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La esencia
por Rubén Bernabiti

El grupito de chicas, quince, dieciséis años, vestidas en calzas de gimnasia, ensaya una coreografía junto al monumento a Simón Bolívar. Se contorsionan, abstraídas, reconcentradas, al ritmo de una música imaginaria. Flexibles, delgadas, todas parecidas, arrancan al unísono en el mismo punto, recorren, con gracia, las distintas fases de la danza y vuelven a recomenzar, impertérritas. Para casi todos, o para casi nadie, pero para vos. Toda una dedicatoria. Se exhiben. Está en su esencia.

 

 

Pintura: Antoni Tàpies

 

A un costado, en el playón contiguo, un grupo de varones de la misma edad disputa un picado de fútbol. Los más diestros, lanzados en velocidad, describen piruetas acrobáticas sin perder contacto con la minúscula pelota dorada. Driblean entre las piernas de sus camaradas de juego e incluso, eventualmente, entre ocasionales paseantes que atraviesan, incautos, el sector en el que se desarrolla el partido. Casi no se hablan. A veces, alguno da una instrucción, emite una voz de aliento o profiere un insulto. De cualquier forma, el sonido del tráfico en la avenida Rivadavia, allende unos metros, acalla esas voces reduciéndolas a simples muecas sin sonido. El efecto visual es el mismo que el que puede observarse en una discoteca para adolescentes.

Aquí, los varones juegan al fútbol. Más allá, las chicas practican pasos de baile. Encima, las nubes huyen hacia el norte fragmentando la última luz de la tarde. Puede que sea un martes o un miércoles de mediados de primavera. Y el amplio derredor, ocupado por madres empujando cochecitos de bebés, parejas entreveradas en el césped, chicos hamacándose, un que otro solitario rasgando con desgano una guitarra, es barrido a intervalos por una brisa ahora tibia, por momentos fresca, que enmarca el conjunto como dentro de un inmenso tubo de ensayo en el que multitud de organismos que se reconocen afines comparten las mismas vicisitudes pero no se integran, no se mezclan y, en cierto punto, hasta se repelen. Una colmena en la que cada miembro se masturba a la vista del otro, absorto en su propio devenir.

El parque.

Ahora, un zurdito menudo, visiblemente más bajo que el resto de los chicos que participan del picado, calza la pelota en el empeine izquierdo y toma velocidad por la punta. Corre, dejando atrás zancadillas, vuela, podría decirse, y se aproxima a las mochilas que hacen las veces de arco contrario. Hasta que una patada artera desbarata la corrida y da con el zurdito por el piso. La pelota, mansa, continúa rodando unos metros hasta detenerse debajo de un banco de cemento. Y a partir de ese instante, todo se precipita. Un chico vestido con la remera del Barcelona se acerca por detrás y descarga una trompada en la nuca del chico que interceptó la carrera del zurdito. De inmediato, otro chico propina una patada en el estómago del chico con la remera del Barcelona. Y en un abrir y cerrar de ojos la gresca se propaga.

Es lógico. Está en la esencia de los varones.

La trifulca crece, se expande, incluso las chicas, luego de un momento de vacilación, se incorporan con ímpetu. Hasta que alguien arroja un cascotazo furibundo contra una de las paredes de chapa del puesto de venta de panchos que, ese día y a esa hora, se encuentra cerrado. El estampido produce dos efectos: por un lado la gresca se paraliza y, por el otro, una andanada de palomas se lanza a volar sobre el área central del parque. Trazan un periplo circular, concéntrico, espiralado, que se ve menguado a medida que la mayoría va ubicando una rama donde posarse.

Huir sin irse del todo. Está en la esencia de las palomas.

Entonces, tenemos el ensayo de una coreografía y un picado de fútbol interrumpidos por una batahola y una bandada de palomas que se pone a resguardo en lo alto de los árboles. Y en el otro extremo del predio, a una nena de un año o año y medio que se entretiene hostigando a las palomas. Regordeta, la nena, camina por el césped como si hiciera equilibrio sobre el canto de una pared, los brazos revoleados a los costados del cuerpo, impulsada como si alguien la empujase por la espalda, calzas floreadas y rulos. Cada tres o cuatro pasos trastabilla siguiendo el derrotero de la paloma que camina delante de ella, que la relojea, que le permite acercarse hasta casi tocarla antes de emprender, recién entonces, un breve vuelo, acaso un salto, que la lleve a posarse a escasos cincuenta centímetros de donde estaba.

Cuando se produce la desbandada, la nena queda con las manos suspendidas sobre la cabeza, la vista hacia lo alto de los árboles, en la boca, una mueca que no se resigna al desencanto.

Hasta que de a poco, las palomas vuelven a descender de las ramas. A buscar el maíz que los chicos les han arrojado. Se amontonan en rededor de las migajas. Picotean, desaforadas, pero sin perder del todo la compostura: la forma de las alas, como manos cruzadas en la espalda, les restituyen cierta dignidad de señora mayor. Y la nena vuelve a su juego: embiste a la bandada que, a decir verdad, apenas si se inmuta, haciéndose a un lado, como cediéndole el paso, para retornar de inmediato a picotear el pan, las semillas, el maíz. La nena avanza siempre y cuando las palomas se alejen, su diversión consiste en ahuyentarlas, en pretender tocarlas, en simular una decisión que, en cuanto una paloma queda expuesta y al alcance de su mano, se sustituye por el resquemor al contacto.

Aversión a lo desconocido. Está en la esencia de los niños.

En el centro de la escena hay un banco de cemento. Una plancha de hormigón de unos dos metros y medio por ochenta o noventa centímetros de ancho, en derredor de la cual la nena despliega su estrategia: trepa, cautelosa, al banco, se desplaza hacia un extremo y baja. Vuelve a subir, espanta a las palomas posadas en el banco y vuelve a bajar. Hasta que se topa con una paloma que, inmóvil, yace reclinada contra uno de los sostenes del banco. La sorpresa se aposenta de la nena. Una paloma que no huye. Recelosa, la nena se agacha, estira una mano hacia la paloma y la detiene unos centímetros antes de rozarla. La paloma permanece quieta, ajena, expuesta. La nena no se anima a tocarla, hace el ademán de espantarla pero al advertir que la paloma no reacciona se paraliza en la contemplación del animal. Paloma y nena se observan. En ese momento, el mundo de cada una se configura a partir de la presencia de ese otro. La paloma moribunda y la nena que no logra ahuyentarla. El extrañamiento de cada una es proporcional a la actitud que asume su contraparte. La nena se deja caer sentada delante de la paloma y la acecha, la sopesa con la mirada. La paloma, estática, no parece registrar esa amenaza. Las dos permanecen expectantes. La paloma, sosteniéndose erguida a duras penas. La nena, sentada sobre el césped. Y más allá, un anciano que sigue todo desde su banco de madera verde. Los ojos acuosos, como si saliera de un bostezo, o como si pretendiera refrenarlo. No hace nada, ni siquiera esperar. A pesar del clima tibio lleva pulóver y saco de lana. El bastón, oblicuo, al alcance de la mano. Mira alternativamente a la nena y a la paloma. A la paloma y a la nena. El viejo. A cierta distancia. Le cuesta mantener fija la vista. La nena absorta delante de la paloma. La paloma no se mueve. El anciano lagrimea, trata de concentrarse en la escena. La nena alarga una mano, la paloma no se retrae. La nena está desconcertada. El viejo se interesa en lo que ve. Hasta que la paloma, súbitamente, se desliza de costado, estira las patas como en busca de una superficie firme y queda tiesa. La nena recula. La paloma está echada en el suelo, el pico entreabierto, las patas rígidas, un cúmulo de plumas grises. El anciano no pestañea, atento a que su mirada, de regreso, no discontinúe el relato de aquello que viene narrándole. Sus ojos, de un gris difuso. El único ojo visible de la paloma, anaranjado. Los de la nena, entre el verde y el marrón. Cinco esferas inmutables y silenciosas como planetas que, a simple vista, no denotan la menor emoción. Y al cabo, sin que nada haga predecirlo, el viejo comienza el proceso de bajar los párpados, como si hacerlo le demandara un esfuerzo enorme, una reconsideración profunda. La nena se apoya con ambas manos sobre el suelo y se pone de pie. Permanece en esa posición un rato: las palmas contra el piso, los brazos extendidos, las piernas sin flexionar. Un simio. Después, se yergue por completo y mira a su alrededor, desorientada, como en busca de una explicación. Casi al mismo tiempo, el sol se oculta por detrás de los edificios hacia el lado de Primera Junta. El viento cesa de golpe, el cielo se vuelve gris y se nubla. La mamá de la nena se acerca por detrás y aúpa a su hija suspendiéndola por las axilas. El viejo y la paloma continúan inmóviles.

El anochecer ya es irrefrenable.

Todo esto, también, responde a una determinada esencia.


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