Espacio potencial: Santiago,
sabemos que usted ha escrito algunos libros de cuentos para
niños.
El lenguaje que usted emplea en ellos es profunda y bellamente
poético. Al leerlos, realmente nos impactó
el léxico tan variado y complejo y tan rico en expresiones.
Narraciones en las que abundan las metáforas y en
cuyas tramas argumentales hay una intensísima economía
emocional.
En fin, características todas que parecen estar fuera
del alcance y la comprensión de un niño. Pero
de pronto, lo que parece provocativo en su escritura "para
niños", nos ayudó a medir el prejuicio
que se tiene respecto de lo que los niños pueden
-o no- asimilar... Nos gustaría saber si va en este
estilo de escritura una convicción suya en lo que
hace a la literatura infantil, y -por otra parte- cómo
es que se despertó en usted el deseo de escribir
para niños...
Santiago Kodvaloff:
Bueno, es una pregunta excelente y se las agradezco,
porque, habitualmente las preguntas no suelen ser de quien
pregunta sino que se formulan "a través"
de quien pregunta. Cuando, como en este caso, la pregunta
involucra al sujeto que la formula convoca a contestar en
los mismos términos, usted está presente en
la pregunta y yo estaré presente en las respuestas.
Es esta intimidad la que les agradezco. Yendo ahora al asunto,
les diré que yo no traté jamás a mis
hijos como niños, tampoco como adultos, los traté
como a seres amados.
Esto significa que la experiencia del enamoramiento también
la viví con ellos. Lo distintivo de ese trato amoroso
era la experiencia poética, no concibo el trato amoroso
fuera de dicha experiencia. Y bueno, una xperiencia poética
es aquella en la que uno se siente especialmente convocado
por el milagro y el misterio de una presencia, y esto es
motivo de gratitud y de perplejidad. Yo siempre escribí
con gratitud, a veces para chicos y a veces para grandes,
pero siempre en respuesta a una presencia que me convocaba
amorosamente. Nunca escribí con rencor, no puedo
hacerlo de ese modo. Tampoco me propuse nunca escribir estrictamente
"para chicos". El deseo de escribir para ellos
surge de la misma fuerza de convocatoria que la que me impone
escribir un ensayo o una poesía. Se configura en
la modulación que me indica que es para chicos, pero
no me propongo escribir para chicos. De pronto es el habitar
ese nido de relación amorosa el que me propone un
asunto, y me lo propone en su registro tonal. Si fuéramos
músicos le daríamos cierta notación
especifica: en clave de sol, de fa, etc. Realmente no sabía
que quería escribir para chicos, creo que el episodio
determinante fue oir empezar a hablar a mi hija menor. Cuando
ella hizo ese pasaje al lenguaje articulado, cuando fui
testigo de cómo empezó a pronunciar las palabras
de la lengua castellana, creí ser testigo de un momento
milagroso, extraordinario. Ese momento en el cual uno termina
de inscribirse en la cultura por obra de la relación
personal con el lenguaje y con el idioma. En otro orden
de cosas, en el plano explícito, la primera demanda
de un cuento infantil me la hizo mi hija mayor. Cuando tenía
ocho años me dijo: "papá, vos sos un
escritor?". "Sí", dije. "Pero
vos -continuó ella- a mí no me escribiste
nunca nada". Entonces le dije, "bueno Valeria
-así se llama mi hija-, te propongo que yo puedo
escribir el cuento pero vos le podés hacer los dibujos".
Y empecé así a escribir un cuento que habría
de llamarse "Serafín el raro.". Era la
historia, justamente, de alguien que quería ser contado
y que no encontraba quien lo cuente. Bueno, yo realmente
no sabía hacia donde iba ese relato, pero aquella
sociedad con mi hija fue premonitoria...
E.P.:
Bueno, comentábamos antes de llegar, su cuento de
"Agustina y las cosas". En ese cuento la relación
establecida es la de la niña con su madre, es justamente
de la madre que Agustina recibe las palabras más
adecuadas para nombrar las cosas...
S.K.: Si, Agustina
remite a mi hija Julia que tiene casi 18 años, y
Serafín a Valeria... Hay un entramado muy difícil
de precisar para mí entre la biografía y la
literatura. Estoy convencido de que uno escribe siguiendo
un procedimiento muy similar al de Kafka, es decir, tratando
de escribir algo que lo excede. Generalmente, una experiencia
amorosa.
Uno trata de articular en el lenguaje una presencia desmedida.
Algo de ello puede lograrse... En cuanto al lugar que ocupa
la llamada "literatura infantil" en mí,
diré que tiene exactamente el mismo estatuto que
cualquier otro registro tonal. Uno advierte cuándo
lo convoca un cuarteto de cuerdas o una sinfonía,
qué tratamiento pide eso que está convocando
a la escritura. Si es un poema, si es un ensayo... Pero
también es cierto que jamás sentí como
antagónicos los distintos registros, nunca sentí
que un ensayo era ensayo porque no era poético.
O que un poema no fuera ensayo por no poseer un carácter
reflexivo. Me parece que el ideal es el mestizaje...
E.P.:
Cuando usted decía que no se proponía escribir
para los chicos, aunque tampoco para un adulto, pensábamos
que esos cuentos infantiles eran para situarse "entre
ellos", para que el niño interrogue a su padre
sobre el sentido de ciertos términos, para que el
padre hiciera un esfuerzo de trasmisión de ese sentido...
S.K: Es cierto, el lenguaje
que empleo en esos cuentos responde a una convicción,
no a una voluntad en el sentido programático, sí
a una convicción profunda. El amor a las palabras
no nace de la comprensión de su sentido sino de su
musicalidad. Por ejemplo, yo empecé a leer a Albert
Camus a los 15 años, no entendía el ochenta
por ciento de lo que decía, pero no podía
prescindir de su respiración. Me cautivaba. Aún
guardo las primeras ediciones de Borges, sus márgenes
están plagados de notas aclarando lo que quieren
decir algunas palabras del texto, pero oírlo era
una experiencia suficiente que me ataba amorosamente a su
escritura y me permitía reconocerlo como un gran
escritor. Creo que la cuestión de la cadencia es
fundamental, en este sentido, me parece que lo que lo sostiene
a un niño, en el campo de la legitimación
amorosa por parte de sus padres es el tono.
E.P:
Se nos ocurre pensar que, en su libro "El
silencio primordial", quizás haya que agregar
un capitulo dedicado al "silencio de los niños"
S.K: ¡Es que ya tengo
cuatro capítulos sugeridos! Pero lo notable es que
es legítima la propuesta. Es un libro imposible.
Se le puede dar comienzo pero no se le puede dar final.
Un amigo físico me sugirió "El silencio
en la física", las compañeras bailarinas
de mi hija, con cierto pudor, hicieron lo propio con el
silencio en la danza, también está el del
paisaje silencioso. El mayor mérito, quizás,
de "El silencio primordial" es el de sugerir nuevas
inclusiones. Pero digamos que el silencio de los niños
es lo más difícil de respetar por parte de
los adultos. He publicado un libro con lo que mis hijos
fueron diciendo a lo largo de la vida, se llama "La
vida es siempre más o menos". Es una frase de
mi hija menor, que resultó de la intrusión
mía en su silencio. Ella estaba muy callada en el
pasillo que lleva a su dormitorio, con cuatro años,
sentadita. Estaba muy concentrada, y equivoqué el
camino preguntándole qué le pasaba... Me dijo
entonces que estaba triste, de modo que pude recuperar en
ese momento, más o menos, alguna seriedad y le pregunté
qué era lo que la entristecía, y me dijo que
la entristecía la vida porque la vida era siempre
más o menos... En fin, yo le dije que así
era, que la vida era siempre más o menos. Y recuerdo
el silencio que hizo en aquel momento, como si buscara en
mí una posibilidad de trascender a esa peculiaridad,
la posibilidad de resolverla en un mejor desenlace. Yo,
implemente, abrí los brazos y le di un beso, y ella
se dejó besar. Ya su mirada no era la de un niño
sino de un ser humano... Después está la otra
dimensión del silencio infantil, que corresponde
a que en la infancia se encuentra el más alto nivel
de comprensión del misterio humano. Estoy convencido
de que, una vez que el niño ingresa al lenguaje,
desarrolla entre los tres años y los nueve años
una comprensión radical de lo que es
metafísicamente relevante. Luego puede habitarlo
o no, con más o menos constancia, y más o
menos prosperidad intelectual, pero en ese periodo lo comprende.
Comprende el tema de la muerte, del cambio y por lo tanto,
el enigma de la identidad, se da cuenta de que ser hombre
o mujer no es una elección sino un destino. Que uno
esta inscripto en un cuerpo, no elegido pero propio al mismo
tiempo, y en esa conjunción entre lo propio y lo
no elegido se da el discernimiento del propio misterio en
tanto una presencia inscripta
en un sexo determinado. Creo que comprenden también
que los adultos no saben nada, y comprenden, por supuesto,
el lugar que ellos están llamados a desempeñar
en la construcción de nuestro sentido de vida. Siempre
me preguntan, " usted seguramente influyó mucho
en la vida de sus hijos para que leyeran y fueran los tres
artistas"-la menor posiblemente se dedique al cine,
la del medio es bailarina, el mayor es músico-, y
lo cierto es que yo no les pedí nunca que leyeran,
ocurre que ellos veían leer. Veían leer como
veían comer
con cubiertos, y entonces tomaron los cubiertos...
EP: Leímos una
entrevista donde usted hablaba sobre el contacto que tuvo
con la filosofía a través de un juego con
los soldaditos, o mejor dicho, de la inesperada imposibilidad,
cierto día, de poder jugar con ellos. Contaba que
cuando era chico, un día, dispuso los soldaditos
para el juego pero no pudo iniciarlo, no podía, entonces,
se quedo preguntándose que hacer en la vida
SK: Yo escribí un
solo libro de cuentos convencionalmente para adultos que
editó Torres Agüero hace veinte años.
En ese libro cuento la historia de un chico que de pronto
ya no puede jugar más con sus soldados, porque los
soldados han pasado a ser de plomo, de pronto estaban desanimados.
Recuerdo haber vivido esa experiencia en Córdoba,
donde hice el último intento de jugar con mis soldados,
tenía trece años y no me resignaba, pero ya
no pude jugar más con ellos. Aún guardo los
soldados. Pero cuando me puse de pie aquel día, en
el jardín de la casa donde vivíamos, realmente
el mundo era ancho y ajeno. Yo creo que mi vocación
de escritor nació ese día. Yo seguí
jugando a través de las palabras y a los sesenta
años sigo jugando. Creo que en la vocación
hay na tenacidad infantil por no morir.
EP:
Octavio Paz comentaba en su libro "Convergencias"
que dejó de ser niño ("tuve que aceptar
lo inaceptable, fui adulto") cuando el tiempo y el
espacio no eran el inmediato de su patio, de su biblioteca.
Había gente en otros lados remotos, haciendo cosas.
El espacio tiempo se había fragmentado...
S.K.: Tocamos un tema interesante,
a mí me parece que esa experiencia de inconmensurabilidad
se adueña de uno cuando no puede sostenerse en una
relación apasionada con algo. Sin embargo, esa caída
abrupta en el vacío, en una vocación es recogida,
no desaparece. La vocación logra que uno escape a
la impotencia, al anonadamiento que produce el no saber
que hacer. Una buena vocación recoge esa experiencia
de vacío, de lo imponderable, y la incorpora a su
propio despliegue, porque una obra es persuasiva en la medida
en que la elocuencia está al servicio de la impotencia
y no al revés. Si de veras es capaz de llevar a la
palabra lo enigmático, lo que no puede ser doblegado
por la enunciación, en la medida en que uno puede
hacerle lugar a lo que no se puede decir, se puede hablar.
E.P.:¿Santiago,
usted también tenía libros a su alcance en
la infancia?
S.K.: Si... Cuando nació
mi hijo mayor, en el año '68, mi padre me regaló
el diario que él llevaba sobre la infancia mía
y de mi hermano. Un cuaderno de hule, de hojas cuadriculadas,
de esos en los que se asientan alances. En sus páginas
él hacia anotaciones relacionadas con nuestro crecimiento.
Mi hermano es apenas un año menor que yo. Ese diario
fue un obsequio lleno de sabiduría, mi padre nunca
me lo dio antes de esa fecha y lo que él implicaba
con este regalo era excelente. Me delegaba la tarea de seguir
celebrando el surgimiento de la vida, y yo aprendí
a ocupar, entonces, el lugar del padre. Y había muchos
libros... Mi padre y mi madre, que aún viven, son
papás...todavía son muy papás... Eran
muy severos en todo lo que hacía a las compras de
ropas, objetos, pero con los libros no había limites.
Mi padre gastó fortunas en libros para nosotros,
tiene 91 años, y hasta los 85 años me compraba
libros. Yo le pedía y él me compraba, era
extraordinario. Había muchos libros en mi casa de
infancia. Hay una fuerte tradición hebrea que hace
de los libros el regalo por excelencia, y eso era muy fuerte
en mi familia. Todo podía discutirse en términos
de adquirir o no adquirir, de comprar mas o comprar menos,
pero un libro no se discutía.
E.P.:
¿Su padre era muy lector también?
S.K.: Sí. Él
era contador publico, dedicado a temas económicos,
pero de gran sensibilidad literaria. Le encantaba leer,
y yo encontré en casa una biblioteca muy interesante,
abundante.
Además un hermano mayor de papá, ya fallecido,
era un hombre aficionado a la literatura como escritor,
un hombre con gran formación histórica, en
cuyas manos me puso mi padre cuando yo empecé a dar
síntomas de la enfermedad... Este hombre me autorizó
a escribir, me estimuló. Si, papá sí...mamá
no, nunca fue demasiado lectora. Fue una artesana excepcional,
una repostera muy refinada, muy dúctil con las manos,
recuerdo que
hasta nos hacía los juguetes...
E.P.:
¿Y luego se mudaron a Brasil?
S.K.: Así es, mi
familia paterna se fue al Brasil en el año '57, por
un traslado laboral. Fuimos desde el sur de Córdoba
a San Pablo. Y allí me eduqué, nos educamos
con mi hermano en un colegio extraordinario, la Dante, una
experiencia mucho más decisiva que la universitaria.
La experiencia brasileña fue fundamental. Yo entendí
que hablaba en castellano en Brasil. Fui aprendiendo el
portugués para vivir, distinto a cuando se aprende
un idioma por estudio. El italiano y el portugués
eran idiomas en los que yo ocurría. Era la vida cotidiana
lo que se jugaba en esos dos idiomas... El haberlos aprendido,
la experiencia de desdoblamiento de registro que implica
hablar en otro idioma, fue una experiencia iluminadora.
Además son dos idiomas que amo mucho, me gustan mucho,
por que de veras me sucedieron, mis amigos eran italianos,
brasileños. El castellano lo tuve estropeado los
últimos años de vida en Brasil, pero yo quería
escribir en castellano, y decidí regresar aquí,
además extrañaba Bs. As.
E.P.:
Santiago, tomando en cuenta esa comunión con el idioma
portugués, ¿cómo fue la experiencia
de traducir "El libro del desasosiego"?
S.K.: Fue una experiencia
extenuante... extraordinaria pero extenuante. Traduje a
mano -yo escribo a mano, para mí la experiencia de
escritura es manual-. "El libro del desasosiego"
fue traducido palabra por palabra. Escribí 1600 paginas,
me enferme después. Tuve un colapso en abril del
año 2000. Un colapso emocional que consistió
en que me desmayé de repente dando clases, caí
fulminado. Me internaron en terapia intensiva, pensándose
que podía tratarse de un derrame cerebral o un ataque
cardíaco. No tenía nada, al cabo de unos días
estaba en el living de mi casa. Sobreestimé mis fuerzas
comprometiéndome a traducirlo en un año, debí
haber pedido dos. Fue desmedido. Lo extenuante de traducir
a Pessoa lo comprendí a partir de un sueño
que tuve con él. El se me aparecía, tal como
aparece en la tapa del libro, y se detenía ante mí.
Media 1,70, era un hombre mas bien bajo, y sentía
como si lo hubiera conocido, delgado y serio me decía
en ese sueño: ¿qué vas a hacer de mí?
Cuando desperté estaba muy emocionado, me preguntaba
si mi idioma estaría a la altura del de él,
si tendría yo un castellano en el que él pudiera
florecer. En fin, me preguntaba si sabía yo donde
me había metido... Y creo que solo pude controlar
el temor que me inspiraban esas preguntas escribiendo a
mano, y siguiéndolo en el campo de mi propia escritura,
brindándole lo que a mí mismo me daba, diciéndole:
"no tengo mas que esto, pero te lo doy". La traducción
del Libro del desasosiego es la mejor que yo podía
haber hecho, no se trata de si es buena o es mala, hasta
ahí di, no le retaceé un centímetro
de mi vida, nada, nada...Viví para traducir ese libro,
suspendí todo lo que estaba haciendo en términos
de creación personal, me concentré en esa
creación personal, que era ser el intérprete
de Fernando Pessoa. Me había preparado quizás
toda la vida para hacer eso. Pessoa es para mi más
real que mi vecino del quinto piso. Es mi maestro, es uno
de mis maestros. Con él yo me di cuenta que era un
escritor, con él y con Rilke. A los cincuenta años,
me sentía maduro para emprender su traducción,
ya había traducido algunos de sus poemas, de hecho
ahora estoy trabajando en la traducción de su obra
poética. Además había pasado por otras
experiencias de traducción interesantes para mí,
por ejemplo, Gimaraes Rosa, un desafío notable para
un traductor, pues había que poner
en juego el conocimiento de la lengua, el buen humor, la
ductilidad para entender sus neologismos, el portugués
del siglo XVII al que él recurría incesantemente...Entonces,
cuando llegó el momento de encontrarme con "El
libro del desasosiego", yo me pude entregar a ese encuentro.
Si no uno ejerce meramente el conocimiento de una lengua,
sin embargo, uno debe constituirse con lo que traduce. Debe
oír entrañablemente a la palabra que traduce
y preguntarse qué destino posible podría correr
en el propio instrumento. Un libro es una partitura, hay
que ejecutar una traducción. Es decir que la traducción
es un doble ejercicio, de lectura de la partitura y de reconfiguración
de la propia subjetividad en función de esa partitura.
Uno es un ejecutante como traductor.
E.P.:
Algo así como lo que proponía Mallarmé,
"pintar no la cosa sino el efecto que produce..."
S.K.: Eso es, lo creo profundamente...
Cuando imprimí "Los ensayos de la intimidad",
un libro inédito, yo planteaba que el ensayo es el
registro temperamental que uno hace de un problema, eso
hace que el discurso propio sea en verdad una interpretación.
Toda la labor literaria, desde lo que pueda significar escribir
un texto propio hasta traducir a otro, un artículo,
una conferencia, que es esencialmente ejecución oral
de un nunciado literario, son inscripciones en la labor
interpretativa. El hombre, me parece, es un ser que quiere
ser musical, no ser, sino significar. Uno sostiene la existencia
por obra de lo que puede llegar a significar para la mirada
del otro. La mirada del otro nos autoriza, nos convalida,
nos infunde realidad . Entonces, si el hombre es undamentalmente
un ser significativo respira interpretación, provee
interpretación con su propia mirada en el otro, se
articula como un significante. Ser significativo es incidir
de algún modo en la vida del prójimo como
para que podamos cobrar realidad.
EP:
Como los soldaditos de plomo que se desaniman, porque interpretar
también es eso, que el lenguaje se conserve vivo,
porque si no las palabras son como los soldaditos de plomo,
ya no se puede jugar con ellas...
SK.: Yo creo que esa es
la responsabilidad fundamental de un escritor, es infundir
a las palabras la vida. No se hace la luz porque Dios quiso
que se haga la luz, se hace la luz por el modo con que Dios
dijo que se haga la luz. En consecuencia, cuando debatimos
en torno a si mediante la palabra creamos mundo, no cabe
ninguna duda que la respuesta es si, las palabras le infunden
significación a lo que ya existe, entonces no se
trata de dar vida a lo que aún no existe, sino de
infundirle presencia a lo que sólo existía
hasta allí. Y de eso se trata, de estar presente.
Y vivimos en una época en que la presencia tiende
a ser reemplazada por la imagen, por eso creo que la función
de un escritor es restituirle presencia a las palabras y
a quienes las leen invitarlos a compartir la hospitalidad
que en términos de presencia brindan las palabras.
EP:
Pero ¿cómo se hace para transmitir
la cadencia -que Ud. decía que es la parte mas viva
de la palabra- por medio de la escritura?
SK.: Un escritor puede darse
cuenta cuándo la musicalidad que busca está
ausente, pero difícilmente pueda explicar como logra
encontrarla. Acá tocamos un punto muy clave, que
tiene que ver con la relación amorosa, todos sabemos
si hemos tenido un mínimo de fortuna, que de pronto,
la mirada del otro, nos acoge como un ser amado. De pronto
alguien nos dice algo muy hermoso, y nosotros no sabemos
por qué en ese instante senos ha dicho eso, de pronto
alguien significaba intensamente algo para otro sin que
se lo haya propuesto, y esto se debe, me parece a mí,
al modo como uno logra dejar ceder armónicamente.
Esa armonía tiene realidad en el otro, en la mirada
del otro. Es una armonía recogida por la mirada del
otro. A mí me parece que la composición literaria
es saber infundirle a las palabras una entonación,
es algo más fácil de advertir por el escritor
cuando está ausente que cuando tiene que explicar
como lo logró. Borges dice así: "cada
vez que encuentro en lo que escribo un error, es inconfundiblemente
mío, cuando en lo que escribo reconozco un acierto
no puedo explicar como yo lo logré". Estamos
tocando un punto medular, es decir, filosóficamente
medular, en lo que hace a la filosofía del arte,
que es el que tiene que ver con el autodiscernimiento del
propio talento. Es muy difícil discernirse como alguien
que está dotado de una virtud. Se la puede ejercer
de pronto, y lo más probable es que no lo pueda hacer
con la plenitud que quisiera, pero la belleza no pertenece
en el sentido estricto, a un producto más, es un
acontecimiento que atañe a alguien pero no en términos
de producción. No se tiene la "maitrisse de
la langue", no se lo posee como un saber conciente.
Cuando Federico García Lorca, hace de esto
muchos años, fue invitado a hablar en un homenaje
a Quevedo, sobre la poesía, dijo esto: " Pero
¿qué voy a decir yo de la poesía, que
puedo decir yo de este mar, de este cielo, de estas nubes?
Mirarla, mirarles, mirarlo... ¿Qué más
puedo decir? Ahora bien, si me preguntáis si sé
trabajar con el fuego, pues os diré que sé
trabajar con él perfectamente." Es decir que
se trata del dominio de la materia que permite la articulación
tonal del lenguaje, pero resulta muy difícil decir
cómo se llega a eso. El camino pasa por advertir
cuales son los rumbos que no se deben seguir, uno se da
cuenta seguramente de lo que es un tono impostado, de lo
que es un recurso inauténtico, de lo que es una sobrepresentificación
del recurso verbal, lo reconoce y dice: esto no, esto no
es mío.. De pronto la propia respiración es
lo que va dictando a uno el propio modo de proyección.
Y luego está la cortesía, la cortesía
es la hospitalidad que uno le brinda allector en su escritura,
no por obra de una amabilidad externa, sino cuando el estilo
se estructura como un acto hospitalario. Acogiendo al otro
en su enunciación. Si no lo hace, posiblemente prepondere
en la construcción de su estilo un rasgo parcial
de enojo, la convicción, la euforia, la hipocresía,
el cinismo, el júbilo. Pero ser acogedor, es decir,
hacerle espacio al otro, es un recurso que permite administrar
la propia expresión...
E.P.:
Camino difícil, ya que si las cosas van bien en ese
trayecto de búsqueda expresiva, se tiene una suerte
de sorpresa y desconcierto de uno mismo..
S.K.: ...y una alegría
extraordinaria, que es la que anunciaba Elliot, y es la
de desconocerse en la propia escritura. Cuando un texto
sale bien, esta lleno de gratitud, porque uno ha podido
mas que uno. . .