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Subjetividad,
estilo y creación
Notas de Daniel César Ripesi
|

debe
comprenderse que toda actividad superior del espíritu
en tanto es anormal, es susceptible de interpretación
psiquiátrica. No me cuesta admitir que yo sea un
loco, pero
exijo que se comprenda que no soy diferentemente loco
de un Shakespeare (cualquiera sea el valor relativo
de los productos de nuestra locura)
Fernando Pessoa
|
En este escrito se recopilan una serie de artículos,
reflexiones y cartas de Fernando Pessoa, en los que el poeta
portugués da cuenta de la génesis y de la
lógica que sostiene a sus heterónimos. Vehículos
indispensables de su actividad creadora, alteración
máxima que no deja afuera ni siquiera una trasmutación
profunda de su propia personalidad. Con él y sus
reflexiones intentamos explorar algunas cuestiones: ¿es
con la búsqueda del propio sello -enterrado y oculto
en algún lugar de la propia intimidad - que se accede
a una forma genuina de creación, o será más
bien, que ese suceso involuntario en la búsqueda
expresiva, dependerá de abrirse a lo Otro, a lo extraño,
a lo que aún no existe ni en uno mismo ni en los
demás? Fernando Pessoa ofrece con sus heterónimos,
interesantes y agudas reflexiones relacionadas con la capacidad
creativa y cierto tipo de subversión subjetiva para
lograrla.
Los artículos y cartas de Fernando
Pessoa que se ofrecen al final de estas notas fueron
extraídos del tomo I de sus Obras completas ("Obra
em prosa" Ed. Nova Aguilar, Río de Janeiro,
.998 -traducción de Daniel Ripesi-). A continuación
de esas citas, se incluye el aporte de otro artículo,
de Juan Pawlow ("Faulkner: el furioso
estruendo de un estilo"), gentilmente cedido para
enriquecer este ensayo.
|
I
Recuerdo en aquella agitada Argentina de los años
'70, en un período de alborotada militancia política
y con una sociedad movilizada como hasta ahora jamás
volvió a suceder, cómo la intelectualidad
-en su casi totalidad- se vio arrastrada por un fervor que
buscaba anticipar y legislar al futuro. Se intentaba "leer"
la realidad para someter -o precipitar- su fatalismo (y
esto en función de un futuro ansiosamente esperado
o demasiado temido, según cada caso). En fin, recuerdo
hoy que no parecía haber otra opción más
que estar "comprometido" o no estarlo. Así,
había un modo de hacer cine, música, escribir,
etc., es decir, de producir culturalmente; que podía
-"debía"- ser de carácter "comprometido".
De lo contrario, en una clasificación tan pasional
como la época que se vivía, podía quedar
"del otro lado", rezagado en las diversas formas
condenables de la indiferencia política. Curiosamente,
el mentado compromiso buscaba una expresión revolucionaria
que en general quedaba sometida a definidas y dogmáticas
fórmulas ideológicas, de modo que el buscado
y exigido "compromiso" terminaba diluyendo o atentando
seriamente contra toda posibilidad creativa. En términos
generales se terminaba imponiendo un recurso basado en la
proclama panfletaria, y en esa desfiguración, se
perdía la vocación de abrir diferencias en
el discurso (propio y ajeno). La subjetividad quedaba, entonces,
subsumida y homogeneizada en el "grupo de pertenencia",
asociándose a lo que se consideraba el enemigo número
uno de la creatividad y de la ambición revolucionaria,
el conformismo. La subjetividad, hacer jugar las diferencias
de cada quien, se confundía o hacía sospechoso
de un despreciable carácter liberal y egoísta.
Octavio Paz, refiriéndose a circunstancias como éstas,
pero ubicándolas en su Méjico natal, evocaba
el recuerdo de su encuentro -junto a otros jóvenes
escritores- con Rafael Alberti -recién afiliado al
Partido Comunista de España, y en viaje por su país.
Comentaba (1)
: "En una ocasión nos reunimos con él
en un bar. Cada uno de nosotros leyó uno o dos poemas.
Alberti escuchaba con cortesía aunque, hay que confesarlo,
sus comentarios eran parcos y poco entusiastas. Cuando llegó
mi turno, vacilé: mis poemas no eran sociales ni
combativos como los de los otros sino más bien íntimos.
Sentí un poco de vergüenza: de pronto me pareció
que leer aquellos textos era como incurrir en una confesión
no pedida. Alberti reparó en mi turbación.
Al salir me llamó aparte y me dijo: En lo que
escribes hay una búsqueda de lenguaje y por eso tus
poemas, en el fondo, son más revolucionarios que
los de ellos. Tú te propones explorar un territorio
desconocido -tu propia intimidad- y no pasearte por parajes
públicos en donde no hay nada que descubrir...".
El tema era, al parecer, dónde situar el compromiso,
y quizás se trataba de plantearlo allí donde
también lo inquietaba a uno mismo. En la Argentina
de los años '60 se venía de otras convulsiones
sociales y de otras posibles confusiones. Una de ellas era
buscar esa diferencia subjetiva, esa alteración de
los discursos establecidos, esa provocación del conformismo
burgués, en formas expresivas que a menudo caían
en terreno de la simple excentricidad. Por supuesto, como
en el caso de la década anterior, hubo en nuestro
medio cultural numerosas, generosas y dignísimas
excepciones. Pero ciertas posiciones vanguardistas empezaban
a perder su sentido y a diluir los efectos de sus propuestas
a medida que se iban convirtiendo en una "posición"
(que calculaba con excesivo rigor programático sus
transformaciones.) La posición se hacía muchas
veces "pose". De modo que sus ejecutores pretendían
dominar -y así quedar a salvo de- las transformaciones
que se pretendían producir. Y, además, lo
que no deja de ser un poco arrogante, un poco hipócrita,
pretendían no verse afectados, ellos mismos, en lo
más mínimo por las conmociones que intentaban
producir en el lenguaje cultural establecido. Se olvidaba
la famosa consigna de Piccaso (es cierto, no dejaba de ser
una consigna, lo que desdecía la espontaneidad que
dicho gesto hubiera necesitado), "yo no busco, encuentro",
y se desdecía porque no se paraba de buscar con inquietud
ansiosa, pero con gran pudor de realmente encontrar algo.
En cierto modo tenían razón, muchas veces
la sensación de haber "encontrado", de
haber "llegado" a algo, estabilizaba y detenía
al necesario movimiento de "búsqueda" artística.
Pero ese frenesí de búsqueda sin consecuencias
caía en recurrentes contradicciones y en un fatalismo
irremediable: se terminaban disociando inevitablemente las
ideas rectoras de la búsqueda (porque no se puede
ser ingenuo cuando una búsqueda se pone en marcha)
de los productos que se generaban en dicha búsqueda.
Cierta vanguardia, devenida snobismo, se condenaba a sí
misma a una suerte de irresponsabilidad (lo que era bien
visto en un artista de "avanzada") en el sentido
de despreocuparse de las diferencias que inevitablemente
se abrían entre los propósitos -que ellos
mismos se imponían- y los resultados que finalmente
lograban (una diferencia "propuesta-producto"
que -cuando era detectada en los otros- encontraba la forma
de un reproche, pero que cuando se verificaba en uno mismo
era el signo de una orgullosa indisciplina). Arte de vanguardia
demasiado moralizado (atado a demasiadas consignas) con
sus artistas un poco religiosos y bastante displicentes...
Pero, como ya se dijo, no eran éstos la totalidad
ni mucho menos. Muchísimos casos notables admitían
que toda creatividad que produce efectos disruptivos en
un esquema conceptual excesivamente burocratizado, se produce
en gran medida como un episodio -que aún impulsado
desde el vértigo de cierta intimidad- ocurre "a
pesar" de uno mismo. Fueron aquellos personajes que
verdaderamente afectaron la lengua oral y escrita, la música,
la pintura, etc., con un estilo "diferente", "revolucionario",
"nuevo", y cuyo paradójico destino fue
haberse convertido en clásicos.
Sin
embargo, se nos impone una pregunta: el estilo de estos
genios, el sesgo por el que se abre una diferencia -a menudo
la incomodidad- de un nuevo modo de "ver", "pensar"
y "expresar"- ¿deriva de un estilo propio?
¿Es un estilo personal el que condiciona la creatividad?
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Siendo
de este modo, no evoluciono, VIAJO. (...) Perdí,
es cierto, algunas simplezas e ingenuidades que
había en mis primeros versos de adolescencia,
pero eso no es evolucionar sino envejecer...
Fernando Pessoa
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II.
En Faulkner: el furioso estruendo de un estilo, Juan
Pawlow escribe: Cuando Borges
afirma: "Cervantes conocía bien a Don Quijote
y podía creer en él" (2).
Podemos conjeturar que esa creencia es el respeto del narrador
por la diferencia entre la voz del personaje y la suya,
es aceptar que esa voz que se encontró tiene su propio
lugar de enunciación. Un pequeño resto como
una entonación oída al pasar de alguna manera
exterior al escritor y que sin embargo determina su proceder
narrativo.
Ese pequeño resto impone el procedimiento narrativo
en tanto una vez que se produce su descubrimiento, el autor
no es libre de hacer lo que se le plazca con él.
Si esa voz conlleva un destino, lo es porque implica que
más allá de las posibilidades que abre, delinea
lo imposible. (3)
Querría afirmarlo de una vez: ese instante de encuentro,
ese descubrimiento, es el estilo. Escritura, entonces,
de la incomodidad, de la inquietud de ser habitado por otro
-u otros- más o menos extraños, del desconcierto
de encontrar en uno (¿en uno?) el eco de una voz
distinta y distante que provee del estilo que la propia
escritura estaba necesitando (y no tanto, quizás,
esperando) Esa voz derrota en cierto modo al escritor mismo,
derrota las comodidades de sus formas expresivas más
habituales, las que más lo confunden "consigo
mismo". Ese estilo lo pone frente a frente con un escrito
que se le hace extraño y ajeno, pero que -después
de todo- es suyo... Fernando Pessoa llevaría tan
al extremo estas consideraciones que se sonreiría
con alguna ternura del Borges que comenta Juan Pawlow en
la cita evocada más arriba. Por cierto, ¿qué
clase de garantías harían al personaje Don
Quijote más confiable al Sr. Cervantes que el propio
Cervantes a Don Quijote? Efectivamente, si la voz de Don
Quijote logra una realidad y una autonomía tan notables,
si -incluso- "...podemos afirmar que el personaje habla
desde un lugar de alguna manera excéntrico al del
escritor mismo (4)
" ¿por qué atribuirle menos realidad
a ese personaje que a "su" autor? ¿no son
a veces los personajes los que vagando por quién
sabe qué territorio recóndito encuentran a
su autor más a menudo que lo inverso? Dice Pessoa:
Desde niño he tenido la tendencia a crear alrededor
mío un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos
que nunca han existido. (No sé, por supuesto, si
realmente no existieron o si soy yo quien no existe. En
estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos.)
Es que la conmoción que provoca descubrir esa
voz que dice desde su propia entonación cosas inesperadas
para el propio escritor harán dudar a éste
menos de haber dado con una ficción convincente que
de tener por absoluta e inequívoca su propia realidad.
Agrega Pessoa: Esta tendencia a crear en torno mío
otro mundo, igual que éste pero con otras gentes,
nunca se me ha ido de la imaginación. Ha tenido varias
fases, entre las que se cuenta ésta, sucedida ya
en la mayoría de edad. Se me ocurría una frase
ingeniosa, absolutamente ajena, por un motivo y otro, a
quien soy, o a quien supongo que soy. La decía inmediatamente,
espontáneamente, como si fuese de un amigo mío
cuyo nombre inventaba, cuya historia añadía
y cuya figura -cara, estatura, traje y gestos- veía
inmediatamente ante mí. Y así he adquirido,
y multiplicado, varios amigos y conocidos que nunca han
existido pero a los que todavía hoy, a cerca de treinta
años de distancia, oigo, siento, veo. Lo repito:
oigo, siento, veo... Y siento nostalgia de ellos.
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|
Con
una falta tal de literatura como ocurre
en la actualidad ¿qué puede hacer un hombre
de carácter sino convertirse él mismo
en literatura.
Fernando Pessoa
|
III.
Hacer lugar a otras voces, con sus entonaciones, gestos
y humores. Ir detrás de los personajes, siguiendo
sus pisadas, reconociéndolos, explorándolos
y, eventualmente, dialogando con ellos. El caso de Don Miguel
de Unamuno quien -según consta en uno de los capítulos
de su novela "Niebla"- recibe la visita del protagonista
de esa "su" novela para discutir su decisión
de suicidarse. Don Miguel de Unamuno desecha llevar muy
lejos esa discusión bajo el argumento de que éste
era su personaje de ficción, es un ser soñado
exclusivamente por él, y que sería él
mismo -Don Miguel de Unamuno- quien decidiría lo
más apropiado para su destino, sin perder el tiempo
escuchando las consideraciones de un ente de ficción.
Finalmente, como Borges en otro contexto (5),
se apena por haber tomado aquella determinación,
porque, en el final de sus días descubre que con
la muerte de sus amigos más próximos su vida
había perdido cierto sentido, su ser "real"
y de "carne y hueso" se fue apagando con la partida
de aquellos "que mejor lo soñaban". Con
Pessoa la cosa se espesa porque no sólo tiene personajes
inciertos en un drama que entonan sus propias perspectivas,
sino -sobre todo- personajes sin drama -como él mismo
lo expresa- que toman su pluma para forjar sus propios sueños...
Sería más justo decir "fuera del drama",
pero también es cierto que Pessoa le construye a
sus heterónimos una biografía que los justifica
en sus propios gustos y pareceres. Estos personajes, que
dicen cosas a menudo repugnantes para el propio Pessoa,
son -como él nos dice- "suma de no-yos sintetizados
en un yo postizo". Son sus heterónimos. Citémosle:
Tuve siempre, desde muy pequeño, la necesidad
de aumentar el mundo con personalidades ficticias, sueños
rigurosamente construidos, visualizados con claridad fotográfica,
comprendidos en la intimidad de sus almas. No tenía
más de cinco años, siendo un niño aislado
y sin otro deseo que el de permanecer así, y ya estaba
en compañía de algunas figuras de mis sueños
-un capitán Thibeaut, un Chevalier de Pas- y otros
que se me escapan y cuyo olvido como su imperfecto recuerdo,
es una de las mayores saudades de mi vida.
Esto se parece a la simple imaginación infantil cuando
atribuye vida a muñecos o muñecas. Pero era
aún más que eso: yo no precisaba de muñecas
para concebir intensamente dichas figuras. Claras y vívidas
en mi sueño constante, realidades plenamente humanas
para mí, cualquier muñeco, por irreal, lo
hubiese arruinado. Eran gente. Más tarde, esta tendencia
no cesó con la infancia y se incrementó en
la adolescencia, se arraigó con su desarrollo, y
se tornó finalmente una forma natural de mi espíritu.
Hoy no tengo personalidad: cuanto de humano haya de mí,
yo lo dividí entre autores varios y de cuya obra
se me tiene como ejecutor. Sólo soy hoy el punto
de reunión de una pequeña humanidad sólo
mía.
Doble
problema nos plantea entonces Pessoa: ¿quién
es más real o más ficticio, quién escribe
o quien es escrito?, ¿A quién de ellos le
corresponde la propiedad de lo que se expresa en el escrito?
Pessoa reflexiona respecto de estas cuestiones: Me dispenso
de expresar con qué parte de las teorías de
ellos (sus heterónimos) concuerdo y con cuales no.
Resulta absolutamente indiferente. Si ellos escriben cosas
bellas, esas cosas son bellas independientemente de cualquier
consideración metafísica sobre los autores
"reales" de ellas. Si esas filosofías dicen
algunas verdades -si hay verdad en un mundo que es no haber
nada-, esas cosas son verdaderas independientemente de la
intención o de la realidad de quien las dice. (...)
mío no existe, porque no existe ni tiene por qué
existir dentro de las capas de estos 'mis libros otros'"
(...) Con una falta tal de literatura como ocurre en la
actualidad ¿qué puede hacer un hombre de carácter
sino convertirse él mismo en escritura?" Para
Pessoa el precio de la creatividad es despersonalizarse
tan completamente como sea posible, perder las referencias
familiares del propio estilo y ser el hábitat no
privilegiado de otras voces. En el extremo, "Pessoa"
sólo para que su propia irrealidad de sustancia de
mayor realidad a sus heterónimos. Finalmente, despersonalizarse
es transformarse a sí mismo en "escritura. En
este sentido, le damos la palabra a Octavio Paz, quien también
verifica que él mismo es escritura:
Hermandad
Homenaje
a Claudio Ptolomeo
Soy
hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
|
Fernando Pessoa
Conciencia
de la pluralidad
No
sé quién soy, qué alma tengo.
Cuando hablo con sinceridad no sé con qué
sinceridad hablo. Soy variamente otro de un yo que no sé
si existe (o si es esos otros).
Siento creencias que no tengo. Me animan ansias que repudio.
Mi permanente atención sobre mí continuamente
me dicta traiciones al carácter de un alma que, tal
vez, no tenía, ni que ella juzga yo pueda tener.
Me siento múltiple. Soy como una habitación
con innumerables espejos fantásticos que desvían
hacia falsas reflexiones una única y anterior realidad
que no está en ninguna parte y está en todas.
Como un panteísta se siente árbol (?) incluso
flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas
en mi, incompletamente, como si mi ser participase de todos
los hombres, incompletamente de cada (?), por una suma de
no-yos sintetizados en un yo postizo.
Sé
plural como el universo!
Siendo
nosotros portugueses conviene saber lo que somos:
a) Adaptabilidad, que en lo mental da inestabilidad y, por
lo tanto, diversidad al individuo dentro de sí mismo.
El buen portugués es varias personas.
b) La predominancia de la emoción sobre la pasión.
Somos tiernos y poco intensos, al contrario que los españoles
-nuestros absolutos contrarios- que son apasionados y fríos.
Nunca me siento tan portuguesmente yo como cuando me siento
diferente de mi -Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Älvaro
Campos, Fernando Pessoa-, y cuantos más haya habidos
o por haber.
Presentación
de los heterónimos
La
obra completa, de la que este es el primer volumen, es de
sustancia dramática, aunque en variada forma -aquí
con fragmentos de prosa y en otros libros con poemas o filosofía-.
No sé si la constitución mental que los produce
son producto de un privilegio o de una enfermedad. Lo cierto
es, sin embargo, que el autor de estas líneas -no
sé si el autor de estos libros- nunca tuvo una sola
personalidad, ni pensó o sintió jamás
sino de forma dramática, o el que pudiese tener tales
sentimientos, y esto considerado en tanto persona o personalidad
ficticia más que él mismo
Hay autores que escriben dramas y novelas; en esos dramas
y novelas atribuyen sentimientos e ideas a las figuras que
las habitan, y muchas veces estos autores se indignan si
estos sentimientos o ideas son tomados por propias. Aquí
la sustancia es la misma aunque de otra índole.
A cada personalidad que el autor sintió vivir de
manera prolongada dentro de sí, él le dio
una índole expresiva, e hizo de dicha personalidad
un autor con un libro, con las ideas, las emociones, y el
arte con los cuales el autor real (o quizás aparente,
porque no sabemos qué pueda ser la realidad), nada
tiene -salvo el haber sido-, al escribirlas, el medium de
figuras que él mismo creó.
Ni esta obra, ni las que le sigan, tienen que ver con quien
las escribe. Él ni acuerda ni desacuerda con lo que
va escribiendo. Como si le fuese dictado, escribe, y como
si se tratara de un amigo quien le dicta, y que por esta
razón le pide que escriba lo que le dicta, encuentra
interesante -quizás sólo por la amistad- lo
que se le dicta y va escribiendo.
El autor humano de estos libros no conoce en sí mismo
personalidad alguna. Cuando acaso siente emerger en él
una personalidad, repentinamente advierte que es un ente
distinto de él mismo, aunque parecido; hijo mental
quizás, y con cualidades heredadas pero diferenciado
como un otro.
El autor de estos libro no refuta ni aprueba la posibilidad
de que esta cualidad del escritor sea una forma de histeria,
o de la llamada disociación de la personalidad. De
nada le serviría pronunciarse por ésta o aquella
teoría, esclavo como es de la multiplicidad que lo
habita.
Que este proceso para realizar arte cause extrañeza
no sorprende, lo que sorprende es que alguna cosa no cause
extrañeza.
Algunas teorías que el autor tiene en la actualidad,
le fueron inspiradas por una u otra de estas personalidades
que, en algún momento, alguna hora, algún
tiempo pasaron a su personalidad, si es que ésta
existe.
Afirmar que todos estos hombres, tan diferentes, tan definidos
que le trasmiten a su alma incorpóreamente, no existen,
es algo que el autor de estos libros no puede hacer, porque
no sabe lo que es existir, ni cuál, si Hamlet o Shakespeare,
es más real, o lo real en la verdad.
Estos libros serán los siguientes: Primero, este
volumen, Libro del desasosiego, escrito por quien
dice llamarse Vicente Guedes; después El cuidador
de rebaños y otros poemas y fragmentos del (también
y del mismo modo fallecido) Alberto Caeiro, que nació
cerca de Lisboa en 1889 y murió en el mismo lugar
en 1915. Si me dijesen que es absurdo hablar así
de quien nunca existió, respondo que tampoco tengo
pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez existido,
o yo mismo que escribo, o cualquier otra cosa que sea.
Alberto Caeiro tuvo dos discípulos, Ricardo Reis
y Álvaro Campos, que seguirán caminos distintos;
intensificando y volviéndose artísticamente
ortodoxo el primero del paganismo descubierto por Caeiro,
y desarrollando un sistema enteramente diferente y enteramente
basado en las sensaciones el segundo. El continuador filosófico,
Antonio Mora (los nombres son tan inevitables, tan externamente
impuestos por las personalidades), escribirá uno
o dos libros, en los que probará completamente la
verdad, metafísica y práctica, del paganismo.
Un segundo filósofo de esta escuela pagana, cuyo
nombre sin embargo no puedo todavía avizorar en mi
interior, hará una defensa del paganismo basada enteramente
en otros argumentos.
Es probable que más adelante otros individuos de
este género, de verdadera realidad, puedan aparecer.
No lo sé, pero serán siempre bienvenidos a
mi vida interior donde conviven mejor conmigo de lo que
yo consigo hacerlo con la realidad externa. Me dispenso
de expresar con que parte de las teorías de ellos
concuerdo y con cuales no. Resulta absolutamente indiferente.
Si ellos escriben cosas bellas, esas cosas son bellas independientemente
de cualquier consideración metafísica sobre
los autores "reales" de ellas. Si en esas filosofías
se dicen algunas verdades -si hay verdad en un mundo que
es no haber nada-, esas cosas son verdaderas independientemente
de la intención o de la "realidad" de quien
las dice.
Transformándome de este modo, como mínimo
en un loco que sueña alto, como máximo ya
no siendo un solo escritor, queda toda una literatura que,
si no contribuye a divertirme -lo que para mí ya
es bastante-, contribuye quizás a engrandecer el
universo, porque quien al morir deja un bello verso, deja
más ricos a los cielos y a la tierra y más
emotivamente misteriosa la razón de que haya estrellas
y gente.
Con una falta tal de literatura como ocurre en la actualidad,
¿qué puede hacer un hombre de carácter
sino convertirse él mismo en literatura? Con una
falta tal de gente co-existente como sucede en la actualidad,
¿qué puede hacer un hombre de sensibilidad
sino inventarse sus amigos o, cuanto menos, a sus compañeros
de espíritu?
Pensé en un principio publicar anónimamente
estas obras, y, por ejemplo, establecer un neopaganismo
portugués, con varios autores, todos diferentes,
colaborar con ellos con ampliaciones. Pero, tomando en cuenta
que el medio intelectual portugués es reducido, para
que (incluso sin infidencias) esta máscara pudiese
mantener, resultaba inútil el esfuerzo mental de
intentarlo.
Tengo, en una visión que llamo interior sólo
porque llamo exterior a determinado "mundo", plenamente
determinado, de un modo nítido, claro y distinto,
a las líneas fisonómicas y rasgos de carácter,
la vida e influencias, en algunos casos la muerte, de estos
personajes. Algunos llegarán a conocerse, otros no.
A mí personalmente ninguno de ellos me conoció
salvo Álvaro Campos. Sin embargo, el día de
mañana viajara a América y de pronto me encontrara
con la persona física de Ricardo Reis, que según
creo vive allá, no me embargaría el menor
sobresalto, estaría todo claro, incluso antes del
suceso, estaba claro. ¿Qué es la vida?
Creador
de Mitos
(Aspectos)
La serie o colección de libros cuya publicación
se inicia con éstos, no representa un nuevo proceso
en literatura tanto como una nueva forma de emplear un antiguo
proceso.
Deseo
ser un creador de mitos, que es el misterio más elevado
que puede obrar alguien en la humanidad.
La
confección de estas obras no supone ninguna suerte
de opinión metafísica. Es decir que, al escribir
estos "aspectos" de la realidad totalizados en
personas que pudieran tenerlos, no pretendo una filosofía
que insinúe que sólo es real o contiene aspectos
de la realidad lo ilusivo o lo inexistente. No tengo tal
creencia filosófica ni su contraria. En la intimidad
de mi oficio, que es la literatura, soy un profesional en
el sentido más elevado del término, quiero
decir que soy un trabajador científica donde no se
admite tener opiniones extrañas a la especificidad
literaria, y se entrega. Y, por no tener esta o aquella
opinión filosófica para la confección
de estas personas-libros, no quiero inducir la creencia
de ser un escéptico. La cuestión está
en el plano en que la especulación metafísica,
en tanto no entra legítimamente, se excusa de tener
éstos o aquellos caracteres. Como el físico
que no tiene metafísica en su laboratorio ni el clínico
en los diagnósticos que realiza (¿) no porque
no pueda tenerlos, sino porque (...) de tal modo "mío"
no existe, porque no puede ni tiene porqué existir
dentro de las capas de estos mis libros otros.
Los
heterónimos y los grados de lirismo
Algunos
personajes incluidos en cuentos o en subtítulos de
libros, tienen rubricado con mi firma lo que ellos dicen,
otros proyectados en absoluto no llevan mi rúbrica
más allá de que soy yo quien narra lo que
ellos dicen. Distingo esos personajes del siguiente modo:
en los que destaco en absoluto el propio estilo me resulta
ajeno, pero si el personaje lo requiere, por el contrario,
puede ser como el mío; en los personajes que suscribo
no hay diferencias con mi propio estilo salvo en ciertos
pormenores sin los cuales no se distinguirían entre
sí.
Comparé alguno de estos personajes para mostrar como
ejemplo en qué consisten esas diferencias. El ayudante
de contabilidad Bernardo Soares y Barão de Teive,
son ambas apenas extrañas, escriben con la misma
sustancia de estilo, la misma gramática y el mismo
tipo y forma de propiedad: es que escriben con el mismo
estilo que, bien o mal, es el mío. Comparo las dos
porque son casos de un mismo fenómeno -la inadaptación
a la realidad de la vida, y lo que es más, una inadaptación
que reconoce los mismos motivos y razones. Pero, aunque
el portugués es el mismo en Barão de Teive
y en Bernardo Soares, el estilo difiere en que el hidalgo
es intelectual despojado de imágenes, cómo
diré, áspero y restringido, mientras que el
del burgués es fluido, participando de la música
y de la pintura, poco arquitectónico. El hidalgo
piensa claro, escribe claro, y domina sus emociones, aunque
no sus sentimientos; el ayudante de contabilidad no domina
ni lo uno ni lo otro, y cuando piensa subsidiariamente siente.
Hay, por otra parte, notables semejanzas entre Bernardo
Soares y Älvaro Campos. Aunque, desde luego surge en
Álvaro Campos la negligencia del portugués,
y desapegado de las imágenes, más íntimo
y menos deliberado que Soares.
Hay accidentes en mi distinción de cada uno que pesan
como grandes fardos en mi discernimiento espiritual. Distinguir
tal composición musical de Bernardo Soares de una
composición musical de igual tenor a la mía.
Hay oportunidades en que lo hago repentinamente, con una
perfección que me da pasmo; una pasmosidad sin inmodestia,
porque descreyendo de ningún fragmente de libertad
humana, me pasmo en mí como si sucediera en otros,
en dos extraños.
Sólo una gran intuición puede ser la brújula
en los vastos descampados del alma; sólo con un gran
sentido que usa la inteligencia, aunque no se asemeje a
ella a ella se funde, se puede distinguir a estos personajes
de sueño en la realidad de uno y otro.
En
estos desdoblamientos de personalidad, o mejor dicho, invenciones
de personalidades diferentes, hay dos grados o tipos que
se revelarán al lector si los sigue, por características
distintas. En el primer grado, la personalidad se distingue
por ideas y sentimientos propios, distintos de los míos,
así como, en el más bajo nivel de ese grado,
se distingue por ideas, puestas en raciocinio o argumento
que no son míos, o si lo son, no los conozco. El
"Banquero anarquista" es un ejemplo de tal grado
inferior; el "Libro del desasosiego" y el personaje
Bernardo Soares son un ejemplo del grado superior.
Habrá podido reparar el lector que, aunque haya publicado
(se haya publicado) El Libro del desasosiego como
siendo de un tal Bernardo Soares, ayudante de contabilidad
de la ciudad de Lisboa, no lo he incluido todavía
en estas Ficciones de Interludio. Es que Bernardo
Soares, distinguiéndose de mí por sus ideas,
sus sentimientos, sus puntos de vista y manera de comprender,
no se distingue de mí por su estilo de exposición.
Doy la personalidad diferente a través del estilo
que me es natural, no existiendo más que una distinción
inevitables de tono especial que la propia especificidad
de las emociones necesariamente proyecta.
En los autores de Ficciones de Interludio no son
los sentimientos e ideas lo que los distinguen de los míos:
la técnica de composición, el estilo, es diferente
al mío. En ese sentido cada personaje es una creación
integralmente diferente y no simplemente pensados de un
modo diferente. Por eso, en las Ficciones de Interludio
predomina el verso, en prosa es más difícil
otrorizarse.
Aristóteles
dividió la poesía en lírica, elegíaca,
épica y dramática. Como todas las clasificaciones
está bien pensada, es clara y útil; como todas
las clasificaciones es falsa. Los géneros no se separan
con tan íntima facilidad y, si analizamos con detenimiento
aquello de lo que se componen, verificamos que entre la
poesía lírica y la dramática hay una
graduación interrumpida. En efecto, y remontándonos
al los orígenes de la poesía dramática
-Esquilo por ejemplo-, será correcto decir que encontramos
poesía lírica en la boca de diversos personajes.
El primer grado de la poesía lírica es aquel
en que el poeta, concentrado en su sentimiento, expresa
dicho sentimiento. Si él fuese, sin embargo una criatura
de sentimientos variables y diversos, se expresará
como si fuese una multiplicidad de personajes, sólo
unificados en él en su estilo y temperamento. Un
paso más en la escala poética y tenemos al
poeta que es una criatura de sentimientos variados y ficticios,
más imaginativo que sentimental y viviendo más
cada estado del alma por la inteligencia que por la emoción.
Este poeta se expresa como una multiplicidad de personajes
unificados no ya por el temperamento o el estilo, pues el
temperamento ha sido reemplazado por la imaginación
y el sentimiento por la inteligencia, sino tan sólo
por simples estilos. Otro paso en la misma escala de despersonalización,
o sea de la imaginación y tenemos al poeta que cada
uno de sus variados estados mentales se integran de tal
modo en él que se despersonaliza completamente, de
suerte que, viviendo analíticamente ese estado del
alma, lo hace expresión de otro personaje y, de ese
modo, el propio estilo tiende a variar. Demos un paso final
y tendremos al poeta que será varios poetas, un poeta
dramático escribiendo poesía lírica.
Cada grupo de estados del alma insensiblemente aproximados
se transformará en un personaje, con un estilo propio,
con sentimiento por ventura diferentes, incluso opuestos,
a los que son típicos a la persona viva del poeta.
Y así se verá llevado de la poesía
lírica -o cualquier forma literaria análoga
en su sustancia- hasta la poesía dramática,
sin -todavía-, darle la forma del drama, ni explícita
ni implícitamente.
Supongamos que un supremo despersonalizado como Shakespeare,
en lugar de crear al personaje Hamlet como participante
de un drama, lo creaba como un simple personaje sin drama.
Tendría escrito, por así decir, un drama de
un solo personaje, un monólogo prolongado y analítico.
No sería legítimo buscar en ese personaje
una definición de los sentimientos y pensamientos
de Shakespeare, a no ser que el personaje fuese hablado,
porque el mal dramaturgo es el que se revela.
Por algún temperamental motivo que no me propongo
analizar -ni importa que se analice-, construí en
mi interior varios personajes distintos entre sí
y de mí mismo, personajes a los que atribuí
poemas varios que no son como yo, según mis sentimientos
e ideas, como yo los escribiría.
Es así como los poemas de Caeiro, de Ricardo Reis
y los de Álvaro Campos deben ser considerados. No
hay que buscar en cualquiera de ellos ideas o sentimientos
míos, porque muchos de ellos expresan ideas que no
acepto, sentimientos que nunca tuve. Hay simplemente que
leerlos como son, que es así como debe leerse. (aliás)
A título de ejemplo: escribí con sobresalto
y repugnancias el poema octavo de Guardador de rebanhos,
con su blasfemia infantil y su absoluto espiritualismo.
En mí mismo, con su apariencia de realidad con quien
vivo social y objetivamente, no uso la blasfemia ni soy
espiritualista. Alberto Caeiro, sin embargo, tal como lo
concebí es así, y así tiene que escribirlo
quiera o no lo quiera yo, lo piense o no lo piense él.
Negarme el derecho de hacer esto sería lo mismo que
negar a Shakespeare el derecho de dar expresión al
alma de Lady Macbeth, bajo pretexto de que él, poeta,
no era mujer, ni -que se lo sepa- un histérico-epiléptico,
o atribuirle una tendencia alucinatoria o una ambición
que no retrocede ante el crimen. Si así puede pensarse
de los personajes ficticios de un drama, es lícito
pensarlo de los personajes ficticios sin drama.
Parece no ser necesario explicar una cosa tan simple e intuitivamente
comprensible. Sucede sin embargo, que la estupidez humana
es inmensa y poca la bondad.
Prefacio
de Ficciones de interludio
Los
astrólogos relacionan a todas las cosas con la operación
de cuatro elementos -fuego, agua, aire y tierra-, es en
tal sentido que deben entenderse la operación de
toda influencia. Unas actúan sobre los hombres como
la tierra, sepultándolos y aboliéndolos, y
esos son los que dominan el mundo. Unas actúan sobre
los hombres como el aire, envolviéndolos y escondiéndolos,
y esos son los que dominan al trasmundo. Unas actúan
sobre los hombres como el agua, que los ensopa y convierte
en su misma sustancia, y esos son los ideólogos y
los filósofos, que dispersan a través de los
otros las energías de su propia alma. Unos actúan
sobre los hombres como el fuego, que quema en él
todo lo accidental, y los deja desnudos y reales, propios
y verídicos, y esos son los libertarios. Caeiro es
de esta raza. Caeiro tuvo esa fuerza. ¿Qué
importa que Caeiro salga de mí si Caeiro es así?
De ese modo, operando sobre Reis, que todavía no
había escrito nada, hizo nacer en él una forma
propia y una persona estética. Así, operando
sobre mí mismo, me libró de sombras y miserias,
le dio más inspiración a la inspiración
y más alma al alma. Después de esto, tan prodigiosamente
conseguido quién podría preguntar si Caeiro
existió?
Génesis
de los heterónimos
Tuve
siempre, desde muy pequeño, la necesidad de aumentar
el mundo con personalidades ficticias, sueños rigurosamente
construidos, visualizados con claridad fotográfica,
comprendidos en la intimidad de sus almas. No tenía
más de cinco años, siendo un niño aislado
y sin otro deseo que el de permanecer así, y ya estaba
en compañía de algunas figuras de mis sueños
-un capitán Thibeaut, un Chevalier de Pas- y otros
que se me escapan y cuyo olvido como su imperfecto recuerdo,
es una de las mayores saudades de mi vida.
Esto se parece a la simple imaginación infantil cuando
atribuye vida a muñecos o muñecas. Pero era
aún más que eso: yo no precisaba de muñecas
para concebir intensamente dichas figuras. Claras y vívidas
en mi sueño constante, realidades plenamente humanas
para mí, cualquier muñeco, por irreal, las
estragaría. Eran gente.
Más tarde, esta tendencia no cesó con la infancia
y se incrementó en la adolescencia, se arraigó
con su desarrollo, y se tornó finalmente una forma
natural de mi espíritu. Hoy no tengo personalidad.:
cuanto de humano haya de mí, yo lo dividí
entre autores varios y de cuya obra se me tiene como ejecutor.
Sólo soy hoy el punto de reunión de una pequeña
humanidad sólo mía.
Se trata, con todo, simplemente del temperamento dramático
llevado al máximun, escribiendo, en vez de dramas
en actos y acción, dramas en almas. Tan simple es
en su substancia este fenómeno de apariencia tan
confusa.
No niego sin embargo -al contrario no la rechazo-, la explicación
psiquiátrica, pero debe comprenderse que toda actividad
superior del espíritu en tanto es anormal, es susceptible
de interpretación psiquiátrica. No me cuesta
admitir que yo sea un loco, pero exijo que se comprenda
no soy diferentemente loco a un Shakespeare, cualquiera
que sea el valor relativo de los productos de nuestras locuras.
Como medium de mí mismo todavía subsisto.
Soy sin embargo menos real que los otros, menos integrado
(¿), menos personalizado, esencialmente influenciable
por todos ellos. Soy también discípulo de
Caeiro, y todavía recuerdo el día -13 de marzo
de 1914- cuando "oí hablar de él por
primera vez" (quiero decir, cuando terminé de
escribir de un solo hausto de espíritu)
gran número de los primeros versos de Guardador
de Rebanhos, inmediatamente escribí, de un tirón,
seis poemas-intersecciones que componen Chuva Oblícua
(Orpheu 2), manifiesto y lógico resultado de la influencia
de Caeiro sobre el temperamento de Pessoa.
Carta
a Adolfo Casais Monteiro (fragmento)
13 de febrero de 1935
[...]
Paso ahora a responder a su pregunta sobre la génesis
de mis heterónimos. Voy a ver si consigo responderle
completamente.
Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de
mis heterónimos es el profundo rasgo de histeria
que hay en mí. No sé si soy completamente
histérico o si soy, más exactamente, un histeroneurasténico.
Me inclino hacia esta segunda hipótesis porque se
producen en mí fenómenos de abulia, que la
histeria propiamente dicha no encaja en el cuadro de sus
síntomas. Sea como fuere, el origen mental de mis
heterónimos reside en mi tendencia orgánica
y constante a la despersonalización y a la simulación.
Estos fenómenos -afortunadamente para mí y
para los demás- se han mentalizado en mí:
quiero decir que no se manifiestan en mi vida práctica,
exterior y de trato con los demás; estallan hacia
dentro y los vivo yo a solas conmigo. Si yo fuese mujer
-en la mujer, los fenómenos histéricos desencadenan
ataques y cosas parecidas- cada poema de Alvaro de Campos
(el más histéricamente histérico de
mí) sería una alarma para el vecindario. Pero
soy hombre y, en los hombres, la histeria asume principalmente
aspectos mentales: así, todo acaba en silencio y
poesía...
Esto explica, tan bien que mal, el origen orgánico
de mi heteronimia. Voy a hacerle ahora la historia directa
de mis heterónimos. Empiezo por los que han muerto,
y de algunos de los cuales ya no me acuerdo: los que yacen
perdidos en el pasado remoto de mi infancia casi olvidada.
Desde niño he tenido la tendencia a crear alrededor
de mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos
que nunca han existido. (No sé, por supuesto, si
realmente no existieron o si soy yo quien no existe. En
estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos.)
Desde que me conozco siento aquello a lo que llamamos, tal
vez abusivamente, la vida real. Esta tendencia, que me viene
desde que me acuerdo de ser un yo, me ha acompañado
siempre, cambiando un poco la clase de música con
que me encanta, pero no alterando nunca su manera de encantar.
Recuerdo, así, al que me parece haber sido mi primer
heterónimo o, mejor dicho, mi primer conocido inexistente:
un tal Chevalier de Pas de mis seis años, en cuyo
nombre me escribía cartas a mí mismo, y cuya
figura, no enteramente vaga, todavía conquista aquella
parte de mi inclinación que confina con la nostalgia.
Me acuerdo, con menos claridad, de otra figura, cuyo nombre
ya no me viene a la memoria, pero que lo tenía también
extranjero, que era, no sé en qué, un rival
del Chevalier de Pas... ¿Cosas que les suceden a
todos los niños? Sin duda, o quizás. Pero
hasta tal punto las viví que todavía las vivo,
puesto que las recuerdo de tal modo que tengo que hacer
un esfuerzo para hacerme saber que no fueron realidades.
Esta tendencia a crear en torno a mí otro mundo,
igual que éste pero con otras gentes, nunca se me
ha ido de la imaginación. Ha tenido varias fases,
entre las que se cuenta ésta, sucedida ya en la mayoría
de edad. Se me ocurría una frase ingeniosa, absolutamente
ajena, por un motivo y otro, a quien soy, o a quien supongo
que soy. La decía inmediatamente, espontáneamente,
como si fuese de un amigo mío cuyo nombre inventaba,
cuya historia añadía y cuya figura -cara,
estatura, traje y gestos- veía inmediatamente ante
mí. Y así he adquirido, y multiplicado, varios
amigos y conocidos que nunca han existido pero a los que
todavía hoy, a cerca de treinta años de distancia,
oigo, siento, veo. Lo repito: oigo, siento, veo... Y siento
nostalgia de ellos.
(Cuando empiezo a hablar -y escribir a máquina es
para mí hablar-, me cuesta echar el freno. ¡Basta
de darle la tabarra amigo Casais Monteiro! Voy a entrar
en la génesis de mis heterónimos literarios,
que es, después de todo, lo que usted quiere saber.
En todo caso, lo que se ha dicho más arriba le expone
la historia de la madre que los ha dado a luz.)
Allá por el año 1912, salvo error (que nunca
puede ser grande), tuve la idea de escribir unos poemas
de índole pagana. Esbocé unas cosas en verso
irregular (no en estilo Alvaro de Campos, sino en un estilo
de moderada regularidad) y dejé de lado el asunto.
Se me había esbozado, a pesar de todo, en una penumbra
mal urdida, un vago retrato de la persona que estaba haciendo
aquello. (Había nacido, sin que yo lo supiese, Ricardo
Reis.)
Un año y medio o dos años después,
se me ocurrió gastarle una broma a Sá-Carneiro:
la de inventar un poeta bucólico, de índole
complicada, y presentárselo, ya no me acuerdo cómo,
bajo cualquier clase de realidad. Pasé unos días
preparando al poeta pero no conseguí nada. Un día
en que había por fin desistido -fue el 8 de marzo
de 1914- , me acerqué a una cómoda alta y,
cogiendo un papel, empecé a escribir, de pie, como
escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos
poemas de un tirón, en una especie de éxtasis
cuya naturaleza no conseguiría definir. Fue el día
triunfal de mi vida, y nunca podré disfrutar de otro
semejante. Empecé con un título, "El
guardador de rebaños". Y lo que vino a continuación
fue la aparición en mí de alguien a quien
di el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme lo absurdo
de la frase: aparece en mí mi maestro. Fue ésa
la sensación inmediata que tuve. Y tan es así
que, escritos que fueron aquellos treinta y tantos poemas,
inmediatamente cogí otro papel y escribí,
también de un tirón, los seis poemas que forman
la "Lluvia oblicua", de Fernando Pessoa. Inmediatamente
y totalmente... Fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto
Caeiro a Fernando Pessoa él solo. O, mejor dicho,
fue la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia
como Alberto Caeiro.
Una vez aparecido Alberto Caeiro, traté en seguida
de descubrirle -instintiva y subconscientemente- unos discípulos.
Arranqué de su falso paganismo al Ricardo Reis latente,
descubrí su nombre, y lo ajusté a él
mismo, porque ya le veía en aquellos momentos. Y,
de repente, y en derivación opuesta a la de Ricardo
Reis, me brotó impetuosamente un nuevo individuo.
De un tirón, y con la máquina de escribir,
sin interrupción ni enmienda, surgió la Oda
triunfal de Alvaro de Campos: la Oda con este nombre y el
hombre con el nombre que tiene.
Creé entonces, una coterie inexistente. Fijé
todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias,
conocí las amistades, oí, dentro de mí,
las discusiones y las diferencias de criterios, y en todo
esto me parece que fui yo, creador de todo, lo que menos
hubo allí. Parece que todo sucedió independientemente
de mí. Y parece que todavía sucede así.
Si algún día puedo publicar la discusión
estética entre Ricardo Reis y Alvaro de Campos, verá
qué diferentes son y que yo no soy nada en el asunto.
Cuando se trató de la publicación de Orpheu
fue necesario, a última hora, conseguir algo para
completar el número de sus páginas. Le sugerí
entonces a Sá-Carneiro que yo hiciese un poema "antiguo"
de Alvaro de Campos, un poema de cómo Alvaro de Campos
sería antes de haber conocido a Caeiro y haber caído
bajo su influencia. Y así hice "Opiario",
en el que traté de exponer todas las tendencias latentes
en Álvaro de Campos, conforme habían de ser
reveladas después, pero sin que hubiese todavía
ninguna huella de contacto con su maestro Caeiro. Fue, de
entre los poemas que he escrito, el que me dio más
que hacer, debido al doble poder de despersonalización
que tuve que desarrollar. Pero, en fin, creo que no salió
mal, y que muestra a un Álvaro en cierne...
Creo que le he explicado el origen de los heterónimos.
Si hay, no obstante, algún punto en el que necesite
una explicación más clara -estoy escribiendo
deprisa, y cuando escribo deprisa no soy muy claro-, dígalo,
que de buena gana se la daré. Y, es verdad, un complemento
verdadero e histérico: al escribir determinados trozos
de las Notas para recordar a mi maestro Caeiro, de Álvaro
de Campos, he llorado lágrimas verdaderas. ¡Es
para que sepa con quién está trajinando, mi
querido Casais Monteiro!
Unas notas más sobre el asunto... Veo ante mí,
en el espacio incoloro pero real del sueño, las caras,
los gestos de Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.
He construido sus edades y sus vidas, Ricardo Reis nació
en 1887 (no recuerdo el día y el mes, pero los tengo
en algún sitio), en Oporto, es médico y actualmente
está en el Brasil. Alberto Caeiro nació en
1889 y murió en 1915; nació en Lisboa pero
vivió casi toda su vida en el campo. No tuvo profesión
ni casi ningunos estudios. Álvaro de Campos nación
en Tavira el día 15 de octubre de 1890 (a la 1:30
de la tarde, me dice Ferreira Gomes y es verdad, pues hecho
el horóscopo para esta hora, es exacto). Éste,
como sabe, es ingeniero naval (por Glasgow), pero ahora
está aquí, en Lisboa, inactivo. Caeiro era
de estatura media y, aunque realmente frágil (murió
tuberculoso), no parecía tan frágil como era.
Ricardo Reis es un poco, pero muy poco, más bajo,
más fuerte, más seco. Álvaro de Campos
es alto (1,75 m. de altura: dos centímetros más
que yo), magro y un poco proclive a encorvarse. Cara rapada
todos ellos: Caeiro rubio sin colores, ojos azules; Reis
de un vago moreno mate; Campos entre blanco y moreno, tipo
vagamente de judío portugués, cabello sin
embargo liso y normalmente echado a un lado, monóculo.
Caeiro, como he dicho, no tuvo más instrucción
que casi ninguna, sólo instrucción primaria;
se le murieron pronto el padre y la madre, y se resignó
a quedarse en casa viviendo de unas pequeñas rentas.
Vivía con una tía vieja, tía abuela.
Ricardo Reis, educado en un colegio de Jesuitas es, como
he dicho, médico; vive en el Brasil desde 1919, pues
se expatrió voluntariamente porque es monárquico.
Es un latinista por educación ajena y un semihelenista
por educación propia. Álvaro de Campos tuvo
una educación vulgar de instituto; después
fue enviado a Escocia a estudiar ingeniería, primero
mecánica y después naval. Durante unas vacaciones
hizo un viaje a Oriente, del que resultó el "Opiario"
. Le enseñó latín un tío suyo
beirense que era cura.
¿Cómo
escribo en nombre de estos tres? ... [De] Caeiro, por pura
e inesperada inspiración, sin saber o siquiera calcular
que iría a escribir. [De] Ricardo Reis, después
de una deliberación abstracta que súbitamente
se concretiza en una sola. [De] Campos, cuando siento un
súbito impulso de escribir y no sé qué
mi semiheterónimo Bernardo Soares, que, además
se parece en muchas cosas a Álvaro de Campos, aparece
siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga
un poco suspensas las cualidades de raciocinio y de inhibición;
aquella prosa es un constante devaneo. Es un semiheterónimo
porque, no siendo su personalidad la mía, es, no
diferente de la mía, sino una simple mutilación
de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad. La
prosa, salvo lo que el raciocinio presta de tenue a la mía,
es igual a ésta, y el portugués perfectamente
igual; al pase que Caeiro escribía mal el portugués,
Campos razonablemente pero con lapsus, como el decir "yo
propio" en vez de "yo mismo", etc., Reis
mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado.
Lo difícil para mí es escribir la prosa de
Reis -todavía inédita- o de Campos. La simulación
es más fácil, incluso porque es más
espontánea, en verso.)
[...]
Carta
a Adolfo Casais Monteiro (fragmento)
20 de enero de 1935
(...)
Es extraordinariamente exacta su observación respecto
de la ausencia en mí de lo que legítimamente
se podría llamar una evolución cualquiera.
Hay poemas míos escritos a mis veinte años
que son de igual valor -el que se le pueda adjudicar- a
los que hoy escribo. No escribo hoy mejor que entonces,
salvo en cuanto al conocimiento de la lengua portuguesa
-aspecto cultural y no poético-. Escribo diferentemente.
Tal vez la respuesta a esto esté en lo que sigue.
Lo que en esencia soy, por debajo de las máscaras
involuntarias del poeta, del razonador y de cuanto haya,
es un dramaturgo. El fenómeno de mi despersonalización
instintiva a la que aludí en mi anterior carta, para
explicar la existencia de los heterónimos, conduce
naturalmente a esta definición. Siendo de este modo,
no evoluciono, VIAJO. (Sin darme cuenta la tecla de las
minúsculas se trabó y escribí en mayúsculas,
está bien, y que así quede) Voy cambiando
de personalidad, voy (aquí puede caber la palabra
evolución) enriqueciéndome en la capacidad
de crear personalidades nuevas, nuevas formas de fingir
que comprendo al mundo, o, mejor aún, de fingir que
se lo puede comprender. Por eso pienso esta marcha mía
como comparable más que a una evolución a
un viaje: no como si cambiara de un paso a otro sino como
un andar en una planicie yendo de un lugar a otro. Perdí,
es cierto, algunas simplezas e ingenuidades que había
en mis primeros versos de adolescencia, pero eso no es evolución
sino envejecimiento.
(...)
Juan
Carlos Pawlow
"Faulkner:
el furioso estruendo de un estilo".
Una voz porta otra. Mientras la primera aún conserva
la potencia, la otra parece confinada a un oscuro margen,
tal vez al olvido. Sin embargo hay algunas circunstancias.
Apenas momentos antes de que el bosque de Birnam suba a
Dunsinane, momentos antes del estruendo de la guerra, se
oyen gritos de mujeres.
Esos gritos tienen una virtud: hacen recordar a Macbeth
el sabor del miedo.
"¿Cuál es la causa de esos gritos?"
"La reina ha muerto."
Entonces Macbeth exclama:
"Sombra ambulante es esta vida, mísero actor
que en el escenario se afana y pavonea un momento y al cabo,
para siempre, calla su voz. Relato de un idiota, lleno de
ruido y furia, que nada significa."
(6)
En estas circunstancias encontramos aquella otra voz: "Relato
de un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa."
Los días se arrastraron a paso menudo, hubo mañanas
y mañanas, años y años, cientos de
ellos, se encadenaron siglos y la voz permanecía
agazapada, hasta que alguien llamado William Faulkner se
encontró con aquel ruido, aquella furia, y el relato
del idiota. El relato de quien no puede pronunciar palabra
alguna entonces se vuelve actual: "The sound and
the fury"
Extraña novela "El ruido y la furia", pero
en rigor, toda buena novela es un objeto extraño,
extranjero e íntimo, tierra de conquista, territorio
de creación, y lo es no sólo para el lector
sino también para su autor. Dice bien Juan José
Saer acerca del lugar del narrador:
"Ser narrador exige una enorme capacidad de disponibilidad,
de incertidumbre y de abandono... Todos los narradores viven
en la misma patria: la espesa selva virgen de lo real."
(7)
Novela radical "El ruido y la furia, en tanto nos introduce
en una selva, espesa, virgen, real, tomando la voz de alguien
incapaz de proferir palabras. El relato del idiota, Benjy,
Maury de nacimiento, discurre en la primera de las cuatro
secciones del libro, y sólo entenderemos de qué
se trata cuando otras voces tomen su lugar. Así lo
explica Faulkner:
"Y entonces conté la experiencia de aquel día
del subnormal, y era incomprensible, incluso yo mismo
no podía decir lo que estaba pasando, por tanto
tuve que escribir otro capítulo. Entonces decidí
dejar que Quentin contara su versión de ese día,
o esa misma ocasión, y lo hizo. Después tenía
que haber un contrapunto, que iba a ser el otro hermano,
Jasón. A estas alturas era completamente confuso.
Sabía que no estaba acabado en absoluto y entonces
tenía que escribir otra sección desde fuera
con un extraño, que era el escritor, para contar
lo que había sucedido ese día específico."
(8)
Si la novela es un objeto extraño, si incluso es
por momentos incomprensible para su propio autor, es en
gran parte porque la voz del personaje se vuelve autónoma
a las intenciones de aquel. (9)
Hay una afirmación de Borges que nos acercará
a eso extraño que es el personaje:
"En mi corta experiencia de narrador, he comprobado
que saber cómo habla un personaje es saber quién
es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis
peculiar, es haber descubierto un destino."
(10)
El saber que Borges delinea aquí es el de la sorpresa
y el descubrimiento. El encuentro del narrador con pequeños
restos: una entonación, una voz, una sintaxis peculiar.
Es conocida la imagen de Joyce vagando por Dublín
a la espera de un resto de palabra, de algún giro,
una fugaz imagen y así construye a sus personajes.
Como lo dice Richard Ellman:
"Joyce había empezado a crear en Dubliners
y A Portrait un método sintético que
consiste en construir el personaje con detalles intrascendentes,
minucias."
(11)
Pequeñas cosas, pequeñeces incluso, que sin
embargo imponen una dirección a la obra que no puede
ser forzada sin traicionar el destino de aquella voz descubierta.
Volvemos a Saer:
"...el escritor escribe siempre desde un lugar,
y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar... ...un
lugar que está más bien dentro del sujeto,
que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria
o involuntariamente, con su sabor peculiar, lo escrito.
Ese lugar se escribe, por así decir, a través
del escritor, modelando su lenguaje, sus imágenes,
sus conceptos..."
(12)
Si extremamos esta idea, parafraseándola, podemos
afirmar que el personaje habla desde un lugar de
alguna manera excéntrico al del escritor mismo.
Cuando Borges afirma: "Cervantes conocía bien
a Don Quijote y podía creer en él."
(13) Podemos conjeturar que esa creencia
es el respeto del narrador por la diferencia entre la voz
del personaje y la suya, es aceptar que esa voz que se encontró
tiene su propio lugar de enunciación. Un pequeño
resto como una entonación oída al pasar de
alguna manera exterior al escritor y que sin embargo determina
su proceder narrativo.
Ese pequeño resto impone el procedimiento narrativo
en tanto una vez que se produce su descubrimiento, el autor
no es libre de hacer lo que se le plazca con él.
Si esa voz conlleva un destino, lo es porque implica que
más allá de las posibilidades que abre, delinea
lo imposible.
(14)
Querría afirmarlo de una vez: ese instante de encuentro,
ese descubrimiento, es el estilo.
No creo demasiada fructífera la idea cotidiana de
concebir al estilo como: "la manera personal de escribir
que caracteriza a un escritor".
El estilo del escritor fuerza sus maneras, porque
si no las forzara esa escritura se tornaría estéril,
se extinguiría, apagándose como un eco entre
los ecos. Así tomado, el estilo, es la marca que,
cada vez, inventa sus formas, y no la manera con la que
el escritor tramita lo que encuentra conduciéndolo
a moldes ya establecidos.
¿Qué encuentra Faulkner en Macbeth, qué
descubre?
Se podría decir que muy poco: la débil voz
de un personaje y el título de su novela: "The
sound and the fury". Comencemos por esto último.
Se habrá notado que he estado siguiendo una traducción
que no es la literal y tradicionalmente establecida: "El
sonido y la furia". En esta decisión sigo a
Guillermo Whitelow, traductor de la versión bilingüe
de Macbeth con la que trabajé y también la
de Ana Antón- Pacheco que traduce a Faulkner. Ambos
vuelcan sound como ruido.
Ana Antón-Pacheco argumenta:
" 'Sonido' me parece un término demasiado inocuo
para expresar la desesperación de Macbeth ante la
catástrofe a que ha dado lugar su ambición
y ante la ambigüedad de la vida "signifying
nothing", mientras que 'ruido' es mucho más
fuerte, más enérgico, sobre todo si se tiene
en cuenta que, sobre el escenario, el fragor de la batalla
se hace notar constantemente..."
(15)
A su vez podemos agregar nosotros que en el uso castellano
sonido evoca algo más armónico, más
musical. La voz "son", incluso, es un término
de la música trovadoresca. "Ruido", en
cambio, es el rugido del león, el estruendo.
Con esto volvemos a Benjy. ¿Por qué es tan
eficaz que Faulkner haya tomado para iniciar la novela "el
relato de un idiota"? ¿En qué consiste
esa voz?
La voz de Benjy está armada en varias dimensiones:
- La representación. La dificultad en la lectura
de esta primera sección de la novela es la escasa
posibilidad de representación acerca de lo que acontece.
Los pensamientos de Benjy saltan de un lado a otro, se suceden
distintos personajes, se superponen distintos momentos de
la vida de Benjy, incluso se remonta al momento en que se
le cambia de nombre (como al Benjamín bíblico)
al descubrirse que es un débil mental; una dificultad
adicional entonces: Maury es Benjy, cuando aún no
era un resto del ideal de su madre.
- La sintaxis. Si las formas retóricas y los modos
sintácticos son bien distintos cuando en las siguientes
secciones del libro toman la voz Quentin y Jason, con Benjy
nos encontramos nuevamente con un problema. Por un lado
se encadenan retazos de diálogos en los que se reproducen
las voces de otros personajes, hay allí una sintaxis
en juego de la cual Benjy sería testigo. Por otro
lado, ¿cuál sería la sintaxis de su
voz? Adjudicadas a Benjy aparecen frases que por la complejidad
de su estructura no pueden atribuirse genuinamente a Benjy,
sino a la necesidad del narrador: "Ahora yo estaba
llorando..." "No lo ví llegar. Vino por
detrás de nosotros." "Quentin se peleó
conmigo y yo lloré.".
- Residuos. Esta dimensión es la más huidiza
y a su vez la más constante. A mi juicio es el Benjy
más puro. La presencia de Benjy se torna un ruido
casi constante. En realidad Faulkner no lo describe nunca
como ruidoso, pero de forma permanente hay referencias a
los ruidos que produce. Llora, gime, se babea, berrea. Tanto
en su sección, como en las otras, se manda a los
negros que lo cuidan a que lo hagan callar, que lo saquen
fuera de la casa. "Cállate", "Cállese",
son palabras que inundan el relato. "Calla esa boca".
"No puedo llevarlo a casa si berrea de esa manera."
"¿Es qué usted no se va a callar nunca?"
"Cállese". "¿Qué pasa
Benjy?" , "Calla, Benjy", "Cállate"
"¿Por qué no lo encierran?" "No
va a conseguir nada con tanto gemir y berrear."
Decía más arriba que tal vez se pueda pensar
que Faulkner toma de Macbeth sólo un título
y la idea de un idiota que relata; y tal vez sea sólo
eso: pequeñeces, pero entendiendo que el ruido, la
furia, y el relato del idiota, son las marcas que insisten
de punta a punta en toda la novela: en el estrépito
de la caída en desgracia de los Compson, prestigiosa
familia sureña, en el ruido de lo insoportable de
la vida sumergida en la nada que se encamina día
tras día hacia la muerte, en el suicidio, en la estafa,
en embarazos, en casamientos, en los pequeños actos
cotidianos, en los días que se arrastran menudos.
Por supuesto que esto no se agota en Benjy, no es sólo
el sin sentido de la vida relatada por un idiota, o mejor:
¿Quién es el idiota? Hay otras voces, otros
personajes:
El sin sentido de una vida que se ahoga en un suicidio,
como en el caso de Quentin. Relato atiborrado de una moral
arrasada por la escoria de viejos emblemas; restos de voces,
de ideales caídos por la guerra civil y los tiempos,
que lo arrojan fuera de la escena del nuevo mundo.
¿Y la idiotez no es la de Jason? Hombre pragmático,
tan actual, que no duda en ofrecer la castración
de Benjy luego de un episodio apenas confuso, para después
llamarlo crudamente: "el Gran Capón de los Estados
Unidos". Relato lleno de lugares comunes, de errática
sintaxis, la voz de un miserable estafador familiar cuya
maldad confina con la idiotez.
Para finalizar, el ruido y la furia de un estilo:
"Entonces Ben volvió a gemir, con prolongada
desesperación. No era nada. Solamente un ruido. Podría
haber sido que mediante una conjunción planetaria
todo el tiempo y la injusticia y el dolor se hicieran oír
por un instante." (16)
Faulkner puro.
(1)
En Al
paso, ensayos, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1992.
(2) "Nathaniel
Hawthorne" en "Otras Inquisiciones" Obras
completas, p. 675. Jorge Luis Borges. Emecé editores,
1989.
(3)
Tiempo
después de haber leído este trabajo en la
Jornada, acallados los ecos de la misma, o sea: ya los días
se habían arrastrado menudos, vuelvo a tomar el número
6 de la revista Paradoxa en donde Sergio Cueto, en el trabajo
"La música, la prosa, la sintaxis." cita
a Girri. Cita por un lado olvidada por mí, aunque
reconozco los signos -asteriscos- con los que señalo
algo que encuentro importante en un texto. Lo que había
"olvidado" - lo que había marcado- dice
así: "Uno no ha de guiarse por lo que quisiera
hacer, sino por las exigencias de eso mismo que está
haciendo, de lo que necesita ser escrito."
(4)
Cita
del texto de Juan Pawlow aludido más arriba.
(5)
Con el protagonista de su cuento "Ruinas circulares".
(6)
"Macbeth"
p. 191. William Shakespeare. Colección Obras Maestras.
Fondo Nacional de las Artes. Editorial Sudamericana. 1970.
(7
)"La
selva espesa de lo real" en "El concepto de ficción"
p. 271. Juan José Saer. Editorial Ariel. 1997.
(8 )"Lion
in the Garden: Interviews with W. Faulkner" Citado
en "El ruido y la furia" p.37 William Faulkner.
Ediciones Cátedra 1998. Subrayados míos.
(9)
Los subrayados de la frase de Faulkner apuntan a esa extrañeza.
(10)
"La
poesía gauchesca" en "Discusión"
Obras completas, p. 181. Jorge Luis Borges. Emecé
editores, 1989.
(11)"James
Joyce" Richard Ellmann p. 398 Editorial Anagrama, 1991.
(12)"Literatura
y crisis argentina". en "El concepto de ficción"
p. 105. Juan José Saer. Editorial Ariel. 1997
(13)"Nathaniel
Hawthorne" en "Otras Inquisiciones" Obras
completas, p. 675. Jorge Luis Borges. Emecé editores,
1989.
(14)
Tiempo
después de haber leído este trabajo en la
Jornada, acallados los ecos de la misma, o sea: ya los días
se habían arrastrado menudos, vuelvo a tomar el número
6 de la revista Paradoxa en donde Sergio Cueto, en el trabajo
"La música, la prosa, la sintaxis." cita
a Girri. Cita por un lado olvidada por mí, aunque
reconozco los signos -asteriscos- con los que señalo
algo que encuentro importante en un texto. Lo que había
"olvidado" - lo que había marcado- dice
así: "Uno no ha de guiarse por lo que quisiera
hacer, sino por las exigencias de eso mismo que está
haciendo, de lo que necesita ser escrito."
(15)
Carta de Ana Antón-Pacheco."El ruido y la furia"
p.57. William Faulkner. Ediciones Cátedra 1998.
(16) Op. Cit. P.308
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