedido que le hiciera el favor de llevarle un recado al almacenero de la otra cuadra, ahora se llegaba casi todas las tardes hasta el bar para preguntar si tenía algún mandado. Jorge le pedía que se hiciera una escapada hasta la panadería o que lo ayudara a cargar las botellas en la heladera. En un par de oportunidades, Gálvez, Ruiz o algún otro, intentaron insinuarle que fuera cauto en la confianza que le otorgaba al chico, no tanto por el pobre diablo en sí, sino por los que pudieran andar detrás de él. Jorge siempre se limitó a encogerse de hombros:
—Me da una mano, me hace compañía... —decía, y sin embargo, no sonaba como una justificación.
A Roy, el médico clínico que atiende el otro consultorio de la salita, cuando está de humor le gusta decir que los varones de la villa tienen una salud de fierro. El noventa por ciento de los pacientes que llegan son mujeres. Se sientan en la sala de espera y poco menos hay que arrastrarlas cuando les toca el turno. Casi todas consultan por lo mismo, y la mayoría ni siquiera sabe desde cuándo vienen perdiendo sangre. Se ponen cualquier cosa entre las piernas para detener la hemorragia, desde trozos de frazadas hasta bolsas de plástico del supermercado. “Me extraña que a ninguna se le haya ocurrido todavía taparse con un pedazo de vidrio”, dice Roy y sacude la cabeza más en un gesto de incredulidad afectuosa, como el que pudiera hacer ante una travesura ocurrente de su hijo, que en señal de queja o de fastidio.
El doctor Roy es de esos tipos que parecieran disfrutar ante la perspectiva de una desgracia. Ajena o propia. Da la impresión de divertirle que algo marche bien sólo porque de ese modo cabe la posibilidad de que pueda desmejorar en cualquier momento. Hace rato que se olvidó de jugar al doctor. Si alguna vez ha tenido alguna esperanza de algo, queda claro que los diez años que lleva atendiendo en la salita le hicieron poner los pies sobre la tierra. En ocasiones pienso: ¿de no haber sido médico, qué otra cosa habría podido ser?
Cuando entró, yo estaba leyendo la noticia por tercera vez.
—¿Hoy no se desayuna en este nosocomio? —dijo.
—Ya pongo el café, doctor —contesté, cerrando el diario y terminando de rearmar toda la historia en mi cabeza.
—¿Algo interesante? —preguntó, cabeceando hacia el diario. Yo seguía bajo el efecto que produce saberse dueño de una revelación que es materia de desconcierto para el resto de la gente y empecé a contarle la historia. Al llegar a la parte en que el taxi había sido encontrado prendido fuego en un baldío, y antes de revelarle el motivo, que no aparecía en la crónica pero que yo, a esa altura, ya estaba seguro de comprender, Roy había empezado a sonreír:
—A que fue el Tuerto el que lo prendió fuego —dijo, y la simpleza de ese razonamiento sólo consiguió hacerme sentir más humillado: yo, que había asistido de cerca a todo el episodio, no había sido capaz siquiera de sospechar aquel desenlace. Asentí y arrojé la colilla dentro del fuentón: la brasa, al tomar contacto con el agua, produjo una breve explosión amortiguada.
—¿Puedo, al menos, preguntarle cómo lo supo? —dije. Buscaba el consuelo de que hubiese entendido mal, de que lo que quería decirme tuviera en realidad otro significado.
—Dios no permita, pero si llegaras a quedarte acá lo suficiente, te darías cuenta de que es como leer negro sobre blanco —dijo—. Cuando pasás más tiempo entre esta gente que con tu propia familia terminás por conocerlos quieras o no —agregó, haciéndome el favor de no demostrar que me estaba indultando.
De aquel verano, además, guardo el sonido del zorzal que, cada madrugada, oculto en el follaje de uno de los árboles de la calle Montiel, ensayaba su canto aflautado y monótono, repitiendo la misma frase una y otra vez, como si pretendiera convencerse de una dudosa destreza. Entonces, empezábamos a mirar los relojes y a hacerle señas a Jorge para que fuera preparando la cuenta. Aquella madrugada, cuando el pájaro arrancó su letanía, Gálvez estaba enumerando de corrido la delantera de Brasil campeón del setenta:
—Jairzinho, Tostao, Gerson, Pelé y Rivelinho —dijo—. ¡Mamita!
Además de Gálvez, quedábamos El Bolsa, Ruiz y yo. El Tuerto comía en la mesa del rincón lo que había podido rejuntar Jorge en el fondo de la heladera. El Bolsa consultó la hora, ¿ya las tres? se preguntó en un suspiro, y entonces se ofreció acercarnos a Ruiz y a mí hasta Warnes y Juan B. Justo. Sigo repasando una y mil veces el recuerdo de aquella noche y no hallo más que fragmentos de imágenes que no terminan nunca por ligarse: allí están, otra vez, la mano de Jorge suspendida por última vez en el esbozo de un saludo, el brillo del encendedor de Ruiz encima del atado de Camel, la espalda de Gálvez desapareciendo en la penumbra del corredor que conduce al baño, el ojo del Tuerto clavado en el plato sobre el mantel de hule a cuadros… Figuras yertas en un paisaje que se va deshilachando roído por la levedad de su propia inconsistencia, arrancadas a manotazos del fondo de una memoria inadvertida. Sombras. Como si este recuerdo descendiera de otro recuerdo más antiguo. Como la rama que ahora se mueve al otro lado del vidrio opaco y proyecta un juego de estelas cromáticas que se aplanan debajo del vapor húmedo del ventanal. Y el cartelito, a la noche siguiente, anunciando el duelo, pegado con cinta adhesiva sobre la persiana del bar, en letras azules de imprenta un poco deformes, digno a pesar de todo, sólo sirvió para crear una invocación más. Leonardo ni dejó que terminara de entrar en el locutorio para adelantarse a contármelo.
—Falleció Jorge...
Después vi la ansiedad tratando de mimetizarse en su rostro aniñado, las pausas excesivas, la expresión que no desaparecía cuando creí que ya había terminado.
—¿Qué más? —pregunté, entonces.
—Le rebanaron el dedo —soltó, y se quedó evaluándome.
—El dedo —repetí.
—El del anillo, para robárselo —dijo—. Parece que con un alicate. Igual, dicen que ya estaba muerto.
No hubo velorio, y ni siquiera sé si alguien reclamó el cuerpo. A algunos clientes del bar seguí cruzándomelos en la cuadra o en la parada de taxis al otro lado de la estación, pero al Tuerto fue como si se lo hubiera tragado la tierra. ¿Qué duda podía caber, entonces, de que había sido él quien se había llevado el anillo? De todas maneras, yo tampoco duré demasiado tiempo y dejé la changa del locutorio cuando me confirmaron la residencia en esta salita de morondanga. Ahora, la curva viene a cerrarse en la parte de la historia a la que no asistí. O mejor debería decir comienza a abrirse, corrigiéndose, hasta mutar en otra historia –una más- de culpables y de inocentes.
Más allá de algunas inexactitudes en la ortografía de los nombres, lo esencial queda bastante claro en las dos columnas que el diario le dedica a la noticia. Hace una semana hallaron el cuerpo de Gálvez dentro de su taxi carbonizado, en un descampado de Ciudadela, con la garganta rebanada de un sólo tajo. Los investigadores descartan que el móvil haya sido el robo, porque además de todas sus pertenencias, Gálvez llevaba un valioso anillo de oro macizo en el anular de su mano izquierda. Ignoro si serán capaces de relacionar el anillo con esa muerte, y en todo caso, no me imagino cómo harán para que la figura del Tuerto encaje en el medio.