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En nuestro Invierno 2003, enviamos este email a nuestros amigos lectores y habitantes de la casa de Winnicott:
No se lo piensa demasiado... Es quizás en esa charla casi desinteresada con el portero que baldea la vereda justo a la hora en que salimos, en las bromas zonzas que intercambiamos con el kiosquero de la esquina, o en ese diálogo de lo más previsible que establecemos con el vecino en la cola del banco... En el beso (o el no-beso) con que nos reciben cuando volvemos a casa... ¿En qué detalles se apoya el ritmo de una vida? Nos gustaría saber sobre lo que evoca en nuestros lectores el "valor de los detalles". Es por el respeto que merecen esas "pequeñeces" de lo cotidiano, y para que no se disipen totalmente de nuestros recuerdos, que queremos darle un lugar en la cocina de nuestra casa (www.espaciopotencial.com.ar). Escribinos tus notas, escritos, garabatos, evocaciones -diversas o dispersas- sobre este tema, a buzon@espaciopotencial.com.ar.
Gracias por salir al encuentro de cada uno de nuestros gestos (todo un delicado detalle)
A partir de él, nos llegaron algunas reflexiones que queremos compartir:



Alrededor el aire, mañanita de lunes que despacio se abre por sobre la somnoliencia de la casa.
Las cosas parecen estar en su lugar. La radio murmulla y sin embargo no consigo despedirme de algún sueño aunque las tazas me devuelvan la fraternidad del café con leche.
Idiograma de una mañana por Alicia Smolovich

"¿qué es un error? una tarde en que se me pasó el punto
de caramelo y yo tiesa y no hay chirolas ni siquiera
y en una de ésas el (oh) triste destino me deja a solas
con vos y eso es todo lo que tengo en mi cabeza ardiendo
como estampida de poetas"
María Negroni
Todo es pereza. Una lista de condimentos ordenan una hoja blanca en curiosos ideogramas que jamas entenderé, letrita revoltosa ilegible porque se le da la gana a ella que hace un juego privado de economía domestica.
En este gris se ve todo deslucido, ella dirá más tarde. Ahora sin embargo, me vuelvo en la intención de quedarme en esta silla, me da miedo la perspicacia de la calle, los llamados telefónicos, una agenda que jamás completo ni escribo. Ahora la pereza.
Sacar al perro, lavarse las manos, volver al lunes, una uña rota y las miguitas sobre la mesa.
Pero este día no. Este momento no. Me niego a la ventana salpicada por la lluvia.
Me niego a decidir que hacer, por donde empezar. A ordenar este revoltijo de cucharitas y palabras agolpadas. Me niego a saber quien soy.
Ella pensará más tarde, que exagerada sos. Mientas ordena los vasos y juega con su uña rota, mientras observa el piso al que no le vendría mal una barrida, ni los libros que esperan sin pedirle nada. Mientas todo eso le existe, ella dirá más tarde, que es toda la poesía de la que ha sido capaz esa mañana, somnolienta, cansada no, pero con esa tristeza que la habita cada vez que se muerde los labios.
Para muchos es algo que no tiene importancia, en cambio a mí siempre me gustaron las manos. Podría describir una cantidad inimaginable de manos.
Hacer un Inventario de Manos por María Fernanda Fayanás
Manos musicales, las de mi padrino, las primeras que recuerdo tocando la guitarra, manos ágiles de uñas largas. O las de Romina, también sobre la guitarra, dóciles, livianas.
Manos lastimadas, las de mi papá, dedos que se doblan en la primer falange de un lado y para el otro, manos del que fue un joven jugador de rugby.
Manos cálidas, las de mi abuelo que cocinan soportando el calor de las hornallas. Manos que me cantaron "doce cascabeles" para dormirme.
Las de Sergio, manos fuertes con venas anchas y dedos gorditos. Manos que pueden atornillar, martillar, apretar, atar. Manos serviciales dispuestas a arreglarlo todo. Manos que curan.
Las manos de mi mamá y mi hermana, manos suaves con piel blanca y finita, que abrigan y secan las lágrimas de los ojos.
Las pulcras manos amigas, de Ceci, Heidi, Carla, Ingrid, todas manos como recién lavadas, perfumadas. Manos abiertas para llegar y poder partir.
Siempre me gustaron las manos, podría describir una cantidad inimaginable de manos.
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