1.
Ripesi cultiva la capacidad de estar en pródromo.
La incubación de una carrera en la que puede tanto
alcanzar una verdad como la muerte. ¿Qué trama
este libro? Escuchar el silencio que rodea a cada definición.
Uno de sus temas es el dolor.
2.
Arden las naves en las costas de Veracruz. Un hombre, de
pie sobre la arena, contempla su decisión. Ya no
habrá vuelta atrás. No será posible
retroceder ni desistir. La suerte está echada.
Se
dice no quemar las naves para indicar que conviene
dejar abierta una posibilidad o para prevenir una actitud
de la que no hay retorno.
Según
Ripesi, Hernán Cortés inaugura, entre nosotros,
la vocación para habitar lo extranjero: "una
experiencia donde lo propio y lo ajeno en su fatal indeterminación
amenazan operar una transformación posible a quien
se atreve a esa visita". Obligarse a permanecer
en el exilio. Nacer de espaldas al pasado.
Quemar
las naves es la expresión que elige este texto
para avecinarse en un territorio clínico. Para morar
en una extrañeza. Para decir la zozobra del analista
en su función. Su vulnerabilidad, penumbra, soledad,
desamparo. Se lee: "con cada paciente -en algún
momento incierto y desconocido, ajeno a todo cálculo-
quemamos la naves, ya no podemos regresar, quedamos en la
otra orilla aceptando perder nuestras referencias familiares".
3.
El autor recuerda una leyenda del litoral argentino sobre
la creación: la mujer y el hombre, impacientes por
existir, advierten que Dios no tiene tiempo para crearlos;
entonces, cansados de esperar a ese moroso, deciden soñar
a Dios soñándolos.
Ripesi
sufre de esa impaciencia onírica. Cansado de esperar
que toda su práctica sea narrada por Winnicott, arriesga
soñarse en las palabras de otro.
4.
Masotta decía que entre nosotros cierto borgismo
siempre será pertinente. Luis Gusmán apuntó
que escribir en la Argentina es pagar una deuda con Borges.
Ripesi
lee, en Las ruinas circulares, la paradoja del soñador
soñado. La pérdida del soñante
primero. La existencia como sueño. Conjeturas de
un forastero taciturno que se propone soñar un alma
que merezca participar del universo ("Quería
soñar un hombre: quería soñarlo con
integridad minuciosa e imponerlo a la realidad").
Y si fuera sólo fantasma como lo son los otros, criatura
soñada por la lengua, mero simulacro, apariencia.
Y si fuera resto de irrealidad en una vida real. Y si fuera
propósito (posible y sobrenatural) del deliberado
sueño de otro. "Antes (para que no supiera
nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre
como los otros) le infundió el olvido total de sus
años de aprendizaje". Saberme proyecto ajeno,
accidente por determinación de una voluntad extraña,
vana emergencia de un desierto viscoso, incoherente, vertiginoso.
"No ser un hombre, ser la proyección del
sueño de otro hombre ¡qué humillación
incomparable, qué vértigo!". ¿Humillación
incomparable? ¿Vértigo de todos los vértigos?
¿Alivio o terror? "Con alivio, con humillación,
con terror, comprendió que él también
era una apariencia, que otro estaba soñándolo".
Creo
que la práctica del animismo con palabras e ideas
es una condición del habla del psicoanálisis.
Ripesi dirá hacer soñar a la palabra. O dirá
que tal vez no se trata tanto de hacer soñar a
la palabra como de dejarse llevar por el sueño
de la palabra o admitir que somos soñados por una
idea.
Se
suele hablar de un psicoanálisis freudiano, kleiniano,
winnicottiano, lacaniano. Pero no sería posible hablar
de un psicoanálisis borgeano.
Pero
me permito decir que la ensayística de este libro
le debe tanto a Borges como a Winnicott. No tanto porque
Borges diga más, mejor o igual que Winnicott, sino
porque Borges dice en nuestra lengua la conjetura del self,
o llama ficción o literatura fantástica a
lo que el inglés llama espacio potencial, juego,
sueño, humor, asociación libre.
5.
Daniel Ripesi recupera la expresión de Macedonio
Fernández "No todo es vigilia la de los ojos
abiertos".
Escribe
Ripesi: "Cuando la vida despierta pierde su textura
onírica, se asiste a cierto sonambulismo de vigilia,
a un tipo de funcionamiento sensato e irreprochable; nos
atenemos a un ritmo que ha perdido sus énfasis y
distensiones, el tiempo fluye 'hacia adelante' y los recuerdos
son, irremediablemente, siempre, de 'ayer'. Entonces, el
efecto nunca se anticipa a su causa, y la causa es, pues,
la causa!".
El
enunciado sonambulismo de vigilia me recuerda la
expresión náusea imprecisa que Néstor
Perlongher destaca para decir la vida de nuestros días.
Tal vez decir náusea imprecisa sea redundante. La
náusea como estado existencial es sin referencia,
sin límite, inútil. Un sonambulismo en vigilia.
Un estado que consume la posibilidad del dormir para realizar
un automatismo que no sueña. Lo contrario a la capacidad
de soñar con los ojos abiertos.
Esta
precaución respecto de la pérdida de la textura
onírica, Ripesi la extiende hasta los que practican
el psicoanálisis. Escribe: "Tengo muy presente
un reproche lleno de piedad que Gastón Bachelard
deslizó en uno de sus escritos póstumos: 'En
suma, el psicoanalista piensa demasiado, no sueña
lo suficiente'".
El
autor razona como Macedonio. Las teorías que deliran
la verdad poseen una mezquindad que los sueños no
conocen. Es preciso estudiar esas teorías, pero es
imprescindible soñar la clínica.
No
se trata de decir que la vida es sueño. Volver a
poner en duda la consistencia de la realidad, sino de afirmar
que un sueño sostiene la vida de cada uno. Macedonio
elogia la ensoñación, recuerda que "sin
fantasía es mucho el dolor".
Escribe
Ripesi: "Si esa capacidad se ha perdido se cae en
un exilio que llamamos locura".
6.
Para el autor de este libro, el aliento o la sensación
de estar vivo se hace con el anhelo de otro. Fuera de tu
memoria no existo. Tu deseo hace que me sienta vivo. Mi
muerte comienza con tu olvido. La suerte de mi existencia
se juega como partida amorosa. ¡El capricho de amor!
Escribe Ripesi: "Cierta vivacidad íntima,
en todo ser humano, se desplegaría entre un deseo
y un olvido".
Dibuja
una paradoja del amor: necesito tanto tu presencia que respira,
como tu ausencia que me inspira.
7.
Escribe entre paréntesis: "(Cuántas
veces, el tedio de una convivencia deriva en el rencor de
tener la certeza anticipada del deseo propio y ajeno. Fatalmente,
cada uno de los amantes hará todo lo posible por
'hacer aparecer' al otro en el 'lugar de siempre': ratificación
de lo mismo de siempre que evita el lado angustioso de sostener
un deseo. Búsqueda frenética de la fijeza
del objeto que se ama, quizás, para poder odiarlo
mejor).".
El
ensayo habilita la intercalación. La digresión
es emergencia de un espacio potencial. Irrupción
de un imprevisto. El tedio de la ratificación es,
también, fatiga clínica. Confirmar la validez
de lo ya hecho, lo ya dicho, lo ya conocido. Transformar
un devenir en el cumplimiento de una experiencia anticipada
por otro. El tedio es angustia adormecida por vahos que
destilan las escuelas.
En
una conferencia pronunciada en 1962 (1),
en Los Ángeles, ante aspirantes a la formación
en psicoanálisis, Winnicott se declara incapaz de
transmitir la teoría de Klein de un modo acertado.
"Creo -dice- que mis puntos de vista empezaron a
apartarse de los suyos, y comprobé que ella no me
había incluido entre los kleinianos. Eso no me importó,
ya que nunca he sabido seguir a otro, ni siquiera a Freud".
8.
Ripesi recuerda que Winnicott cree que "nadie puede
empezar a vivir su vida si no encuentra su propio sufrimiento
y los recursos necesarios para hacerse cargo de él".
¿Un sufrimiento propio? ¿El riesgo de
quedar extraviado en un dolor ajeno? ¿Hacerme cargo
del sufrimiento de otro? ¿Enfermo de un padecimiento
extraño?
O
recuerda que Winnicott dice que "una buena interpretación,
si es necesario hacerla, es aquella que el paciente puede
soñar... de boca de su analista".
O
recuerda que Winnicott llama intrusiones a las interpretaciones
inteligentes que impiden que el paciente se sorprenda
a sí mismo.
O
recuerda que para Winnicott jugar es entrar en estado
de precariedad, de desamparo, de pregunta, de expectación.
O
recuerda que Winnicott "interpretaba más
para mostrar los límites de su comprensión
que los alcances de su saber..., e incluso, que a veces,
intervenía para que el paciente no se fuera creyendo
que él había entendido todo...".
O recuerda la dedicatoria a "Realidad y juego"
que dice "A mis pacientes que pagaron por enseñarme".
¿Un gesto de gratitud? ¿Una ironía
que admite el desconcierto de la formación de un
psicoanalista? ¿Otro aviso de no saber? ¿El
reconocimiento de su impropiedad clínica?
¿La desorientación de oír una campana
y no reconocer de dónde viene ni qué anuncia?
9.
¿Un espacio de juego entre paciente y analista? Ripesi
insiste en diferenciar los términos game y
play en lengua inglesa.
El
game es un juego reglado como el ajedrez. Posee un
espacio preestablecido, un tiempo programado según
un inicio, desarrollo, conclusión definida. Propone
un enfrentamiento ordenado del que resultará un ganador
y un perdedor. Cada jugador adopta estrategias para dirigir
la partida de acuerdo a su conveniencia. Se anticipan y
calculan los movimientos del contrincante. Vale distraer,
complicar, e incluso engañar al adversario. Ripesi
destaca que todo game pide revancha. El desquite
es la confirmación de su razón de ser.
El
play construye su sentido en el movimiento del jugar
mismo. Nadie gana ni pierde. Pero el que entra en el juego
sale diferente de esa experiencia. El otro es la presencia
potencial de un acto imprevisible. Ripesi destaca que, arrojado
a la confianza de esperar algo que no domino, soy más
jugado que jugador. No hay revancha. No se intenta otra
vez lo hecho como acto de venganza contra lo sucedido. En
el territorio del juego, cada partida inicia otro viaje.
Me
interesa el jugar (¿winnicottiano?) no como gesto
espontáneo sino como expectación que trabaja
sin saber qué espera. Expectación que supone
acogida de lo que vendrá.
Pero
¿cómo sabemos que algo acontece si
no conocemos eso que ocurrirá? ¿Cómo
reconocer lo que no se escuchó ni se vio nunca? ¿Puede
suceder que una cosa acontezca sin que nos demos cuenta?
Este
libro presenta el ensayo winnicottiano como carnadura disponible
para actos que se piensan o pensamientos que se buscan en
actos mudos, mínimos, evanescentes, que no saben
que pueden ser relatados.
10.
Ripesi usa puntos suspensivos como gesto sugestivo del que
no concluye o indica que hay todavía mucho más.
Encuentro en su texto una poética ("El cuerpo
buscó su postura de cadáver") entremezclada
con argumentos ("Amar una ausencia, soportar su
pérdida"), recuerdos ("Era Valery
quien preguntaba por qué decir soñé
cuando habría que decir he sido soñado"),
lecturas (cita a Merleau-Ponty, "La palabra interrumpe
un silencio para dar un sentido que el silencio anhela pero
no alcanza"), cosas que escucha en su consultorio
(en un momento en que es ganado por la somnolencia "...nunca
lo mencioné, y me da terror y odio recordarlo, pero
el accidente ocurrió porque el conductor se quedó
dormido").
Muchos
psicoanalistas sólo emplean, administran, lucen,
coordinan, términos de una definición. De
pronto un autor ofrece su voz para que algunas palabras
salgan ajenas de su boca. Se deja llevar, conmover, decir,
por la otredad que habla en cada vocablo. No se trata de
adueñarse o conquistar nombres que todavía
vagan sin collar.
Ripesi
toma a su cuidado algunas palabras (zozobra, desamparo,
soledad, penumbra, silencio, anhelo, olvido, deseo, intrusión,
jugar, confianza, posesión, potencialidad, alucinar,
sufrimiento, saciedad, nostalgia). Que las toma a su cuidado
quiere decir que las deja estar en el cuerpo de su escritura.
Confía su difusa experiencia a las palabras. Espera
que relaten, por él, eso que sabe no podrá
comunicar nunca. (2)
Encuentro
en este libro soliloquio, dialogo, conjetura. Escucho, por
momentos, una voz íntima en los textos. Distingo
diferentes posiciones en su escritura: narraciones de un
psicoanalista, narraciones de lecturas, narraciones de amor,
narraciones de viaje.
Ripesi
busca ideas que toquen su clínica. También
repasa el dogma o hace pequeñas hermenéuticas
del legado. Aunque, siempre, por suerte, practica la digresión.
11.
Respecto de eso último menciono a Thomas De Quincey.
Debemos a Borges que haya destacado en el ensayismo de De
Quincey el valor interpretativo de la nimiedad y
el arte de la digresión. Nimiedad no como
cualidad de lo mínimo, o como campamento de cosas
elementales, ni como mundo de pequeñeces, ni como
fanatismo por las particiones, ni como dominio de las significaciones
desestimadas. Tampoco como consideración de algo
que se revela en lo marginal. O como valorización
de lo trivial, indigno o carente de importancia. Nimiedad
como protesta frente a la violenta construcción de
un mundo prolijo. Nimiedad como exceso de sentido. Nimiedad
como pliegue de intensidad.
A
su vez, digresión no como pereza de alguien que no
se toma el trabajo de armar un sistema, ni como dispersión
de un autor que se va por las ramas, ni como distracción
del que aplaza llegar a la meta. Digresión como deriva
de los que no tienen tierra firme adonde ir. Como derivación
de ideas que no se sienten suficientes. Como posibilidad
de conexión de cosas que no tienen una relación
necesaria. Como artificio para no olvidar la simultaneidad
que no podremos abarcar. Como marcha que no termina. Como
argumentación de un pensamiento que no acaba nunca.
Digresión como donación de tiempo.
12.
Este libro cada tanto recuerda que se compuso como reunión
de artículos. Creo que la dispersión discursiva
de este libro indica el territorio de su ensayística.
¿Ensayos
winnicottianos? Creo que existe una habilitación
clínica en Winnicott. Una invención clínica
de Winnicott que habilita la forma de un ensayo psicoanalítico
que no se siente obligado a responder a las pruebas de las
ortodoxias freudianas, kleinianas, lacanianas. Ensayos winnicottianos
es un eufemismo de una dispersión teórica
necesaria para alojar el pensar en la situación clínica.
El
disciplinamiento, la sujeción a las fórmulas,
concluye en la banalización. Ripesi ofrece su escritura
como clínica desamparada. Sus palabras se ofrecen
sin probar nada.
Ripesi
evita atribuciones apodícticas. No cae en afirmaciones
concluyentes. Elude los asertos. Su clínica deja
lugar a la discusión. Valoro los que llamaría
capítulos insurreccionales de este libro.
Su revuelta narrativa. Revuelta como levantamiento en contra
de lo esperado y como otra vuelta de la argumentación.
En
este libro se piensa Winnicott, se discute con quienes dicen
leer en Winnicott, se comentan lecturas de Winnicott que
atrapan, que provocan deseo de un modo winnicott de
pensar.
Asistimos
a algo más que un volumen de ensayos winnicottianos:
asistimos a la construcción de una confianza. La
confianza de un psicoanalista que, en soledad, inventa sus
compañías.
Tal
vez Ripesi no sea un investigador de la obra de Winnicott,
sino un instigador.
13.
Este libro cuenta una historia de proximidad y distancia
entre Winnicott y Lacan. Narra, a su manera, el deseo de
un habla distinta. Soledades desprendidas de un código,
de una inercia, de un poder doctrinario. Soledades que advierten
que la uniformidad discursiva de los psicoanalistas mata.
Adoctrinamiento, homogeneización del dolor, orientación
normativa, fantasías teóricas impuestas a
pacientes bajo la forma de una interpretación.
Dos
afirmaciones alrededor de la idea de objeto transicional,
sostienen la conexión que trama Ripesi: no se trata
de un objeto más, lo que importa es la existencia
de un espacio potencial.
(3)
Este
libro repone el debate que tensiona a psicoanalistas de
los años cincuenta. Recuerda el dominio de topologías
que representan un mundo quieto, armónico, perfecto,
ordenado: "...una teoría madurativa del desarrollo
libidinal, basada en lo que escuetamente se llamó
-desde K. Abraham en adelante- 'Relaciones de objeto', operaba
como una rígida maqueta interpretativa que terminaba
por reducir dogmáticamente toda dialéctica
del deseo humano a las alternativas de un encuentro -adecuado
o no- con los objetos".
¿Un
objeto que no es un objeto? ¿Un objeto imposible?
¿Un objeto que es un problema? ¿Una epistemología
objetual o una idea que se impone en la clínica con
pacientes que no se ajustan (o se ofrecen dóciles)
a los artificios establecidos por los psicoanalistas?
Escribe
Ripesi: "El verdadero descubrimiento de Winnicott
fue tópico: una zona intermedia hecha de objetos
y fenómenos transicionales. El objeto, sí,
pero a punto de estar -o dejar de estar-, es decir potencial;
el espacio, sí, pero no vacío de objeto -o
saturado por él- sino a punto de ser habitado -o
abandonado- por una experiencia que otorga movimiento transicional
a aquello que lo ocupa".
14.
Hay en Winnicott una poética del encuentro amoroso
que falta en Melanie Klein ("crear lo dado",
"alucinar lo que está"). Poética
no es suma de frases bonitas, emocionadas, bien expresadas.
Poética como entrada en la paradoja. La existencia
humana como estado paradojal.
(4)
Escribe
Winnicott (1959) (5)
en un artículo que menciona Ripesi: "Al principio,
cualquier objeto que entabla relación con el bebé
es creado por éste -o al menos ésa es la teoría
a la que adhiero-. Es como una alucinación. Como
es obvio, aquí tiene suprema importancia la forma
en que se conduce la madre o su sustituto. Habrá
madres que son buenas y otras que son malas en lo que atañe
a posibilitar que un objeto real esté exactamente
allí donde el bebé alucina un objeto, de modo
tal que el bebé se haga la ilusión de que
el mundo puede ser creado y de que lo que es creado es el
mundo".
La
idea de mundo alucinado discute, a la vez, con la
psiquiatría clásica (que entiende la alucinación
como percepción sensorial falsa de un objeto inexistente)
y con cierta tradición de la filosofía anglosajona
(que considera a la percepción como dadora de existencia
al objeto).
Uno
de los problemas planteados en el siglo dieciocho por el
inmaterialismo de Berkeley es precisamente ese. El
obispo británico piensa que pasiones, ideas, incluso
cosas materiales, sólo existen cuando son percibidas
por una mente.
Escribe
Berkeley (6):
"Así, por ejemplo, esta mesa sobre la que
escribo, digo que existe, esto es, que la veo y la siento:
si yo estuviera fuera de mi estudio, diría también
que ella existe, significando con ello que, si yo estuviera
en mi estudio, podría percibirla de nuevo, o que
otra mente que estuviera allí presente la podría
percibir realmente. Cuando digo que había un olor,
quiero decir que fue olido; si hablo de un sonido, significo
que fue oído; si de un color o una figura determinada,
no quiero decir otra cosa sino que fueron percibidos por
la vista o el tacto".
¿La
percepción da existencia a la cosa? ¿Winnicott
participa de esta teoría insegura del conocimiento?
¿Los objetos sensibles existen antes de ser alucinados?
¿La alucinación crea el mundo? Para Berkeley
todas las cosas (el conjunto de los cielos y la innumerable
muchedumbre de seres que pueblan la tierra) existen sólo
si son percibidas.
Según
razona Berkeley el tilo de la puerta de mi casa existe porque
puedo verlo y tocarlo. Pero ¿existe el tilo que está
a diez cuadras de aquí? Los árboles que están
fuera del alcance de mis sentidos viven comprendidos en
la mente infinita de Dios.
El
mundo alucinado de Winnicott no reitera la teoría
de la percepción del empirismo inglés, ni
se deja capturar por figuras del idealismo gnoseológico.
La alucinación (el crear lo dado) no importa
tanto por la creación de un objeto como por la construcción
de una experiencia de confianza.
Winnicott
supone que el niño (que todavía no es niño)
vive el bienestar de esa omnipotencia cuando es relevado
a tiempo por la madre. ¿Madre/mente infinita que
sostiene el mundo que él alucina? ¿Madre/falible
coincidencia de una confianza?
(7)
Ripesi
sitúa esa trama que crea el mundo. La alucinación
como vocación que llama a la existencia de otro.
Recuerda que Winnicott dice que en ese momento llega la
madre con su pecho y lo coloca justo allí para que,
en pleno desamparo, la criatura humana lo invente. Escribe
Ripesi: "La alucinación no es una suerte
de creencia ciega, sino el producto de una confianza llena
de riesgos".
15.
En este libro se rastrea una clínica que obliga a
Winnicott: "La que confronta al analista con esos
pacientes que categorizamos -con más franqueza que
rigor- 'difíciles'".
¿Una
teoría de los tempranos acontecimientos sufridos
cuando aún no había suficiente estructura
psíquica para metabolizarlos? ¿Falla de los
cuidados de madre? ¿Heridas (en el curso del narcisismo
primario) retenidas como terror difuso proyectado en el
porvenir?
Escribe
Ripesi que algunas personas viven su existencia amenazada.
Sienten desfallecer un sentido que los sostiene. "Caer
en un abismo inescrutable que amenaza presentarse frente
a ellos de un modo inminente: se trata, a veces, de una
muerte temida en el futuro inmediato pero que, en fin, ya
sucedió en el pasado, sólo que no está
en sus capacidades recordarla".
¿La
enfermedad presente como catástrofe provocada? ¿Oportunidad
para humanizar con palabras intensidades retenidas sin representación?
¿Transformar el vacío de una no presencia
en nostalgia por una ausencia?
16.
Ripesi advierte que estar analizante es precipitarse en
el duelo del habla.
Escribe:
"Presumimos, entonces, una palabra caprichosamente
retenida por el paciente. Y sin embargo lo que se retiene
no es una palabra. Lo que el paciente no quiere ceder es
su silencio".
Ripesi
admite que muchos pacientes están en lo cierto cuando
afirman que no tienen nada que decir. Pero recuerda que
para dar con esa nada es necesario hablar. La paradoja del
habla en psicoanálisis es que hablamos, hablamos,
hablamos, para poder escuchar que no tenemos nada que decir.
No
somos nada, es la expresión que dice esa certeza
final, cuando la muerte.
Explica
Ripesi: "Lo que se intenta decir es que la relación
de mutualidad que establecen el silencio y las palabras
es un fracaso compartido".
17.
El autor cuenta cosas de su consultorio con tono realista.
¿Quiere relatar algo que se ajuste a lo que pasó?
Las lecturas de Ripesi se mezclan con el habla de sus sesiones.
¿Qué es la experiencia clínica? ¿Una
experiencia de vida reglada por una experiencia de lectura?
Practicamos
un habla que necesita de la idea de una experiencia para
sostenerse en la ilusión de que su consistencia proviene
o reside en alguna parte. La experiencia no habla. Lo que
creemos escuchar es nuestro deseo de decir que se presenta
en forma invertida. Tal vez buscamos en una sesión
lo que deseamos decir como habiendo sido escuchado. La ilusión
de la prueba es poderosa.
A
la ensayística psicoanalítica (entiendo la
escritura de un psicoanalista sobre su clínica) no
le conviene tener una relación con su práctica
probatoria de su cientificidad, ni como testimonio de su
idoneidad, ni como muestra de su pericia, ni de subordinación
de su teoría a la experiencia o de la experiencia
a la teoría, tampoco como ilustración ejemplar.
El
ensayismo clínico no consigue mucho si vuelve a decir
lo que siempre se dice, si vuelve a citar lo que siempre
se cita, si insiste en autorizarse en lo que siempre autoriza.
Creo
que el ensayo psicoanalítico necesita alcanzar en
la escritura la consistencia ficcional que tiene la situación
clínica. El o los personajes del ensayo psicoanalítico
no son como parece analista y analizante. Los personajes
de esas escenas son el silencio y la palabra, el cuerpo
y la voz, lo indecible y el decir.
Si,
por momentos, Ripesi habla en primera persona, ese yo
que habla sólo importa como testigo itinerante
de una insistencia que llamamos mundo clínico. Tal
vez dar nombre a los padecientes confunda las cosas. El
nombre propio de una persona puede oscurecer que el personaje
no es Manuel sino el dolor, no Juan sino el silencio, no
María sino la despedida, no Ana sino la muerte.
18.
La vida es generosa. Una vez Jorge Rodríguez me sugirió
que leyera a Daniel Ripesi. Pasaron veinte años desde
aquella oportunidad perdida. Ahora, a pesar de no conocernos,
tengo la suerte de leer este libro.
19.
Entonces vuelvo al comienzo. El autor dice sobre la capacidad
de estar en pródromo. Lo digo, ahora, con otras
palabras: es posible ir más allá de los confines,
pero el dolor del límite soporta la partida.
Macedonio
Fernández tiene razón: a veces se escribe
un libro como ilusión de salir del aturdimiento y
del enredo mental. También se lo lee con esa esperanza.
(1) Winnicott, Donald W. (1962). Mi punto de vista personal
sobre la aportación kleiniana. En El proceso de maduración
en el niño. Editorial Laia. Barcelona, 1979.
(2) A veces el cuidado de la palabra deviene en idea o una
idea siente ganas de decirse en una palabra cuidada. Winnicott
practica la invención de lo inexistente a partir
de lo disponible. Escucha en palabras pronunciadas circunstancias
todavía no pensadas. Tal vez sus paradojas sean efecto
de ese oído polifónico: escucha en soledad
la presencia/ausencia de otro, en mundo una zona intermedia
exterior/interior, en culpa la capacidad de preocuparse
por el semejante, en ego la convivencia de un falso/verdadero
self.
Entre nosotros, Pilar Berdullas destaca algo de este efecto
winnicott de desplazamiento.
Berdullas, Pilar (1994). Winnicott, un psicoanalista inglés.
En Redes de la letra N.3. Ediciones Legere. Buenos Aires,
1994.
(3) En este punto, como en otros, Ripesi intenta un curso
propio. No repite lo que dicen todos: que el objeto transicional
es figura precursora del objeto a.
(4) A propósito de Winnicott la palabra paradoja
no expone un problema lógico a la manera de la pregunta
sobre si el enunciado "¡Miento!" es verdadero
o falso. No se trata de un asunto de filosofía analítica
(Frege, Russell, Wittgenstein, Quine). En Winnicott paradoja
es estado de subjetividad. Una forma de habitar la vida
o de pensar algo no todo razonable.
(5) Winnicott, Donald W. (1958). El destino del objeto transicional.
En Exploraciones Psicoanalíticas I. Paidós.
Buenos Aires, 2000.
(6) Berkeley, George. Principios del conocimiento humano.
Introducción III. Editorial Orbis. Barcelona, 1985.
(7) Suele discutirse, en este punto, lo que Winnicott llama
madre suficientemente buena. Miller (1981) sospecha que
una madre que está siempre allí o que nunca
habrá de faltar supone una madre no deseante. El
problema es interesante. Pero la idea de confianza en Winnicott
es paradojal. Se trata de una presencia/ausencia que atempera
la inadecuación entre sujeto y mundo. Madre quiere
decir soporte de la capacidad de ilusionar; entonces, también,
sueño, juego, palabra.
Miller, Jacques Alain (1981). Problemas clínicos
para el psicoanálisis. En Ocho Conferencias. Ediciones
Manantial. Buen