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John Updike y
La Gran Novela Americana
por Rubén Bernabiti




Pintura: Edward Hopper
'Nighthawks. Oil on canvas'


Conejo Angstrom, alter ego de John Updike y personaje central de su cosmogonía literaria, es quien -a juicio del autor del presente texto- más se aproxima a la única asignatura pendiente de la literatura norteamericana: La Gran Novela Americana.

 

TENIENTE CORONEL VLADIMIR A. SHATALOV: Voy directo al acople.
TENIENTE CORONEL BORIS V. VOLINOV, COMANDANTE DEL SOYUZ 5: Tranquilo, no tan fuerte.
CORONEL SHATALOV: Me llevó un tiempo encontrarte, pero ya te tengo.1

Más sobre Updike

La Gran Novela Americana. Ese no lugar vacante desde siempre en la literatura norteamericana, ya se ha vuelto mito: no se sabe quién lo echó a rodar, ni donde, ni como. ¿El gran sueño americano, la alegoría de una nación, el emblema de un país? Quien sabe. La Gran Novela Americana, así, con mayúsculas y Americana, aunque el gentilicio refiera apenas a un tercio de quienes pueblan el mentado continente. Un cuestionario en el que recién luego de consignar las respuestas serán reveladas las preguntas. Novela como género, como artefacto en el que todo cabe y en el que, cuanto más cosas quepan, mejor. Una quimera, un imposible, una especie de Marilyn Monroe vaporosa y eternamente joven en espera de ser seducida. Una Marilyn, sí, pero con un problema: además es inteligente. Una rubia parada sobre la ventilación del subterráneo con la apostura de quien estuvo allí desde el comienzo de los tiempos, y de quien seguirá estándolo, suceda lo que suceda, sujetando una y otra vez, insidiosa, el vuelo de una falda que oculta lo que se ve y exhibe lo que no puede ser visto. Muchos la pretendieron, algunos se dedicaron a flirtear con ella y unos pocos se atrevieron a ir algo más allá. Pero llevársela dormida, como diría Borges, todavía no ha nacido quien. Porque aquí no se trata de ser el mejor –y en eso radica el desafío-, sino de acertar con el deseo de la dama. Como en una ruleta rusa al revés.
Acaso Melville haya sido el primero que se aventuró, pero llegó demasiado temprano a la cita. Twain y Hawthorne tampoco lo hicieron mal, aunque la chica todavía no estaba en edad de merecer. William Faulkner hubiera tenido chance, pero nunca pudo abandonar el sur. Scott Fitzgerald entró borracho al baño de damas, la vio retocándose el rouge delante del espejo y quedó paralizado para siempre. En la primera cita, Hemingway la llevó a una corrida de toros y Norman Mailer al Madison Square Garden: la dama resultó demasiado impresionable. Salinger abandonó ante el primer desplante. Capote la llamó un par de veces por teléfono (blanco), pero cortó ni bien escuchó su voz. Thomas Pynchon arrancó bien, pero se perdió en la entropía. Saul Bellow resultó demasiado caballeroso y Henry Miller demasiado libertino. Del ciclotímico Nathan Zuckerman, de Phillip Roth, la chica no pudo soportar más de cinco minutos sus cambios de humor. La lista de aspirantes es mucho más extensa, y por definición, inacabable, pero de entre todos los que casi lo consiguieron, acaso hubo uno sólo que parecería haber estado en el lugar justo y en el momento indicado, lo que le concede una ventaja nada despreciable.
Porque ya desde el principio, el encuentro de John Updike con la dama fue diferente: en los tempranos sesenta, ni bien Conejo Angstrom tuvo edad suficiente, tomó una carretera y condujo toda la noche sin saber muy bien adonde se dirigía. Y quiso el destino que se topara con ella al final del camino, en un hotel de segunda de un pueblo perdido de Pennsylvania. Ella bajaba la escalera, Conejo le cedió el paso, le tocó el trasero y aguantó el sopapo con una sonrisa impecable. Entonces, La Gran Novela Americana vivió un momento de desconcierto que el escritor nacido en Shillington no desaprovechó: durante cuarenta años se dedicó a trabajarla, no en exclusividad, es cierto, pero sí con el tesón del amante consecuente. Y de este modo, a ese primer esbozo que se llamó Corre Conejo le siguieron, puntuales, y a diez años uno del otro, El Regreso de Conejo, Conejo es Rico y Conejo en Paz. Cuatro títulos que a la manera de los siete volúmenes de En Busca del Tiempo Perdido constituyen un corpus, una totalidad en la que, a través de los fragmentos de una vida, se da cuenta de una época (y nunca al revés). Con una prosa límpida, de una sutileza en los detalles que roza la poesía, Updike, como nadie, revela el lado que no se ve de lo cotidiano, esas partículas que -por familiares, banales y repetidas- no concitan la atención pero cuya acumulación incesante es la que conforma el sostén invisible de la existencia humana. Y ese parece el procedimiento elegido por Updike: ensamblar con pericia de artesano, una tras otra, escenas mínimas hasta constituir un todo que funcione con la autonomía de una vida. Ese impresionismo lírico da como resultado, a partir del acopio, un realismo despiadado (y no mágico), pero también por ello auténtico. Un demiurgo capaz de otorgar carnadura a un personaje tan humano que, ya a partir de las primeras páginas, tenemos la incómoda sensación de estar delante de alguien que conocemos de toda la vida. Porque lo que narra Updike es la esencia misma del individuo corriente, su vacío, su zozobra, su búsqueda empecinada de algo que ni siquiera le fue dado entrever, sus miserias y su grandeza. Su parábola, en definitiva.
La novela se abre con un treintañero de clase media, otrora estrella del básquet universitario, que de regreso del trabajo se detiene a contemplar cómo un grupo de chicos juegan a encestar en un descampado, y se cierra, mil quinientas páginas y más de cuarenta años después, con la descripción del infarto que sufre el mismo personaje entreverado en un partido de básquet callejero. Un Rosebud triste, solitario y final. Y lo que se narra entre ambos sucesos es ni más ni menos que las vicisitudes de la experiencia humana, un recorrido de casi medio siglo por la vida de un hombre de carne y hueso que disecciona, de manera tangencial, la identidad de una sociedad entera. Porque durante los avatares existenciales de Conejo, los conflictos con su esposa semi alcohólica, la muerte de su hija recién nacida, su huida del hogar y su regreso, sus infidelidades, su ascenso social, la turbulenta relación con su hijo, desfilan la guerra de Vietnam, Watergate, la llegada del hombre a la luna, la doctrina de la seguridad nacional, el american way of life.
Updike, como Virgilio, guía a Conejo a través de los círculos de un infierno que por terrestre y moderno, resulta no menos sobrecogedor: la sociedad de consumo, el tedio conyugal del norteamericano medio, el inaprehensible sueño del self made man, y todo esto sin siquiera el consuelo de encontrar, en el final de ese recorrido, a una Beatrice idealizada: porque Conejo Angstrom no busca, simplemente necesita encontrar.
Es posible que tampoco la tetralogía de Conejo alcance para cautivar a La Gran Novela Americana -después de todo, con las rubias platino ya se sabe-, pero al menos es un lugar limpio y bien iluminado dentro de la literatura norteamericana, abierto a medianoche, en el que la Señora y John Updike, como dos viejos amantes, se encuentran de vez en cuando para tomar un trago y rememorar tiempos mejores.


1 John Updike, “El Regreso de Conejo”, Ed. Tusquets, Barcelona, 1993

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