¿Se habrá dado cuenta de que la estoy mirando? Sin duda. Seguramente me descubrió arriba del ómnibus, se atolondró y entre quedarse o bajarse se quedó clavada en el piso, cuando notó que iba a sentarme no le quedó otra que tirarse de cabeza en el asiento de adelante. ¡Pobre! debe tener el cuello tieso y los ojos a punto de lagrimear; si la conoceré. Cuando se pone nerviosa es lo primero que hace, ponerse a llorar. Lleva más de treinta minutos inmóvil. Si piensa que los trescientos kilómetros que faltan va a poder quedarse en la misma postura sin sufrir alguna consecuencia, está loca. ¿Que por ahí no me vio? ¡Qué no me va a ver! ¡Me vio! Si subió detrás de mí cómo no va a verme. Si pudiera detener el tiempo dejaría todo flotando en el aire, como flotan las cosas de los astronautas que viajan al espacio. O mejor, le pondría uno de los árboles que orillean el camino en la ventanilla, para que no tenga más remedio que darse vuelta si es que no quiere ver siempre lo mismo. O me pongo yo detrás del vidrio, de esa manera no tendría otra salida que mirarme a la cara. ¿Qué puede hacer? ¿Decirle al chofer que pare el micro porque hay un tipo molestándola? ¡Y que lo haga! ¿Qué problema puede haber? ¿Que pretenda hacerme un quilombo a los gritos? Que grite ¡Qué me importa! ¡Mejor! ¡Qué se pudra todo! alguna vez tenemos que encontrarnos frente a frente. …Eso sí, yo igual que siempre; un caballerito inglés. Y si me tengo que bajar porque el chofer le cree a ella por ser una mina, y bueno… me bajo y listo ¿Qué problema puede haber? Me la banco.
Está delgadísima o es el pelo rubio y atado que la favorece y se ve más flaca. Ojo, me acuerdo que el castaño no le quedaba mal, para nada, le resaltaba el color de los ojos. Sigue soltera; no lleva alianza. Aunque en realidad, hoy en día, ¿cuantas parejas se casan por la iglesia? Muy pocas… además, ella precisamente no es de las que se mueren por los anillos o por casarse de blanco. ¡Cómo rompía las pelotas doña Sara con el tema del vestido blanco! Me aguanté no sé cuántas reuniones y discusiones familiares plantado en el medio, como un árbol (nunca metí la cuchara), mientras la abuela, la madre, las tías, las primas le daban maquina con distintos motivos para que aceptara casarse por la iglesia. Que no, que sí, hasta que al final la convencieron. Después, tuvieron que pasar otro rosario de días y días rogándole para que fuera a medirse. Que ese tiene puntillas largas, que el otro no tiene puntillas, que el de satén siempre se va a parecer a una enagua larga, que los breteles de aquel los usan las atorrantas, que con éste pareceré fajada, ése ni loca que te achata el culo y ese menos que se te ve hasta el ombligo. Eligió el más caro y el que le quedaba más grande. Y otra vez a estirar la fecha para más adelante. Tres meses más. Noventa días tardaron para que le quedara tal como le gustaba… y la guita que salía con cada cosa nueva que se le antojaba, yo la ponía y miraba cómo desaparecían los billetes escurriéndose como agua entre los dedos, y sin decir esta boca es mía, un caballero total. A ella por supuesto le importaba un reverendo pito. Yo sí que puedo decir con seguridad que esta señorita, es una autentica “gata flora” la que si se la ponen grita y si se la sacan, llora. ¿Será así todavía? En esas cosas las mujeres no cambian, todas hasta las de mi familia, todas son iguales y cortadas por la misma tijera. En esto tengo que reconocer que las de mi casa no se metían en nada de nada. Mi vieja no decía esta boca es mía y eso que entre ella y mis hermanas despellejan a una mosca en vuelo. Cuando cenaba en casa, (cosa que en esos días no hacia a menudo) no abrían la boca ninguna de las tres para otra cosa que no fuera masticar y tragar.
Pareciera o… ¡Sí! ¡Se hizo la nariz!… Cómo se nota que además de no hacer nada se cuida, bueno, en realidad, siempre se cuidó y nunca hizo nada. La piel del cuello y del nacimiento de los pechos, se le ve igual, tersa, las pequitas en los hombros, son nuevas. Seguramente viene de unas largas vacaciones y por lo visto lo debe de haber pasado bien, está resplandeciente; los brazos flacos y firmes y sí, siempre fue linda. ¡Cuatro años! Parece que fue ayer.
Las discusiones por el lugar donde se hacia la fiesta, eran peor que una pelea de perros, todos hablaban a los gritos y al mismo tiempo. De entrada propuse el salón del club, además les explique que no me salía un peso por ser mi familia socia fundadora. Les importó un huevo, a su familia y a ella principalmente; les importo un carajo. Las primas, la madre, la abuela, las tías y la señorita, querían el de la confitería Real. ¿Trescientos invitados? ¿No le parece mucho? le dije a la que iba a ser mi suegra la tarde que me pusieron a llenar los sobres con las tarjetas de invitación. …Mire Roberto (me dijo amagando un sollozo) nosotros somos una familia grande muy unida y todos, todos, todos… adoran a la nena y, como gente “de bien” que somos, no podemos dejar de invitarlos… ¡Es nuestra sangre! ¡Nuestra sangre, Roberto!
Ese mismo sábado, el día de mi casamiento, la novia, mi novia, no me quiso ver porque tenía jaqueca. Me encontré a mi futura suegra en un pasillo de la confitería que me había salido un ojo de la cara, y le dije; doña Sara, no sé hasta cuándo voy a aguantar tantos y tantos caprichitos de su hija, la verdad… ¡No sé! Mire lo qué le digo doña Sara… ¡No sé! El colmo de la mala suerte fue que mi vieja que justo pasaba por ahí se enterara de que la fiesta la pagaba yo. Cuando quedamos solos, cruzó los brazos, me miro fijo y en silencio hasta que empezó a ponerse colorada; ¡La fiesta de casamiento la paga la familia de la novia, boludo! Me dijo arrastrando las palabras. Y sí, en eso creo que metí la pata. A simple vista se veía que no era genial la relación con la familia de mi novia y con mi novia tampoco. Mi vieja es de las que no se fija ni el momento ni el lugar para algunas cosas; me lo preguntó seis veces ese mismo sábado en que me iba a casar. “¿Estas seguro con lo que hacés nene?”
Por la altura que toma la remerita sin mangas en el medio del pecho, se ve que hubo otras operaciones. Mejor me afirmo de nuevo en el respaldo, los tipos de los asientos de enfrente no me sacan los ojos de encima. Lo único que falta es que me tomen por un degenerado. El vestido, ¿Lo habrá vendido o regalado?… Ah bueno; parece que ha decidido guardar el bolso en el portaequipaje… con tal de que no se haga la sorprendida y comience un batifondo…
- ¿Cómo te va? Me agarró de sopetón, igual me levante como un resorte para darle un beso en la mejilla.
- Bien, bien. Todo muy bien. Me senté de nuevo pero en el de al lado, el asiento de la ventanilla.
-¿Podemos tener una conversación civilizada? Pinto apenas una sonrisa; no pude detener un suspiro de alivio.
- Y bueno… si te parece. Ni siquiera amagó a sentarse.
- Roberto, no íbamos a ser felices, al contrario, fue lo mejor que nos pudo pasar. Siempre pienso que si pudiera detener el tiempo como te gustaba fantasear a vos, no habría dejado que todo llegara tan lejos. Y también te quería decir… en realidad, te lo hubiera preguntado antes, pero nunca me animé a llamarte por teléfono… ¿Querés que te mande el vestido a tu casa?