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El padre de Adrián

Por Rubén Bernabiti

 

Pintura: Egon Schiele

Tomo este subte todos los días. En la estación Río de Janeiro. Entre las ocho y las ocho y diez. Y dos estaciones más allá, en Plaza Miserere, se produce siempre el mismo caos: la horda de desaforados que espera amontonada en el andén embiste a los que venimos dentro con regocijo, como si se tratara de un malón, como si en ello les fuera la vida. Por unos segundos se suceden empujones, gritos y hasta alguna amenaza. En cuanto se cierran las puertas, sobreviene una calma sofocada, incómoda, que comienza a descomprimirse recién a partir de la estación Sáenz Peña. Una de esas mañanas fue que después de la arremetida quedé cara a cara con un cura de sotana y cuello blanco en la garganta.

 

Al principio, sólo reparé en los diminutos botones marrones que se sucedían hasta donde podía llegar hacia abajo con la vista. Conté veintitrés nada más que hasta la cintura. Después, alcé la mirada y lo reconocí. Más allá de los anteojos, su expresión seguía siendo inequívoca. Desvié la cara de inmediato, aunque debido al amontonamiento en el que viajábamos, era ridículo pretender sustraerme. Nuestras miradas volvieron a cruzarse y se perdieron en algún lugar entre las argollas que penden del techo. Nunca sabré si él también me reconoció. Contorsionándose detrás de la palabra perdón susurrada sin pausa como una plegaria, se abrió paso hasta la puerta y bajó en la estación Congreso. Tras de sí quedó un orificio con entrada directa a mi infancia. Y esa mordedura estomacal que se instala a partir de una revelación extraordinaria cuando no es posible transmitirla a otro de inmediato.

Se llama Adrián, y cuando su padre murió vivió en casa los tres días que duró la internación. Los dos estábamos en tercer grado y compartíamos pupitre desde primero. El fondo de la casa que ellos alquilaban daba al fondo de la nuestra, y de aquel día conservo todavía la repulsión del olor que sobrevino después de la explosión. Un olor nauseabundo que estuvo allí flotando durante semanas, y que ahora acababa de revivir en ese vagón atestado: el padre se había volcado un bidón de nafta encima y prendido fuego casi debajo del tapial medianero.

Los cinco hermanos fueron distribuidos en casas de vecinos ni bien la ambulancia salió hacia el hospital de quemados. La agonía –así le había escuchado nombrar a mi madre eso que le estaba sucediendo al padre de Adrián-, duró tres días, aunque por las conversaciones entre mis padres y otros vecinos, supe ya desde el principio que se iba a morir.

Esos días no fuimos a la escuela. Mi madre nos dejaba dormir hasta tarde y después del desayuno nos encargaba algún mandado o alguna tarea en la casa como baldear la terraza o cortar el pasto del fondo. Por las tardes salíamos a jugar con los demás chicos de la cuadra, y lo único distinto era que a Adrián se le permitían ciertas concesiones como no ir al arco o patear dos tiro libres seguidos. En casa, se cenaba con el televisor encendido, como siempre, pero en vez de estar fijada en las noticias, la atención ahora se centraba en Adrián. Desde si le gustaba la comida hasta qué le parecía la nueva contratación de Independiente. La primera noche estaban pasando el informe de una catástrofe ferroviaria en Japón y yo le pregunté a mi padre si era en vivo y en directo. Por esos años, las transmisiones en directo eran toda una novedad.

—No puede ser en directo porque es de noche igual que acá —me respondió Adrián. —Y cuando acá es de noche, en Japón tiene que ser de día.

Mi padre le dirigió una mirada a mi madre. Y yo me sentí como si acabaran de descubrirme robando.

—¿De qué color es la bandera de Japón? —le preguntó mi padre.

—Blanca con un redondel rojo —contestó Adrián, quitando por un instante la vista de la milanesa para enfocar a mi padre.

—¿Y de qué otro país sabés? —insistió mi padre.

—Juan —susurró mi madre.

Adrián se encogió de hombros:

—De casi todos —Hizo una pausa para tragar—. Menos de África —completó—. De África me sé nada más que algunos.

—¿La de Francia? —preguntó mi padre.

—Azul, blanca y roja —dijo Adrián.

—¿La de Estados Unidos? —volvió a preguntar.

—Fácil —dijo Adrián—. A rayas blancas y rojas acostadas y estrellas en el rincón azul de arriba...

A partir de sus notas en la escuela, Adrián tenía un especial predicamento entre los padres del barrio. Desde primer grado fue siempre el mejor de la clase, el que recitaba poesías en los actos patrios y el más convocado para izar la bandera. Era recurrentemente puesto como ejemplo por padres y maestras. En más de una oportunidad, yo había escuchado a mi padre ponderar lo seriecito que era a pesar de la familia que le había tocado. Porque lo que enaltecía su mérito parecía ser ese aspecto: tener un padre loco, una madre puta y un hermano mayor que ya había estado en el reformatorio por intento de robo a mano armada. Esa era su ventaja por sobre el resto de los chicos, porque para nosotros, obtener buenas notas era una obligación, en cambio, para él, resultaba una proeza.

La segunda noche, inmediatamente después de la cena, pasó por casa la madre. Nos dio un chocolate a cada uno y mi padre nos mandó a jugar a mi pieza. Cuando ella regresó para despedirse, tenía corrida la pintura de los ojos. Mientras le revolvía el pelo, le pidió a Adrián que se portara bien. Después, nos dio un beso y salió de la pieza apurada, como si se le hiciera tarde para algo. Enseguida, entró mi madre y nos mandó a lavar los dientes. Cuando apagó la luz, le pregunté a Adrián cómo era que sabía las banderas de tantos países.

—Papá tiene un libro con todas las banderas del mundo —dijo.

Me imaginé un libro enorme, pesado, polvoriento. Una reliquia de la que toda la familia estaría orgullosa. Pensé, también, que el padre ya no podría volver a leer ese libro.

—¿Y tu papá te lo presta? —pregunté.

—Está en la biblioteca... Lo agarro cuando quiero...

—¿Lo usás para hacer la tarea?

—No —dijo—. Es un libro de mapas… Para grandes.

En la oscuridad, sus respuestas eran paréntesis en los que quedaba encerrada mi insustancialidad. Sin embargo, insistí:

—¿No te aburre pasarte todo el día leyendo? —pregunté.

Escuché cómo se removió bajo las frazadas.

—No me paso todo el día leyendo… Además, yo nunca me aburro —dijo.

En esa época, a mí, nada me entretenía más que aburrirme, pero me guardé de decírselo. Me dormí pensando en el libro. Esa noche, soñé con un libro que cuando se abría tenía el perfume de la madre de Adrián.

Al cuarto día, después del almuerzo, vino el padre Tarcisio. Mi madre nos fue a buscar al fondo y nos dijo que el padre nos estaba esperando en el living, que quería contarnos algo. El padre nos hizo sentar en el sillón, juntos, y se puso en cuclillas delante de nosotros. Para mantener el equilibrio apoyó una mano en mi rodilla y la otra en la rodilla de Adrián. Me hizo acordar a la foto que se sacan los futbolistas antes de los partidos. Mi madre pidió permiso y salió.

—Ustedes saben que Dios lo sabe todo —empezó el padre—. Y que aunque nosotros algunas veces no entendamos por qué hace algunas cosas, o no nos gusten algunas cosas que hace, tenemos que tener fe en él porque siempre hace lo mejor.

Sus uñas parecían escamas grises con una medialuna amarilla en los bordes, y su respiración tenía el mismo olor que los sillones de mimbre de la galería los días de lluvia. Dijo que desde anoche, el padre de Adrián estaba en el cielo con Dios, y que desde allí podía ver todo lo que Adrián hacía y que por eso, para que no se pusiera triste, Adrián tenía que estar contento y seguir estudiando como siempre y hacerle caso a su madre en todo. Los dos escuchábamos en silencio. Yo lo miré a Adrián, pero estaba impertérrito con la vista clavada en los zapatos del cura.

—¿Quieren preguntarme algo? —dijo el padre.

Los dos negamos con la cabeza. Entonces, se puso de pie.

—Recemos un Padre Nuestro en memoria del papá de Adrián... —dijo.

Empezó él y nos hizo un gesto para que nos tomáramos de las manos. Mientras rezaba, yo escabullí la vista en el oleaje polvoriento de sol que barría el parquét y la dejé guarecida allí hasta el último amén.

Esa noche, Adrián no cenó con nosotros, y cuando terminamos de comer, nos pasó a buscar tío Alfredo, el hermano de mi madre, para llevarnos al velorio.

Adrián estaba parado junto al cajón con sus hermanos, rezando. El lugar quedaba en un primer piso y tenía tres salones contiguos. Todos los vecinos del barrio se dedicaban a pasar de un recinto al otro en silencio, como si buscaran algo que no pudieran encontrar pero sabiendo que estaba guardado allí, en alguna parte. Habremos estado unas dos horas. Después, mi madre me pidió que fuera a despedirme de Adrián porque teníamos que volver a casa. Lo encontré sentado en el rellano de la escalera, con los codos clavados en los muslos y la cara entre las manos.

—Me voy —dije.

Me miró sin despegar las manos de la cara.

—Bueno —contestó.

Me quedé delante de él sin saber qué decir.

—Viste todo eso que dijo el padre Tarcisio... De Dios y del cielo... —dije, al fin—. Son todas mentiras. Cuando uno se muere lo entierran y se lo comen los gusanos...

Adrián me clavó la vista como si hurgara dentro de mi cerebro.

—¿Te pensás que no lo sabía? —dijo. Sin embargo, su voz estaba atravesada por la grieta que separa al desencanto de la verdad.

En el auto, mi padre me preguntó cómo lo había encontrado a Adrián.

—Bien —contesté sin énfasis. Y me encogí de hombros.

Esa misma semana se lo llevó una tía a Córdoba y lo puso pupilo en un colegio de salesianos. No volví a saber nada de él hasta éste encuentro en el subte. Pasaron casi treinta años, pero por lo visto, todo aquello aún sigue allí.


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