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Hombre muerto
Por Rubén Bernabiti

En un segundo, que el destino se resuelva en la bifurcación de un sendero.

 

Pintura: Kenneth Kemble

 

 

Hasta aquella noche, a Di Marco jamás se le había ocurrido preguntarse cómo se llevaba a cabo el lavado de los trenes.
El Puesto Central de Operaciones era el más moderno del país; solamente el soft con que se controlaba la traza había costado medio millón de dólares. Los LCD de 29 pulgadas alineados reproducían, integro, el recorrido del tren desde la cabecera hasta la terminal. Cada cambio de vía, cada empalme, cada barrera que se bajaba o subía, cada centímetro de riel, eran operados desde el sistema como si se tratara de un sofisticado video juego espantosamente real. Mouses, teclados, cámaras de circuito cerrado, células fotoeléctricas, equipos de radio, trunking, modems, kilómetros de fibra óptica…
—Es igual que un Tetris, pero al revés. Las piezas van cayendo y acomodándose solas, vos únicamente intervenís si detectás alguna anormalidad en la disposición —le dijo el primer día El Turco Alé, que estaba como operador del PCO desde que se inauguró el tren—. Es lo mismo que en la cabecera sur, sólo que acá, las partículas están un poco más expandidas —completó, con esa media sonrisa suya que tanto podía valer para una broma como para una amenaza.
Hacía casi tres años que Di Marco operaba la cabecera sur y ahora, después de esa semana que le habían dado para familiarizarse con el nuevo sistema, tendría a su cargo controlar que ninguna de las partes que componían esa estricta disposición elemental alterase su pulso.

Su padre se había jubilado después de cuarenta años como guardabarreras en el Ferrocarril Sarmiento, y antes de retirarse, había gestionado una vacante para que Di Marco iniciara el curso de motorman.
El comando de marcha del tren es una palanca que se desplaza trazando una medialuna horizontal sobre el tablero, y cuenta con un dispositivo de seguridad que consiste en un resorte que al aflojar la presión vuelve la palanca a punto cero interrumpiendo la aceleración. Este mecanismo se llama hombre muerto, y tiene por objeto evitar que el tren continúe rodando en caso de que le suceda algún percance al conductor.
El primer día, cuando Di Marco oyó al ingeniero que dictaba el curso referirse al hombre muerto, se apareció delante de él la imagen de un hombre despedazado por las ruedas de un tren y la impresión que le causó fue tan grande que, cuando el ingeniero reveló su verdadero significado, lo que persistió en su mente fue aquel sobrecogimiento inicial. Allí decidió que haría lo que fuese con tal de no tener que verse sometido a la posibilidad de que le sucediera tal cosa.
Así que trabajó quince años en la oficina de control, en el transcurso de los cuales conoció a su mujer, se casó y tuvo sus dos hijos. Cuando el ferrocarril Sarmiento se privatizó, lo despidieron por racionalización de personal y quedó a la deriva dos años. Hasta que inesperadamente la empresa en la que ahora trabajaba decidió reabrir un antiguo ramal costero clausurado durante el gobierno de Frondizi.
 
Esta misma empresa, ahora, también había empezado a racionalizar su personal.
 
A esta altura, el traslado hacia el PCO era, apenas, una vuelta más en la inercia sombría que había comenzado a girar en algún momento a su alrededor y que parecía decida a no detenerse. No hacía demasiado tiempo, al despertar una mañana, descubrió que todo le resultaba vagamente familiar: igual que en esas películas en que el protagonista despierta luego de haber estado congelado cien años. Y fue así, tal cual, de la noche a la mañana. Pero con la diferencia de que, en su caso, guardaba memoria del tiempo transcurrido entre medio. De buenas a primeras, le pareció que eso que genéricamente llamaba su vida, en algún punto no concordaba con su propia experiencia. Como si en vez de que su vida le sucediera a él, fuese él algo que le estuviese sucediendo a su vida. Recién cumplidos los cuarenta, se encontró con dos hijos adolescentes, una mujer con la que desde hacía diecisiete años tenía sexo cada vez más esporádicamente, un departamento lejos del barrio donde se había criado…

La empresa había remodelado las instalaciones de una antigua usina en desuso en San Fernando y establecido allí las oficinas de Recursos Humanos, los talleres y el PCO. En esa zona, las vías se alejaban del río unos quinientos metros y en los terrenos que abarcaba ese descampado había ido creciendo una villa miseria que ahora, paredón de por medio, lindaba con los hangares donde se efectuaba el mantenimiento de los trenes.
Si no era en automóvil, el único modo relativamente seguro de acceder era por medio del propio tren: a cincuenta metros de la estación, junto al vallado de alambre, habían emplazado una garita con personal de seguridad. Desde allí hasta las oficinas se debía andar unos doscientos metros en sentido paralelo al muro de la villa. En los horarios que no corría el tren, la alternativa era el colectivo 60, que pasaba a siete cuadras.
Por fuera, el edificio del PCO tenía el aspecto de una casona estilo inglés, como todo lo que tuviera que ver con ferrocarriles en la Argentina, pero el interior había sido refaccionado por completo. Las ventanas se encontraban selladas debido a que la temperatura sólo podía oscilar en un grado hacia arriba o hacia abajo de los diecisiete. El techo estaba recubierto con membranas acústicas que aislaban el recinto del ruido exterior. A través de los pocos claros que sobrevivían entre la cantidad de planos, planillas de horarios y mapas que cubrían las paredes, era posible detectar el brillo lunar del empapelado acrílico. El murmullo constante, eterno, parejo, al rato de entrar en la sala se incorporaba al cerebro y se disolvía en algún lugar del organismo confundiéndose con los latidos del corazón.
El primer día, Di Marco se detuvo a observar una fotografía debajo del vidrio del escritorio del Turco: cinco chicos asiáticos de no más de ocho años (la nena en primer plano, completamente desnuda), huían por una ruta desolada con el llanto desfigurándoles la cara. Al fondo, cuatro soldados con las armas en ristre, caminaban vigilantes cerrando la marcha.
—Es nada más que para no perder de vista lo amorosa que puede resultar a veces la especie humana —le explicó El Turco, haciendo aflorar una semi sonrisa.

En su casa, a partir del nuevo diagrama de horarios que debía cumplir en el PCO, Di Marco se había vuelto invisible. Seis días entraba a trabajar a las cinco de la mañana, los siguientes seis días a la una de la tarde y los siguientes a las nueve de la noche. Dormía a la hora en que los chicos almorzaban, volvía a casa cuando ya todos estaban durmiendo... Había tenido que comprar un despertador analógico que le permitiera programar la alarma entre las cero y las 23:59 porque el viejo reloj de cuerda más de una vez había sonado a las tres de la madrugada en vez de hacerlo a las tres de la tarde. Entre cada cambio de turno disponía de cuarenta y ocho horas de franco. Y ya el mero hecho de que sus francos fuesen contados en horas le parecía un signo inquietante. Esta formula podía resultar apropiada para las prescripciones médicas, las cartas documento y los contratos comerciales, pero aplicada a sus días de descanso producía un molesto efecto de cuenta regresiva.

Di Marco estaba repasando junto al Turco Alé la nomenclatura de todos los pasos a nivel de la traza. Para identificar las barreras la relación se conformaba con un número seguido de la sigla LR, si correspondía al brazo que daba al río, y LT, si el brazo aludido era el opuesto. Se habían sentado delante del último monitor, y a medida que El Turco desplazaba el puntero del mouse sobre el diagrama de las vías, Di Marco iba identificando el paso a nivel.
Justo en el momento en que llegaban al 23 Lado Río, un estallido sacudió el vidrio de la ventana que tenían a sus espaldas.
En una reacción instintiva, Di Marco se inclinó sobre el escritorio y atinó a cubrirse la cabeza con las manos. El sobresalto que experimentó El Turco, en cambio, duró apenas el tiempo que duró la explosión: masculló un insulto hacia la ventana y parecía dispuesto a continuar con la enumeración cuando advirtió el desconcierto en la cara de Di Marco.
—La villa —dijo, como toda explicación—. Se divierten barato.
Di Marco intentó adoptar un tono mundano:
—¿Pasa a menudo?
El Turco ya tenía posada su mano derecha sobre el mouse, y parecía más fastidiado por tener que dar esta explicación que por la interrupción anterior.
—Ya te vas a acostumbrar —dijo—. Los vidrios son blindex de ocho milímetros, así que pueden tirar todos los cascotes que les den las ganas.

Cuando terminó la película, los dos siguieron inmóviles en la misma posición. Los números verdes del reloj analógico marcaban las 2:03 y después de cuatro o cinco propagandas comenzó una especie de documental sobre una logia de fanáticos de la antigua serie Viaje a las Estrellas. Di Marco deslizó su mano por debajo de la sábana y apoyó la palma sobre el vientre de Estela.
—Cerrá la puerta por si llega Matías —pidió su mujer.
Era sábado y Matías había salido a bailar. Podía llegar tanto a las dos como a las nueve de la mañana. Florencia, en cambio, pasaba el fin de semana con la familia de una compañera de escuela.
Se recostaron uno frente al otro y Estela le pidió que le rascara la espalda. Mientras Di Marco le frotaba la espalda ella deslizó una mano dentro de su calzoncillo y comenzó a masturbarlo a un ritmo que a él le resultó demasiado rápido. El modo de ella siempre había sido ese: daba la impresión de que hacía bajar y subir su mano a la máxima velocidad que le era posible. Di Marco fijó la vista en la pantalla: una pareja de gordos mostraba al entrevistador su colección de trajes de Viaje a las Estrellas, todas reproducciones de los usados en la serie. Cuando sintió la proximidad del orgasmo, sujetó la muñeca de Estela y contuvo la respiración. Quedaron estáticos unos segundos, como si hubiesen escuchado pisadas extrañas al otro lado de la puerta.
Di Marco se apuró en colocarse el preservativo y se montó encima de su esposa, que lo recibió sin variar de postura. Ninguno de los dos emitió el menor sonido, sólo era audible la explicación que estaba dando la pareja para justificar su fanatismo por Viaje a las Estrellas.
Menos de cinco minutos más tarde, se encontraban espalda contra espalda, ya dispuestos para dormir.
—¿Engordaste vos? —le preguntó Estela, como si se le acabara de ocurrir.
—¿Por?
—No sé… La sentí más grande…

Al pie del andén partían dos sendas peatonales: la de la izquierda, de pedregullo gris, conducía recto a la puerta de rejas delante de la cual había que detenerse hasta oír la chicharra que destrababa la cerradura. El camino de la derecha, en realidad una cicatriz de pasto amarillento, serpenteaba hasta desaparecer en el interior de la villa.
Di Marco ya se había acostumbrado a que, ni bien atravesara el portón de rejas, fuesen apareciendo sobre el borde del muro rostros que escrutaban en silencio su marcha. A medida que él avanzaba, esas caras oscurecidas por la distancia desaparecían del sector de paredón que había dejado atrás para reaparecer más adelante. Los primeros días, sin saber muy bien por qué, había evitado mirarlas en forma franca; caminaba con pasos involuntariamente largos, la espalda rígida y la vista fija en la lejana casona estilo inglés. Cuando se dio cuenta de que parecía un granadero se sintió ridículo, entonces se decidió a recorrer con la mirada aquella especie de collar de abalorios y descubrió, con sorpresa, que detrás de los rostros se escondían criaturas no mayores de diez años.
Debido a que el terreno producía una suave hondonada que iba acentuándose a medida que se aproximaba al río, por detrás de aquellas cabezas, y a pesar de los tres metros de altura del paredón, era posible observar el conglomerado de techos desparejos cubiertos por una cantidad de objetos inclasificables que iban desde neumáticos de camiones hasta un bidé color turquesa. Y unos metros encima de esas chapas descoloridas, una especie de bruma tornasolada, permanente, inmóvil, iba graduando los cambios de tonalidades de la tarde.
El último día de esa semana, a Di Marco le extrañó que a lo largo de todo el trayecto no hubiese aparecido una sola cara para acompañar su recorrido. Las nubes tenían un desusado color verde y una guarda dorada coronaba el horizonte. Todavía no era la una de la tarde, y sin embargo, le pareció que el cielo ya había comenzado a oscurecer.
—Hoy vas a tener una tarde tranquila, pibe —le dijo Miguez antes de interiorizarlo de las novedades del servicio. Le faltaban tres meses para jubilarse y a cualquiera menor de setenta años lo llamaba pibe. Recién ahí, Di Marco cayó en la cuenta de que era 9 de julio.
—En la villa tienen campeonato de fútbol, así que los monos van a estar entretenidos hasta tarde —siguió, mientras terminaba de ordenar las carpetas en su escritorio. Miguez era el único de los cuatro operadores que nunca tenía apuro por irse—. Esos sí que la pasan bien... —su voz, ahora, había adoptado un tono reflexivo—. Los únicos pelotudos que laburan todos los días del año parece ser que somos nosotros.

Pasta dentífrica a rayas rojas y blancas, I-Pod, huevos de codorniz, discos de músicos ingleses cuyos nombres traducidos resultan ser Aguijón o El Borde, decenas de muñecas Barbies guardadas en cajas en el fondo del placard, remeras con inscripciones, tomates cherry, portarretratos con fotos tomadas en una aerosilla, MTV, champú a base de aloe vera, llamada en espera y contestador con la voz de una llama, Lexotanil, Telenoche, corpiños push-up con aros de metal, Listerine, pedazos de cordero petrificados en el freezer, ron Barcardi Oro, un olor parecido al del agua ras con fondo dulzón que se percibe sólo al entrar, un gato…
El vocablo casa desencadenaba un mecanismo mental que confería a la suma de esas y de otras cientos de cosas más, una unidad indivisible e inseparable del sencillo sonido que servía para nombrarla.
Cuando Di Marco llegó, encontró a Matías en la cocina preparándose tostadas de pan lactal. Mientras él buscaba el cartón de leche en la heladera, su hijo dio vuelta las cuatro tostadas y se quedó mirándolas con una actitud de perplejidad en el rostro, no como si esperara ver operarse delante de su cara algún prodigio sobrenatural, sino, más bien, como si eso ya estuviera sucediendo. Una vez que retiró las tostadas, las colocó en un plato y las espolvoreó con condimento para pizza.
—¿Recién llegás? —preguntó Di Marco.
—Hace un rato…
—¿Y tu hermana?
Matías se encogió de hombros. Se había metido media tostada en la boca y le costaba masticar.
—¿Fuiste a bailar?
Sacudió la cabeza y tragó:
—Al cyber... A jugar en red… —Parecía como si a cada momento fuera a atorarse, aunque finalmente tragaba con esfuerzo y se introducía un bocado más grande.
—¿Toda la noche?
—¡Mmmjjmm!
A través de la ventana, Di Marco observaba cómo la calidad de la luz del amanecer, en vez de aclararlas, volvía más negras las siluetas de los árboles en la calle.
—Tomá algo, te vas a ahogar… —dijo levantándose para dejar en la pileta la taza vacía.
—Así está bien. Ya me voy para mi pieza.
—Yo también me voy a acostar.
—Mañana es domingo ¿no?
Di Marco reparó en que ésa había sido su primera jornada del turno noche, y que todavía le restaban cinco más hasta llegar al franco.
Hoy, es domingo —dijo.
Matías esbozó un leve gesto de fastidio por la corrección.
—Bueno... Hoy —concedió—. ¿A que hora te despertás?
—No sé. Una, dos…
—Despertame a las dos y media. Arreglé con los chicos para ir a la cancha.
—Tengan cuidado. Mirá que la mano está fulera…
—No pasa nada… —dijo Matías, poniéndose de pie—. Mañana nos vemos.
Cuando al rato Di Marco pasaba delante de su pieza, Matías le chistó desde la cama.
—Dejame veinte mangos para la entrada… —dijo en un susurro.

Durante la noche le hacía compañía Charito, el policía que quedaba de guardia. Entre recorrida y recorrida cebaba mates y se solazaba contando historias truculentas de la villa. Terminaba siempre quejándose de la falta de seguridad:
—El día que se aviven que a la noche quedamos solamente dos, entran y nos revientan todo —repetía en tono de admonición.
Tenía los ojos inmensos, a tal punto que cuando chupaba la bombilla daba la impresión de que fueran a saltarle de las órbitas. La primera noche había explicado, con lujo de detalles, que se debía a un problema de tiroides. Cada vez que lo miraba a la cara, Di Marco no podía evitar figurarse un par de huevos duros.
Después de que entraba el último tren, no había mucho por hacer en el PCO. Si no salía la zorra para alguna reparación en los rieles, Di Marco se dedicaba a jugar al solitario en una de las computadoras hasta la siguiente ronda de mates.
Como no estaba permitido dormir, y sabiendo que si se quedaba sentado se le cerrarían los ojos, esa noche le propuso a Charito acompañarlo en su recorrida.
Afuera predominaba una niebla espesa, y el resplandor anaranjado de los reflectores, al mezclarse con la luz blanca que irradiaba por las ventanas el PCO, le otorgaba a la antigua casona un aura fosforescente.
Primero recorrieron el perímetro del pañol, verificando puertas y ventanas. Ante cada maniobra, Charito explicaba la rutina completa: accionar los picaportes para constatar que no hubieran olvidado cerrar con llave, tirar de las cadenas por si los candados quedaron abiertos, empujar los postigos, probar puertas, ventanillas y tanques de nafta de las camionetas… Todo el recorrido tres veces por noche, y cada vez como si se tratara de la primera. Mientras hablaba, el vapor salía recto de su boca y permanecía una fracción de segundo delante de sus ojos antes de diluirse.
Caminaban pegados a la pared de chapa del hangar, donde durante el día se hacían las reparaciones mecánicas, con los cuellos encajados entre los hombros. Di Marco sabía que el enorme galpón moría casi contra el paredón de la villa, y Charito sabía que Di Marco sabía. Sin embargo, ambos andaban en silencio como guiados por el rítmico retumbar de los brillantes borceguíes de Charito.
Al fondo, más o menos donde el terreno iniciaba la depresión hacia el río, la niebla anaranjada parecía volcarse adquiriendo la densidad del frío que cae cuando se abre la puerta de un freezer.
A medida que se acercaban al final, Di Marco comenzó a captar un parpadeo imperceptible en el monótono flujo de la niebla, como pequeños remolinos de aire que brotaban desde algún lugar detrás del hangar.
De chico, había descubierto que derrumbar esos enormes hormigueros que inflaban la tierra le producía una sensación de irrealidad levemente repulsiva: asomarse a esa minúscula organización de actividad oculta era equivalente a admitir que el devenir del mundo continuaba imperturbable más allá de él mismo.
Y lo que vio al final del galpón, en ese corredor encajonado contra el paredón de la villa, le hizo revivir aquella sensación: la formación de vagones con todas la luces encendidas refulgiendo en ese resplandor de quirófano típico de las filmaciones de spots publicitarios a deshoras, la energía desplegada en derredor por el grupo de hombres y mujeres, la exagerada concentración de cada uno como si cumpliera un rol en un salvataje…
En los tres minutos que llevaban contemplando ese despliegue no se había escuchado un sólo sonido humano. El efecto era similar al de una película muda: todos se movían con una urgencia forzada, en el más absoluto silencio.
En el interior del tren, dos mujeres se ocupaban de repasar los asientos, otros dos operarios escurrían agua jabonosa por las puertas abiertas y un quinto plumereaba el techo. Por fuera, una mujer sopleteaba agua a presión contra el lateral del tren mientras dos más frotaban el área con lampazos. En cada vagón había un operario encargado de las ventanas… 
El simple hecho de ver correr agua, al aire libre y a esa hora de la madrugada, le produjo a Di Marco un escalofrío.
Charito esperó que la mujer que manejaba la manguera hidráulica finalizara con el vagón para hacerle una seña. Cuando cesó el ruido del compresor comenzó a oírse un acordeón sonando desde una radio ubicada en alguna parte entre el tren y la pared del galpón, y esa tonada imperceptible contribuyó, aún más, a propalar la intensidad de la ausencia de voces.
—¿Todo tranquilo, Isabel? —preguntó Charito.
—Todo, señor… —contestó la mujer. Se había plantado delante de los dos, pero su atención estaba centrada exclusivamente en Charito, como si esperara su anuencia para mirarlo a Di Marco.
—El señor es el reemplazante de José María —presentó Charito.
—Mucho gusto, señor —Estaba quitándose los guantes, y cuando le estrechó la mano, a Di Marco le pareció un hierro oxidado.
El resto del personal seguía con su rutina sin haberse detenido para mirarlos siquiera una vez.
—Más tarde me doy otra vuelta —dijo Charito, empezando a caminar—. Cualquier cosa me llamás al PCO.
—Bien, señor —contestó la mujer, calzándose los guantes y acomodando con un ligero toque el trapo de lana que llevaba alrededor del pelo.
Di Marco no había alcanzado aún la línea de Charito cuando estalló nuevamente el ruido del compresor.
—Esta mina es laburadora como la gran puta, pero a los otros hay que tenerlos con la pija en el culo —comentó Charito, una vez que dieron vuelta la esquina del hangar.
—¿Es la encargada?
—Es la única que sabe leer y escribir.
Caminaron en silencio otros veinte metros.
—Son todos de la villa —comenzó a explicar Charito—. Por un lado les pagan dos pesos, y por el otro, es la única forma de evitar que los villeros hagan mierda los trenes a piedrazos.

Tres noches más tarde, como la temperatura era bajo cero y Charito había vuelto de los dos recorridos medio congelado, Di Marco le ofreció darle una mano con el último. Si le parecía, Charito se encargaría de verificar puertas y ventanas, mientras que él se correría hasta el sector de lavado para ver si necesitaban algo. Charito pareció dudar unos segundos, pero después le explicó que podía hacer el trayecto por adentro del hangar para ahorrarse chupar frío, y le indicó por dónde debía salir en el extremo opuesto.
En el hangar predominaba una difusa luz violácea que provenía de tubos fluorescentes ubicados en el techo y espaciados treinta metros unos de otros. A Di Marco le recordaron esas luces azules que permanecen encendidas en los pasillos de los sanatorios durante la noche, y que más que iluminar, sirven para establecer puntos de referencia en la oscuridad. Tal como le había dicho Charito, caminaba siguiendo la pared derecha para evitar el sector de las fosas donde se engrasaba la tracción de los vagones, y un par de veces estuvo a punto de tropezar con herramientas que detectaba prácticamente cuando ya las tenía encima.
El aire estaba impregnando de un olor entre acre y dulzón, parecido al que despide el hervor de los alcauciles.
Y cincuenta metros antes de llegar al final empezó a escucharlo. Al principio supuso que era un motor que habría quedado funcionando durante la noche, pero a medida que fue acercándose, el carácter desacompasado de aquel sonido le hizo recordar el chirrido que producen en un bosque las ramas de los árboles al entrechocarse en lo alto. Por momentos se acallaba para resurgir con un énfasis ahogado, igual que la voz que se usa en los sueños.
Di Marco contuvo la respiración y orientó su rostro hacia el sector izquierdo del galpón. Caminó despacio para darse tiempo de captar algún indicio que le permitiera formarse una idea aproximada de aquello. Las tres últimas fosas estaban cubiertas por vagones que, debajo de esa luz cenicienta, tenían el aspecto de fósiles prehistóricos. Al pasar junto al segundo, supo que el ruido provenía del interior de la última fosa. Se desplazó por el pasillo que formaban los dos vagones y se puso en cuclillas tomándose del borde de una de las ruedas.
Por un momento pensó que se trataba de una lucha entre un animal y un ser humano: sobre el suelo de la fosa, un bulto informe arremetía contra otro, y el que estaba debajo, parecía querer articular una voz que moría antes de hacerse inteligible. Cuando sus ojos se acostumbraron a esa nueva oscuridad, percibió la comba blancuzca de las nalgas del que estaba encima, el modo en que se alejaban para de inmediato embestir con furia, y oyó claramente, ahora con una rara acústica, ese quejido animal, remedo apenas de una voz de mujer, que daba la impresión de alentar y repeler al mismo tiempo.
Cuando Di Marco cayó en la cuenta de lo que estaba presenciando sintió vergüenza. Buscó el portón que le había indicado Charito y salió a la estrepitosa luz blanca del lavadero.
En cuanto lo vio, Isabel cortó el chorro de agua y arrojó la manguera a un costado.
—¿Todo bien? —preguntó él. No sabía por qué razón, cada vez que se asomaba a este sector, le parecía que todo olía triste y confortable.
—Bien, señor. Otro poquito y ya terminamos.
—¿Esta noche son menos?
—Cinthya y Abel están en el descanso... Ya deben estar por volver.
—Mañana entra de servicio El Turco, así que hasta dentro de dos semanas no nos vemos. Que le vaya bien, Isabel.
—Gracias, señor  —contestó ella. Y luego de una pausa—: Lo mismo para usted.

Se decía que cuando se jubilase Miguez, la empresa no lo reemplazaría y la rotación de horarios pasaría a ser de seis días por veinticuatro horas de franco; que la frecuencia de los trenes se extendería a uno cada media hora y que el servicio finalizaría a las ocho de la noche; que la empresa presentaría quiebra y se levantaría el ramal; que un consorcio norteamericano ya habría comprado el tren y prescindiría de todo el personal…
Con el potencial, en todo caso, la incertidumbre se filtraba en la conciencia como la luz del mediodía a través de una persiana desvencijada. Di Marco intentaba escapar a esa dinámica ordenando racionalmente la enorme cantidad de registros que ocupaban su cerebro, pero sabía que cualquier análisis debía tener en cuenta, además de los confusos datos de la realidad, el material constitutivo con que había llegado a ese momento, y sus circunstancias: la sombra de aquellos dos años sin trabajo, el limitado campo donde ejercer el único oficio para el que se consideraba apto, su edad, la familia, el nulo protagonismo que estaba destinado a desempeñar cualquiera fuese el desenlace… Sentía que su escala de valores morales había comenzado a envilecerse indiferente de su propia voluntad. El tiempo se abría delante de él con una expectativa similar a la que puede provocar la perspectiva de un largo exilio en un país desconocido.

Esa semana, finalmente, habían comenzado a despedir motormans.

Por la forma de su cuerpolevemente romboidal y el delgado cinturón a modo de bisectriz trazando un surco entre ambos hemisferios, Cárdenas, el gerente de operaciones, se había ganado el sobrenombre de Achatado en los Polos. Di Marco estaba encargado del turno de la tarde, y cuando Cárdenas salió de su oficina y se paró detrás de él, supo que algo estaba por suceder.
—¿Por dónde anda Favale? —preguntó, inclinándose para observar el monitor. Por el tono que usó, hubiera podido pensarse que su intención era que Di Marco no lo oyera.
—Entre San Fernando y Marina Nueva —contestó Di Marco, sin embargo, marcándole con la punta de un capuchón la ubicación exacta del tren sobre la pantalla.
—Por favor, modulale por radio para que cuando termine la vuelta entre por vía seis y venga a verme.
—Mire que a la unidad ocho todavía le quedan dos vueltas… —advirtió Di Marco, más por forzar una explicación que por imaginar que Cárdenas podría desconocer el organigrama.
—La.va a completar Messina con la cuatro —se limitó a decir Cárdenas, sin quitar la vista del monitor y rascándose distraídamente los testículos. 
Esa misma noche, después del despido de Favale siguió el de Erro. El martes, Beherán, y el miércoles, Stupino. El jueves, por fin, Di Marco salió de franco.

Anduvo el trecho hasta el alambrado perimetral con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida en la bufanda. Cuando desde la garita accionaron la chicharra, embistió el portón con el hombro sin detener la marcha. Cinco pasos más allá, escuchó el sonido de la cerradura que volvió a trabarse.
Las piedras empezaron a picar a su lado cuando había recorrido unos cincuenta metros. Llegaban de atrás, casi sin fuerza, pasaban a su lado y se detenían unos metros delante de él. Alguna impactaba en sus talones y, a lo sumo, le hacía perder el paso. Eran del tamaño de una ciruela y costaba asociarlas con una verdadera intencionalidad agresiva. A esa altura, entre Di Marco y el paredón de la villa ya se interponía casi una cuadra de distancia. Las primeras veces se había detenido para identificar a quienes las arrojaban, más por curiosidad que con ánimo belicoso. Pero con el tiempo entendió que lo mejor era acelerar el paso y ponerse a resguardo. Siempre se preguntó qué pasaría si una noche se decidieran a seguirlo.
En las restantes siete cuadras que caminó bordeando el canal San Fernando no se cruzó con una sola persona.
El 60 venía casi vacío. Apenas seis o siete hombres incrustados en los asientos individuales. Con el pelo húmedo y tirante. Con mochilas o bolsos entre los pies. Amodorrados por el frío. La cara apuntando hacia las ventanillas que, más que por la humedad reinante, parecían empañadas por el persistente olor a desinfectante que predominaba en el colectivo. Por debajo del ruido del motor, el silencio era algo que podía identificarse sin dificultad.
Casi una hora y media más tarde, cuando bajó en Plaza Italia, el frío le pareció otro: más intenso, más familiar, como si se tratara de algo propio, algo de lo que él fuera responsable.
El sábado siguiente iniciaba el turno de la noche. Cuando bajó del tren frente al PCO, todavía conservaba tibia la sensación de modorra en los párpados. Cada vez que comenzaba un turno nuevo le sucedía lo mismo: o llegaba a trabajar con sueño, o lo hacía embotado de dormir. Esa tarde, se había acostado a la siesta después de almorzar y había despertado recién a la hora de salir hacia el trabajo.
Aunque no recordaba lo que había soñado, aún sentía el filo del sueño clavado en la nuca.
La noche era cerrada y el aire frío le quemaba en los dos raspones que se había hecho al afeitarse. En el viaje, igual que durante la mayor parte del franco, había venido pensando alternativamente en lo que le depararía la semana que se iniciaba, en el agobio que significaba trabajar bajo esa presión, y en que antes de tener que pasar por otra semana como la anterior preferiría ser despedido de una vez por todas.
Para escapar de esa espiral, Di Marco había tratado de compactar su cerebro concentrándose exclusivamente en lo que veía alrededor: un grupo de chicas de la edad de su hija arregladas para alguna fiesta de sábado; una mujer leyendo un libro de Paulo Cohelo; en el último asiento, un muchacho durmiendo plácidamente… Pero era como la pista de Scalestrics en que jugaba de chico, arrancaba siempre del mismo punto para pasar una y otra vez por el mismo lugar: sin saber cómo, de inmediato se hallaba de nuevo con la impotencia disuelta en los huesos.
Hacía rato que el tren había seguido viaje hacia Delta y Di Marco todavía continuaba parado al borde del anden con las manos en los bolsillos, respirando el aire frío, con olor a agua estancada, que llegaba a ráfagas desde el río. La luz acelestada del PCO brillaba a lo lejos destacándose como una estrella intermitente.
Faltaban quince minutos para las nueve de la noche. Las batallas que tenían lugar en su mente hacían que sintiera la cabeza como si una vincha de cuero mojado se la estuviera estrujando. Comenzó a vislumbrar una nausea remota creciendo desde más atrás del estómago hasta transformarse en un vértigo acuoso.
Se propuso emparejar la respiración y empezar a andar.
Cuando sus pies, finalmente, se pusieron en marcha parecieron desentendidos de su voluntad, como si caminara dormido. No le llamó la atención la falta de sonido del pedregullo apretujándose debajo de las suelas, la inusitada sinuosidad de la senda, la música lejana que a cada paso se hacía más tangible. Un cansancio antiguo iba subiéndole desde las piernas y era ese cansancio el que lo empujaba hacia adelante. La oscuridad era espesa, algo que había que apartar a manotazos para poder avanzar. Enseguida, el humo de basura quemada empezó a picarle en la nariz y poco a poco lo fue envolviendo hasta enceguecerlo, hasta impedirle casi respirar. Entonces, apretó los puños dentro del sobretodo y apuró la marcha, sabiendo que ya no se detendría, que ya no podría dejar de caminar.

 


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