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Diálogo de Poetas Contrariados

por Daniel Ripesi.

De cómo Octavio Paz, Adélia Prado y Paulo Leminski charlaron sobre un juego que las palabras sólo juegan a cierta distancia de nuestras intenciones: el juego de la creación.

 

A Chiara
porque ya encuentra sus primeras palabras
y con ellas el mundo que desea...

Hay un juego que las palabras sólo juegan a cierta distancia de nuestras intenciones: el de la creación. Entonces ellas dicen sus novedades, entonan alegrías o murmuran tristezas. Como sea, incrementan el territorio vasto del lenguaje, generan sorpresas, inventan sentido. Sin embargo, cuando esa frágil posesión que tenemos de las palabras empieza a esbozar -por más tímido que esto sea- un intento de dominio, las veremos tornarse rebeldes, indóciles, a veces dañinas y extremadamente hostiles. Nosotros, apenados y ofendidos, viéndolas escapar así de nuestras certezas, argumentamos una justificación que no hace otra cosa que aumentar el bochorno: "-nos decimos- Hoy están imprecisas...". Lo decimos -y ellas nos perdonan- porque les apena vernos tan tontos. Entre las palabras y nosotros hay un secreto que disimulamos bastante mal: y es que son ellas las que nos pronuncian más que nosotros a ellas... Las palabras son misteriosas y nosotros, sus meros locutores, demasiado previsibles. El otro día cerca de la esquina, justamente a la vuelta de la casa de Winnicott, Octavio Paz se cruzó con Adélia Prado y pude escuchar el siguiente diálogo que quizás ofrezca alguna luz al enigmático tema de las palabras: Dijo Octavio Paz, no sin imponer a las inflexiones de su voz cierta cadencia seductora, como quien habla queriendo atrapar algo con las palabras: "Quizás las cosas no son cosas sino palabras: metáforas, palabras de otras cosas ¿Con quién y de qué hablan las cosas-palabras. (Esta página es un saco de palabras-cosas) Tal vez, a la manera de las cosas que hablan con ellas mismas en su lenguaje de cosas, el lenguaje no habla de las cosas ni del mundo: habla de sí mismo consigo mismo" (1); Adélia, por su parte, le ofreció estos versos -dichos con piadosa feminidad-:
Lo que existen son las cosas,
no las palabras . Por eso
te escucharé sin cansarme recitar en búlgaro
como podría mirar durante horas montañas o
nuves.
Señales valen palabras,
palabras valen cosas,
cosas no valen nada.
(2)
De pronto apareció Paulo Leminski que los había escuchado a la distancia y se cruzó interesado y dispuesto a opinar. Se peinó los bigotes un lago rato y, todavía con ese aire de extranjero extravagante que lo caracterizaba, aportó su propia experiencia de poeta: Miren -dijo- un día...
Ordené a la palabra rimar,
ella no obedeció.
Habló en mar, en cielo, en rosa,
en griego, en silencio, en prosa.
Fuera de sí parecía,
la sílaba silenciosa.
Le ordené a la frase soñar,
y ella se transformó en laberinto.
Al hacer poesía casi puedo sentir eso.
Dar órdenes a un ejército,
para conquistar un imperio extinto.
(3)
Adélia se alejó sin agregar nada más, y con graciosa marcha se perdió por la esquina, Octavio Paz fulminó a Leminski con una mirada llena de reproche por su inoportuna intromisión y Leminski creyó haber soñado aquella escena cuando más tarde pudo recordarla. Yo me quedé tomando unos mates más en la puerta de calle, después me fui para adentro silbando bajito.
(1) O. Paz El mono gramático, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1974
(2) El nacimiento del poema -fragmento- Adélia Prado, O pelicano, Ed. Rocco, Rio de Janeiro, 1988
(3) Desencontrarios, en Distraídos venceremos, Ed. Brasiliense, São Paulo, 1999

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