Quién lo hubiera dicho. ¿Quién? no hace tanto tiempo ni tantos años que este panzón de ojos marrones achicados por las arrugas y por la ira que lo acompaña cada vez que se ve en un espejo, fuera el que alguna vez fue. Cada vez que Mario se ve reflejado en algún lugar la bronca se le derrama en la cara por haberse convertido en algo tan feo. Quién lo hubiera dicho que este cara redonda color canela, alguna vez fue el terror de las niñas casaderas de Tandil, ¿Quién lo hubiera imaginado? La verdad, el comisario Casanueva le da la razón a los versos de Homero Expósito; los años de la infancia pasaron terribles malvados.
Mario era el hijo del ferretero más importante a cien kilómetros de los alrededores de Tandil, al mismo tiempo, conocido entre los muchachotes de buen pasar, que no son tantos pero se manejan como si lo fueran, como una luz para la conquista femenina, no había calzón que se le resistiera hasta ese día a Marito, ese fatídico día en que pasa a ser un huérfano.
El ferretero, padre de Mario, murió aplastado por cientos de rollos de alambres de púa, el articulo 17, el que le hizo ganar más dinero en toda su vida, lo mató. El alambre que sirve para acorralar los campos que rodean el pedregal que un siglo y medio atrás, adoquinó la mayoría de las calles de la antigua Buenos Aires, lo mandó al cementerio como a cualquier hijo de vecino.
¿Quién iba a pensarlo? Marito, el de los ojos almendrados, el de los anchos pectorales, el que siempre tenia el mentón por sobre el hombro, el que donde ponía el ojo ponía la bala, se desayuna de un día para otro que “el papi”, le debía una vela a cada santo y que ni siquiera la casa de la calle Yrigoyen, la calle que perfuman los naranjos en flor, es suya.
Todos los compañeros rugbiers ya no lo quieren de compañero, y las dueñas de las enaguas que alguna vez ayudo a levantar, lo desconocen y hasta desmienten haberlo visto alguna vez. Marito se tiene que olvidar de un día para otro las utopías sociales con las que solía discurrir y ser atentamente escuchado en las reuniones de los futuros herederos de terratenientes, lugar, donde siempre fue bien recibido. El sueño cuasi nazi para algunos y “necesario” para los que pensaban como Marito, (que no eran pocos), pasó a segundo plano. Fue como un borrón y cuenta nueva, la vida le mostró un rostro que nunca había concebido. Se olvidó de limpiar la humanidad o por lo menos las adyacencias de Tandil; de negros, bolivianos, paraguayos chilenos y otras pieles oscuras, coreanos, chinos, gitanos, tarados, judíos, degenerados, petisos (En realidad Mario no es tan alto, él cree que si) y por sobre todo; limpiar los alrededores de putos, odia a los homosexuales.
Pasó una semana entera durmiendo en uno de los bancos de la plaza principal del pueblo. Usted que recién se está enterando ahora de la verdad, ¿Lo puede creer? El tipo más lindo del pueblo durmiendo como cualquier linyera tapado con diarios. No había noche que no soñara que los perros de bronce de las cuatro esquinas de la plaza principal de Tandil se le tiraban encima y lo querían morder, se despertaba a los gritos pelados temblando como un borracho consuetudinario antes del primer trago. ¡Lo que es la vida! ¿Sabe quien fue el único que lo ayudo a Mario Casanueva? …el “rarito”, el que nadie se animaba a decírselo en la cara, ¿Sabe porqué? porque el “rarito” es el hijo de uno de los estancieros más importante de la zona.
En fin, el muchacho alto flaquito y afeminado, lo insertó (tal cual le encanta decir al rarito) a través de un policía “amigo” (según las malas lenguas, raro como el) en la escuela policial de la provincia de Buenos Aires, y en menos de dos años, y según el flaquito, Mario Casanueva se convirtió en un intrépido y heroico oficial. También fue el mismo flaquito alto y cada vez más raro, quien lo ayudó a llegar a la ciudad que lo vio nacer como subcomisario; hoy, comisario.
Lo primero que ve al ingresar al bar del hotel, es el perfil de la morocha. Unos pechos redondos y llenos, que intentan desatarse de la ajustada blusa color violeta de tela transparente, eso, tan solo eso, lo hipnotiza. La muchacha enfila hacia él sus inmensos ojos negros y lo mira directamente a la cara, y mientras le sostiene la mirada, cruza las piernas dejando ver un muslo acanelado y terso como hace mucho no ve, tan canela y amarronado como su propia piel. Un halo del pasado le regodea la intención y se dirige directamente a saludarla tal cual solía hacerlo cuando era joven; el mozo de la confitería del hotel le interrumpe el camino y le dice:
- Guarda… Está con Dionisio.
Mario Casanueva se para en seco. Si hay algo que conoce del flaco, que ya no lo es tanto, y encima ya es dueño y señor de una de las estancias más importante, es que es muy desconfiado, sospechador y terriblemente celoso. También sabe que así como es comisario de una zona agraria y muy rica como es Tandil, puede ir a parar a la Patagonia a peinar ovejas si a Dionisio se le antoja. Pega media vuelta y encara al recepcionista.
- ¿Quién es la pendeja esa?
- Vino con Dionisio ayer… pidió la suite rosa y ordeno que le den lo que pida. …Parece que la gorda está cambiando de gustos.- Mario mira la cara del empleado del hotel con gesto impávido. Aunque nadie dice nada delante de él, no ignora que todos llaman la gorda a Dionisio, y que además, todos ya saben la verdad; él y el rarito, son pareja.
No hay caso, pueblo chico infierno grande, incluso así se tenga en cuenta que han pasado tanto años o por lo menos se debiera tener en cuenta, todavía se sonríen socarronamente si los ven conversar con disimulo en la confitería del hotel, es el lugar donde le gusta pasar horas al estanciero. Y así el antiguamente llamado rarito, hoy la gorda, se haya casado tenga hijos y viva sobre la avenida Libertador en la llamada Ciudad Autónoma, la capital de la Argentina; en Tandil, todos dicen que es la mujer del comisario.
La muchacha que vio en cuanto entró, se pone de pie y cimbrea las caderas haciendo sufrir las costuras de la pequeña minifalda, Mario siente que el pedazo de panza que cae sobre las berijas tiembla y se está empapando de ardiente transpiración. Gruesas gotas de sudor le recorren la piel morena de la cara atomatada del comisario. Innegablemente la joven ha tomado en cuenta su presencia, en tanto la puerta del ascensor se demora en cerrarse, la morocha lo mira y se da vuelta lentamente y pasa sus manos por los glúteos con descaro, Mario tiene que atornillar los pies en el piso de la recepción para no agarrar a patadas la puerta del ascensor.
No aguanta más. Siente que ha llegado el momento de cambiar el estilo de vida que viene trayendo atado a sus espaldas hace más de veinte años, y sí… a veces le toca a él. Le quita de un manotazo las llaves del patrullero al policía que le hace de chofer, y arranca el auto rumbo a la estancia de Dionisio a todo lo que le permite el acelerador.
Son casi dos horas a más de ciento y pico de kilómetros en la huella de tierra (el pijotero, siempre fue es y será un miserable, hace años que le viene prometiendo que va a asfaltar la entrada a la estancia). Llegar y enterarse que el ex flaco se fue al pueblo en su avioneta le llevó segundos; el mayordomo le indicó con la mano el cielo. Lo llamó por el celular. Hace de tu vida lo que se te antoje y si te he visto no me acuerdo, no te inquietes morocho de ojos terriblemente achicados, vas a seguir siendo el comisario hasta que me aburra… la verdad, la gorra cuando estás desnudo te queda horrible... Eso Le dijo el flaco raro. Vamos a decirlo como corresponde y con todas las letras; a Mario se le reían los cachetes del culo.
Cinco de la tarde cuando llega al hotel transpirado y lleno de tierra. La muchacha de los ojos y las tetas grandes, se fue, le dejo un papelito; me enloquecen lo policías… chau.
El recepcionista le da la dirección que le dio la morocha llena de curvas; calle Brasil 720, Constitución Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y allá va como alma que se lleva el diablo. Llega en el mismo patrullero que anduvo todo el día y con más tierra sobre el lomo, pasada las once de la noche. La dirección, es de un boliche de los llamados de trampas.
A la una de la madrugada no pude aguantar sus ínfulas de comisario de provincia y llama a los gritos desaforados al “encargado”. En menos de diez minutos aparecen varios patrulleros con el comisario de la zona. Pasado un tiempo prudencial, de comisario a comisario se entienden.
- De la forma en que describís a la mina…. No es de aquí. – Mario se levanta de la silla como un resorte y le señala la calle.
- ¡Mirá! ¡Mirá qué justo! …es esa que viene con el tipo de marrón.
- Vos no te metas, dejámela a mí… a ver ché Gauna, traéme esa de la falda de jean. —el policía llamado Gauna arrastra a la muchacha de un brazo hasta la mesa donde está sentado el comisario de la zona de Constitución junto al hijo del ferretero. La muchacha de los ojos y las tetas grandes, no le saca los ojos de encima a Mario Casanueva— Escuchame bien lo que te voy a decir, y si no queres tener problemas, habla con la verdad- Le dice el comisario de la policía federal mirándola fieramente— Decíme como te llamas.
- Me dicen triple R
No te hagas la viva… ¿Cómo te llamas?
La morocha baja los ojos y mientras se retuerce las manos contesta:
- Ramón Ricardo Roldan