Nacido
en la India, príncipe de la familia Khan de Pakistán,
Masud Khan se formó en Londres y fue paciente de
Winnicott, supervisó pacientes con él y colaboró
en la preparación de sus libros. Analista, escritor
y editor. Murió en Londres, en 1989. Poco antes de
su muerte, con un cáncer de garganta, fue expulsado
de la Sociedad Británica de Psicoanálisis...
Sus textos: The Privacy of the Self, Alienation in Perversions;
Hidden Selves y When Springs come. En este último,
"Cuando llegue la primavera "
(1) nos deja testimonio de la especial relación
que él y Winnicott habían construido.
Con el siguiente recorte quiero destacar precisamente el
vínculo de confianza, de cuidado, de intimidad y
de respetuosa distancia que estos dos hombres mantenían.
Si por un lado, Masud reconocía en dicho vínculo,
el amor y la admiración a un padre; por el otro podemos
palpar -a través del relato- la cualidad del sostén
que posibilita el despliegue de la vida de un hijo.
Asistimos también por medio de este escrito a la
capacidad de trabajo de Winnicott, a su pasión, a
su jugar, al valor prestado a los detalles, a las ceremonias
de buen inglés, al lugar sagrado de los afectos...Y
finalmente a sus dolores, no sólo los que debía
soportar por las anginas de pecho, sino también los
de aquellas heridas de soledad infligidas por sus pares,
los analistas.
Finalmente reproduzco las palabras con las que nuestro querido
Emilio Rodrigué evocó su encuentro con Masud
Khan: "Masud era compañero de seminarios:
un tipo algo temido, alto, elegante, muy incisivo. Era irónico
y arrogante, era un príncipe de verdad. Y era muy
admirado por su inteligencia. Masud fue uno de los tipos
más inteligentes que conocí en mi vida. Con
él hemos pasado noches charlando, tomando mucho te
de la plantación de su padre. Una noche yo me quejaba
de un trabajo muy difícil de una analista, Susan
Isaacs (mano derecha de Melanie Klein), que acababa de morir.
Le dije a Masud que no había comprendido nada y él
me dijo -Ese trabajo le tomó seis meses a la autora
redactarlo, era su testamento ¿y tu pretendes comprenderlo
en un día?...
Cuando llegue la primavera por Masud
Khan
...El
verdadero propósito que me llevó a escribir
este capítulo es el de compartir con el lector mis
experiencias gozosas, aunque también muy estrictas,
de "trabajar con" D.W.W. sobre casos reales..."
...Nada de inusual había en esta visita que le hacía
a D.W.Winnicott la mañana de aquel domingo, alrededor
de las diez de la mañana, en el mes de noviembre
de 1969. Hacía dos años que, después
de montar, iba directamente a lo de D.W.W. todos los domingos
por la mañana y me quedaba dos horas o más,
según su deseo y su necesidad. Nunca me quedaba a
almorzar. La salud y la fuerza de D.W.W. se habían
debilitado críticamente durante estos años.
Quería que lo ayudara a terminar de escribir y preparar
para su publicación el libro Playing and Reality
(Juego y Realidad). Era para mí un placer ayudarlo
a D.W.W. Solía presentarme algunas notas o materiales
clínicos mecanografiados y entonces las trabajábamos
hasta darles una forma adecuada para su publicación.
A través de estos encuentros aprendí de D.W.W.
más que en ninguna ocasión. Solía hablar
con libertad y variedad, rara vez permanecía largo
tiempo trabajando sobre el texto mecanografiado. Con frecuencia
se dejaba llevar a un estado de quietud somnolienta, en
el que llegaba casi a dormitar. Estos ratos me daban la
oportunidad de leer las notas o volver a pensar sobre lo
que me había dicho. Pronto se rehacía, y comenzaba
nuevamente a conversar. Lo más entretenido era que
a veces, al volver a su conciencia parlante, D.W.W. me reprendía
de buen modo: "Sabe usted Khan (siempre me llamó
por mi apellido) casi sueño. Pero no pude porque
su presencia aquí me estorbó el camino del
sueño". Yo lo escuchaba con alegre indulgencia,
le hacía alguna broma, y volvíamos al trabajo.
D.W.W. trabajaba sobre sus textos como un inquieto y activo
chico de nueve años. A menudo decía: "A
los nueve años ya todo me había ocurrido".
"Ni en espíritu ni en estilo he crecido desde
entonces", solía añadir, bastante apenado.
Y tenía razón. Lo que todos nosotros, quienes
trabajamos cerca de D.W.W. en esos últimos años
de su vida valoramos más en él fue aquel irreprimible
bullir de pensamiento creador y del esfuerzo clínico
que lo caracterizaba. Todavía veía, aunque
sólo en casos de consultas, pacientes adultos y niños.
(La mayoría de los primeros eran analistas que venían
de todo el mundo , con reputaciones muy bien establecidas,
que buscaban la ayuda de D.W.W. porque habían leído
sus escritos. Todos habían tenido largos análisis
personales por uno u otro motivo, con propósitos
de formación o a causa de sus problemas). D.W.W.
examinaba conmigo sólo aquellos casos que yo podía
ayudarle a escribir, ya para convertirlos en una narración
clínica, ya para que después los organizara
en otras secuencias de pensamiento. D.W.W. nunca, hasta
donde yo sé, escribió lo que uno podría
llamar un trabajo puramente teórico. Siempre comenzaba
con alguna tarea clínica reciente y pasaba a "teorizar"
a partir de ella. La razón de la escasez y ausencia
de material clínico en sus artículos, por
ejemplo, "The use of an object" (1969), reside
en que D.W.W. era muy puntilloso en materia de preservar
la privacidad de sus pacientes, inclusive la de los niños
de, pongamos, cinco años, y prefería no citar
el material clínico que le había llevado a
una determinada noción teórica.
...Esa mañana encontré a D.W.W. en un estado
de excitación. No había acabado yo de quitarme
el abrigo de montar y de sentarme frente a una taza de té,
por él mismo preparada en la habitacioncita de la
secretaria donde siempre trabajábamos juntos y podíamos
comunicarnos en una situación propiamente privada,
cuando sentí que D.W.W. estaba a punto de plantear
una demanda curiosa. ¡Iba a encargarme una nueva tarea!
Era tan poco lo que se expresaba explícitamente entre
nosotros. Para entonces hacía ya dos décadas
que nos conocíamos, trabajando con mucha proximidad
y manteniendo no obstante nuestra distancia. Nunca formé
parte en ningún sentido de su vida social y familiar,
ni él de la mía...
... Aunque él nunca me lo había dicho, cara
a cara, sabía yo por otros cuánto esperaba
de mi D.W.W. Era en muchos sentidos una persona que nada
pedía y esto hacía que sus demandas mudas,
no formuladas, se tornaran atrozmente exigentes. Era inútil
preparar los textos cuando uno debía encontrarse
con D.W.W. -tenía un modo misterioso de desubicarlo
a uno con preguntas inocentes, casi tontas- de modo que
decidí llegar a lo de D.W.W. sin ensayo alguno."
Eran las siete de la tarde. Fue su hermana quien me abrió
la puerta. No era esto nada alarmante. Nunca me abría
la puerta la señora Winnicott. Me dijo: "Por
favor suba. Donald lo espera". D.W.W. me recibía
"arriba" (así lo llamábamos) sólo
cuando estaba "indispuesto": éste era nuestro
eufemismo para decir que había tenido un ataque de
angina pectoris, que lo incapacitaba por varios días.
La puerta de su dormitorio estaba abierta. D.W.W. estaba
plácidamente acomodado en la cama y se oía
el cálido sonido de la estufa de gas. Me sonrió
amablemente (...) Me senté. "Sírvase
un poco de whisky". "sólo si tiene usted
pura malta". "sí, queda un poco en la botella
que está detrás de usted." Me serví
con generosidad. Estaba ahora más nervioso. Cualquier
signo de que a D.W.W. le fallaran las fuerzas me ponía
muy ansioso. El siempre trataba de ocultarlo ante mí
y yo pretendía que había tenido éxito.
Era un tonto juego británico, que él jugaba
mejor que yo. Había nacido en ese juego y en él
lo habían criado. A mí, no.
...Dijo,
con mucho laconismo: "Sí, Khan! Gracias por
no fallarme casi nunca. Buenas noches." Viniendo de
parte de D.W.W., ésas eran grandes alabanzas...
..Cuatro días más tarde, un jueves, D.W.W.
me llamó por teléfono alrededor de las nueve
de la noche y me pidió que me llegara a su casa.
Quería discutir algo con urgencia. Agregó.
"Khan, llueve terriblemente afuera. Si su auto ya está
guardado, no me cuesta nada ir con el mío y recogerlo."
Le dije que tenía mi auto estacionado abajo, justo
frente a la puerta, y que en cinco minutos estaría
en su casa. D.W.W. vivía a la vuelta de la manzana.
Al llegar me llevó a la "cueva", como la
llamábamos entre nosotros: la habitación de
su secretaria en el semisótano. Como ocurría
siempre por las noches, la tetera estaba al fuego, y estaban
dispuestos biscochos digestivos en un plato con trozos de
queso cheddar, un jarrito para mí y una taza para
él, la azucarera, una botella de whisky de malta,
una jarra de agua y dos vasos. En las visitas nocturnas
ver los objetos me hacía sentir cómodo. No
me agradaba mucho ir a lo de D.W.W. por las noches. Perturbaba
su vida privada, o al menos así lo sentía
yo.
... (D.W.W.) tomaba de a traguitos un whisky de malta muy
diluido. Siempre consideré que eso era un ultraje
bárbaro contra un whisky de malta bien estacionado.
El argumentaba que si se lo diluye con agua, el whisky produce
efecto con mayor rapidez. Hasta donde yo sé, D.W.W.
sólo tomaba whisky cuando se insinuaban los dolores
de la angina o cuando estaba recuperándose de un
ataque. (...) Me preguntó: "¿Ha tenido
tiempo de echarle una mirada al borrador a máquina
revisado del Capítulo X? Hasta la señora Coles
se está hartando de volver a pasarlo a máquina
tantas veces. Parece que no logro expresar bien la diferencia
entre fantasía y fantaseo, según me dicen".
Fui un poco cortante con D.W.W.: "¿Por qué
les pide su opinión? Usted nunca los toma en serio."
"Eso no es justo Khan. Realmente tomo nota de lo que
dicen. Pero tiene razón, no tendría que mostrárselo
a tantos. Pero entonces hablan mal de usted, Khan: que me
impide relacionarme con ellos" "¿A usted
le importa lo que dicen, D.W.W.? A mí no." "sí,
me importa, Khan. Temo que le hagan daño cuando yo
ya no esté."
(2)
"ya hemos tratado este tema cien veces, D.W.W. ¡Laissez
aller! Si me incomodan demasiado, siempre puedo irme a París.
Por lo demás, la señorita Freud sigue muy
firme y saludable. De modo que, por favor, no se preocupe."
Yo sabía que estábamos simplemente charlando
para distendernos, hasta que D.W.W. estuviera listo para
decirme lo que quería. Se preparó una taza
de té, otro de sus hábitos bárbaros,
mezclar el té con el whisky. Se recostó hacia
atrás, como encaramado en la silla giratoria de la
señora Coles. Solía moverse inquieto, hacia
los costados y hacia atrás, una y otra vez. Yo siempre
temía que pudiera dar toda la vuelta y caerse hacia
atrás. D.W.W. todavía se comportaba como si
fuera el joven y ágil atleta que fue en 1914, cuando
se entrenaba para la carrera larga. Se fue aquietando hasta
quedarse inmóvil...
... "Vamos ahora a trabajar sobre la copia final de
su libro Playing and Reality" (...) Logramos terminarlo
y la copia a máquina quedó lista para enviarla
a los editores el martes siguiente. A la señora Coles
le quedaban muchas páginas que copiar. Así
era siempre con D.W.W. Grandes revisiones de última
hora. Se hacía necesario arrancarle literalmente
el manuscrito de las manos y decir "está terminado"
para que se detuviera.
...Constantemente
jugábamos el uno con el otro estos juegos infantiles.
Es inusual que uno encuentre un personaje de la estatura
y la anciana madurez de D.W.W. y pueda descubrir una relación
mutua tan gozosa y espontánea. D.W.W. me llevaba
aproximadamente un cuarto de siglo. Pero he advertido que
los ingleses tienen un auténtico talento para promover
tales amistades con las generaciones más jóvenes,
con la debida ceremonia y el debido afecto. Yo siempre fui
Khan para él, y él fue, en privado, D.W.W.
En público doctor Winnicott.
...
"Sí, Khan, ¡A la gente le encanta soñar!
Eso no es ninguna novedad para mí. He visto en consulta
más de siete mil niños. Algunos llegan soñando
y se van corriendo de vuelta a sus casas soñando
todavía. En esos casos la tarea clínica es
la de no perturbar su sueño. No dar las interpretaciones
del analista." D.W.W. había acentuado las palabras
del analista de modo sugerente. Algo lo había fastidiado.
Resulta extraño advertir cuántos fantasmas
guardaba este sabio clínico dentro de sí como
jueces internos: Melanie Klein, Ernest Jones (que había
dictado conferencias sobre los sueños en la Sociedad
Británica cuando D.W.W. era todavía un candidato,
hacía unos treinta y seis años), inclusive
la señorita Anna Freud. Lo hacían trastabillar
del modo más ridículo. Yo lo había
presenciado durante las Reuniones Científicas de
la Sociedad. No Jones, por supuesto; no recuerdo que haya
ido alguna vez a escuchar un trabajo de D.W.W.
..."Ve usted, Khan, he tenido este problema con ellos
desde los días en que hacía mi formación
con James Strachey. Nunca me analicé con la señora
Klein. Y no puedo decir que haya tenido un análisis
con Joan Riviere; es verdad, no obstante, que efectivamente
me analizó durante unos diez años. Y siguió
analizándome durante las discusiones que se producían
en las Reuniones Científicas."
Permanecí en silencio, y dejé que se descargara
y se librara de recuerdos que lo habían perturbado.
A menudo solía tomarle el pelo diciéndole:
"Sabe D.W.W., usted tiene realmente una cosa en común
con Freud, y él la tenía en común con
el Príncipe Hamlet..." "¿Qué
cosa?" Preguntaba siempre con impaciencia. "usted,
Freud y Hamlet podían haber vivido felices en una
cáscara de huevo si no hubiese sido que los tres
tenían malos sueños."
"...D.W.W.
experimentaba ese año, 1970, una sensación
de urgencia por dejar preparados para su edición,
conmigo, tanto como le fuera posible de sus "borradores",
notas tomadas al pasar, etc. Yo ya había hecho esto
anteriormente, unos treinta y siete años antes: para
y con mi padre, Khan Bahadur Rajá Fazaldad Khan,
durante el último año de su vida. Le había
ayudado a organizar prolijamente sus vastas posesiones y
a distribuirlas entre sus ocho hijos y dos esposas, según
sus deseos. El había tomado conocimiento del hecho
de que su fin había llegado y lo había aceptado
silenciosa y gozosamente. Había tenido buenas experiencias
durante noventa y tres años. D.W.W. tenía
sólo setenta pero lo habían dañado
malamente unos ataques al corazón que tuvo desde
1950. ¡Sí! Era una persona completa y lograda
cuando tomó el camino que lo conducía hacia
su fin y lo recorrió airosamente. A nosotros nos
hizo sufrir a todos y cada uno de quienes lo amábamos.
No era yo el único, sino tan sólo uno entre
un amplio número. Lo mismo había ocurrido
al llegar el feliz fin de mi padre.
No hay dos personas que pudiesen ser más diferentes,
en la mayoría de los aspectos, que mi padre y D.W.W.,
pero tenían en común estas cosas: una inagotable
energía de vivir; una capacidad de trabajo infatigable;
y un compromiso total con el cuidado y el bienestar de los
demás. Ambos y cada uno de ellos eran brutalmente
exigentes, sin darse cuenta, para con los otros pocos a
quienes respetaban o querían. De modo que llegué
a mi relación con D.W.W. bien preparado por mis diecinueve
años de agotador y amante aprendizaje con mi padre.
Tenía conciencia de esta correspondencia. También
la tenía D.W.W. No obstante, jamás nos dijimos
una palabra sobre este punto. Los miembros de la profesión
que nos observaban tenían sus propias versiones e
interpretaciones para murmurar y difundir".
(1)
Editorial Paidos, Buenos Aires, 1991.
(2) Masud Khan fue expulsado de la Sociedad Británica
de Psicoanálisis a poco tiempo del fallecimiento
de Winnicott.
Lic.
Paula Larotonda
paularot@datamarkets.com.ar