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La ilusión de leer


por Marcelo Percia

Prólogo para Quemar las naves. Ensayos winnicottianos de Daniel Ripesi

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1.
Ripesi cultiva la capacidad de estar en pródromo. La incubación de una carrera en la que puede tanto alcanzar una verdad como la muerte. ¿Qué trama este libro? Escuchar el silencio que rodea a cada definición. Uno de sus temas es el dolor.

2.
Arden las naves en las costas de Veracruz. Un hombre, de pie sobre la arena, contempla su decisión. Ya no habrá vuelta atrás. No será posible retroceder ni desistir. La suerte está echada.

Se dice no quemar las naves para indicar que conviene dejar abierta una posibilidad o para prevenir una actitud de la que no hay retorno.

Según Ripesi, Hernán Cortés inaugura, entre nosotros, la vocación para habitar lo extranjero: "una experiencia donde lo propio y lo ajeno en su fatal indeterminación amenazan operar una transformación posible a quien se atreve a esa visita". Obligarse a permanecer en el exilio. Nacer de espaldas al pasado.

Quemar las naves es la expresión que elige este texto para avecinarse en un territorio clínico. Para morar en una extrañeza. Para decir la zozobra del analista en su función. Su vulnerabilidad, penumbra, soledad, desamparo. Se lee: "con cada paciente -en algún momento incierto y desconocido, ajeno a todo cálculo- quemamos la naves, ya no podemos regresar, quedamos en la otra orilla aceptando perder nuestras referencias familiares".

3.
El autor recuerda una leyenda del litoral argentino sobre la creación: la mujer y el hombre, impacientes por existir, advierten que Dios no tiene tiempo para crearlos; entonces, cansados de esperar a ese moroso, deciden soñar a Dios soñándolos.

Ripesi sufre de esa impaciencia onírica. Cansado de esperar que toda su práctica sea narrada por Winnicott, arriesga soñarse en las palabras de otro.

4.
Masotta decía que entre nosotros cierto borgismo siempre será pertinente. Luis Gusmán apuntó que escribir en la Argentina es pagar una deuda con Borges.

Ripesi lee, en Las ruinas circulares, la paradoja del soñador soñado. La pérdida del soñante primero. La existencia como sueño. Conjeturas de un forastero taciturno que se propone soñar un alma que merezca participar del universo ("Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad"). Y si fuera sólo fantasma como lo son los otros, criatura soñada por la lengua, mero simulacro, apariencia. Y si fuera resto de irrealidad en una vida real. Y si fuera propósito (posible y sobrenatural) del deliberado sueño de otro. "Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje". Saberme proyecto ajeno, accidente por determinación de una voluntad extraña, vana emergencia de un desierto viscoso, incoherente, vertiginoso. "No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!". ¿Humillación incomparable? ¿Vértigo de todos los vértigos? ¿Alivio o terror? "Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo".

Creo que la práctica del animismo con palabras e ideas es una condición del habla del psicoanálisis. Ripesi dirá hacer soñar a la palabra. O dirá que tal vez no se trata tanto de hacer soñar a la palabra como de dejarse llevar por el sueño de la palabra o admitir que somos soñados por una idea.

Se suele hablar de un psicoanálisis freudiano, kleiniano, winnicottiano, lacaniano. Pero no sería posible hablar de un psicoanálisis borgeano.

Pero me permito decir que la ensayística de este libro le debe tanto a Borges como a Winnicott. No tanto porque Borges diga más, mejor o igual que Winnicott, sino porque Borges dice en nuestra lengua la conjetura del self, o llama ficción o literatura fantástica a lo que el inglés llama espacio potencial, juego, sueño, humor, asociación libre.

5.
Daniel Ripesi recupera la expresión de Macedonio Fernández "No todo es vigilia la de los ojos abiertos".

Escribe Ripesi: "Cuando la vida despierta pierde su textura onírica, se asiste a cierto sonambulismo de vigilia, a un tipo de funcionamiento sensato e irreprochable; nos atenemos a un ritmo que ha perdido sus énfasis y distensiones, el tiempo fluye 'hacia adelante' y los recuerdos son, irremediablemente, siempre, de 'ayer'. Entonces, el efecto nunca se anticipa a su causa, y la causa es, pues, la causa!".

El enunciado sonambulismo de vigilia me recuerda la expresión náusea imprecisa que Néstor Perlongher destaca para decir la vida de nuestros días. Tal vez decir náusea imprecisa sea redundante. La náusea como estado existencial es sin referencia, sin límite, inútil. Un sonambulismo en vigilia. Un estado que consume la posibilidad del dormir para realizar un automatismo que no sueña. Lo contrario a la capacidad de soñar con los ojos abiertos.

Esta precaución respecto de la pérdida de la textura onírica, Ripesi la extiende hasta los que practican el psicoanálisis. Escribe: "Tengo muy presente un reproche lleno de piedad que Gastón Bachelard deslizó en uno de sus escritos póstumos: 'En suma, el psicoanalista piensa demasiado, no sueña lo suficiente'".

El autor razona como Macedonio. Las teorías que deliran la verdad poseen una mezquindad que los sueños no conocen. Es preciso estudiar esas teorías, pero es imprescindible soñar la clínica.

No se trata de decir que la vida es sueño. Volver a poner en duda la consistencia de la realidad, sino de afirmar que un sueño sostiene la vida de cada uno. Macedonio elogia la ensoñación, recuerda que "sin fantasía es mucho el dolor".

Escribe Ripesi: "Si esa capacidad se ha perdido se cae en un exilio que llamamos locura".

6.
Para el autor de este libro, el aliento o la sensación de estar vivo se hace con el anhelo de otro. Fuera de tu memoria no existo. Tu deseo hace que me sienta vivo. Mi muerte comienza con tu olvido. La suerte de mi existencia se juega como partida amorosa. ¡El capricho de amor! Escribe Ripesi: "Cierta vivacidad íntima, en todo ser humano, se desplegaría entre un deseo y un olvido".

Dibuja una paradoja del amor: necesito tanto tu presencia que respira, como tu ausencia que me inspira.

7.
Escribe entre paréntesis: "(Cuántas veces, el tedio de una convivencia deriva en el rencor de tener la certeza anticipada del deseo propio y ajeno. Fatalmente, cada uno de los amantes hará todo lo posible por 'hacer aparecer' al otro en el 'lugar de siempre': ratificación de lo mismo de siempre que evita el lado angustioso de sostener un deseo. Búsqueda frenética de la fijeza del objeto que se ama, quizás, para poder odiarlo mejor).".

El ensayo habilita la intercalación. La digresión es emergencia de un espacio potencial. Irrupción de un imprevisto. El tedio de la ratificación es, también, fatiga clínica. Confirmar la validez de lo ya hecho, lo ya dicho, lo ya conocido. Transformar un devenir en el cumplimiento de una experiencia anticipada por otro. El tedio es angustia adormecida por vahos que destilan las escuelas.

En una conferencia pronunciada en 1962 (1), en Los Ángeles, ante aspirantes a la formación en psicoanálisis, Winnicott se declara incapaz de transmitir la teoría de Klein de un modo acertado. "Creo -dice- que mis puntos de vista empezaron a apartarse de los suyos, y comprobé que ella no me había incluido entre los kleinianos. Eso no me importó, ya que nunca he sabido seguir a otro, ni siquiera a Freud".

8.
Ripesi recuerda que Winnicott cree que "nadie puede empezar a vivir su vida si no encuentra su propio sufrimiento y los recursos necesarios para hacerse cargo de él". ¿Un sufrimiento propio? ¿El riesgo de quedar extraviado en un dolor ajeno? ¿Hacerme cargo del sufrimiento de otro? ¿Enfermo de un padecimiento extraño?

O recuerda que Winnicott dice que "una buena interpretación, si es necesario hacerla, es aquella que el paciente puede soñar... de boca de su analista".

O recuerda que Winnicott llama intrusiones a las interpretaciones inteligentes que impiden que el paciente se sorprenda a sí mismo.

O recuerda que para Winnicott jugar es entrar en estado de precariedad, de desamparo, de pregunta, de expectación.

O recuerda que Winnicott "interpretaba más para mostrar los límites de su comprensión que los alcances de su saber..., e incluso, que a veces, intervenía para que el paciente no se fuera creyendo que él había entendido todo...".

O recuerda la dedicatoria a "Realidad y juego" que dice "A mis pacientes que pagaron por enseñarme". ¿Un gesto de gratitud? ¿Una ironía que admite el desconcierto de la formación de un psicoanalista? ¿Otro aviso de no saber? ¿El reconocimiento de su impropiedad clínica? ¿La desorientación de oír una campana y no reconocer de dónde viene ni qué anuncia?

9.
¿Un espacio de juego entre paciente y analista? Ripesi insiste en diferenciar los términos game y play en lengua inglesa.

El game es un juego reglado como el ajedrez. Posee un espacio preestablecido, un tiempo programado según un inicio, desarrollo, conclusión definida. Propone un enfrentamiento ordenado del que resultará un ganador y un perdedor. Cada jugador adopta estrategias para dirigir la partida de acuerdo a su conveniencia. Se anticipan y calculan los movimientos del contrincante. Vale distraer, complicar, e incluso engañar al adversario. Ripesi destaca que todo game pide revancha. El desquite es la confirmación de su razón de ser.

El play construye su sentido en el movimiento del jugar mismo. Nadie gana ni pierde. Pero el que entra en el juego sale diferente de esa experiencia. El otro es la presencia potencial de un acto imprevisible. Ripesi destaca que, arrojado a la confianza de esperar algo que no domino, soy más jugado que jugador. No hay revancha. No se intenta otra vez lo hecho como acto de venganza contra lo sucedido. En el territorio del juego, cada partida inicia otro viaje.

Me interesa el jugar (¿winnicottiano?) no como gesto espontáneo sino como expectación que trabaja sin saber qué espera. Expectación que supone acogida de lo que vendrá.

Pero ¿cómo sabemos que algo acontece si no conocemos eso que ocurrirá? ¿Cómo reconocer lo que no se escuchó ni se vio nunca? ¿Puede suceder que una cosa acontezca sin que nos demos cuenta?

Este libro presenta el ensayo winnicottiano como carnadura disponible para actos que se piensan o pensamientos que se buscan en actos mudos, mínimos, evanescentes, que no saben que pueden ser relatados.

10.
Ripesi usa puntos suspensivos como gesto sugestivo del que no concluye o indica que hay todavía mucho más. Encuentro en su texto una poética ("El cuerpo buscó su postura de cadáver") entremezclada con argumentos ("Amar una ausencia, soportar su pérdida"), recuerdos ("Era Valery quien preguntaba por qué decir soñé cuando habría que decir he sido soñado"), lecturas (cita a Merleau-Ponty, "La palabra interrumpe un silencio para dar un sentido que el silencio anhela pero no alcanza"), cosas que escucha en su consultorio (en un momento en que es ganado por la somnolencia "...nunca lo mencioné, y me da terror y odio recordarlo, pero el accidente ocurrió porque el conductor se quedó dormido").

Muchos psicoanalistas sólo emplean, administran, lucen, coordinan, términos de una definición. De pronto un autor ofrece su voz para que algunas palabras salgan ajenas de su boca. Se deja llevar, conmover, decir, por la otredad que habla en cada vocablo. No se trata de adueñarse o conquistar nombres que todavía vagan sin collar.

Ripesi toma a su cuidado algunas palabras (zozobra, desamparo, soledad, penumbra, silencio, anhelo, olvido, deseo, intrusión, jugar, confianza, posesión, potencialidad, alucinar, sufrimiento, saciedad, nostalgia). Que las toma a su cuidado quiere decir que las deja estar en el cuerpo de su escritura. Confía su difusa experiencia a las palabras. Espera que relaten, por él, eso que sabe no podrá comunicar nunca. (2)

Encuentro en este libro soliloquio, dialogo, conjetura. Escucho, por momentos, una voz íntima en los textos. Distingo diferentes posiciones en su escritura: narraciones de un psicoanalista, narraciones de lecturas, narraciones de amor, narraciones de viaje.

Ripesi busca ideas que toquen su clínica. También repasa el dogma o hace pequeñas hermenéuticas del legado. Aunque, siempre, por suerte, practica la digresión.

11.
Respecto de eso último menciono a Thomas De Quincey. Debemos a Borges que haya destacado en el ensayismo de De Quincey el valor interpretativo de la nimiedad y el arte de la digresión. Nimiedad no como cualidad de lo mínimo, o como campamento de cosas elementales, ni como mundo de pequeñeces, ni como fanatismo por las particiones, ni como dominio de las significaciones desestimadas. Tampoco como consideración de algo que se revela en lo marginal. O como valorización de lo trivial, indigno o carente de importancia. Nimiedad como protesta frente a la violenta construcción de un mundo prolijo. Nimiedad como exceso de sentido. Nimiedad como pliegue de intensidad.

A su vez, digresión no como pereza de alguien que no se toma el trabajo de armar un sistema, ni como dispersión de un autor que se va por las ramas, ni como distracción del que aplaza llegar a la meta. Digresión como deriva de los que no tienen tierra firme adonde ir. Como derivación de ideas que no se sienten suficientes. Como posibilidad de conexión de cosas que no tienen una relación necesaria. Como artificio para no olvidar la simultaneidad que no podremos abarcar. Como marcha que no termina. Como argumentación de un pensamiento que no acaba nunca. Digresión como donación de tiempo.

12.
Este libro cada tanto recuerda que se compuso como reunión de artículos. Creo que la dispersión discursiva de este libro indica el territorio de su ensayística.

¿Ensayos winnicottianos? Creo que existe una habilitación clínica en Winnicott. Una invención clínica de Winnicott que habilita la forma de un ensayo psicoanalítico que no se siente obligado a responder a las pruebas de las ortodoxias freudianas, kleinianas, lacanianas. Ensayos winnicottianos es un eufemismo de una dispersión teórica necesaria para alojar el pensar en la situación clínica.

El disciplinamiento, la sujeción a las fórmulas, concluye en la banalización. Ripesi ofrece su escritura como clínica desamparada. Sus palabras se ofrecen sin probar nada.

Ripesi evita atribuciones apodícticas. No cae en afirmaciones concluyentes. Elude los asertos. Su clínica deja lugar a la discusión. Valoro los que llamaría capítulos insurreccionales de este libro. Su revuelta narrativa. Revuelta como levantamiento en contra de lo esperado y como otra vuelta de la argumentación.

En este libro se piensa Winnicott, se discute con quienes dicen leer en Winnicott, se comentan lecturas de Winnicott que atrapan, que provocan deseo de un modo winnicott de pensar.

Asistimos a algo más que un volumen de ensayos winnicottianos: asistimos a la construcción de una confianza. La confianza de un psicoanalista que, en soledad, inventa sus compañías.

Tal vez Ripesi no sea un investigador de la obra de Winnicott, sino un instigador.

13.
Este libro cuenta una historia de proximidad y distancia entre Winnicott y Lacan. Narra, a su manera, el deseo de un habla distinta. Soledades desprendidas de un código, de una inercia, de un poder doctrinario. Soledades que advierten que la uniformidad discursiva de los psicoanalistas mata. Adoctrinamiento, homogeneización del dolor, orientación normativa, fantasías teóricas impuestas a pacientes bajo la forma de una interpretación.

Dos afirmaciones alrededor de la idea de objeto transicional, sostienen la conexión que trama Ripesi: no se trata de un objeto más, lo que importa es la existencia de un espacio potencial. (3)

Este libro repone el debate que tensiona a psicoanalistas de los años cincuenta. Recuerda el dominio de topologías que representan un mundo quieto, armónico, perfecto, ordenado: "...una teoría madurativa del desarrollo libidinal, basada en lo que escuetamente se llamó -desde K. Abraham en adelante- 'Relaciones de objeto', operaba como una rígida maqueta interpretativa que terminaba por reducir dogmáticamente toda dialéctica del deseo humano a las alternativas de un encuentro -adecuado o no- con los objetos".

¿Un objeto que no es un objeto? ¿Un objeto imposible? ¿Un objeto que es un problema? ¿Una epistemología objetual o una idea que se impone en la clínica con pacientes que no se ajustan (o se ofrecen dóciles) a los artificios establecidos por los psicoanalistas?

Escribe Ripesi: "El verdadero descubrimiento de Winnicott fue tópico: una zona intermedia hecha de objetos y fenómenos transicionales. El objeto, sí, pero a punto de estar -o dejar de estar-, es decir potencial; el espacio, sí, pero no vacío de objeto -o saturado por él- sino a punto de ser habitado -o abandonado- por una experiencia que otorga movimiento transicional a aquello que lo ocupa".

14.
Hay en Winnicott una poética del encuentro amoroso que falta en Melanie Klein ("crear lo dado", "alucinar lo que está"). Poética no es suma de frases bonitas, emocionadas, bien expresadas. Poética como entrada en la paradoja. La existencia humana como estado paradojal. (4)

Escribe Winnicott (1959) (5) en un artículo que menciona Ripesi: "Al principio, cualquier objeto que entabla relación con el bebé es creado por éste -o al menos ésa es la teoría a la que adhiero-. Es como una alucinación. Como es obvio, aquí tiene suprema importancia la forma en que se conduce la madre o su sustituto. Habrá madres que son buenas y otras que son malas en lo que atañe a posibilitar que un objeto real esté exactamente allí donde el bebé alucina un objeto, de modo tal que el bebé se haga la ilusión de que el mundo puede ser creado y de que lo que es creado es el mundo".

La idea de mundo alucinado discute, a la vez, con la psiquiatría clásica (que entiende la alucinación como percepción sensorial falsa de un objeto inexistente) y con cierta tradición de la filosofía anglosajona (que considera a la percepción como dadora de existencia al objeto).

Uno de los problemas planteados en el siglo dieciocho por el inmaterialismo de Berkeley es precisamente ese. El obispo británico piensa que pasiones, ideas, incluso cosas materiales, sólo existen cuando son percibidas por una mente.

Escribe Berkeley (6): "Así, por ejemplo, esta mesa sobre la que escribo, digo que existe, esto es, que la veo y la siento: si yo estuviera fuera de mi estudio, diría también que ella existe, significando con ello que, si yo estuviera en mi estudio, podría percibirla de nuevo, o que otra mente que estuviera allí presente la podría percibir realmente. Cuando digo que había un olor, quiero decir que fue olido; si hablo de un sonido, significo que fue oído; si de un color o una figura determinada, no quiero decir otra cosa sino que fueron percibidos por la vista o el tacto".

¿La percepción da existencia a la cosa? ¿Winnicott participa de esta teoría insegura del conocimiento? ¿Los objetos sensibles existen antes de ser alucinados? ¿La alucinación crea el mundo? Para Berkeley todas las cosas (el conjunto de los cielos y la innumerable muchedumbre de seres que pueblan la tierra) existen sólo si son percibidas.

Según razona Berkeley el tilo de la puerta de mi casa existe porque puedo verlo y tocarlo. Pero ¿existe el tilo que está a diez cuadras de aquí? Los árboles que están fuera del alcance de mis sentidos viven comprendidos en la mente infinita de Dios.

El mundo alucinado de Winnicott no reitera la teoría de la percepción del empirismo inglés, ni se deja capturar por figuras del idealismo gnoseológico. La alucinación (el crear lo dado) no importa tanto por la creación de un objeto como por la construcción de una experiencia de confianza.

Winnicott supone que el niño (que todavía no es niño) vive el bienestar de esa omnipotencia cuando es relevado a tiempo por la madre. ¿Madre/mente infinita que sostiene el mundo que él alucina? ¿Madre/falible coincidencia de una confianza? (7)

Ripesi sitúa esa trama que crea el mundo. La alucinación como vocación que llama a la existencia de otro. Recuerda que Winnicott dice que en ese momento llega la madre con su pecho y lo coloca justo allí para que, en pleno desamparo, la criatura humana lo invente. Escribe Ripesi: "La alucinación no es una suerte de creencia ciega, sino el producto de una confianza llena de riesgos".

15.
En este libro se rastrea una clínica que obliga a Winnicott: "La que confronta al analista con esos pacientes que categorizamos -con más franqueza que rigor- 'difíciles'".

¿Una teoría de los tempranos acontecimientos sufridos cuando aún no había suficiente estructura psíquica para metabolizarlos? ¿Falla de los cuidados de madre? ¿Heridas (en el curso del narcisismo primario) retenidas como terror difuso proyectado en el porvenir?

Escribe Ripesi que algunas personas viven su existencia amenazada. Sienten desfallecer un sentido que los sostiene. "Caer en un abismo inescrutable que amenaza presentarse frente a ellos de un modo inminente: se trata, a veces, de una muerte temida en el futuro inmediato pero que, en fin, ya sucedió en el pasado, sólo que no está en sus capacidades recordarla".

¿La enfermedad presente como catástrofe provocada? ¿Oportunidad para humanizar con palabras intensidades retenidas sin representación? ¿Transformar el vacío de una no presencia en nostalgia por una ausencia?

16.
Ripesi advierte que estar analizante es precipitarse en el duelo del habla.

Escribe: "Presumimos, entonces, una palabra caprichosamente retenida por el paciente. Y sin embargo lo que se retiene no es una palabra. Lo que el paciente no quiere ceder es su silencio".

Ripesi admite que muchos pacientes están en lo cierto cuando afirman que no tienen nada que decir. Pero recuerda que para dar con esa nada es necesario hablar. La paradoja del habla en psicoanálisis es que hablamos, hablamos, hablamos, para poder escuchar que no tenemos nada que decir.

No somos nada, es la expresión que dice esa certeza final, cuando la muerte.

Explica Ripesi: "Lo que se intenta decir es que la relación de mutualidad que establecen el silencio y las palabras es un fracaso compartido".

17.
El autor cuenta cosas de su consultorio con tono realista. ¿Quiere relatar algo que se ajuste a lo que pasó? Las lecturas de Ripesi se mezclan con el habla de sus sesiones. ¿Qué es la experiencia clínica? ¿Una experiencia de vida reglada por una experiencia de lectura?

Practicamos un habla que necesita de la idea de una experiencia para sostenerse en la ilusión de que su consistencia proviene o reside en alguna parte. La experiencia no habla. Lo que creemos escuchar es nuestro deseo de decir que se presenta en forma invertida. Tal vez buscamos en una sesión lo que deseamos decir como habiendo sido escuchado. La ilusión de la prueba es poderosa.

A la ensayística psicoanalítica (entiendo la escritura de un psicoanalista sobre su clínica) no le conviene tener una relación con su práctica probatoria de su cientificidad, ni como testimonio de su idoneidad, ni como muestra de su pericia, ni de subordinación de su teoría a la experiencia o de la experiencia a la teoría, tampoco como ilustración ejemplar.

El ensayismo clínico no consigue mucho si vuelve a decir lo que siempre se dice, si vuelve a citar lo que siempre se cita, si insiste en autorizarse en lo que siempre autoriza.

Creo que el ensayo psicoanalítico necesita alcanzar en la escritura la consistencia ficcional que tiene la situación clínica. El o los personajes del ensayo psicoanalítico no son como parece analista y analizante. Los personajes de esas escenas son el silencio y la palabra, el cuerpo y la voz, lo indecible y el decir.

Si, por momentos, Ripesi habla en primera persona, ese yo que habla sólo importa como testigo itinerante de una insistencia que llamamos mundo clínico. Tal vez dar nombre a los padecientes confunda las cosas. El nombre propio de una persona puede oscurecer que el personaje no es Manuel sino el dolor, no Juan sino el silencio, no María sino la despedida, no Ana sino la muerte.

18.
La vida es generosa. Una vez Jorge Rodríguez me sugirió que leyera a Daniel Ripesi. Pasaron veinte años desde aquella oportunidad perdida. Ahora, a pesar de no conocernos, tengo la suerte de leer este libro.

19.
Entonces vuelvo al comienzo. El autor dice sobre la capacidad de estar en pródromo. Lo digo, ahora, con otras palabras: es posible ir más allá de los confines, pero el dolor del límite soporta la partida.

Macedonio Fernández tiene razón: a veces se escribe un libro como ilusión de salir del aturdimiento y del enredo mental. También se lo lee con esa esperanza.

(1) Winnicott, Donald W. (1962). Mi punto de vista personal sobre la aportación kleiniana. En El proceso de maduración en el niño. Editorial Laia. Barcelona, 1979.
(2) A veces el cuidado de la palabra deviene en idea o una idea siente ganas de decirse en una palabra cuidada. Winnicott practica la invención de lo inexistente a partir de lo disponible. Escucha en palabras pronunciadas circunstancias todavía no pensadas. Tal vez sus paradojas sean efecto de ese oído polifónico: escucha en soledad la presencia/ausencia de otro, en mundo una zona intermedia exterior/interior, en culpa la capacidad de preocuparse por el semejante, en ego la convivencia de un falso/verdadero self.
Entre nosotros, Pilar Berdullas destaca algo de este efecto winnicott de desplazamiento.
Berdullas, Pilar (1994). Winnicott, un psicoanalista inglés. En Redes de la letra N.3. Ediciones Legere. Buenos Aires, 1994.
(3) En este punto, como en otros, Ripesi intenta un curso propio. No repite lo que dicen todos: que el objeto transicional es figura precursora del objeto a.
(4) A propósito de Winnicott la palabra paradoja no expone un problema lógico a la manera de la pregunta sobre si el enunciado "¡Miento!" es verdadero o falso. No se trata de un asunto de filosofía analítica (Frege, Russell, Wittgenstein, Quine). En Winnicott paradoja es estado de subjetividad. Una forma de habitar la vida o de pensar algo no todo razonable.
(5) Winnicott, Donald W. (1958). El destino del objeto transicional. En Exploraciones Psicoanalíticas I. Paidós. Buenos Aires, 2000.
(6) Berkeley, George. Principios del conocimiento humano. Introducción III. Editorial Orbis. Barcelona, 1985.
(7) Suele discutirse, en este punto, lo que Winnicott llama madre suficientemente buena. Miller (1981) sospecha que una madre que está siempre allí o que nunca habrá de faltar supone una madre no deseante. El problema es interesante. Pero la idea de confianza en Winnicott es paradojal. Se trata de una presencia/ausencia que atempera la inadecuación entre sujeto y mundo. Madre quiere decir soporte de la capacidad de ilusionar; entonces, también, sueño, juego, palabra.
Miller, Jacques Alain (1981). Problemas clínicos para el psicoanálisis. En Ocho Conferencias. Ediciones Manantial. Buen

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