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Evangelio
y pasión de poetas
por Paula Larotonda y Daniel Ripesi.
Exégesis
poética de la pasión de un hombre. Basado en
una teología que reconoce a un Dios que algunas veces
acecha en los intervalos de un destino inexorable, con insignificantes
contingencias...
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En
el principio, el fin.
En
el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios. Todas
las cosas por él fueron hechas, y sin él nada
de lo que ha sido hubiera podido ser. En él estaba
la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en
las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron
contra ella. Y aquel Verbo se hizo carne, y habitó
entre nosotros. Y, cuando aún era evanescente Verbo,
el débil hálito de un Dios exhausto, cuando
aún era Verbo sin transfiguración humana,
el Hijo -que sólo tenía existencia en el soliloquio
de un Padre taciturno- preguntó: "Padre, ¿sólo
seré palabras?" Y el Padre, que suspiró
sereno, con cierta ironía respondió: "Sí,
palabras austeras y plenas, de las que quizás tengas
alguna posesión pero ningún dominio o control".
Y, desde lo abismal, en donde Dios había confinado
a las tinieblas, se oyó decir: "¿Palabras?
Sí, de aire, y en el aire perdidas". y el Hijo,
que aún no distinguía luz de tiniebla, suplicó:
"Sí, Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios, un soplo vagabundo
sin contornos que el aire desvanece". Y, nuevamente
desde las tinieblas surgió un eco: "Como las
palabras, también la luz en sí misma se pierde".
Y Dios dispuso que el Verbo se hiciera carne, pero, justamente,
para que la palabra no se desvaneciese del todo, y para
que no fuera mero aire entre los labios. Así lo comprendió
el Hijo mucho tiempo más tarde (cuando ya estaba
atado a -y revelado por- su carne por el Verbo). Fue así
que en una noche de brisa fresca, en el monte de los Olivos,
supo que la palabra lo ataba más que la carne a un
destino de pasión y muerte, supo también que
no hablaba desde sus propios silencios ni desde sus intenciones,
y definitivamente comprendió: "Efectivamente,
Soy hombre: duro poco, y es enorme la noche". Pero
miró arriba: las estrellas escriben. Sin entender
comprendo: también soy escritura, y en este mismo
instante, alguien me deletrea... Y el fatalismo estelar
le decía: Tu pasión concluye en la Cruz .
(1)
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El
sueño de María
En
el regazo húmedo, oscuro del templo, la sombra era
fría, hinchada de incienso. El ángel desciende,
como cada noche, para enseñarme una nueva plegaria.
Luego, de improviso, desata mis manos y mis brazos se transforman
en alas cuando me pregunta: ¿Conoces el verano?
Yo, por un día, por un momento corrí a ver
el color del viento. En verdad volamos sobre las casas:
más allá de las rejas, los huertos, las calles...
luego nos deslizamos entre valles floridos, donde al olivo
se abraza la vid. Descendimos allí, donde el día
se pierde, para buscarse solo escondido entre el verde.
Y él habló como cuando se reza. Y al final
de cada plegaria contaba una vertebra de mi espalda. Y el
angel dijo: "No temas María, de hecho has encontrado
la gracia del Señor y por obra Suya concebirás
un hijo".
|
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Las
sombras alargadas de los sacerdotes constriñieron
el sueño en un círculo de voces. Con las alas
de antes pensé en escapar, pero el brazo estaba desnudo
y no supe volar. Luego vi al angel transformarse en cometa.
Y los rostros severos devinieron piedra, hojas las manos,
espinas los dedos.
Voces de la calle, rumores de gente, me robaron el sueño
para restituirme el presente. Se destiñieron las
imágenes, se extinguió el color. Pero el eco
lejano de las breves palabras, repetía la extraña
plegaria de un angel, donde quizás era sueño,
pero sueño no era. "Lo llamarán hijo
de Dios". Palabras confusas en mi mente, desvanecidas
en un sueño, pero impresas en el vientre.
Y la palabra ahora exausta se disolvió en llanto,
pero el miedo de los labios se concentró en los ojos
semicerrados, en el gesto de una quietud aparente, que se
consuma en la espera de una mirada indulgente.
Y tu, despacio, posaste los dedos al borde de su frente:
los viejos cuando acarician tienen el temor de hacerlo muy
fuerte . (2)
Los
milagros
Cuando
Jesús iba llegando a la casa de su amigo Lázaro,
hermano de María la Magdalena, escuchó gran
alboroto. Cuando María llegó a donde estaba
Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole:
Señor, si hubieses estado aquí, no habría
muerto mi hermano. Jesús entonces al verla llorando
y a los judíos que la acompañaban, también
llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió.
Y dijo: ¿Dónde lo pusisteis? Le dijeron, Señor,
ven y ve. Jesús lloró. Quedó largo
rato en silencio, entre covulsiones secas y violentas de
sollozo, y luego se recompuso a medias diciendo así:
Amigo, "No hay extensión más grande que
mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento
más tu muerte que mi vida". Luego se lamentó
con enorme tristeza: "Temprano levantó la muerte
el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano
estás rodando por el suelo". Por fin, cambió
el rictus, que sin dejar de tener la huella del dolor, adquirió
aquel enojo severo que sólo se le había visto
el día que desalojó a los fariseos del Templo.
Entonces, casi gritando, dijo: "No perdono a la muerte
enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a
la tierra ni a la nada". Y alzando aún más
la voz: "En mis manos levanto una tormenta de piedras,
rayos y hachas estridentes, sedienta de catástrofes
y hambrienta. Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas
y calientes, quiero minar la tierra hasta encontrarte y
besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte".
En medio de una súbita tormenta de tierra y con gran
cantidad de truenos y relámpagos que a muchos dispersó,
por fin, ordenó mirando al cielo: "Volverás
a mi huerto y a mi higuera..." Y habiendo dicho esto,
clamó a gran voz: ¡Lázaro levantate!.
Y el que había muerto salió de su sepulcro,
atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto
en un sudario... (3)
El
hombre con "Geni" la ramera
Y
jesús por la mañana volvió al templo,
y todo el pueblo vino a él. Entonces los escribas
y
los fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio;
y rodeándola, le dijeron a Jesús: Maestro,
de los negros y los tuertos, del bajofondo del puerto, ella
anduvo enamorada. Su cuerpo es de los errantes, de los ciegos
y emigrantes, de los que no tienen nada. Se entrega desde
niña, en patios o cantinas, atrás de los estanques,
en el pasto. Es la reina de los prisioneros, de las locas,
de los pordioseros, de los chicos del asilo. Y también
está a menudo con los viejos desauciados y las viudas
sin porvenir.
La multitud comenzó a gritar: Tírenle piedras
a Geni, tírenle piedras a Geni, ella está
para aguantar, ella está para escupir, ella se entrega,
no importa a quien, maldita Geni!
Jesús, levantando su mano les dijo: "El que
de vosotros esté sin pecado, que sea el primero en
arrojar la piedra contra ella". Ellos, al oir esto,
acusados de su conciencia, salieron uno a uno, y quedó
solo Jesús y la mujer que estaba en el medio: Geni.
Enderezándose Jesús le preguntó: Mujer,
¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno
te condenó? Ella le respondió: Ninguno, Señor.
Entonces Jesús replicó: "Ellos juzgan
según la carne, yo no juzgo a nadie..." (4)
En
el nombre del padre
Mañana
de niebla densa. Los pescadores todos, de una orilla y de
la otra, perplejos y temerosos por la extraordinaria novedad
de una niebla impropia de la estación, deciden no
salir al mar. Sólo uno, que pescador de oficio no
es, se asoma a la puerta de la casa como para cerciorarse
de que hoy es su día y, mirando al cielo opaco, dice
hacia dentro: Voy al mar.
La espesa niebla se va abriendo para que Jesús pase,
pero los ojos apenas llegan a la punta de los remos y a
la popa. El resto es un muro, primero de un gris descolorido
y ceniciento. Luego, a medida que la barca se aproxima a
su destino, una claridad difusa empieza a blanquear y dar
brillo a la niebla, que vibra como si buscase, sin conseguirlo,
en el silencio, un sonido. En un círculo mayor de
luz, la barca se detiene, es el centro del mar de Galilea.
Sentado en el banco de popa está Dios.
Jesús metió los remos dentro de la barca y
dijo simplemente, "aquí estoy". Dios compuso
el vuelo del manto sobre las rodillas y dijo también,
"aquí estamos". Continuó Jesús:
He venido a saber quién soy y cual es mi destino.
Y de un modo directo y serio Dios le respondió: Eres
mi hijo y deberás sacrificar tu vida en mi nombre.
Entonces, algo inquieto Jesús suspiró: no
tengo salida. "Ninguna", replicó el Padre,
tu destino está escrito, como el cordero a quien
el sacrificador espera ya con el cuchillo, Yo soy ese cordero.
Lo que tu eres, hijo mío, es el cordero de Dios.
Las palabras salieron de la boca de Dios como si la lengua
que dentro tenía fuese de leche y miel, pero un súbito
hielo estremeció de horror los miembros de Jesús,
parecía que la niebla se hubiese cerrado sobre él.
(5)
La
traición
Antes
de la fiesta de pascua, sabiendo Jesús que su hora
había llegado, se levantó de la cena y comenzó
a lavar los pies de sus discípulos. Entonces dijo:
El que está lavado, no necesita sino lavarse los
pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estais,
aunque no todos (Porque ya sabía quién de
ellos habría de entregarlo).
Luego prosiguió: De cierto, de cierto os digo que
uno de vosotros me va a entregar. Entonces los discípulos
se miraron unos a otros, indignados, dudando quién
sería. Tomás insistió: Dinos Maestro,
dinos quien será. Finalmente Pedro, recostándose
cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor,
¿quién será? Respondió Jesús:
A quien yo diere el pan mojado en vino, aquel es. Y mojando
el pan, lo dió a Judas Iscariote diciéndole:
Lo que vas a hacer hazlo pronto. Judas, hijo de Simón,
bajó la mirada, se dio la vuelta y comenzó
a correr. Murmuró para sí aquellas palabras
que había retenido en su alma llena de amor y de
odio por aquel hombre que lo abandonaría para unirse
a su Padre: Te perdono, por hacer mil preguntas que en vidas
que andan juntas nadie hace. Te perdono por pedir perdón,
por amarme demasiado. Te perdono por llamar a todos los
lugares de donde vengo, te perdono por levantar la mano,
por pegarme, te perdono cuando ansío el instante
de salir y rodar exuberante y perderme de ti, te perdono
por quererme ver aprendiendo a mentir, a mentirte. Te perdono
por contar mis horas, en mis demoras por ahí. Te
perdono porque lloras cuando lloro de risa, te perdono por
traicionarte.
(6)
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La
negación de San Pedro
Cuando
en la última cena, Jesús se despedía
de sus discípulos, dijo : el Hijo del hombre será
entregado para ser crucificado. Y luego, más tarde,
mientras caminaban hacia el monte de los Olivos, agregó:
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 |
Todos
vosotros os escandalizaréis de mí esta noche,
porque está escrito. Respondiendo Pedro le dijo:
Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.
Y Jesús le respondió: De cierto te digo que
esta noche, antes que el gallo cante, me negarás
tres veces.
Y así fue como, una tras otra, Pedro negó
tres veces conocer al que se llamaba Jesús cuando
las gentes lo interrogaba. Luego de la tercer oportunidad,
cantó un gallo. Pedro se sintió entonces tan
profundamente angustiado y tan lleno de tristeza en el alma,
que corrió a ver a los hijos de Zebedeo, en Getsemaní,
y lloró amargamente su desmentida. Pero ellos, más
comprometidos con la liberación de los Judíos
que con la fe al Maestro de Pedro, le dijeron así:
"No llores más Pedro, después de todo,
¿qué hace Dios de ese mar de constante anatema
que se eleva hasta donde moran sus serafines? Parece que
como un déspota que está harto de manjares
y vino se adormece escuchando las blasfemias atroces. Los
sollozos que se escapan de la boca de mártires son
sin duda para Él sinfonías que embriagan,
ya que pese a la sangre que ese deleite cuesta, no parecen
los Cielos todavía saciados. ¡Ah, ese Jesús!
Ya recordará el huerto de los Olivos, cuando de rodillas
suplicará a Aquel que reirá en su cielo por
el ruido de clavos que unos viles verdugos en sus carnes
incarán; cuando vea escupir en su rostro divino a
la chusma de guardias y al cruel marmitón, y sentir
las espinas penetrando su frente donde vivirá la
inmensa multitud de los hombres. Ya verá cuando su
cuerpo, bajo aquel peso horrible, intente alargar los brazos,
dislocados, y cuando entre sangre y sudor se oculte su rostro,
cuando sea expuesto así ante todos. ¿Recordará
los días tan brillantes y hermosos, de su llegada
para cumplir promesas eternas, cuando andaba pisando, sobre
manso burrito, los caminos sembrados con flores y palmas,
cuando lleno su pecho de valor y esperanza azotó
a ruines mercaderes del templo, cuando aún era maestro?
¿No llegará a herir a Jesús todo esto
en el costado más que la lanza del arrepentimiento?
Sólo podemos decirte Pedro que él saldrá
satisfecho de este mundo en el que el sueño no acompaña
a la acción. ¡Ojalá hubiese matado a
hierro y por hierro hubiera perecido! Si has negado a Jesús,
has hecho bien !
(7)
La
vacilación
Dicen
que el relámpago iluminó de un solo golpe
a toda la faz de la tierra. De un sólo golpe, entonces,
la claridad penetró follajes, hizo recuperar su filo
incluso al más mínimo relieve y despertó
de su somnoliencia a cuanto bicharraco caminaba por allí.
Y lo curioso: su resplandor no produjo sombra alguna. Dicen
que todos los seres vivientes, aún los más
abismados en las oscuras entrañas de la tierra, se
estremecieron. Insectos -y también aquellos animales
que podemos considerar más evolucionados- detuvieron
su actividad por un largo rato. Dicen que fue un relámpago
vastísimo, extraordinario... Quizás breve,
pero intenso. Aquel resplandor instantáneo buscó
su concordancia elíptica, con la claridad súbita
que el Hijo de Dios tuvo de su propio destino a punto de
cumplirse, y que la negra noche de aquel desmesurado episodio
-y que sólo fue inquebrantable en los ojos oscurísimos
de Jesús-, pretendió poner de relieve que
a la claridad de su pensamiento escapaba algo, algo que
sus ojos necesariamente no podían abarcar. También
puso en evidencia la expresión sensible de una tensión
íntima en el corazón del Señor: clarividencia
y ceguera, rebelión y obediencia, sed de vida y anhelo
de muerte, inocencia y culpabilidad...
Lo cierto es que cuando el relámpago blanqueó
por un instante aquella noche cerrada, Él vio a sus
amigos más íntimos, aquellos que unas horas
antes habían prometido acompañarlo en su dolor
hasta el último instante, absolutamente borrachos,
tumbados y dispersos por ahí, ensopados en su propio
vómito. Alcanzó a ver las muecas indiferentes
de esos rostros, los vió como a imágenes brumosas,
tan remotas en su proximidad que parecían un espejismo
algo desdibujado. Vió -o creyó entrever- en
algunos de ellos -en la comisura pastosa de sus bocas o
en el movimiento de sus ojos bajo los párpados-,
el secreto enigma que dictaba su propio sueño. Se
sintió decididamente solo y pensó en la cruz
que lo esperaba. Entonces, todo le pareció absolutamente
extraño y ajeno, todo había perdido sentido.
Y llevar adelante los gestos que exigían el cumplimiento
de su destino le pareció de pronto una comedia burdamente
irrisoria, una operación urdida no tanto bajo el
imperio del mal gusto como por una mente inconsecuente...
O peor aún, sintió el peso de lo absurdo en
una empresa que se pretendía sagrada. Y anheló
en su profundo silencio, lo bienaventurado que habita en
los hechos más sencillos y mundanos (no pudo evitar,
entonces, pensar en Geni). Una brisa suave le peinó
la barba y los ojos humedecidos se refrescaron. Pensó
entonces en hablar de este asunto con su Padre. Preguntarle,
por ejemplo, ¿por qué tenía que morir
colgado de esos trozos de madera, que dicho sea de paso,
se habían dispuesto de manera tan bella en forma
de cruz? Encontraba insensato atar su carne a esa forma
tan sencilla y perfecta para que, de ahí en más,
todo un universo atara su obsecuencia a un símbolo:
La "Cruz". Símbolo inequívoco de
adoración (y meneándo la cabeza reflexionó
que la adoración no deja nunca de producir cadáveres
para sus símbolos). Necesitó hablar entonces
con su Padre. Sin embargo, advirtió casi de inmediato
que las dos formas retóricas con las que espontáneamente
pensaba sostener a sus palabras estaban vedadas para tal
fin: para establecer un diálogo con su Padre resultaba
insensato esbozar una súplica o una exigencia...
Nada se puede pedir a quien todo lo ha dado en la forma
inapelable y perfecta de un destino. Pedir un cambio en
ese destino es pedir la propia aniquilación de su
Padre, porque cada destino está atado a una determinación
universal, encadenado a su vez en un orden perfecto que
no es otra cosa que la imagen de Él mismo. No hay
destino individual, ni siquiera el pecado es singular: absolutamente
todos los mortales nacen con uno idéntico, "original".
Decirle a su padre: "Señor, quiero inventar
mi propio pecado" sería anular su plan general
y anónimo. Y Jesús se agobió por semejante
exceso de lógica. Deseó que ocurriera un imprevisto,
una falla. Deseó desertar por un instante de tanto
fatalismo minuciosamente justificado. Sin pecado Jesús
no era culpable -eso era cierto-, pero ser inocente le impedía
tener una historia: es que poseer una historia es, por necesidad,
perder la inocencia. Hubiera preferido, entonces, no ser
hijo de la Santa, sino de la otra más real, de sonrisa
más franca -siempre al borde de la carcajada-, de
ojos llenos de insinuación -siempre al borde de la
malicia-, de pechos tan nutritivos -siempre al borde de
la lujuria-. ¿Pero de qué tenía Él
finalmente que quejarse? ¿También esos infelices
totalmente borrachos que decían ser sus amigos, y
que ahora dormían a pata ancha, estaban atados a
un destino? Sin duda era así, sólo que Jesús
tenía plena conciencia del suyo y saber es una extraña
condena para quien se supone Santo. Le resultó inútil
despertar en sí alguna nostalgia. Tampoco pudo despertar
un deseo para seguir viviendo. Murmuró: "Padre,
aparta de mi este cáliz", y su murmuración
tuvo la fuerza de un grito inhumano, preñado de esa
hostilidad primitiva con que su Padre lanzó a rodar
al mundo en el principio de los tiempos, semejante también
al grito primario de cualquier recién parido o al
que sostiene la última exhalación de algunos
de sus mortales. Y tuvo la repentina determinación
de concluir rápidamente con la comedia. No podía
hacer más que lo que hizo: someterse a su destino,
pero obedeciendo sólo en apariencia. Pues pudo obedecer
al decidir: se dejó conducir a la cruz, sí,
pero en verdad realizó su convicción de dejarse
morir al verse abandonado por sus amigos y al descubrir
que Él mismo no era otra cosa que la palabra de su
Padre hecha carne... Entonces, repitió, como una
letanía íntima, una murmuración casi
inconexa: "Padre, aparta de mí este cáliz
de vino tinto de sangre. ¿Cómo beber de esta
bebida amarga, tragar el dolor, pasar el mal trago? Aún
callada la boca resta el pecho. ¿De qué me
vale ser hijo de la santa?, mejor sería ser hijo
de la otra, otra realidad menos muerta. Tanta mentira, tanta
fuerza bruta, ¡qué difícil es despertar
callado!, si en lo callado de la noche me desespero. Quiero
lanzar un grito inhumano, que es una manera de ser escuchado.
Tal vez el mundo no sea pequeño, ni sea la vida un
hecho consumado. Quiero inventar mi propio pecado, quiero
morir de mi propio veneno .
(8)
Jesús
y la indagación de los sacerdotes
Entonces,
dos soldados tomaron preso a Jesús y lo condujeron
ante Caifás.
Caifás estaba reunido con su sumo sacerdote, los
escribas y los ancianos. Le rodearon y uno de ellos le dijo
así: "¿Así que eres pastor...
y cuidas tu rebaño para conducirlo al reino de Dios?".
Y, entonces, para acentuar la ironía y amedrentarlo,
trajeron frente a Él a un jóven pastor de
Galilea. Enfrentados, el jóven pastor interrogó
a Jesús: "Hola, cuidador de rebaños,
ahí junto al camino ¿qué te dice el
viento al pasar?" Jesús alzó la vista
y con profunda serenidad contestó: "sólo
que es viento, y que pasa, y que ya pasó antes, y
que pasará después". Uno de los ancianos
se volvió al jóven pastor y le preguntó:
¿Y que te dice a ti? Y el joven dijo: "Mucho
más que eso, me habla de muchas cosas. De recuerdos
y añoranzas y de cosas que nunca sucedieron".
¿Qué dices a esto?, volvieron a interrogar
a Jesús, y Jesús, sin quitar los ojos al jóven
pastor le dijo: "Nunca oíste pasar al viento.
El viento habla sólo de viento. Lo que oíste
es mentira y la mentira está dentro de ti".
El sumo sacerdote sonrió displiscente y lo increpó:
Así que estás convencido de que eres pastor
Y Jesús dijo: "Yo nunca cuidé rebaños,
pero es como si los cuidase. Mi alma es como un pastor,
conoce al viento y al sol" Entonces, el más
anciano de los rabinos intervino de pronto interrumpiendo
la palabra de Jesús, y exclamó: "Pero
también te dices el Hijo del Señor!!, de modo
que dinos de una vez, ¿qué opinas de Dios,
del alma y de la creación? ¿Cuál es
el sentido íntimo de las cosas y del mundo?"
Jesús pareció perder la calma y dijo: "¿Qué
pienso yo del mundo?, ¡qué se yo que opino
del mundo! Pensaría en eso si estuviera enfermo.
¿Qué idea tengo de las cosas? ¿Qué
opinión tengo de causas y efectos? ¿Qué
he meditado sobre Dios y el alma y la creación del
mundo? No sé, para mí pensar en eso es cerrar
los ojos y no pensar..." Y ya más calmo agregó:
"En verdad, en verdad os digo que pensar en Dios es
como meditar al Sol: El que está al Sol y cierra
los ojos empieza a no saber qué es el Sol, pero puede
pensar en cosas llenas de calor. Pero abre los ojos y ve
al Sol, y ya no puede pensar en nada, pues más vale
la luz del Sol que los pensamientos" así como
más vale tener a Dios en el alma que en el entendimiento.
(9)
|
La
crucificción
Jesus
fue crucificado entre dos ladrones, uno se llamaba Tito,
el otro Dimaco.
En el Calvario tres madres lloran la inminente muerte de
sus tres hijos:
-Tito, no eres hijo de Dios, pero hay quien muere al decirte
adios.
-Dimaco, ignoras quien fue tu padre, Pero mas que ti muere
tu madre.
-Con muchas lágrimas lloras María, apenas
la imagen de una agonía; sabes que a la vida, tu
hijo ha de volver en el tercer día. Déjanos
entonces llorar a nosotras un poco mas fuerte, a nuestros
hijos que ya no resucitarán de su muerte.
María les respondió: En él lloro lo
que se me ha quitado, los brazos magros, la frente, el rostro;
cada pedazo de vida suya que late todavía, que veo
apagarse poco a poco.
Y dirigiéndose a Jesús: "Hijo en la sangre,
hijo en el corazón, quien te llama Nuestro Señor
-en la fatiga de tu sonrisa- busca un recorte de paraíso.
Para mi sos un hijo, vida que muere, te llevé ciego
aquí en mi vientre. Como en el regazo, y ahora en
la cruz,
Amor te nombra mi voz. Si no hubieses sido hijo de Dios,
aún te tendría por hijo mío. "
(10)
|
 |
Y
había allí una vasija llena de vinagre, entonces
los soldados empaparon una esponja y le dieron
de
beber a Jesús.
En su última exalación, Jesus deliró
palabras dichas en los más diversos idiomas, de los
más remotos a los cercanos en tiempo y espacio, y
en dialectos complejísimos, algunos ya olvidados,
y otros porvenir. Cada palabra era pronunciada con perfección
e hilvanada en una gramática exacta. Pero sus últimas
palabras fueron dichas en francés:
Vous etes une grande casserole de connards (Todos ustedes
son un montón de mierda)
Vous etes touts complètement foutus (Están
bien jodidos)
Touts est insupportable (Todo esto es insoportable)
Su madre, que lloraba a sus pies, le preguntó:
¿Qu'est-ce que vous sentez? (¿Qué sientes?)
L'etat de mort qui vient (Que el estado de muerte llega)
C'est fini. Tuots est fini. C'est comme ca (Es el fin, todo
ha terminado)
C'est tout.. (11)
(Esto es todo...)
Más
tarde, un soldado le abrió el costado con una lanza
y al instante salió sangre y agua. Al ver esto, Simón
consternado murmuró: Esta agua lleva en sí
la fuerza del fuego, la voz que responde por ti y por mi.
Luego, José de Arimatea tomó el cuerpo de
Jesús y entre sollozos dijo: Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro, he de gritarle a los vientos
hasta reventar aunque sólo quede tiempo en mi lugar.
Si quiero me toco el alma pues mi carne ya no es nada, he
de fusionar mis restos con el despertar aunque se pudra
mi boca por callar.
|
Nicodemo
lo envolvió con lienzos perfumados mientras lloraba:
Ya lo estoy queriendo, ya me estoy volviendo canción,
barro tal vez...y es que esta es mi corteza donde el hacha
golpeará, donde el río secará para
callar.
(12)
La
resurección
El
primer día de la semana, María Magdalena fue
al sepulcro y vio quitada la piedra. Entonces corrió
y fue a los discípulos y les dijo: la jaula se ha
vuelto pájaro y se ha volado y mi corazón
está loco y sonríe detrás del viento...
(13)
Resucitado de entre los muertos, Jesús les dijo:
En verdad, en verdad les digo que deberán plantar
y ver así a la flor nacer. Deberán crear si
quieren ver a la tierra en paz. El sol empuja con su luz,
el cielo brilla renovando la vida. Y deberán amar
hasta morir, deberán crecer sabiendo reir y llorar,
deberán luchar si quieren descubrir la fe. La lluvia
borra la maldad y lava las heridas del alma.
(14)
Amén
|
 |
(1)
Se encontrará en este pasaje del evangelio, fragmentos
de los siguientes poemas de Octavio Paz:
Detino de poeta
¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.
Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma
Hermandad
Homenaje a Claudio Ptolomeo
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
(2)
Este pasaje está tomado de la poesía musicalizada
por el propio autor- Il sogno di Maria (La buona novella),
de Fabrizio De André
(3) Se reconocerá en este texto la poesía
de Miguel Hernández, "Elegía"
(4)
En este apartado se pueden leer fragmentos de Geni
y el zepelín de Chico Buarque
(5) Reproducimos parte de un capítulo de El
evangelio según jesucristo, de José
Saramago.
(6) Judas
habla en este caso por la inspiración de Chico
Buarque, según la letra de su canción
Mil perdones.
(7) Con pocas modificaciones, se encuentra incluído
en este pasaje, el poema La negación de San
Pedro (en Las flores del mal) de Charles Baudelaire.
(8) La "murmuración casi inconexa.."
que se adjudica aquí a Jesús, se la debemos
a Chico Buarque, en su canción Cáliz,
escrita en 1973, con Gilberto Gil, durante la dictadura
militar del Brasil. (En portugués, "Calice",
juega con la homofonía "Cale-se" que significa
"Cállese"; de este modo la canción
sorteó a la censura).
(9) En este párrafo empleamos fragmentos de la poesía
de Fernando Pessoa: (Alberto Caeiro) El
cuidador de rebaños
(10) Leemos aquí fragmentos del poema Tre madri
de Fabrizio De André
(11) Fragmento final del libro póstumo C'est
tout de Marguerite Duras, escrito
durante su agonía al lado de su amante Yang.
(12) De la letra del tema musical Barro tal vez
de L.A.Spinetta -en el CD "Kamikaze"-
(13) María Magdalena no podría haber expresado
mejor esta notica en este verso del poema El despertar
de Alejandra Pizarnik
(14) De la letra del tema musical Quedándote
o yéndote de L.A.Spinetta -en
el CD "Kamikaze"-
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