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Planeta Ferreyra
Por Rubén Bernabiti
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Lo que sobreviene cuando se accede por primera vez a una novela de Gustavo Ferreyra (Buenos Aires, 1963) es una sensación de extrañamiento. Y la pregunta por el motivo podría expresarse así: ¿de qué está hablando en realidad mientras nos cuenta lo que nos cuenta? Porque si es cierto que cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa, Ferreyra hace de esa sentencia el tema de sus ficciones.
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Y para ello se vale de una escritura que prescinde de figuras retóricas, que deshecha las frases pretendidamente literarias y que parece enredarse en un acopio de datos tal que, por momentos, da la sensación de anudar la narración hasta detenerla por completo. Con inflexiones neutras o pasadas de moda (escribe mas en lugar del adverbio pero) y un coloquialismo que parece la parodia de una lengua que no corresponde a ninguna época ni región -a veces suena como Joycetraducido por Salas Zubirat-, Ferreyra ha logrado construir un estilo singular, que como el de los verdaderos artistas, resulta fácil de imitar en lo formal pero que impide avanzar más allá a riesgo de convertirse en un evidente plagio. Ferreyra disecciona la psicología de los personajes explayándose en teorizaciones que buscan una conclusión para verificar de inmediato que la misma sólo es satisfactoria en el plano del pensamiento: nunca las ideas, llevadas a la práctica, resultan tal como fueron pensadas. Y como en cualquier literatura que se precie, la impresión final es que siempre el marco retórico que crea el efecto de esa técnica narrativa es el único posible para desarrollar lo que allí se cuenta. Con un libro de relatos y cinco novelas publicadas: El Amparo, El Desamparo, Gineceo, Vértice y El Director, todas inhallables en los mejores negocios del ramo a excepción de la última, Ferreyra ya es dueño de una cosmogonía literaria profundamente original. Porque una vez que aquel extrañamiento inicial se disipa, lo que sigue es la inmersión en uno de los proyectos más personales y ambiciosos de la literatura argentina de cualquier época. Y éste es otro de los rasgos distintivos de su obra: una cualidad paradigmática que hace que al cabo de la lectura de una veintena de páginas se tenga ya la certidumbre de estar instalado en un mundo donde rigen leyes, coordenadas y relaciones tan particulares que por sí solos bastarían para conformar el dispositivo de la narración. Se puede afirmar que existe un planeta Ferreyra del mismo modo que es lícito hablar de un planeta Bernhard, un planeta Pynchon o un planeta Saer. Relaciones incestuosas, luchas por migajas de poder, sórdidas tensiones parentales, jóvenes y adolescentes que deambulan sin encontrarse jamás a sí mismos, la dispersión del tiempo cronológico como personaje y una inadvertida sumisión al devenir económico son temas recurrentes, aunque en el trasfondo de cada uno de ellos subyace siempre la sombra de una entidad divergente de eso que se exhibe. Por fuera de la alegoría, de la novela psicológica o del mero realismo (si es que realismo, a esta altura de la soirée significa algo), las novelas de Ferreyra se encuadran en una dimensión que repele y aúna a la vez dichas categorías. Sus tramas funcionan como líneas de fuga que organizan el sentido fuera de los límites de la realidad en que éste se halla inscripto. Los argumentos nunca cierran nada y parecen estructurarse mediante la diseminación de sucesos mínimos, extraños y discordantes –aunque no del todo inverosímiles-, que se vuelven naturales a medida que se progresa en la historia, sin que ninguno de ellos cobre una especial relevancia por sobre los otros y cuyo encadenamiento constituye el principal sostén de la ficción. En este punto se podría asociar este procedimiento con el monismo=pluralismo deleuziano, en el que se conjura una dualidad de orden vertical para que ningún elemento se eleve por encima de los demás, promoviendo un pluralismo heterogéneo, de orden horizontal, donde los elementos son diferentes y en donde todas las conexiones son posibles salvo las que restauran algún tipo de unidad, de totalidad, que conferiría a uno de los elementos una primacía por sobre los demás. Estos elementos estructurantes, en las ficciones de Ferreyra, producen el efecto de que la anécdota aparezca como comentada y le otorgan una apariencia de ingenuidad desconcertante, a la vez extraña y familiar que, a la manera de Italo Svevo o Felisberto Hernández, sobrevuela el tono general de la narración. En El Amparo, Adolfo, el personaje sobre el que recae el punto de vista narrativo, tiene como oficio recepcionar en su boca los carozos que desecha su empleador. En El Desamparo, uno de los personajes vende sus vómitos como medio de subsistencia. En Gineceo, el ojo malo de una tuerta se apodera por momentos del relato para describir lo que va apareciendo delante de su “campo visual”, y para ello hace uso de una primera persona que extrema la técnica empleada por el objetivismo. En El Director, una adolescente no puede evitar –y tampoco parece demasiado interesada por intentarlo- reír a carcajadas cada vez que se le dirige la palabra. En Vértice, un chico que pide en la calle, con sólo su silenciosa presencia, desestabiliza mentalmente a un quiosquero que se obsesiona en destruirlo. Parafraseando a Caetano Veloso, Ferreyra parece decir que de cerca nadie es normal, pero con un agravante: de lejos tampoco. Y lo inconcebible es que esa multiplicidad de hechos y personajes extravagantes termine hilando historias perfectamente familiares, porque es precisamente en esa paradoja donde se reconoce el efecto Ferreyra: lo siniestro nunca es lo desconocido, lo que irrumpe desde el exterior, sino, por el contrario, aquello que por cotidiano ya ha pasado a ser invisible. Que el merchandising libreril y la crítica mediática no se ocupen de la obra de este escritor es solo un dato más que contribuye a destacarlo: Gustavo Ferreyra brilla por su ausencia en el firmamento de lo remanido, de lo modernamente correcto y del canon efímero que se diluye sin pena ni gloria con el correr de las modas.
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