Ludovico
no vuelve, pero la vida continúa. Su recuerdo permanece,
gracias al niño que su amada lleva en el vientre, y
a quién le pondrán el mismo nombre del padre.
Como
frescos de un escenario histórico, la obra nos conduce
-por medio de un tercer Ludovico, descendiente también
él del primer protagonista de la obra-, a través
de los años 60, entre la influencia de las doctrinas
orientales y las protestas juveniles, llegando a nuestros
días.
El
tiempo trascurre, la novela se colorea de tintas esfumadas,
diversas alternativas y sucesos familiares; con cadencias
que marcan el ritmo modulado y, a veces amargo, de lo cotidiano,
en el que se unen las grandes pasiones con los problemas
de la supervivencia. Así se llega al emocionante
encuentro final entre los dos protagonistas después
de varios decenios, un encuentro pleno de magia y conmoción.
Sin
embargo, al dejarse transportar por la carga emotiva de
la lectura, el tiempo no fluye del todo. Este se ha detenido
en parte, en la sala de baile Pichetti, con sus olores de
"café, alcohol, jugo de naranja, cigarrillos
de mentol, tabaco de pipa y vahos misteriosos al pasar de
las mujeres"; en donde los protagonistas -Ludovico
y Viviana- bailan el tango tanto en la primer página
como en la última. Entre un extremo y otro, es cierto,
se encuentra la totalidad de sus vidas, hechas de hijos,
de trabajo, de experiencias: siempre un tango. Sin duda,
también dotado de elegancia y de ritmo, pero no de
aquella fascinación magnética con la cual
el inicio y el fin de la historia se funden, en el hechizo
del reencuentro de los protagonistas al cabo de los años.
Los
tres Ludovicos devienen uno solo, en tanto las experiencias
acumuladas por cada uno de ellos se entremezclan a través
de los años, y adquieren -más allá
de su significado primario- nuevos matices que confieren
a la novela color y perfume, volviéndola viva y vibrante.
Hablar
de novela histórica no sería exacto, en efecto,
la historia no es la protagonista de "Tango",
sino cierta marca del destino que influencia la vida de
los personajes de un modo discreto. Encontramos eventos
que se integran perfectamente en el sustrato de realidad
social italiana del siglo pasado, pero sin conformar un
estereotipo excesivamente historizante de la época.
La
narración es envolvente, sumerge al lector en un
cúmulo de sensaciones a veces casi táctiles,
pero mantiene al mismo tiempo una extraordinaria delicadeza
en su composición, hecha de imágenes ligeras,
casi ingrávidas. En efecto, en su escritura, el autor
no tiene inclinación por las expresiones que exacerben
los impactos violentos que tejen los oprimentes odios generacionales;
por el contrario, estas profundas circunstancias se encuentran
presentes en la obra en una dimensión sutil y silenciosa.
Cada
vivencia contiene la brumosa impresión de un nuevo
encuentro después de aquel primer choque danzante
de pies pisoteados. Esto no hace al relato menos cautivador,
sino que lo enriquece con una tensión emotiva que
se prolonga a lo largo del texto, y hace cómplice
al lector de esa esperanza de reencuentro, nunca directamente
confesada por los protagonistas.
Existen
dos mundos, profundamente interrelacionados: el marcado
por las agujas del reloj y la sucesión de las estaciones,
en el cual Ludovico y Viviana viven separados; y aquel hecho
de pensamientos y presencia inmaterial, en donde ellos se
encuentran invariables y cercanos para toda la vida.
Su
misteriosa unión los mantiene con vida, jóvenes
y vigorosos a la espera del momento en el cual se encontrarán
nuevamente, ahora en el mundo real. Por un instante, lo
onírico se reúne con lo intangible de sus
vidas. Al encontrarse así, ya no serán dos
viejos, patéticos simulacros de una juventud ya marchita,
sino dos eternos jóvenes, tocados por el tiempo como
una brisa ligera que roza levemente sus cabellos, siendo
capaz de transformarles el semblante para siempre.