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Leopoldo Marechal nace en Buenos Aires en 1900. Poeta,
narrador, dramaturgo y ensayista. Fue maestro y profesor
de enseñanza secundaria. Durante el período
1944-1955 ocupó cargos oficiales. Esta última
circunstancia lo llevó al enfrentamiento político
con antiguos compañeros de generación literaria
y relegó su propia obra al olvido durante dos décadas.
A los doce años escribe sus primeros versos sin
dejar por eso de deambular por las calles prefigurando
al poeta que, años después, descubrirá
sus símbolos. Durante la década del 20 colabora
en el periódico literario Martín Fierro
y en la revista Proa. En 1926 viaja por primera vez a
Europa, frecuenta en España a los redactores de
La Gaceta Literaria y la Revista de Occidente, y se reúne
en Francia, con los pintores y escultores del llamado
"grupo de París": Butler, Basaldúa,
Berni, Bigatti, Forner, Fioravanti, Spilimbergo. En 1930,
en París, escribe los capítulos iniciales
de Adán Buenosayres. Se casa con María Zoraida
Barreiro, quien habría de fallecer en 1947, y a
quien dedica Laberinto de Amor. En 1948 viaja otra
vez a Europa. En 1950, decide convivir con Elbia Rosbaco,
inspiradora de algunos de sus poemas. Muere en 1970 en
Buenos Aires.
Entre sus obras destacamos en esta ocasión: Centauro
(1940) y Adán Buenosayres (1948)
Para más información sobre su vida y obra,
recomendamos: www.literatura.org/Marechal
Prólogo de Leopoldo
Marechal a Adan Buenosayres:
En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía,
seis hombres nos internábamos en el cementerio de
Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura
(cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta,
que nos parecía llevar en su interior, no la vencida
carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema
concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñábamos
las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar
habían tomado las de los pies: al frente avanzaba
Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí
ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran
rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción.
La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el
buche de los pájaros, ardía en los retoños
vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa
incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas
en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones;
porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas
frágiles) nos parecía llevar no la pesada
carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema
concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el
ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero
sobre la caja los terrones amigos, y a continuación
las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre
la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con
orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban
en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro
corazón de hojalata se leía lo siguiente:
ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.
Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana.
Consagré los días que siguieron a la lectura
de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había
confiado en la hora de su muerte, a saber: el Cuaderno
de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia.
Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común,
que resolví darlos a la estampa, en la seguridad
de que se abrirían un camino de honor en nuestra
literatura. Pero advertí más tarde que aquellas
páginas curiosas no lograrían del público
una intelección cabal, si no las acompañaba
un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a
planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea
originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió
la de presentar a mi amigo en función de vida; y
cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter,
las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo
las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días,
tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades
novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin
en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán
Buenosayres desde su despertar metafísico en el número
303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente
día, en que ángeles y demonios pelearon por
su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo,
ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota.
Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules
y Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto
y séptimo libros de mi relato.
Las primeras páginas de esta obra fueron escritas
en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis
espiritual me sustrajo después, no sólo a
los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción.
Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no
estaba llamado al difícil camino de los perfectos.
Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones
que confieso haber sustentado, retomé las páginas
de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien
que desganadamente y con el ánimo de quien cumple
un gesto penitencial. Y como la penitencia trae a veces
frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un
interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades
y desgracias que demoraron su ejecución.
La publico ahora, vacilando aún entre mis temores
y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo
advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de
la obra, por extraños tal vez que les resulten a
algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación
de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos
de originalidad literaria. Por otra parte, fácil
ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética
como en la humorística, he seguido fielmente la tónica
de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en su
Viaje. Y una observación final: podría
suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos
personajes de la obra, o se reconociera él mismo
en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente
que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré
las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere
la posición que ocupan en el Infierno de Schultze
o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los
personajes de este relato levantan una "estatura heroica";
y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo,
lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel
"humorismo angélico" (así lo llamó
Adán Buenosayres) gracias al cual también
la sátira puede ser una forma de la caridad, si se
dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles
esbozan ante la locura de los hombres.
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