Les confieso que cuando recibí la invitación para presentar este libro además de sentirme agradecida me sentí en un primer momento un poco desconcertada. Me pregunté si acaso no eran todos los libros para principiantes, sino inauguran siempre un nuevo mundo para el lector que se coloca en esa posición. ¿Pero se trata de eso un libro para principiantes? Según el diccionario “principiante” es “alguien que empieza a estudiar, aprender o ejercer un oficio, arte, facultad o profesión”.Y es evidente que no siempre nos ubicamos de ese modo al leer un libro. Pero tampoco podríamos decir al leer un libro para principiantes.
También pensé en los prejuicios que a veces habitan nuestra mente: por ejemplo creer que si es un libro para principiantes seguramente va a ser fácil de leer.
Un libro como el escrito por Eduardo, Daniel y Eulogia dedicado a Winnicott rompe con ese prejuicio, justamente porque su lectura no es fácil aún para personas que tenemos lecturas previas de Winnicott.
Pero empezando por el principio: este es un libro que forma parte de una colección de Era Naciente titulada “Para Principiantes”
Género que la prensa cuando lo recibió lo definió de diferentes maneras: a veces se lo idealizó como género, otras veces se marcó especialmente su formato como formato de comic, otras veces se puntualizó a qué tipo de lectores en forma privilegiada podía ir dirigido, señalando su dirección como punto de partida y no de llegada.
Para mí implicó de verdad un punto de partida porque yo no estaba familiarizada con este particular género y justamente el pedido de los autores de que lo presente me ofreció la oportunidad de introducirme en un mundo para mí nuevo. Digo para mí “nuevo”, aunque no desconocía que se trata de un género que tiene presencia en nuestro país desde hace muchos años. Lo cierto es que transitando por ese camino de descubrimiento de algo nuevo, un hecho fortuito me ayudó a repensar la función importante de este tipo de género y cómo impacta en diferentes generaciones.
En este caso ocurrió lo siguiente: un muchacho joven de mi familia, que tiene una profesión muy diferente a la nuestra, tomó el libro que yo había dejado encima de una mesa y después de hojearlo rápidamente exclamó ¡qué bueno que está! Pero después se detuvo en una página y mirando el dibujo expresó ¿Quién es este maldito que está cargando al pibe? Se refería a la página 16 en la que el padre de Winnicott bromea con su hijo diciéndole “Donald tiene novia” “Donald tiene novia” lo que desata la furia de Donald contra la muñeca de su hermana… La mamá del joven que estaba allí le pidió el libro y mientras lo tomaba y decía “de verdad que está bueno” expresó con un tono algo admonitorio ¡qué apurado que sos!...si querés saber quién es, lee primero y después mirás el dibujo…El joven la miró con cierta cara de asombro y desconcierto... Pero enseguida dejó ese frente para preguntarme mirando la tapa quién era ese tal Winnicott.
En esta escena se pueden ver claramente presentadas distintas generaciones: la del muchacho de este tiempo que se zambulló en los dibujos y desde allí le interesó saber quién es Winnicott, la de su mamá que lo invitó a seguir otra dirección “de las letras al dibujo” y la mía que a pesar de mis aprendizajes en historietas, comics y pokemones por mi práctica con chicos, todavía buscaba en los textos la escritura digital continua en la que yo me formé. Esta experiencia me trajo algunos recuerdos… Entre otros me llevó a recordar la actitud de muchos jóvenes en la década del 60. En aquel momento yo estaba estudiando medicina y algunos compañeros míos más jóvenes riéndose se quejaban de que “los apuntes venían sin dibujitos”... Me llevó un tiempo comprender a que se referían y sólo lo pude entender más tarde cuando al prestarme o devolverme algún apunte, le ponían como título “apunte ilustrado” refiriéndose a dibujos, como los de los comics, realizado por alguno de ellos, en sus páginas. Esta broma, este juego fue poniendo en evidencia que empezaban a sentir la ausencia de una imagen como algo cansador, como si fuera una falla, como si el pensamiento en esos casos no tuviera un lugar adonde apoyarse y poder descansar y anclar.
Sabemos desde entonces hasta ahora cuanto han cambiado las cosas y el lugar inmenso que hoy tiene la imagen en nuestra cultura. En este libro la imagen como terreno de experiencia y de pensamiento acompaña a la escritura digital. Y ambas escrituras permiten ubicar a este libro en una interfase que no es simple porque debe contemplar un doble interés: no aplanar lo complejo pero al mismo tiempo responder a la enorme necesidad de difundir ideas de gente valiosa. Entre paréntesis me llamó la atención que justamente esta colección saliera, casi en el mismo momento en el que la velocidad y otros cambios tecnológicos impresionantes cambiaran el rumbo de nuestra civilización.
Me pregunté por el objetivo de esa difusión y por su objetivo en el momento actual de nuestra sociedad y de nuestra cultura. Y pensé si esto no respondía a la necesidad de ejercer resistencia frente a una cultura que avasalla y atropella en tantas direcciones.
¿Por qué Winnicott? Se preguntan sus autores, tal vez no haya una sola respuesta frente a ese interrogante. Pero entre éstas hay un elemento que deseo destacar porque para mi responde a la pregunta de porqué Winnicott. Me refiero a su enorme capacidad para cambiar, sin alarde, un punto de vista considerado como único hasta ese momento. Y producir así una pequeña desviación. Y como señalo el filósofo Morin “una desviación crea una tendencia y esa tendencia cambia el camino”. Y esa pequeña desviación que creó un nuevo camino, cambió el rumbo de muchas de las personas que tratamos de ayudar a otras y otros. Y ese cambio de punto de vista consistió en hacernos advertir que el sufrimiento tiene que ver con la pérdida de un impulso asociado estrechamente con una capacidad creativa. Capacidad que el individuo posee, pero que le es desconocida. Así como también descubrir la enorme importancia de la influencia ambiental en los primeros meses de la vida. Influencia que va a tener que ver con esa capacidad creativa.
Y esto implicó, como señalan los autores advertir que “descubrir y enfatizar las condiciones que favorecen el despliegue sano y creativo de un individuo tiene tanta importancia como destacar los factores que producen enfermedad o detención del desarrollo”.
¿Cómo hacer para leer este enunciado que guarda lo mejor del pensamiento de Winnicott sin hacer una lectura sesgada? Me refiero a lo siguiente: en este momento en que se difundieron tanto las ideas de Winnicott el peligro consiste en que su pensamiento tome una deriva preocupante promocionando la idea de “niño sano” como hace 40 años y aún hace menos tiempo se promocionaba la idea de “niño enfermo”. Ex profeso denomino a estas tendencias “promociones” porque circulan en nuestro medio y las compramos sin ejercer ninguna crítica. Hoy es un lugar común hablar del niño sano. Este es el título de muchos de los encuentros que se realizan alrededor de los niños. Y ésta, a mi juicio, es una deriva preocupante. Patologizar la infancia es tan complicado como superficializar nuestra mirada sobre el niño y su familia. Son dos modos de no querer saber nada con el sufrimiento sentido por un sujeto. Y tampoco querer saber -si se trata de un adolescente o un niño- en los modos en los que los adultos pueden estar implicados en ese sufrimiento.
Por esto me parece que es tan indicado el camino elegido de entrada por los autores, es decir la lectura que hacen marcando tanto la fuerza de los factores que llevan a la salud como la de aquellos que inclinan a la enfermedad o detención.
Seguramente la importancia acordada al factor ambiental es el que también los inclinó a recorrer en los primeros capítulos del libro el medio humano y geográfico en el que se desenvolvió la vida de Winnicott. Winnicott niño, adolescente, joven, hombre maduro, de edad. En ese recorrido con prudencia nos permiten conjeturar cuál puede haber sido la relación entre ciertas circunstancias familiares y su capacidad para desentrañar problemáticas visualizadas en los niños, como por ejemplo la del trabajo psíquico que se ven forzados a realizar alguno de ellos para aliviar la depresión de sus madres.
Como muchos años después va a decir Pontalis “nunca una formación es puramente intelectual” por eso mismo es interesante, tal como lo plantean los autores, conocer los acuerdos y conflictos que surgieron con otros pensadores a medida que desarrollaba su propia obra: me refiero a Klein, A.Freud, Bion, Ferenczi, al mismo Masud Khan.
Entrando ya en el desarrollo de las ideas de Winnicott que hacen los autores hay un rasgo que deseo remarcar: me refiero al enorme cuidado por el detalle que despliegan al tratar cada uno de los temas, siguiendo la mejor tradición freudiana y winnicottiana. Pienso que depende de este cuidado por el detalle tan conmovedor que hayan podido no transformar en slogan, es decir en un grito de guerra como los usados para hermanar a los miembros de una tribu, la exposición de sus ideas. El slogan suele denunciar el fracaso de una lucha establecida contra la banalización, el desgaste o el congelamiento que suelen sufrir los conceptos. Ese congelamiento deja de ser tal cuando, como señaló Merleau Ponty, “un espíritu vivo viene a despertarlo”. En este caso los autores encarnaron ese espíritu vivo capaz de producir experiencias de descongelamiento.
Ese modo de descongelamiento está presente a lo largo de todo este libro: en el modo de describir el bebe kleiniano y el winnicottiano; al referirse a los cuidados y funciones maternas, a los logros y las fallas de sostén, a la necesidad de experiencias de continuidad existencial y de ruptura, a la presentación de objetos, a la construcción del objeto subjetivo y el objeto transicional, al objeto transicional como mediador, como primer símbolo, como encarnación de una deuda; al manejo del cuerpo del bebé y la posibilidad de integración psicosomática, de tomar cuerpo o el alerta que supone la enfermedad psicosomática, la disociación, o la mentalización en cuanto a las fallas primeras de esa función. O a sus ideas acerca del verdadero y del falso self, de la capacidad de espontaneidad, o de reactividad, y qué las desencadena; a la tendencia antisocial y a las cualidades diferentes de angustia. Una mención especial deseo hacer sobre la descripción del “jugar” ligado tan profundamente a los descubrimientos winnicottianos. Allí revisan los autores y paso a paso el jugar: como posibilidad de compartir una ilusión, como navegar entre pautas no coercitivas, como posibilidad de crear algo diferente, como un hacer precario que puede ser inhibido cuando la competencia excede cierto umbral o cuando la sumisión a las reglas ocupa toda la mente, o cuando se desborda totalmente. Un jugar que no se pierde cuando se va la infancia, sino que se extiende a todas las edades de la vida. Que está presente tanto en las producciones de la cultura como en “las elecciones de palabras, inflexiones de voz, humor y espontaneidad” del adulto, como dicen los autores.
Para concluir deseo puntualizar que si este libro es especialmente bienvenido es porque entiendo que en una sociedad donde diferentes golpes de timón: políticos, económicos y sociales cambiaron y cambian bruscamente el rumbo de las personas, es la infancia y la adolescencia la franja de la población que experimenta las consecuencias negativas más duras. Ésta recibe los efectos de las transformaciones bruscas de la política, de las políticas cambiantes de los hospitales, de la inestabilidad que provoca esto en el trabajo de los profesionales, de la quita de sostén a familias que tanto lo necesitan. Todo esto hace que la escritura de un libro sobre un autor que nos ofreció tantos caminos nuevos para pensar cuestiones pueda ser recibido con los brazos abiertos.
Creo que a la pregunta “qué es ser un ser humano entre otros seres humanos” que el hombre tantas veces se ha hecho, tal vez Winnicott hubiera respondido que consiste fundamentalmente en “no ejercer coerción” sobre los otros. Esta es una característica de este libro que sin ejercer coerción nos acerca a un pensador que hechó luz sobre la cultura y sobre nuestro trabajo.
No olvidemos que coetáneo de dos guerras rechazó abierta y públicamente la noticia que empezó a circular, no bien terminada la segunda acerca de una institución para niños en las que estos iban a ser tratados mediante terapia de choque. Poco tiempo después enfrentó lo que bautizó como “la peor de las tendencias de la práctica médica”: la lobotomía en tanto esta supone una verdadera mutilación de la persona. Pienso, dice Winnicott “que no debería someterse a la gente a esta ordalía con la que incluso dá miedo soñar”… Con firmeza señaló que “presionados por el deseo de evitar la locura el manejo de esta ordalía técnica lleva a implantar a través de una mutilación lo lógico, lo consciente, lo planificable y por ende a dar un paso atrás en la civilización. Se pierde así el contacto con la integridad individual y con las ocultas profundidades de cada persona” .
Hoy todos conocemos otras ordalías técnicas y médicas que buscan suprimir lo que hay de más vivo en el ser humano: me refiero a la medicación innecesaria o sin medida, a la biologización imparable, a la promesa de cirugías salvadoras, al trato distante o a las formas automáticas de contacto con adultos y niños, a los cuestionarios interminables a los que muchos de ellos son sometidos, a la distancia que así se impone con el sufrimiento.
En medio de este clima, la posibilidad que tienen de acceder, personas principiantes y todos nosotros no tan principiantes, a este libro es de verdad encomiable.
Gracias a sus autores por haberlo escrito y a Eulogia, ilustradora muy especial. Supo transformar el pensamiento de los autores y el de Winnicott en dibujo. A veces acompañando su pensamiento, otras veces siguiéndolo, otras dando un paso más por encima de la letra por ejemplo cuando resalta algún aspecto de la madre en el que uno ve a lo sexual ganando terreno sobre lo maternal. Tiene además el valor de ubicar sus creaciones en ese espacio que media entre “lo serio”-- es decir el juego-- y lo que me gustaría llamar “lo irreverente”. A los tres gracias por este libro.