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Relato con chicos

Por
Rubén Bernabiti

 

 

 

 

Pintura: Gustavo Lopez Armentia

 

Así, visto en retrospectiva, Cristian creía comprender las razones que lo habían decidido elegir irse de veraneo solo y a un lugar apartado. Sentado debajo de la sombra fresca de la carpa, observaba el mar con la misma atenuada expectativa con que se contempla un escenario vacío antes de una representación. Volvió a repasar una vez más el giro que había tomado su relación con María Inés en el último tiempo y conectó ese suceso con su determinación. Desde que había bajado del micro hacía ya una semana, había hecho esta misma evaluación no menos de treinta veces, y en todas el resultado final parecía darle la razón. Sin embargo, algo indiscernible que se apoyaba en algún recodo de su conciencia no le permitía desentenderse de una vez por todas del asunto. Como cuando se compra un juego de lapiceras en el colectivo y se espera que el vendedor baje en la primera parada para probarlas: por más que todas escriban perfectamente y a pesar de lo ínfimo del precio pagado, siempre persiste algo parecido a una sombra que por algún motivo no nos deja sentirnos del todo satisfechos.
Después del divorcio, había dedicado el primer verano a terminar de establecerse, y para el segundo, en el estudio le habían sugerido que se podría aprovechar el mes de feria judicial en poner al día los expedientes de la causa Ipeco S.A. contra el Estado Nacional, un litigio que estaba ya por el tercer año y al que el estudio asignaba especial importancia por considerarlo un caso piloto dentro de la jurisprudencia argentina. Hasta ese momento, lo habían tenido caminando el palacio de tribunales o interviniendo en algún que otro juicio laboral de poca monta, y a tal punto lo sorprendió que el propio doctor Alcurrez en persona le hiciera el ofrecimiento, que no sólo no pudo negarse sino que, además, debió considerarlo como un ascenso dentro de la jerarquía del estudio. Total, que a sus 38 años, estas eran sus primeras vacaciones en soledad.
El hotel era tal cual se lo había descrito Nunes: cómodo, modesto, limpio. Nunes, hacía unos años, había pasado una temporada en el balneario y cuando él le comentó, durante un almuerzo, que ese verano tenía intención de pasar las vacaciones en un lugar tranquilo y apartado para desenchufarse un poco, se puso a recomendárselo con énfasis. Se lo ubicó en el mapa y hasta le explicó cómo llegar: “Por la ruta 3 son 500 kilómetros clavados hasta Tres Arroyos, y de ahí otros 70 por una ruta provincial,” dijo. “Hasta Azul vas a tener un poco de tráfico de camiones, pero después andás solo en la ruta.” Al otro día, incluso, se había aparecido con dos o tres folletos donde destacaban las anchas playas, los atardeceres en el mar y el inmenso bosque de la Estación Forestal. A último momento, como para agregar una forma más de desapego, Cristian había decidido no ir con el auto.
La primera mañana, dejó la valija sin tocar sobre la cama y salió a hacer un relevamiento del pueblo, recorrió a pie las diez cuadras del centro y se adentró un poco por uno de los senderos de la Estación Forestal. Tomó como punto de referencia, en el extremo de la calle principal, un negocio de pesca que ofrecía carnada viva todo el año. Soplaba un viento caliente similar al que despiden los equipos de aire acondicionado encajonados en el interior de una galería. De vuelta en el pueblo, almorzó en un barcito fresco de paredes de madera y mesas con individuales de papel. Después, pasó por el hotel para cambiarse y se dirigió a la playa.
Durante el transcurso del año había dado por sentado que esas vacaciones las pasaría junto a María Inés en alguna playa del Brasil o incluso en Cuba o República Dominicana, pero la diferencia de edad (ella cumpliría 24 en una semana), que en un principio los dos se empeñaron en soslayar con éxito, había comenzado a aflorar en detalles menores como la ropa y la música, hasta finalmente corporizarse entre ambos como un filo al que debían dedicar cada vez más esfuerzo por mantener alejado. Le molestó que ella hubiera estado de acuerdo tan rápidamente cuando durante la última discusión él sugirió que cada uno se fuera de vacaciones por su lado como modo de replantear con serenidad la relación. Luego, esperó que fuera María Inés quien volviera en algún momento sobre el asunto, pero entre el loquero en que se convertía el estudio durante las semanas previas a las ferias y los finales que debía rendir ella en la facultad, se habían visto poco y nada, y lo que se había iniciado, acaso, como una bravuconada de su parte, a medida que transcurrió el tiempo se fue transformando en algo que no tuvo más remedio que empezar a considerar en serio.
Cristian adelantó su silla para recibir el sol en las piernas y se concentró un instante en el crucigrama. En la carpa de la izquierda el más chico de los hermanos se había puesto a llorar mientras la madre le embadurnaba la cara con una crema celeste. La carpa era ocupada por un matrimonio y cuatro chicos varones, rubios y de edades escalonadas. Ya el primer día le había llamado la atención esa familia. El padre tenía un cuerpo flaco y desgarbado con una gran barba descuidada. Prácticamente no asomaba del interior de la carpa en todo el día y cada vez que se dirigía a su esposa o a alguno de sus hijos lo hacía a los gritos. No era que les recriminara algo o que estuviera enojado por algún motivo, por el contrario, todo lo que decía parecía envuelto en una ternura un tanto excesiva pero con un tono de voz atronador, como cuando se le habla a un abuelo un poco sordo. No llamaba a los chicos por sus nombres, sino que usaba la palabra hijo indistintamente para cualquiera de los cuatro: “hijo, ponete el gorro que el sol está muy fuerte” o “hijo, por favor, alcanzame la toalla que dejé colgada en el respaldo de la reposera”. Cada vez que arrancaba con un hijo, a Cristian le hacía pensar en un pastor de alguna de esas religiones nórdicas un poco extravagantes a punto de iniciar un sermón. Para colmo, cada tanto, sufría unos accesos de tos que duraban su buen rato, durante los cuales ninguno de los componentes de la familia parecía prestarle la menor atención: cada uno continuaba con lo que estaba haciendo sin siquiera interrumpirse para mirarlo. La madre era una alemanota corpulenta que en la semana que llevaba en la playa nunca se había deshecho del batón gastado que usaba sobre la malla negra, y que no abría la boca como no fuera para reprender a alguno de los chicos. La carpa de la derecha también era ocupada por veraneantes fijos: una mujer joven, de buen cuerpo y pechos generosos, cuya única actividad parecía consistir en tomar sol variando de postura cada dos horas, acompañada de un muchacho con alguna deficiencia mental. Cristian no tardó en enterarse de que eran hermanos, que vivían en Tres Arroyos y que ella era veterinaria.
Ya a partir del primer día había establecido una rutina que, en realidad, más que producto de una determinación suya, podría decirse que se había impuesto por sí misma. Se hacía despertar por conserjería a las ocho, se daba una ducha, se afeitaba y bajaba a desayunar. Después, volvía a la habitación a recoger el bolso con los artículos de playa y salía hacía el mar. Antes de bajar a la carpa cambiaba un par de impresiones meteorológicas con el encargado de la concesión, compraba el diario regional en el quiosco del parador y hacía cargar el termo con agua caliente para el mate. A partir del segundo día, tanto el encargado como los mozos y los dos chicos que atendían las carpas habían comenzado a llamarlo doctor. En la playa, el día constaba de dos segmentos bien diferenciados: la mañana era un trecho de tiempo distendido que empleaba en breves incursiones en el mar, en largas caminatas por la orilla del agua, en la minuciosa lectura de La Voz del Pueblo y en espaciadas tandas de mate. Hasta la música que se propalaba por los parlantes del balneario durante esas primeras horas tendía al sosiego: baladas un tanto melosas que el viento traía o alejaba a intervalos regulares. A eso de las once llegaba la familia de la izquierda, el hombre delante, luego la mujer y por último los chicos, y en ese orden y respetando cada uno su turno, ofrecían a Cristian un buen día cargado de optimismo a medida que iban introduciéndose en la carpa. Durante unos minutos se producía un pequeño alboroto del que destacaba paciente, inverosímil y febril, la torrentosa voz del padre.
Por lo general, Cristian almorzaba algo frugal en el parador del balneario. Las tardes se iniciaban con la llegada de su vecina de la derecha y el hermano retardado. Entonces, las baladas dejaban paso a una música disonante, y de a poco, la playa comenzaba a poblarse de adolescentes flacos que deambulaban por la arena con aire extraviado. Era la hora del calor intenso, de entrar la silla a la carpa y de echar mano al crucigrama. Recién pasadas las cinco volvía a meterse al agua como antesala de la segunda mateada del día. El argumento que había dado a Nunes para evitar entrar en detalles (desenchufarse un poco del ajetreo del año laboral), ahora le resultaba premonitorio, y sentía, con un plácido extrañamiento, que realmente estaba disfrutando de esa monotonía sosa. 
Volvió a levantar la vista del crucigrama para observar al menor de los hermanos de la carpa vecina que ahora se había detenido a un metro de su silla y miraba el sector de arena alrededor de sus pies con expresión concentrada. Tenía los ojos de un color entre el azul y el turquesa y las pestañas largas y arqueadas como las de una mujer adulta. Cristian le calculó cuatro años, quiso decirle algo amable pero todo lo que le salió fue un hola afeminado. El chico, sin alzar el rostro, farfulló algo y de inmediato se frotó el antebrazo por los ojos. Cristian compuso una sonrisa que se propuso sostener hasta el momento en que el chico volviera a mirarlo.
—¿Qué pasa, bebé? —le dijo, y el chico, entonces, señaló debajo de una de las sillas. Cristian descubrió la pelota de plástico azul entre las cuatro patas de mimbre y se la entregó al chico que, más que tomarla entre los brazos, pareció abrazarla con un amor sobrenatural. Enseguida, se puso a correr en dirección a sus hermanos que, unos metros más allá, observaban con atención.
—Hijo —aulló el padre. El chico se detuvo en seco y giró la cabeza—. ¿Qué se dice?
Entonces, el chico soltó la pelota y agitó una mano hacia Cristian como si se estuviera despidiendo desde la ventanilla de un tren. Los hermanos soltaron una risa estridente que fue seguida por la de su padre; cuando Cristian también quiso reír, advirtió que todavía conservaba en la boca aquella mueca que había armado hacía ya unos minutos. La risa del padre derivó en un violento acceso de tos.
Cristian pensó en sus hijos cuando tenían esa edad. Recordó una tarde en la plaza en que Javier, el mayor de los dos, que en ese momento tenía tres años, de repente se soltó de su mano y se puso a correr con esos mismos pasitos cortos y como de pato sin detenerse hasta alcanzar el centro del rectángulo de cemento donde chicos más grandes giraban en patín. Era la última hora de una tarde de invierno y el sol formaba un trasluz sobre la pelusa amarillenta que le alborotaba la cabeza. Entonces, un hombre mayor que se encontraba junto a él y que había visto la escena, sonrió y sacudió dos o tres veces la cabeza:
—El bípedo implume —fue todo lo que dijo, pero por algún motivo Cristian, hasta el día de hoy, seguía recordando ese comentario asociado con su hijo mayor. Javier ahora tenía doce y Ezequiel ocho y ambos se encontraban veraneando, como todos los años, en Mar del Plata, en casa de los padres de su ex mujer. Durante el año los veía poco y por un momento se dijo que hubiera podido traerlos con él, pero enseguida desechó la ocurrencia alegando que el cambio de planes con respecto al veraneo compartido con María Inés había sido muy sobre la marcha.
Las tardes serenas Cristian esperaba que el sol terminara de hundirse en el vértice derecho del mar, casi en la última lonja de agua, para recoger sus cosas y ponerse en marcha. Si la tarde se presentaba ventosa, se retiraba más temprano a beber algo en el bar del hotel antes de subir a cambiarse. Esa tarde, cuando abandonó la playa, las luces de la Avenida Costanera ya estaban encendidas. Cenó en un restaurante abarrotado de gente en el que todo el mundo parecía conocerse y cuando un tipo empezó a rasgar una guitarra disponiéndose a comenzar con su show pidió la cuenta y salió.
La música lo sobresaltó. Había dejado la ventana abierta y ahora la voz del cantante llegaba hasta su habitación nítida y con una rara acústica. Cristian fue hasta la ventana y advirtió que daba a los fondos del lugar donde había cenado. Volvió a la cama y entonces recordó que había estado soñando con la época en que su madre hacía guardias en departamentos los fines de semana. Durante todo un año —él estaba en tercer grado en el Instituto Pio XII— los sábados y domingos por la tarde su madre mantenía guardias en departamentos en venta. Después del mediodía retiraban las llaves de la inmobiliaria y se instalaban en el departamento que le asignaban. Aún hoy, todavía era capaz de recordar el diseño de los empapelados, el color de los azulejos, el entramado de los pisos de parquet de casi todos los departamentos que su madre había mostrado. Antes de salir de casa preparaban un termo con café con leche y la radio portátil. Su madre recibía a los posibles compradores como si se tratara de invitados que llegaban a su fiesta de cumpleaños. Los guiaba por la casa con una sonrisa, les hablaba del aire, de la orientación del sol, de la ventaja que significaba tener el lavadero separado de la cocina… Cuando se iban venía la parte que más le gustaba a él.
—¿Y? —le decía ella.
—Mmm, no sé. ¿Un cuarenta?
—¿Pero vos estás ciego? ¿No viste los anillos que tenía la tipa? ¡Con los zapatos que llevaba puestos nosotros comemos seis meses! Además, a ella le gustó, y te dije mil veces que cuando a la mujer le gusta, un sesenta ya está abrochado. Con estos dos, un setenta. Mínimo.
A Cristian le parecía que ella siempre trataba de forzar su impresión para que el porcentaje de probabilidades fuera más alto.
—Pero el tipo dijo que era un poco oscuro… —se quejaba.
—Algún defecto tiene que buscarle, tontito, sino después cómo hace para pelear el precio…
A veces, cuando terminaba la guardia del domingo, si ella consideraba que ese fin de semana habían existido posibilidades ciertas de vender la propiedad, lo llevaba a comer pizza al Imperio de Chacarita. Ella tomaba dos vasos de moscato, uno con la pizza y el otro con el postre: indefectiblemente Palo de Jacob. Era una mujer delgada y atractiva y el alcohol le embellecía la cara y la hacía llorar: sus ojos se agrandaban con un brillo extraño, las pestañas parecían crecerle y los labios se volvían más carnosos prolongando el largo de las comisuras. Desde que el padre de Cristian se había ido a Estados Unidos cuando él tenía dos años no habían vuelto a verlo y en todo ese tiempo sólo habían llegado dos cartas, ambas durante el primer año. En la pizzería, ella parecía sentir una especial predisposición para hablar de él. Le contaba cómo se habían conocido y que todas las chicas de la fábrica estaban enamoradas de su padre. “Ahí tendría que haberme dado cuenta”, le dijo en una ocasión, pero después se puso a llorar en silencio sin aclarar más.
Hacía ya una buena media hora que el menor de los chicos berreaba en la carpa de al lado. El domingo se había presentado soleado y un poco ventoso y Cristian había llegado a la playa pasado el mediodía. La familia de la carpa vecina ya estaba instalada y, curiosamente, el padre de los chicos se encontraba conversando con su vecino de la izquierda. En ese momento le contaba que por la mañana los guardavidas habían tenido que rescatar del agua a dos chicos. El vecino, un hombre mayor que usaba anteojos con aumento y camisa de mangas largas abotonada hasta el cuello, hizo algunas apreciaciones acerca de lo traicionera que resultaba la canaleta que se forma antes de la rompiente cuando la marea comienza a crecer.
—No pasa un verano sin que se ahogue un chico...
—Dios no permita… ¿Pero usted se imagina después esos pobres padres?  —gritó el vecino de Cristian. Por lo visto, el mecanismo o lo que sea que hace que las personas puedan graduar el volumen de la voz, en este hombre, se hallaba inutilizado.
—Por eso nosotros, cuando nuestros hijos eran chicos, no les permitíamos acercarse al agua sin un adulto… —confirmó el hombre mayor.
Estaban sentados en las sillas de mimbre de la carpa y ambos mantenían la vista fija en el horizonte marino.
—Yo siempre digo que al mar hay que tenerle mucho respeto…
—Qué le parece… Y más los que saben nadar… Esos son los que se confían y los primeros en ahogarse…
—¡Hijo, no jueguen a lo bruto que se van a lastimar! —gritó el vecino de Cristian hacia los dos chicos que se revolcaban en la arena, y sin modificar el tono de voz, al hombre que se hallaba a su lado—: Pero así y todo, me parece que el río es más traicionero que el mar…
—Y… Es otra cosa… —concedió el hombre mayor.
A todo esto, el menor seguía llorando y Cristian empezó a darle vueltas a la idea de pedirle al encargado que al día siguiente lo cambiase de ubicación. Había notado que en la otra hilera de carpas los ocupantes eran en su mayoría personas mayores o matrimonios sin criaturas. Ensayó mentalmente dos o tres argumentos para no quedar tampoco como un histérico delante del personal hasta que una voz apenas más alta que la de su vecino de carpa lo sacó de esas cavilaciones: un payaso recorría la playa anunciando a través de un megáfono el inminente comienzo de la función de títeres. De repente, los chicos parecieron brotar debajo de la tierra para encaminarse rumbo al parador y a Cristian se le apareció, por un momento, la imagen del flautista de Hamelin delante de los ojos.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando el encargado le asignó la carpa de siempre, o ya había olvidado sus intenciones del día anterior o íntimamente se había aferrado a la rutina como medio de neutralizar imprevistos que luego tuviera que achacar a raptos de su temperamento. Contando ese lunes, restaban cinco días antes de tener que regresar a Buenos Aires, y de a poco sus pensamientos se habían ido equilibrando de un modo que él consideró natural. María Inés ocupaba cada vez más tiempo en desmedro del que ahora dedicaba a pensar en el estudio, en el contrato de alquiler de su departamento que vencía en Marzo y en el atraso de cuatro meses —contando enero sumaban cinco— en la cuota alimentaria que pasaba a su ex mujer… Suspiró y sacó su silla al sol. Su vecina de carpa se hallaba tendida de espaldas encima de un enorme toallón floreado, con los breteles descorridos sobre los brazos y la braguita del bikini semioculta entre las nalgas. Cristian observó cómo, con un dedo de cada mano, descorría la tela elastizada y la estiraba hasta devolverle la forma triangular. A continuación, aplastándose con el antebrazo las tazas del corpiño contra los pechos, en una sola maniobra coordinada se puso de pie y deslizó los breteles sobre los hombros. Sus movimientos trasuntaban un carácter de intimidad que, expuesta a la luz del día, creaba un efecto de artificio desenmascarado. Mientras la veía sacudirse restos de arena de las pantorrillas, a Cristian se le ocurrió pensar que todo rito de seducción también encierra su buena dosis de estupidez.
Estaba decidiendo si sentía o no voluntad de darse un chapuzón cuando notó una lluvia de arena sobre los hombros seguida de la voz del padre de los chicos:
—¡Hijo, no le tires arena a tu hermano!
Sonó como si le estuviera pidiendo un favor a alguien de una vereda a otra de la 9 de Julio.
—Hijo, no… —volvió a tronar, pero esta vez, una tos repentina le impidió completar la frase.
—El me tiró primero —la voz de uno de los chicos se intercaló entre la tos y de inmediato se sumó el llanto del menor de los hermanos.
Entonces, Cristian casi sonrió al recordar el motivo de su última discusión con María Inés. Habían cenado en su casa y mientras levantaban la mesa ella había dicho algo referente a un hijo. Ella estaba en la cocina y Cristian en el comedor y él no alcanzó a entender la totalidad de la frase. Cuando volvió a la cocina, todo lo que se le ocurrió preguntar fue ¿un hijo?, y por alguna razón, quizás por la entonación o el énfasis que había usado, María Inés pareció molestarse.
—Sí, un hijo —repitió— ¿Por qué? ¿Te parece mal pensar que algún día podamos tener un hijo?
Debería haberse disculpado con ella, ahora se daba cuenta, explicarle que no había comprendido el sentido de su frase y decirle que sí, que claro, que le resultaba natural pensar en tener un hijo con ella. A pesar de que habían hablado de mudarse juntos después del verano aún habría tenido tiempo para volver sobre el tema, para ir apartando de a poco esa idea de su cabeza, después de todo ella había dicho algún día, con la connotación de distancia en el tiempo que conlleva esa expresión. Ahora lo veía claro, pero en aquel momento sintió el arrebato de dejar zanjada la cuestión para no otorgarle el menor argumento con el que pudiera más adelante hacerle planteos de ningún tipo. Cuando ella aceptó que cada uno meditara por su lado el giro que estaba tomando la pareja, a él ya no le fue posible siquiera hallar un resquicio por el cual intercalar una retractación.
Hasta ahora, siempre que se había puesto a reflexionar sobre el asunto, había partido desde la premisa de imaginar un futuro juntos, pero desde unos días a esta parte, ese norte había comenzado a tornarse difuso, y analizar la cuestión dejando de lado esa perspectiva hacía zozobrar cualquier línea de razonamiento que intentara.
El jueves era el cumpleaños de María Inés, y aunque él sabía que ella se encontraba veraneando en el campo de unos familiares, decidió dejarle un mensaje en el contestador. Se retiró de la playa cuando comenzaban a anunciar la función de títeres y se dirigió directamente hacia el locutorio de la Avenida 26. La tarde era calurosa y las calles del pueblo estaban desiertas. Cristian iba por el medio del asfalto, chancleteando las hojotas y asistiendo a la anacrónica sensación de hallarse en el lado de la realidad que sucede cuando uno no está presente.
La voz de María Inés lo tomó por sorpresa. La voz verdadera, no la del contestador. Ella tuvo que decir hola dos veces más antes de que él pudiera reaccionar.
—¿Qué hacés ahí? —dijo—. Te hacía en el campo.
—Hubo cambio de planes de último momento —dijo ella. No parecía sorprendida en absoluto.
—¿Algún problema? —preguntó él.
—Para nada.
Su voz tenía ese tono neutro que se adopta cuando se pretende sonar desinteresado.
—Feliz cumpleaños, amor.
—Bueno, muchas gracias.
—Te extraño mucho.. —empezó a decir él, pero ella lo interrumpió:
—Cristian —dijo. Le sonó raro oír su nombre pronunciado por ella. Desde el primer día lo había llamado gordo, vida, chuchi, amor…— Cuando vuelvas hablamos ¿Sí?
Él intentó construir una frase para desarmar ese tono distante, que a su vez sonara como disculpa y reproche. Pero ella volvió a interrumpirlo:
—Cuando vuelvas ¿?
Cristian le deseó que terminara bien el día y cortó sin escuchar su respuesta. Las dos cuadras hasta el hotel las recorrió como si hubiera tenido cita con el oncólogo y estuviera atrasado media hora. En la habitación, se deshizo de la ropa y se recostó en la cama a escuchar correr el agua de la ducha. En los diez minutos que mediaban desde que había cortado la comunicación su estado de ánimo había atravesado sucesivos y contradictorios estados. De la primera sensación de furia a una liberación de espíritu una tanto vacua y forzada para pasar al desconcierto y de allí a un moderado optimismo que desembocaba siempre en el desconsuelo para retornar otra vez al odio hacia ella y hacia sí mismo. Recién en el final de la noche, mientras se desvestía para acostarse, tomó conciencia de que nunca volvería a ver a María Inés, y esa noción, aunque un tanto irreal, fue la que prevaleció con más entidad de allí en adelante.
El siguiente era su último día en el balneario. El micro partía a medianoche y Cristian tenía la impresión de estar viendo el paisaje repetido de las últimas dos semanas con alguna modificación imperceptible; un efecto similar al que podría percibirse frente a una estatua de cera que reprodujera con fidelidad a alguien a quien uno estuviera habituado a tratar a diario. Desde hacía al menos una hora, el menor de los chicos vecinos se encontraba abocado a cavar un pozo junto al parante que separaba ambas carpas. Cristian había alejado su silla más allá del límite de su propia carpa, pero aún así, cada tanto sentía el picoteo de la arena en alguna parte del cuerpo. Como en una oportunidad en que el padre del chico le pidió con su vozarrón que no hiciera volar arena su vecina de la derecha había cruzado con Cristian una mirada de fastidio, él intentó intercambiar algunas palabras con ella, pero todo lo que consiguió arrancarle fueron unos pocos monosílabos inconsistentes.
 A las cinco apareció el payaso anunciando los títeres y se creó el revuelo de todas las tardes.
—Hijo —tronó la voz del padre desde el interior de la carpa— ¡Los títeres!
En cinco minutos la playa quedó despejada y Cristian decidió aprovechar la ausencia de chicos en el agua para darse un chapuzón. Mientras se descalzaba observó cómo la familia en pleno concurría a presenciar el espectáculo. Del mismo modo en que por la mañana hacían su aparición en la playa, ahora se encolumnaban hacia el parador: el padre abriendo la marcha, la madre en segundo término y las cabezas de los cuatro chicos rubios, —el menor con la pelota de plástico azul entre los brazos cerrando la fila—, siguiéndolos.
Cristian anduvo unos pasos con el agua hasta las rodillas y enseguida sintió que el suelo trazaba una depresión abrupta y que la corriente lo tironeaba hacia el centro de la canaleta. De repente no hacía pie, y como no tenía ganas de nadar hasta la rompiente, dio unas brazadas y regresó a la orilla. Se encontraba de cara al mar, con el agua a la altura de los tobillos, cuando la pelota azul pasó rodando a su lado hasta topar con una ola que la hizo elevarse y la arrastró unos metros más hacia dentro. Antes de acabar de girar la cabeza descubrió al menor de los chicos de la carpa vecina que corría en su dirección. Debido al viento, la voz de los títeres llegaba como traspasada de agujeros. Instintivamente intentó divisar por detrás de la hilera de sombrillas la figura desmañada del padre o el celeste lavado del batón de la madre cuando el chico, sin detenerse en su carrera, pasó junto a él chapoteando agua y siguiendo la trayectoria de la pelota que ya se hallaba boyando en el borde de la canaleta. Lo último que Cristian vio antes de volverse y comenzar a caminar hacia su carpa fue la espalda del chico, el remolino rubio de su nuca y más allá, la pelota azul meciéndose como detenida en el tiempo.

robernabiti@yahoo.com.ar

 


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