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Palabras de presentación del libro "Poder hablar -historias de diván-" de Carlos Pérez, Ed. Letra Viva, Bs. As., 2005, a cargo de Daniel Ripesi


Bueno, Carlos Pérez -a quien tanto agradezco este honor- me ha cedido la palabra para presentar su libro, de modo que yo, haciendo honor en todo caso al propio título de su obra, debería estar en este momento en condiciones de poder hablar. Tendré que recordar entonces que la principal condición que Carlos razona para sostener con cierto "poder" a la palabra que se enuncia, es la de aceptar la fragilidad que supone llegar a decirlas. Groucho Marx decía que cuando se hallaba frente a algún interlocutor -y en tanto no dijera palabra alguna-, éste permanecería en la duda de si estaba frente a un genio o un gran idiota, de modo que -se decía a sí mismo- para qué abrir la boca y sacarlo de dudas .

Hay una paradoja ineludible e implícita en el hecho de poder hablar, y Carlos lo plantea inmediatamente en su libro. Al asociar las ideas del "ejercicio de un poder" y el hecho de "hablar" se podrían generar algunos equívocos. El poder de ejercer la palabra nos pone, antes que nada, indecisos y vulnerables, pero también -y esto es lo importante- muy cercanos a la oportunidad de hacer entrar a las palabras en diálogo o, para decirlo de otro modo, a la oportunidad de poder jugar con otros. Con las palabras, al igual que en las escondidas -por ejemplo-, uno se esconde, recibe y da "piedra libre", se cuenta hasta diez o hasta mil, algunos quieren salvar a todos los compañeros; o, como en el tute, se "cantan las cuarenta", se está "en capilla", se cae en "renuncios", o se está en "las diez de últimas..." Poder hablar es poder jugar con otros, es decir tener la capacidad de disponer para los demás -y poder recibir de ellos- una escucha atenta e interesada.

En fin, para disipar equívocos, Carlos también nos dice que en rigor poder hablar está en franca contradicción con toda pretensión de ejercer un dominio o posesión de las palabras. "Tener palabra", por ejemplo, no significa que se las pueda acopiar ni administrar a voluntad. Al revés, poder hablar es, antes que nada, tomar un riesgo. El riesgo que implica -para quien se atreve a hablar- un acto de desposesión y de delegación de poder. Efectivamente, cuando se habla, el poder pasa a la palabra que a menudo empieza a poseernos.

Y entonces, como en la anécdota que comentaba antes de Groucho, podemos tentarnos con volver a tomar posición y abrigo en el silencio, a intentar abroquelarnos en el refugio seguro del silencio. Pero se abre con esta expectativa otro equívoco equivalente a la pretensión de intentar dominar las palabras, porque el silencio tampoco admite posesión, cuanto mucho, si se tratara de eludir la palabra callando, lo que sucede es que nos condenamos al mutismo, y el mutismo es un abismo que poco tiene que ver con el silencio. Es que Carlos Pérez también nos habla en su libro de los límites a los que a veces se enfrenta la palabra, cuando el decir vacila y se detiene en los bordes de un abismo. No tanto cuando tememos un traspié en el decir, el lapsus que nos abochorna, sino la alternativa mucho más inquietante de encontrarnos frente a frente con un vacío de palabra. Entonces, la falta de palabras puede abrir al insomnio, a la pesadilla, o bien, en casos más favorables, animarnos al salto acrobático que nos lleve a la metáfora y la poesía.

Leyendo a Carlos entiendo que el desafío de la palabra no es vencer o violentar un mutismo sino poder confiarse al silencio, a un silencio oportuno desde donde efectivamente Poder hablar. Como lo comenta Carlos, el silencio, la ausencia, no son exactamente resguardos, sino desafíos. Quizás hablar sea -como en la evocación que el autor hace de Justine, la novela de Lawrence Durell-, un modo personal de interpretar el silencio. Claro está -y habrá que admitirlo-, que para expresar esa interpretación íntima del silencio, estamos obligados a soltar palabras... Un silencio que se "pronuncia", esa es una de las paradojas que impone poder hablar.

Pero no seguramente la única, recorriendo las paginas de Poder hablar, se nos refiere, entre anécdotas y reflexiones, cómo el decir intenta sostenerse en palabras que se pretenden -en un mismo movimiento- inmutables a toda diferencia pero respetuosas y bien próximas del detalle, cautelosas y embriagadas, definitivas e ingenuas, hijas del instante pero articuladas en una historia. Y si estas paradojas, esta fragilidad en que nos pone el decir, logra una cierta realización, somos nosotros mismos una suerte de entonación hecha de palabras y de silencio, que nos dice y calla en el mismo movimiento.

Fue una paciente, entre otras experiencias, la que impuso esta idea a Carlos: un día Carlos le consulta a esta paciente sobre si autorizaría o no la publicación de un fragmento de su análisis. Le ofrece, entonces, el texto para que ella misma lo lea y decida. La paciente se lo lleva y después de revisarlo acepta que se publique sin hacer la menor objeción. No tiene inconvenientes porque, entre otras cosas, entiende que su identidad está suficientemente disimulada, pero agrega este curioso detalle: en la lectura del texto, ella pudo reconocerce aún más en el estilo de su decir que en las palabras que su analista había consignado como efectivamente dichas por ella. Su presencia estaba revelada para ella, aún más claramente en la modulación de un silencio que sostenía y daba vida a su decir que en las palabras efectivamente dichas.

Y esto nos hace pensar, junto a Carlos Pérez, con cuánta vana febrilidad intentamos a menudo reconocernos en las palabras con las que voluntariamente -y con tanta obstinación- pretendemos presentarnos a los demás y a nosotros mismos, ya sean las palabras dichas o las calladas, las buscadas o las eludidas, cuando en rigor es un estilo, un cierto ritmo en el decir, una determinada cadencia, muchas veces intraducible, lo que más nos expone y muestra a los demás.

En ese mismo capítulo, Carlos se ve conducido -"conducido" por el poder hablar que va cobrando el propio texto- a referir algunas consideraciones respecto del decir y el orden temporal que sostiene y somete al decir. Hablamos construyendo relatos que obligan a la palabra a respetar y someterse a un "antes" y a un "después", a ordenarse según antecedentes y consecuencias. Se intenta disciplinar a la palabra a un tiempo que es sucesión inevitable de acontecimientos. En ocasiones, como Carlos lo recuerda, y en un psicoanálisis sobre todo, Poder hablar es intentar que la palabra pueda liberarse -aunque sólo por momentos- de ese esquema que vectoriza y ordena al tiempo con su antes y un después definitivo. Nuevo desafío del Poder hablar, sobrepasar un tiempo hecho de sucesión y continuidad para abarcar lo instantáneo. Poder hablar, no para "contar una historia" pasada sino para sostener, de un modo soportable, la fugacidad de quien habla.

Abrir la palabra a -según los términos que emplea Carlos Pérez- "una nada, un silencio, eternidad, mudez, inconsciente o como se lo llame" es el desafío de un análisis, pero también, y vaya coincidencia, el de la poseía. No es que Carlos suponga que el analista deba ser poeta (conjunción que creo no rechazaría en absoluto), pero sí que el analista tenga, por lo menos, el mismo temple que el poeta. Después de todo, ambos (poeta y analista) se asomarían al mismo misterio: a una palabra que querría desprenderse desde un silencio absoluto y desde una eternidad sin sucesos. El decir evoca tanto una cosa como la otra, la palabra es simple copia desgajada del tiempo (como diría Borges) y articulación necesaria de un silencio.

Pero el libro de Carlos lleva un subtítulo que es necesario destacar y tomar muy en cuenta: "Historias de diván". Nótese que no se dice historias "desde" el diván, sino -repito- "de" diván, esa diferencia habla y logra poner a la palabra del analista en diálogo genuino con sus lectores. "Las historias de diván -dice Carlos- no son biografías, tampoco novelas, mucho menos historias clínicas en el sentido médico del término", pero entonces, ¿cómo se nos podrá contar una historia que no parcela al devenir ni al modo rechazado por el autor de una crónica, ni al de una ficción, o ni la de un protocolo médico? ¿Cómo se concilia la promesa de contar historias sin consignar de qué modo se dará forma a ese devenir?

Las historias de diván que ofrece Carlos Pérez no remiten al tiempo concluido y evocable de un trabajo llevado a cabo con algunos de sus pacientes. No se trata de eso -o, matizando-, no solamente de "eso", son más bien el testimonio de cómo esos lapsos de tiempo compartidos con un paciente se tornaron momentos insistentes en la vida de Carlos Pérez y de cómo esos instantes siguen trabajando una historia (incluida, por su puesto, la propia historia de Carlos Pérez). En este sentido, disiento con Carlos Pérez, las "Historias de diván" son biografía, biografía de analista y paciente, aunque dicho esto con algunas salvedades.

Si alguien quisiera leer en la insistencia de esas historias de diván que Carlos Pérez evoca el reflejo de una autobiografía, puede hacerlo, a condición de saber que dicha biografía tiene un carácter tan íntimo y exacto como provisional. Biografía del psicoanalista hasta nuevo aviso podría decirse. No se trata seguramente de una biografía que abarca la totalidad de la existencia de Carlos Pérez, según la articulación consabida de un presente, un futuro y un pasado, sino una biografía consumada del instante, una biografía del momento impensado que le tocó vivir con cada uno de sus pacientes. Y la biografía que provoca y revela un instante me parece a mí más verdadera y real que la que se expone como linealidad progresiva de una vida.

Vayamos ahora a un ejemplo de historia de diván. Nos propone Carlos una escena en la que después de los saludos de rigor la paciente se recuesta en el diván al tiempo que él mismo se acomoda en su sillón. Ambos están distendidos y enfrentados a una ventana -que yo mismo quiero imaginar amplia y generosa de paisaje- y desde donde asoma -porque las cortinas de esa ventana están descorridas- la rama nutrida y ondulante de un árbol. Ahora bien, también emerge de pronto en la ventana, ante la mirada sobresaltada de paciente y analista, un operario encaramado a un poste que los enfrenta y los mira, a su vez. Todos llenos de perplejidad, se inicia entonces un juego de miradas que comprometen al mismísimo lector y multiplican las historias posibles. Ya nadie es inocente, porque cada cual puede tomar el lugar de esa mirada intrusa y sumarse a una "historia" que a todos afecta y que a nadie pertenece ya en particular. Y para empezar -ciertamente no hay que excluirla-, la mirada intrusa puede ser la nuestra de lectores agazapados que nos asomamos a la ventana -con discreción o avidez- aprovechando que las cortinas han quedado descorridas. Cuando leemos esta historia vemos como esa mirada sorprendida y que sorprende pasa del analista, al paciente, de los lectores al operario, del operario al paciente y el analista, y cada uno cuenta la historia, como yo lo hago ahora, sin pretensión de hacerlo "desde afuera" porque todos quedamos incluidos en ella. Si queremos verdaderamente "leer" las historias de diván -y no interrumpirlas con miradas más o menos intrusas- no nos queda más remedio que incluirnos en ellas con nuestra propia historia. Las historias de diván, de un modo u otro, nos narran.

Quisiera destacar, para concluir, los diálogos que Carlos Pérez mantuvo con García Lorca, con Federico Fellini y con Sigmund Freud. Nunca antes Carlos había hecho referencia a estos encuentros y personalmente le agradezco que por fin los comparta con nosotros, sus lectores. La atmósfera de intimidad que emana de esos diálogos prueban fehacientemente el grado de confianza que Carlos Pérez inspiró en ellos y que logró la entrega confiada que podemos constatar en sus palabras. La amable calidez de Carlos propició que ellos pudieran explayarse en reflexiones agudas, con palabras soltadas unas veces en ráfagas espontáneas, y otras, dichas a media voz como confidencias muy íntimas. Cada uno de ellos habló a Carlos en la confianza absoluta de quien sabe va a encontrar en el otro la escucha más oportuna.

La clave para leer esos diálogos -incluso para participar de ellos- la aporta el propio García Lorca a Carlos cuando le dice que hay que "mantenerse en el plano poético donde el sí o el no de las cosas son igualmente verdaderos. (Donde la única) La verdad es lo vivo". Fellini, por su parte, insistió una y otra vez -según me comentó Carlos por estos días- en que el encuentro que tuvieron fuera expuesto en el libro como si se tratara de una ficción urdida por el propio Carlos, Fellini pretendía que sus palabras -presentadas como si se hubiera tratado de un diálogo ficticio- conducirían al lector -según su propio punto de vista- a una verdad más aguda que la realidad cotidiana... Fue así que Carlos decidió referirlos, según el consejo de Fellini, como si fueran ficción. Yo afirmo que fueron reales.

En fin, creo que fue en un otoño insólitamente cálido de hace ya varios años en el que por casualidad coincidimos con Carlos en Portugal, recuerdo la sorpresa cuando nos descubrimos a pocas mesas de distancia en el estanco de un viejo barrio colonial de Lisboa, bebiendo cada uno -por su parte- un sabroso vino verde. Después de abrazarnos emocionados y algo conmovidos por la casualidad del encuentro a tantos miles de kilómetros de Buenos Aires, reflexionamos sobre lo improbable de que alguien nos creyera cuando lo contáramos. De una mesa vecina, un sujeto muy pequeño, casi insignificante, nos espetó con cierto fastidio en un portuñol bastante atravesado, pero aún más afectado por el alcohol que había ingerido: "¿Y quién puede decidir ciertamente lo qué es verdad y lo qué es ficción? Yo mismo desde niño -agregó sin que Carlos no yo se lo pidiésemos- he tenido la tendencia a crear alrededor mío un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca han existido. Y ya en tono de confidencia agregó: y no sé, por supuesto, si realmente no existieron ellos o si soy yo quien no existe. En estas cosas, como en todas -dijo, guiñándonos un ojo-, no debemos ser dogmáticos Lo invitamos a la mesa y charlamos animadamente hasta que finalmente nos echaron del lugar, antes de irse nos advirtió feliz que, después de todo, hay metáforas que son más reales que la gente que camina por ahí. Prefiero la realidad -afirmó con vehemencia- a la verdad, prefiero la vida, vamos, al Dios que la ha creado. Con la beatitud que confiere el buen vino, nos despedimos también con Carlos y nunca más hablamos de aquel encuentro casual al que se sumó un tal Fernando Pessoa. Por el recuerdo de aquel encuentro -las palabras de Pessoa-, yo vuelvo a afirmarles que los encuentros que Carlos refiere en su libro, con Lorca, Fellini y Freud, fueron reales, más reales que mucha gente que camina por ahí...

Ahora sí -para finalizar- desearía compartir con ustedes, un fragmento de uno de los capítulos del libro de Carlos, .......

 

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