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El Comienzo de una Gran Amistad
por Rubén Bernabiti

Entre las ocho y media y las nueve, la calle Florida es un torrente de personas que refluye, tumultuoso, con el estrépito de un río de montaña. Si se mirara desde lo alto, la imagen remitiría a un glóbulo rojo visto a través del microscopio. Mezcla de fascinación por lo diverso, con una pizca de asco por la misma razón.

Pintura: Afro Basaldella

 

De no haber sido por el hecho de que uno de los hombres era una cabeza más alto, cada uno hubiera quedado atrapado dentro del aliento del otro.

Debería fijarse por dónde camina —dijo el más bajo. El tono era más admonitorio que molesto. Llevaba un piloto azul y el paraguas cerrado pendiendo del codo.

Disculpe —dijo el otro hombre—. Pero eso era exactamente lo que venía haciendo.

Estaban parados en el medio de la calle, a una palma escasa uno del otro. Se contemplaron a los ojos unos segundos.

Sin embargo, casi me embiste —observó el que había hablado primero. No llovía -de ahí que mantuviera el paraguas cerrado-, pero una pátina acuosa se extendía sobre la calle anticipando en las baldosas cuadriculadas el ánimo con que las nubes iban reformulando la mañana en las alturas.

Vengo siguiendo la misma hilera de baldosas desde Rivadavia... —se atajó el más alto de los dos.

El más bajo frunció la boca y entrecerró los ojos una fracción de segundo, como si un incordio hubiera destellado en algún órgano de su cuerpo.

¿Pisa baldosa de por medio? —preguntó una vez repuesto.

Ajá...

¿Y cada cuanto cambia el paso?

—Cada ocho o nueve baldosas...

El hombre más bajo, ahora, se tomó un momento para cavilar.

Lógico —pensó en voz alta—. Usted tiene piernas más largas....

¿Usted también viene siguiendo esta hilera? —preguntó el hombre más alto.

Desde Paraguay...

El hombre más alto hizo un gesto repentino con la cabeza, como si pretendiera aventar un pensamiento inconveniente:

Casualidad... —comentó.

Y... Sí. Algunas veces sucede —concedió el hombre bajo. Y en seguida—: ¿Hace mucho que sigue este ritual?

Uff… —hizo el hombre más alto.

¿Y todavía no se anima a caminar sin mirar el piso?

Es que no me tengo confianza... ¿Cómo sabría, sino, que no piso la junta?

El hombre más bajo volvió a adoptar una actitud reflexiva.

¿Usted ubica primero el talón cerca de la juntura posterior de la baldosa? —preguntó.

No. La puntera del zapato al borde de la de adelante...

—¿A qué distancia?

—Dos centímetros...

El hombre bajo pareció preocupado.

Muy jugado... —dijo—. De atrás le sobra mucho espacio...

Dio la impresión de que esto último hubiese sido dicho con el sólo objeto de ganar un poco de tiempo.

Precisamente... Por eso es que verifico con la vista... —razonó el hombre más alto—. ¿Usted cómo hace?

No. Yo clavo el talón a tres centímetros de la raya... Prefiero dejar la mayor cantidad de espacio adelante del pie... Controlo las primeras tres o cuatro baldosas y una vez que regulo las pisadas ya le voy quitando la vista...

—Pero no puede estar del todo seguro...

Del todo —dijo el hombre más bajo remedando el tono del más alto—. Del todo no se puede estar seguro nunca...

Mirando, sí —alegó el más alto de los dos.

Me refiero a sin mirar —dijo el más bajo, contrariado.

Para qué tomar riesgos... —dijo el más alto.

Bueno… —empezó el hombre más bajo, pero enseguida se interrumpió, como si no supiera cómo continuar— ¿Cuánto calza usted? —preguntó de improviso.

Cuarenta y cuatro.

Claro… —Acababa de recuperar el aplomo—. Yo calzo cuarenta y uno... A mí me resulta más fácil...

A todo esto, la marejada humana, a su alrededor, los había ido dejando entre paréntesis.

Así y todo, con tanta gente es difícil… —opinó, conciliador, el más alto.

Cuestión de práctica —acotó el más bajo.

Por un rato permanecieron así, cada uno en su posición, sin saber qué más decirse. En alguna parte, alguien comenzó a afinar una guitarra eléctrica.

¿Hasta donde va? —preguntó, por fin, el más alto.

Hasta Bartolomé Mitre ¿Usted?

—Hasta Corrientes...

Ambos volvieron a quedar en silencio, en sus lugares, mirándose los pies. Después, el más alto posó la mirada en el fondo de la calle como si en ese lugar hubiera aparecido, de súbito, una tristeza olvidada. El más bajo carraspeó.

¿A trabajar? —preguntó, entonces, el más alto.

A trabajar, sí. Qué remedio queda...

Ninguno de los dos se movía. Una llovizna fría empezó a impregnar el aire. El hombre más bajo echó una mirada recelosa al cielo y luego otra del mismo tenor al paraguas que colgaba de su brazo. El más alto introdujo las manos en los bolsillos y giró la cara hacia la vidriera del café que se encontraba a su izquierda.

¿Un cafecito? —arriesgó.

El otro deslizó el dedo índice de su mano derecha debajo la manga izquierda, frunció el ceño y quedó con la vista fija en el reloj pulsera.

Diecisiete minutos, tengo... —anunció.

—¿Por la franja negra? —invitó el más alto.

le —aceptó el más bajo, y se encolumnó detrás de su acompañante.


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