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Tango por Pasquale Larotonda      www.larotonda.tk

 

Nuestro lector amigo, el novelista italiano Pasquale Larotonda, nos envía desde Roma un "romanzo" que comienza en los umbrales de la segunda guerra mundial, en una sala de baile del barrio San Lorenzo, donde dos jóvenes, Ludovico y Viviana, se conocen bailando al ritmo de un tango.

 

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Reseña:

Como trasfondo de la escena se vislumbra una barriada de Roma, hecha de olores intensos y calles bulliciosas de rumores populares; y -un poco más atrás- el espectro de la guerra, que interrumpe la unión entre los dos jóvenes: Ludovico debe partir al frente.


Ludovico no vuelve, pero la vida continúa. Su recuerdo permanece, gracias al niño que su amada lleva en el vientre, y a quién le pondrán el mismo nombre del padre.

Como frescos de un escenario histórico, la obra nos conduce -por medio de un tercer Ludovico, descendiente también él del primer protagonista de la obra-, a través de los años 60, entre la influencia de las doctrinas orientales y las protestas juveniles, llegando a nuestros días.

El tiempo trascurre, la novela se colorea de tintas esfumadas, diversas alternativas y sucesos familiares; con cadencias que marcan el ritmo modulado y, a veces amargo, de lo cotidiano, en el que se unen las grandes pasiones con los problemas de la supervivencia. Así se llega al emocionante encuentro final entre los dos protagonistas después de varios decenios, un encuentro pleno de magia y conmoción.

Sin embargo, al dejarse transportar por la carga emotiva de la lectura, el tiempo no fluye del todo. Este se ha detenido en parte, en la sala de baile Pichetti, con sus olores de "café, alcohol, jugo de naranja, cigarrillos de mentol, tabaco de pipa y vahos misteriosos al pasar de las mujeres"; en donde los protagonistas -Ludovico y Viviana- bailan el tango tanto en la primer página como en la última. Entre un extremo y otro, es cierto, se encuentra la totalidad de sus vidas, hechas de hijos, de trabajo, de experiencias: siempre un tango. Sin duda, también dotado de elegancia y de ritmo, pero no de aquella fascinación magnética con la cual el inicio y el fin de la historia se funden, en el hechizo del reencuentro de los protagonistas al cabo de los años.

Los tres Ludovicos devienen uno solo, en tanto las experiencias acumuladas por cada uno de ellos se entremezclan a través de los años, y adquieren -más allá de su significado primario- nuevos matices que confieren a la novela color y perfume, volviéndola viva y vibrante.

Hablar de novela histórica no sería exacto, en efecto, la historia no es la protagonista de "Tango", sino cierta marca del destino que influencia la vida de los personajes de un modo discreto. Encontramos eventos que se integran perfectamente en el sustrato de realidad social italiana del siglo pasado, pero sin conformar un estereotipo excesivamente historizante de la época.

La narración es envolvente, sumerge al lector en un cúmulo de sensaciones a veces casi táctiles, pero mantiene al mismo tiempo una extraordinaria delicadeza en su composición, hecha de imágenes ligeras, casi ingrávidas. En efecto, en su escritura, el autor no tiene inclinación por las expresiones que exacerben los impactos violentos que tejen los oprimentes odios generacionales; por el contrario, estas profundas circunstancias se encuentran presentes en la obra en una dimensión sutil y silenciosa.

Cada vivencia contiene la brumosa impresión de un nuevo encuentro después de aquel primer choque danzante de pies pisoteados. Esto no hace al relato menos cautivador, sino que lo enriquece con una tensión emotiva que se prolonga a lo largo del texto, y hace cómplice al lector de esa esperanza de reencuentro, nunca directamente confesada por los protagonistas.

Existen dos mundos, profundamente interrelacionados: el marcado por las agujas del reloj y la sucesión de las estaciones, en el cual Ludovico y Viviana viven separados; y aquel hecho de pensamientos y presencia inmaterial, en donde ellos se encuentran invariables y cercanos para toda la vida.

Su misteriosa unión los mantiene con vida, jóvenes y vigorosos a la espera del momento en el cual se encontrarán nuevamente, ahora en el mundo real. Por un instante, lo onírico se reúne con lo intangible de sus vidas. Al encontrarse así, ya no serán dos viejos, patéticos simulacros de una juventud ya marchita, sino dos eternos jóvenes, tocados por el tiempo como una brisa ligera que roza levemente sus cabellos, siendo capaz de transformarles el semblante para siempre.

 


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