Hay
una paradoja ineludible e implícita en el hecho de
poder hablar, y Carlos lo plantea inmediatamente en su libro.
Al asociar las ideas del "ejercicio de un poder"
y el hecho de "hablar" se podrían
generar algunos equívocos. El poder de ejercer la
palabra nos pone, antes que nada, indecisos y vulnerables,
pero también -y esto es lo importante- muy cercanos
a la oportunidad de hacer entrar a las palabras en diálogo
o, para decirlo de otro modo, a la oportunidad de poder
jugar con otros. Con las palabras, al igual que en las escondidas
-por ejemplo-, uno se esconde, recibe y da "piedra
libre", se cuenta hasta diez o hasta mil, algunos quieren
salvar a todos los compañeros; o, como en el
tute, se "cantan las cuarenta", se está
"en capilla", se cae en "renuncios",
o se está en "las diez de últimas..."
Poder hablar es poder jugar con otros, es decir tener la
capacidad de disponer para los demás -y poder recibir
de ellos- una escucha atenta e interesada.
En
fin, para disipar equívocos, Carlos también
nos dice que en rigor poder hablar está en franca
contradicción con toda pretensión de ejercer
un dominio o posesión de las palabras. "Tener
palabra", por ejemplo, no significa que se las pueda
acopiar ni administrar a voluntad. Al revés, poder
hablar es, antes que nada, tomar un riesgo. El riesgo que
implica -para quien se atreve a hablar- un acto de desposesión
y de delegación de poder. Efectivamente, cuando se
habla, el poder pasa a la palabra que a menudo empieza a
poseernos.
Y
entonces, como en la anécdota que comentaba antes
de Groucho, podemos tentarnos con volver a tomar posición
y abrigo en el silencio, a intentar abroquelarnos en el
refugio seguro del silencio. Pero se abre con esta expectativa
otro equívoco equivalente a la pretensión
de intentar dominar las palabras, porque el silencio tampoco
admite posesión, cuanto mucho, si se tratara de eludir
la palabra callando, lo que sucede es que nos condenamos
al mutismo, y el mutismo es un abismo que poco tiene que
ver con el silencio. Es que Carlos Pérez también
nos habla en su libro de los límites a los que a
veces se enfrenta la palabra, cuando el decir vacila y se
detiene en los bordes de un abismo. No tanto cuando tememos
un traspié en el decir, el lapsus que nos abochorna,
sino la alternativa mucho más inquietante de encontrarnos
frente a frente con un vacío de palabra. Entonces,
la falta de palabras puede abrir al insomnio, a la pesadilla,
o bien, en casos más favorables, animarnos al salto
acrobático que nos lleve a la metáfora y la
poesía.
Leyendo
a Carlos entiendo que el desafío de la palabra no
es vencer o violentar un mutismo sino poder confiarse al
silencio, a un silencio oportuno desde donde efectivamente
Poder hablar. Como lo comenta Carlos, el silencio,
la ausencia, no son exactamente resguardos, sino
desafíos. Quizás hablar sea -como en
la evocación que el autor hace de Justine,
la novela de Lawrence Durell-, un modo personal de interpretar
el silencio. Claro está -y habrá que admitirlo-,
que para expresar esa interpretación íntima
del silencio, estamos obligados a soltar palabras... Un
silencio que se "pronuncia", esa es una de las
paradojas que impone poder hablar.
Pero
no seguramente la única, recorriendo las paginas
de Poder hablar, se nos refiere, entre anécdotas
y reflexiones, cómo el decir intenta sostenerse en
palabras que se pretenden -en un mismo movimiento- inmutables
a toda diferencia pero respetuosas y bien próximas
del detalle, cautelosas y embriagadas, definitivas e ingenuas,
hijas del instante pero articuladas en una historia. Y si
estas paradojas, esta fragilidad en que nos pone el decir,
logra una cierta realización, somos nosotros mismos
una suerte de entonación hecha de palabras y de silencio,
que nos dice y calla en el mismo movimiento.
Fue
una paciente, entre otras experiencias, la que impuso esta
idea a Carlos: un día Carlos le consulta a esta paciente
sobre si autorizaría o no la publicación de
un fragmento de su análisis. Le ofrece, entonces,
el texto para que ella misma lo lea y decida. La paciente
se lo lleva y después de revisarlo acepta que se
publique sin hacer la menor objeción. No tiene inconvenientes
porque, entre otras cosas, entiende que su identidad está
suficientemente disimulada, pero agrega este curioso detalle:
en la lectura del texto, ella pudo reconocerce aún
más en el estilo de su decir que en las palabras
que su analista había consignado como efectivamente
dichas por ella. Su presencia estaba revelada para ella,
aún más claramente en la modulación
de un silencio que sostenía y daba vida a su decir
que en las palabras efectivamente dichas.
Y
esto nos hace pensar, junto a Carlos Pérez, con cuánta
vana febrilidad intentamos a menudo reconocernos en las
palabras con las que voluntariamente -y con tanta obstinación-
pretendemos presentarnos a los demás y a nosotros
mismos, ya sean las palabras dichas o las calladas, las
buscadas o las eludidas, cuando en rigor es un estilo, un
cierto ritmo en el decir, una determinada cadencia, muchas
veces intraducible, lo que más nos expone y muestra
a los demás.
En
ese mismo capítulo, Carlos se ve conducido -"conducido"
por el poder hablar que va cobrando el propio texto-
a referir algunas consideraciones respecto del decir y el
orden temporal que sostiene y somete al decir. Hablamos
construyendo relatos que obligan a la palabra a respetar
y someterse a un "antes" y a un "después",
a ordenarse según antecedentes y consecuencias. Se
intenta disciplinar a la palabra a un tiempo que es sucesión
inevitable de acontecimientos. En ocasiones, como Carlos
lo recuerda, y en un psicoanálisis sobre todo, Poder
hablar es intentar que la palabra pueda liberarse -aunque
sólo por momentos- de ese esquema que vectoriza y
ordena al tiempo con su antes y un después definitivo.
Nuevo desafío del Poder hablar, sobrepasar
un tiempo hecho de sucesión y continuidad para abarcar
lo instantáneo. Poder hablar, no para "contar
una historia" pasada sino para sostener, de un modo
soportable, la fugacidad de quien habla.
Abrir
la palabra a -según los términos que emplea
Carlos Pérez- "una nada, un silencio, eternidad,
mudez, inconsciente o como se lo llame" es el desafío
de un análisis, pero también, y vaya coincidencia,
el de la poseía. No es que Carlos suponga que el
analista deba ser poeta (conjunción que creo no rechazaría
en absoluto), pero sí que el analista tenga, por
lo menos, el mismo temple que el poeta. Después de
todo, ambos (poeta y analista) se asomarían al mismo
misterio: a una palabra que querría desprenderse
desde un silencio absoluto y desde una eternidad sin sucesos.
El decir evoca tanto una cosa como la otra, la palabra es
simple copia desgajada del tiempo (como diría Borges)
y articulación necesaria de un silencio.
Pero
el libro de Carlos lleva un subtítulo que es necesario
destacar y tomar muy en cuenta: "Historias de
diván". Nótese que no se dice
historias "desde" el diván, sino -repito-
"de" diván, esa diferencia habla y logra
poner a la palabra del analista en diálogo genuino
con sus lectores. "Las historias de diván -dice
Carlos- no son biografías, tampoco novelas, mucho
menos historias clínicas en el sentido médico
del término", pero entonces, ¿cómo
se nos podrá contar una historia que no parcela al
devenir ni al modo rechazado por el autor de una crónica,
ni al de una ficción, o ni la de un protocolo médico?
¿Cómo se concilia la promesa de contar historias
sin consignar de qué modo se dará forma a
ese devenir?
Las
historias de diván que ofrece Carlos Pérez
no remiten al tiempo concluido y evocable de un trabajo
llevado a cabo con algunos de sus pacientes. No se trata
de eso -o, matizando-, no solamente de "eso",
son más bien el testimonio de cómo esos lapsos
de tiempo compartidos con un paciente se tornaron momentos
insistentes en la vida de Carlos Pérez y de cómo
esos instantes siguen trabajando una historia (incluida,
por su puesto, la propia historia de Carlos Pérez).
En este sentido, disiento con Carlos Pérez, las "Historias
de diván" son biografía, biografía
de analista y paciente, aunque dicho esto con algunas salvedades.
Si
alguien quisiera leer en la insistencia de esas historias
de diván que Carlos Pérez evoca el reflejo
de una autobiografía, puede hacerlo, a condición
de saber que dicha biografía tiene un carácter
tan íntimo y exacto como provisional. Biografía
del psicoanalista hasta nuevo aviso podría decirse.
No se trata seguramente de una biografía que abarca
la totalidad de la existencia de Carlos Pérez, según
la articulación consabida de un presente, un futuro
y un pasado, sino una biografía consumada del instante,
una biografía del momento impensado que le tocó
vivir con cada uno de sus pacientes. Y la biografía
que provoca y revela un instante me parece a mí más
verdadera y real que la que se expone como linealidad progresiva
de una vida.
Vayamos
ahora a un ejemplo de historia de diván. Nos propone
Carlos una escena en la que después de los saludos
de rigor la paciente se recuesta en el diván al tiempo
que él mismo se acomoda en su sillón. Ambos
están distendidos y enfrentados a una ventana -que
yo mismo quiero imaginar amplia y generosa de paisaje- y
desde donde asoma -porque las cortinas de esa ventana están
descorridas- la rama nutrida y ondulante de un árbol.
Ahora bien, también emerge de pronto en la ventana,
ante la mirada sobresaltada de paciente y analista, un operario
encaramado a un poste que los enfrenta y los mira, a su
vez. Todos llenos de perplejidad, se inicia entonces un
juego de miradas que comprometen al mismísimo lector
y multiplican las historias posibles. Ya nadie es inocente,
porque cada cual puede tomar el lugar de esa mirada intrusa
y sumarse a una "historia" que a todos afecta
y que a nadie pertenece ya en particular. Y para empezar
-ciertamente no hay que excluirla-, la mirada intrusa puede
ser la nuestra de lectores agazapados que nos asomamos a
la ventana -con discreción o avidez- aprovechando
que las cortinas han quedado descorridas. Cuando leemos
esta historia vemos como esa mirada sorprendida y que sorprende
pasa del analista, al paciente, de los lectores al operario,
del operario al paciente y el analista, y cada uno cuenta
la historia, como yo lo hago ahora, sin pretensión
de hacerlo "desde afuera" porque todos quedamos
incluidos en ella. Si queremos verdaderamente "leer"
las historias de diván -y no interrumpirlas con miradas
más o menos intrusas- no nos queda más remedio
que incluirnos en ellas con nuestra propia historia. Las
historias de diván, de un modo u otro, nos narran.
Quisiera
destacar, para concluir, los diálogos que Carlos
Pérez mantuvo con García Lorca, con Federico
Fellini y con Sigmund Freud. Nunca antes Carlos había
hecho referencia a estos encuentros y personalmente le agradezco
que por fin los comparta con nosotros, sus lectores. La
atmósfera de intimidad que emana de esos diálogos
prueban fehacientemente el grado de confianza que Carlos
Pérez inspiró en ellos y que logró
la entrega confiada que podemos constatar en sus palabras.
La amable calidez de Carlos propició que ellos pudieran
explayarse en reflexiones agudas, con palabras soltadas
unas veces en ráfagas espontáneas, y otras,
dichas a media voz como confidencias muy íntimas.
Cada uno de ellos habló a Carlos en la confianza
absoluta de quien sabe va a encontrar en el otro la escucha
más oportuna.
La
clave para leer esos diálogos -incluso para participar
de ellos- la aporta el propio García Lorca a Carlos
cuando le dice que hay que "mantenerse en el plano
poético donde el sí o el no de las cosas son
igualmente verdaderos. (Donde la única) La verdad
es lo vivo". Fellini, por su parte, insistió
una y otra vez -según me comentó Carlos por
estos días- en que el encuentro que tuvieron fuera
expuesto en el libro como si se tratara de una ficción
urdida por el propio Carlos, Fellini pretendía que
sus palabras -presentadas como si se hubiera tratado de
un diálogo ficticio- conducirían al lector
-según su propio punto de vista- a una verdad más
aguda que la realidad cotidiana... Fue así que Carlos
decidió referirlos, según el consejo de Fellini,
como si fueran ficción. Yo afirmo que fueron reales.
En
fin, creo que fue en un otoño insólitamente
cálido de hace ya varios años en el que por
casualidad coincidimos con Carlos en Portugal, recuerdo
la sorpresa cuando nos descubrimos a pocas mesas de distancia
en el estanco de un viejo barrio colonial de Lisboa, bebiendo
cada uno -por su parte- un sabroso vino verde. Después
de abrazarnos emocionados y algo conmovidos por la casualidad
del encuentro a tantos miles de kilómetros de Buenos
Aires, reflexionamos sobre lo improbable de que alguien
nos creyera cuando lo contáramos. De una mesa vecina,
un sujeto muy pequeño, casi insignificante, nos espetó
con cierto fastidio en un portuñol bastante atravesado,
pero aún más afectado por el alcohol que había
ingerido: "¿Y quién puede decidir ciertamente
lo qué es verdad y lo qué es ficción?
Yo mismo desde niño -agregó sin que Carlos
no yo se lo pidiésemos- he tenido la tendencia a
crear alrededor mío un mundo ficticio, a rodearme
de amigos y conocidos que nunca han existido. Y ya en tono
de confidencia agregó: y no sé, por supuesto,
si realmente no existieron ellos o si soy yo quien no existe.
En estas cosas, como en todas -dijo, guiñándonos
un ojo-, no debemos ser dogmáticos Lo invitamos a
la mesa y charlamos animadamente hasta que finalmente nos
echaron del lugar, antes de irse nos advirtió feliz
que, después de todo, hay metáforas que son
más reales que la gente que camina por ahí.
Prefiero la realidad -afirmó con vehemencia- a la
verdad, prefiero la vida, vamos, al Dios que la ha creado.
Con la beatitud que confiere el buen vino, nos despedimos
también con Carlos y nunca más hablamos de
aquel encuentro casual al que se sumó un tal Fernando
Pessoa. Por el recuerdo de aquel encuentro -las palabras
de Pessoa-, yo vuelvo a afirmarles que los encuentros que
Carlos refiere en su libro, con Lorca, Fellini y Freud,
fueron reales, más reales que mucha gente que camina
por ahí...
Ahora
sí -para finalizar- desearía compartir con
ustedes, un fragmento de uno de los capítulos del
libro de Carlos, .......