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Una elección de vida

por
Federico Estigarrivia



En lo indeciso de los primeros pasos, las decisiones definitivas... "Los primeros trazos fueron torpes, aunque el imperio de la perfección es injusto si desconoce la importancia de los pasos inaugurales".

 

Colocó los lápices usados en la bolsa blanca y enorme, con el nerviosismo de cualquier primera vez. Sería su primera clase de pintura luego de miles de dibujos hechos en el papel que encontrara a su alcance, una costumbre de siempre; por consejo, eligió ropa cómoda, que pudiera manchar. Había dicho sí y allí estaba, a punto de hacer lo que tal vez quería desde antes, pero de ningún modo era tarde: en realidad, no podía saber y no le importaba saber que nunca puede ser tarde para una decisión como ésa. Fue un gran momento, solitario aunque no negativo, si le permitía dejar atrás sinsabores que todavía perduraban en su memoria; que es lo mismo que decir que en sus días, porque un atributo de la infancia es ser el presente para siempre; por eso, recordaba aún a su padre diciéndole que no habría más discusiones con su madre; y a su madre, hablándole con una seriedad que un día comenzó a escuchar con gracia. Le aquejaba todavía una dolencia física pero la aceptaba con hidalguía, como sabiendo en ese momento que tiempo después desaparecería por completo.
La profesora la recibió con el gesto de los maestros verdaderos: como si la esperara desde siempre. De hecho, como un libro a su lector, el maestro sólo debe encontrar a su alumno. Los primeros trazos fueron torpes, aunque el imperio de la perfección es injusto si desconoce la importancia de los pasos inaugurales. Pudo expresar con las pinturas el odio por la pelea con aquella amiga, que seguía siendo amiga; algún paisaje que soñaba real, una forma que la sorprendía sin haberla buscado, alguna intrascendencia de la que no debía ya dar explicaciones a nadie.
Ante otras decisiones de otras realidades, ignorará siempre ese momento; no es importante: lo que fue bueno es bueno y no requiere de reconocimientos. Ningún acierto posterior llegó a desbaratar el carácter trascendente de su primera clase de pintura, lo podemos establecer así quienes fuimos testigos de aquel acto vital; vencer esa angustia, que superó al traspasar el umbral, pudo brindarle la felicidad de sentirse capaz en cada ocasión de cosas nuevas. Los años transcurridos por entonces eran muchos, porque un solo minuto de sufrimiento es demasiado y puede ser una vida. Pero a tiempo decidió que la realidad podía ser diferente: dos meses atrás, en una celebración merecida y disfrutada, había festejado su cumpleaños número seis.

 

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