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Oficios (1)       

Hay palabras.
Se pretende que algunas de ellas se conviertan en oficiales.
Hay, en consecuencia, palabras oficiales.
Hay también oficiantes de las palabras oficiales.
Hay oficinistas de la palabra.
Cualquiera de nosotros, en cualquier momento, -y por más advertidos que estemos- participamos de alguna oficina o de algún Santo Oficio de la palabra.
La oficina puede ser un lugar tibio, donde se respeten los usos y las costumbres de la palabra. Muchas veces a esa oficina la llamamos "Universidad".
Y cuando la palabra se vuelve "doctrina". ¿No toma un sesgo religioso?
¿No habrá un sesgo religioso cuando nos nombramos o vindicamos: "kleinianos", "freudianos", "lacanianos", o, por qué no decirlo justo aquí, "winnicottianos".

Los psicoanalistas participamos de la Universidad y también de pequeñas capillas o grandes iglesias. El psicoanalista entonces puede convertirse en oficinista o en oficiante de un Santo Oficio apenas laico.
¿Cómo hacer para que nuestras palabras se mantengan aún vivas, y no sucumban al registro del memorando o al ritual gastado del oficiante? (2) Es esa la pregunta que de manera desgarrada intenta Winnicott que llegue a plantearse Melanie Klein.
Pero si usted, lector, anduvo por esta casa en otoño, ¿No advierte algún aire en común entre esta preocupación de Winnicott y el consejo de don Quijote a los jóvenes poetas? Los dos abogan por una lengua viva y no lenguajes muertos, momias ilustres que aún se veneran pero que ya no hablan.

El encuentro con una carta de Winnicott a Melanie Klein, entre otras cosas, dio motivos a este trabajo. Tomemos algún fragmento:
"Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir lo molesto que resulta, cuando algo se desarrolla en mí por mi crecimiento y mi experiencia analítica, que mi deseo sea el de expresarlo en mi propio lenguaje. Es molesto porque yo supongo que todo el mundo quiere hacer lo mismo cuando sabemos que en una sociedad científica uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, este lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...) Personalmente creo que es muy importante que su obra sea reenunciada por personas que realicen los descubrimientos a su manera y que presenten lo que descubren en su propio lenguaje . Sólo de ese modo se mantendrá vivo el lenguaje. Pero si usted estipula que en el futuro únicamente sea su propio lenguaje el que debe ser utilizado para la enunciación de los descubrimientos de otras personas, el lenguaje se convertirá en un lenguaje muerto, como ya se convirtió en la Sociedad. (...) Sus ideas sólo perdurarán en tanto y en cuanto sean redescubiertas y reformuladas por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico. (...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente integrado deberá ser atacado en forma destructiva. Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente crecer o crear en el análisis..."
Hay en este fragmento muchas cosas, y también mucho en común con lo que Lacan cuestiona, denuncia, sólo un año después, en "Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis"(3) . La critica que Winnicott realiza a cierto kleinismo, Lacan la hará a los
psicoanalistas del yo: el uso de términos coagulados que perdieron el sentido de la experiencia desemboca en el ejercicio místico de una práctica que ha perdido sus fundamentos.
Esto atañe entonces a la formación de los analistas, al uso de los términos "doctrinarios", y también a cómo se lleva adelante la praxis. Son cuestiones que van de la mano.
Winnicott plantea el problema, aparentemente insoluble, de la relación entre el interés de la "sociedad científica" de encontrar un lenguaje común entre sus miembros y la necesidad de cada uno de encontrar su propio lenguaje.
Pero veamos los énfasis de Winicott, él habla de "reenunciar", redescubrir, reformular, crear. Habla de la necesidad de que los analistas, cada uno, realicen los descubrimientos a su manera y que presenten lo que descubren en su propio lenguaje.
Si se trata de la formación del analista, se trata de la necesidad de que el descubrimiento freudiano lo vuelva a realizar cada analista, y que cada vez, cada uno, encuentre un modo de "reenunciar" eso que se redescubre.
Paradoja: ¿Cómo forjar así un lenguaje común?
Los "entusiastas kleinianos" (hoy podemos sustituir aquí: "los entusiastas lacanianos") no tienen ese problema. Pero entonces no hay más que dar un pequeño paso y la doctrina se vuelve creencia, y la eficacia del oficiante de ese ritual no permite al analizante crecer o crear en el análisis....
Si el lenguaje muerto, si ese "fenómeno artificialmente integrado" llamado kleinismo es un problema para Winnicott; el "uso de rutina" de los términos de la teoría" y "los modos establecidos" de la formación de los analistas lo son para Lacan, en tanto desembocan en una "minorización perpetuada" y un "formalismo decepcionante". Los "modos establecidos" no permiten que el analista encuentre "su modo".
¿Cómo encuentra el analista su propia voz? ¿Cómo pueden esos términos ser comunes y a su vez ser recreados por cada uno? ¿Cómo transformar en verdad -o sea una verdad que pueda leerse en sus efectos- aquella afirmación de Masotta: "los conceptos en psicoanálisis son objetos teóricos inquietantes"?
"...lo que es redundancia para la información, es precisamente lo que, en la palabra, hace oficio de resonancia.
Pues la función del lenguaje no es informar sino evocar."
Y esto es válido también para los términos psicoanalíticos. Es una falacia suponer que los términos portan una información unívoca. (4) O diciéndolo de otro modo: cada término "chisporrotea" no sólo con otros, sino, y fundamentalmente, consigo mismo. Su "mismidad" es una ilusión de dominio.
Lacan nombra tres paradojas "de las relaciones en el sujeto de la palabra y el lenguaje". La tercera de ellas "es la del sujeto que pierde su sentido en las objetivaciones del discurso... ...es ésta la enajenación más profunda del sujeto de la civilización científica y es ella la que encontramos en primer lugar cuando el sujeto empieza a hablarnos de él..."
La resolución de esta enajenación nos enfrenta con nuestra responsabilidad en tanto analistas: no es realizable si "con las manipulaciones míticas de nuestra doctrina" damos "una ocasión suplementaria de enajenarse" a los términos del corpus teórico.
"...reconocerlo o abolirlo como sujeto. Tal es la responsabilidad del analista cada vez que interviene con la palabra."

Hay palabras.
Hay también lenguajes muertos.
"...la fuerza de las iglesias reside en el lenguaje que han sabido mantener..."
Pero también: ninguna iglesia, ningún intento de dominio, ninguna objetivación termina de amordazar a la palabra.
Esto es así, entre otras cosas, porque la palabra tiene sus oficios. Oficios de la palabra que van más allá de los intentos de sus oficiantes.
"Oficios del adjetivo, del sustantivo", se lee en las gramáticas; "oficio de resonancia" encontrábamos recién en Lacan.
Oficio entendido aquí, de entre sus muchas acepciones, como "cosa puesta a trabajar", "función", inclusive: "papel". Algo que trabaja, que labora, que no se queda quieto.
Tal vez la posibilidad de un lenguaje común que no mate a la palabra, es aquella que indague, que interrogue, que investigue y que juegue con los conceptos- y no es esta tarea de nomenclatura, de diccionario. (5)
Indagar los oficios de los términos psicoanalíticos, es meterse con su funcionamiento, meterse con objetos teóricos que no terminan de asirse, que siguen inquietantes y nos hacen trabajar. Singular tarea que se consuma, y no termina de consumirse nunca, en distintos planos: el análisis, la lectura, el diálogo entre analistas.

(1) Una versión de este trabajo fue presentado en "Cuestiones del psicoanálisis" el 24 de mayo de 2003, en el marco de la presentación del grupo "Función y campo de la palabra...".
(2) Y no se piense que esa reiteración ritual no tiene sus efectos:
"¿No es, acaso, la recitación incesante el principio mismo del poder de la oración, de su efecto sugestivo en punto a lo que los mismos antiguos denominaban, no sin acierto, "identificaciones morales"? Juan B. Ritvo: Comentario a "El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma". P. 1.
(3) Loa citas de Lacan presentes en este artículo son todas tomadas de ese Escrito de Jacques lacan.
(4) Recorto y transformo en afirmación una pregunta retórica de Celia Nusimovich: "...los analistas padecemos la nostalgia de una lengua no contaminada, no infiltrada por un cuerpo extraño, una lengua purificada de síntoma, una lengua al uso de la lingüística." Celia Nusimovich: "Instantáneas de lectura"
(5) Seguimos aquí la idea de Lacan de remitirse a los "principios que gobiernan"a los términos, más que a los términos en sí.

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