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Sobremesa con Santiago Kovadloff

por Ana Clara Benveniste


En un ambiente cálido y luminoso, la voz pausada de Santiago Kovadloff crea un clima fuera del espacio-tiempo cotidiano.

El valor de la palabra, el encuentro amoroso de la mirada, el silencio,
ocupan el lugar de lo sagrado.


Espacio potencial:
Santiago, sabemos que usted ha escrito algunos libros de cuentos para niños.
El lenguaje que usted emplea en ellos es profunda y bellamente poético. Al leerlos, realmente nos impactó el léxico tan variado y complejo y tan rico en expresiones. Narraciones en las que abundan las metáforas y en cuyas tramas argumentales hay una intensísima economía emocional.
En fin, características todas que parecen estar fuera del alcance y la comprensión de un niño. Pero de pronto, lo que parece provocativo en su escritura "para niños", nos ayudó a medir el prejuicio que se tiene respecto de lo que los niños pueden -o no- asimilar... Nos gustaría saber si va en este estilo de escritura una convicción suya en lo que hace a la literatura infantil, y -por otra parte- cómo es que se despertó en usted el deseo de escribir para niños...
Santiago Kodvaloff: Bueno, es una pregunta excelente y se las agradezco, porque, habitualmente las preguntas no suelen ser de quien pregunta sino que se formulan "a través" de quien pregunta. Cuando, como en este caso, la pregunta involucra al sujeto que la formula convoca a contestar en los mismos términos, usted está presente en la pregunta y yo estaré presente en las respuestas. Es esta intimidad la que les agradezco. Yendo ahora al asunto, les diré que yo no traté jamás a mis hijos como niños, tampoco como adultos, los traté como a seres amados.
Esto significa que la experiencia del enamoramiento también la viví con ellos. Lo distintivo de ese trato amoroso era la experiencia poética, no concibo el trato amoroso fuera de dicha experiencia. Y bueno, una xperiencia poética es aquella en la que uno se siente especialmente convocado por el milagro y el misterio de una presencia, y esto es motivo de gratitud y de perplejidad. Yo siempre escribí con gratitud, a veces para chicos y a veces para grandes, pero siempre en respuesta a una presencia que me convocaba amorosamente. Nunca escribí con rencor, no puedo hacerlo de ese modo. Tampoco me propuse nunca escribir estrictamente
"para chicos". El deseo de escribir para ellos surge de la misma fuerza de convocatoria que la que me impone escribir un ensayo o una poesía. Se configura en la modulación que me indica que es para chicos, pero no me propongo escribir para chicos. De pronto es el habitar ese nido de relación amorosa el que me propone un asunto, y me lo propone en su registro tonal. Si fuéramos músicos le daríamos cierta notación especifica: en clave de sol, de fa, etc. Realmente no sabía que quería escribir para chicos, creo que el episodio determinante fue oir empezar a hablar a mi hija menor. Cuando ella hizo ese pasaje al lenguaje articulado, cuando fui testigo de cómo empezó a pronunciar las palabras de la lengua castellana, creí ser testigo de un momento milagroso, extraordinario. Ese momento en el cual uno termina de inscribirse en la cultura por obra de la relación personal con el lenguaje y con el idioma. En otro orden de cosas, en el plano explícito, la primera demanda de un cuento infantil me la hizo mi hija mayor. Cuando tenía ocho años me dijo: "papá, vos sos un escritor?". "Sí", dije. "Pero vos -continuó ella- a mí no me escribiste nunca nada". Entonces le dije, "bueno Valeria -así se llama mi hija-, te propongo que yo puedo escribir el cuento pero vos le podés hacer los dibujos". Y empecé así a escribir un cuento que habría de llamarse "Serafín el raro.". Era la historia, justamente, de alguien que quería ser contado y que no encontraba quien lo cuente. Bueno, yo realmente no sabía hacia donde iba ese relato, pero aquella sociedad con mi hija fue premonitoria...

E.P.: Bueno, comentábamos antes de llegar, su cuento de "Agustina y las cosas". En ese cuento la relación establecida es la de la niña con su madre, es justamente de la madre que Agustina recibe las palabras más adecuadas para nombrar las cosas...
S.K.: Si, Agustina remite a mi hija Julia que tiene casi 18 años, y Serafín a Valeria... Hay un entramado muy difícil de precisar para mí entre la biografía y la literatura. Estoy convencido de que uno escribe siguiendo un procedimiento muy similar al de Kafka, es decir, tratando de escribir algo que lo excede. Generalmente, una experiencia amorosa.
Uno trata de articular en el lenguaje una presencia desmedida. Algo de ello puede lograrse... En cuanto al lugar que ocupa la llamada "literatura infantil" en mí, diré que tiene exactamente el mismo estatuto que cualquier otro registro tonal. Uno advierte cuándo lo convoca un cuarteto de cuerdas o una sinfonía, qué tratamiento pide eso que está convocando a la escritura. Si es un poema, si es un ensayo... Pero también es cierto que jamás sentí como antagónicos los distintos registros, nunca sentí que un ensayo era ensayo porque no era poético.
O que un poema no fuera ensayo por no poseer un carácter reflexivo. Me parece que el ideal es el mestizaje...

E.P.: Cuando usted decía que no se proponía escribir para los chicos, aunque tampoco para un adulto, pensábamos que esos cuentos infantiles eran para situarse "entre ellos", para que el niño interrogue a su padre sobre el sentido de ciertos términos, para que el padre hiciera un esfuerzo de trasmisión de ese sentido...
S.K: Es cierto, el lenguaje que empleo en esos cuentos responde a una convicción, no a una voluntad en el sentido programático, sí a una convicción profunda. El amor a las palabras no nace de la comprensión de su sentido sino de su musicalidad. Por ejemplo, yo empecé a leer a Albert Camus a los 15 años, no entendía el ochenta por ciento de lo que decía, pero no podía prescindir de su respiración. Me cautivaba. Aún guardo las primeras ediciones de Borges, sus márgenes están plagados de notas aclarando lo que quieren decir algunas palabras del texto, pero oírlo era una experiencia suficiente que me ataba amorosamente a su escritura y me permitía reconocerlo como un gran escritor. Creo que la cuestión de la cadencia es fundamental, en este sentido, me parece que lo que lo sostiene a un niño, en el campo de la legitimación amorosa por parte de sus padres es el tono.

E.P: Se nos ocurre pensar que, en su libro "El silencio primordial", quizás haya que agregar un capitulo dedicado al "silencio de los niños"
S.K: ¡Es que ya tengo cuatro capítulos sugeridos! Pero lo notable es que es legítima la propuesta. Es un libro imposible. Se le puede dar comienzo pero no se le puede dar final. Un amigo físico me sugirió "El silencio en la física", las compañeras bailarinas de mi hija, con cierto pudor, hicieron lo propio con el silencio en la danza, también está el del paisaje silencioso. El mayor mérito, quizás, de "El silencio primordial" es el de sugerir nuevas inclusiones. Pero digamos que el silencio de los niños es lo más difícil de respetar por parte de los adultos. He publicado un libro con lo que mis hijos fueron diciendo a lo largo de la vida, se llama "La vida es siempre más o menos". Es una frase de mi hija menor, que resultó de la intrusión mía en su silencio. Ella estaba muy callada en el pasillo que lleva a su dormitorio, con cuatro años, sentadita. Estaba muy concentrada, y equivoqué el camino preguntándole qué le pasaba... Me dijo entonces que estaba triste, de modo que pude recuperar en ese momento, más o menos, alguna seriedad y le pregunté qué era lo que la entristecía, y me dijo que la entristecía la vida porque la vida era siempre más o menos... En fin, yo le dije que así era, que la vida era siempre más o menos. Y recuerdo el silencio que hizo en aquel momento, como si buscara en mí una posibilidad de trascender a esa peculiaridad, la posibilidad de resolverla en un mejor desenlace. Yo, implemente, abrí los brazos y le di un beso, y ella se dejó besar. Ya su mirada no era la de un niño sino de un ser humano... Después está la otra dimensión del silencio infantil, que corresponde a que en la infancia se encuentra el más alto nivel de comprensión del misterio humano. Estoy convencido de que, una vez que el niño ingresa al lenguaje, desarrolla entre los tres años y los nueve años una comprensión radical de lo que es
metafísicamente relevante. Luego puede habitarlo o no, con más o menos constancia, y más o menos prosperidad intelectual, pero en ese periodo lo comprende. Comprende el tema de la muerte, del cambio y por lo tanto, el enigma de la identidad, se da cuenta de que ser hombre o mujer no es una elección sino un destino. Que uno esta inscripto en un cuerpo, no elegido pero propio al mismo tiempo, y en esa conjunción entre lo propio y lo no elegido se da el discernimiento del propio misterio en tanto una presencia inscripta
en un sexo determinado. Creo que comprenden también que los adultos no saben nada, y comprenden, por supuesto, el lugar que ellos están llamados a desempeñar en la construcción de nuestro sentido de vida. Siempre me preguntan, " usted seguramente influyó mucho en la vida de sus hijos para que leyeran y fueran los tres artistas"-la menor posiblemente se dedique al cine, la del medio es bailarina, el mayor es músico-, y lo cierto es que yo no les pedí nunca que leyeran, ocurre que ellos veían leer. Veían leer como veían comer
con cubiertos, y entonces tomaron los cubiertos...

EP: Leímos una entrevista donde usted hablaba sobre el contacto que tuvo con la filosofía a través de un juego con los soldaditos, o mejor dicho, de la inesperada imposibilidad, cierto día, de poder jugar con ellos. Contaba que cuando era chico, un día, dispuso los soldaditos para el juego pero no pudo iniciarlo, no podía, entonces, se quedo preguntándose que hacer en la vida
SK: Yo escribí un solo libro de cuentos convencionalmente para adultos que editó Torres Agüero hace veinte años. En ese libro cuento la historia de un chico que de pronto ya no puede jugar más con sus soldados, porque los soldados han pasado a ser de plomo, de pronto estaban desanimados. Recuerdo haber vivido esa experiencia en Córdoba, donde hice el último intento de jugar con mis soldados, tenía trece años y no me resignaba, pero ya no pude jugar más con ellos. Aún guardo los soldados. Pero cuando me puse de pie aquel día, en el jardín de la casa donde vivíamos, realmente el mundo era ancho y ajeno. Yo creo que mi vocación de escritor nació ese día. Yo seguí jugando a través de las palabras y a los sesenta años sigo jugando. Creo que en la vocación hay na tenacidad infantil por no morir.

EP: Octavio Paz comentaba en su libro "Convergencias" que dejó de ser niño ("tuve que aceptar lo inaceptable, fui adulto") cuando el tiempo y el espacio no eran el inmediato de su patio, de su biblioteca. Había gente en otros lados remotos, haciendo cosas. El espacio tiempo se había fragmentado...
S.K.: Tocamos un tema interesante, a mí me parece que esa experiencia de inconmensurabilidad se adueña de uno cuando no puede sostenerse en una relación apasionada con algo. Sin embargo, esa caída abrupta en el vacío, en una vocación es recogida, no desaparece. La vocación logra que uno escape a la impotencia, al anonadamiento que produce el no saber que hacer. Una buena vocación recoge esa experiencia de vacío, de lo imponderable, y la incorpora a su propio despliegue, porque una obra es persuasiva en la medida en que la elocuencia está al servicio de la impotencia y no al revés. Si de veras es capaz de llevar a la palabra lo enigmático, lo que no puede ser doblegado por la enunciación, en la medida en que uno puede hacerle lugar a lo que no se puede decir, se puede hablar.

E.P.:¿Santiago, usted también tenía libros a su alcance en la infancia?
S.K.: Si... Cuando nació mi hijo mayor, en el año '68, mi padre me regaló el diario que él llevaba sobre la infancia mía y de mi hermano. Un cuaderno de hule, de hojas cuadriculadas, de esos en los que se asientan alances. En sus páginas él hacia anotaciones relacionadas con nuestro crecimiento. Mi hermano es apenas un año menor que yo. Ese diario fue un obsequio lleno de sabiduría, mi padre nunca me lo dio antes de esa fecha y lo que él implicaba con este regalo era excelente. Me delegaba la tarea de seguir celebrando el surgimiento de la vida, y yo aprendí a ocupar, entonces, el lugar del padre. Y había muchos libros... Mi padre y mi madre, que aún viven, son papás...todavía son muy papás... Eran muy severos en todo lo que hacía a las compras de ropas, objetos, pero con los libros no había limites. Mi padre gastó fortunas en libros para nosotros, tiene 91 años, y hasta los 85 años me compraba libros. Yo le pedía y él me compraba, era extraordinario. Había muchos libros en mi casa de infancia. Hay una fuerte tradición hebrea que hace de los libros el regalo por excelencia, y eso era muy fuerte en mi familia. Todo podía discutirse en términos de adquirir o no adquirir, de comprar mas o comprar menos, pero un libro no se discutía.

E.P.: ¿Su padre era muy lector también?
S.K.: Sí. Él era contador publico, dedicado a temas económicos, pero de gran sensibilidad literaria. Le encantaba leer, y yo encontré en casa una biblioteca muy interesante, abundante.
Además un hermano mayor de papá, ya fallecido, era un hombre aficionado a la literatura como escritor, un hombre con gran formación histórica, en cuyas manos me puso mi padre cuando yo empecé a dar síntomas de la enfermedad... Este hombre me autorizó a escribir, me estimuló. Si, papá sí...mamá no, nunca fue demasiado lectora. Fue una artesana excepcional, una repostera muy refinada, muy dúctil con las manos, recuerdo que
hasta nos hacía los juguetes...

E.P.: ¿Y luego se mudaron a Brasil?
S.K.: Así es, mi familia paterna se fue al Brasil en el año '57, por un traslado laboral. Fuimos desde el sur de Córdoba a San Pablo. Y allí me eduqué, nos educamos con mi hermano en un colegio extraordinario, la Dante, una experiencia mucho más decisiva que la universitaria. La experiencia brasileña fue fundamental. Yo entendí que hablaba en castellano en Brasil. Fui aprendiendo el portugués para vivir, distinto a cuando se aprende un idioma por estudio. El italiano y el portugués eran idiomas en los que yo ocurría. Era la vida cotidiana lo que se jugaba en esos dos idiomas... El haberlos aprendido, la experiencia de desdoblamiento de registro que implica hablar en otro idioma, fue una experiencia iluminadora. Además son dos idiomas que amo mucho, me gustan mucho, por que de veras me sucedieron, mis amigos eran italianos, brasileños. El castellano lo tuve estropeado los últimos años de vida en Brasil, pero yo quería escribir en castellano, y decidí regresar aquí, además extrañaba Bs. As.

E.P.: Santiago, tomando en cuenta esa comunión con el idioma portugués, ¿cómo fue la experiencia de traducir "El libro del desasosiego"?
S.K.: Fue una experiencia extenuante... extraordinaria pero extenuante. Traduje a mano -yo escribo a mano, para mí la experiencia de escritura es manual-. "El libro del desasosiego" fue traducido palabra por palabra. Escribí 1600 paginas, me enferme después. Tuve un colapso en abril del año 2000. Un colapso emocional que consistió en que me desmayé de repente dando clases, caí fulminado. Me internaron en terapia intensiva, pensándose que podía tratarse de un derrame cerebral o un ataque cardíaco. No tenía nada, al cabo de unos días estaba en el living de mi casa. Sobreestimé mis fuerzas comprometiéndome a traducirlo en un año, debí haber pedido dos. Fue desmedido. Lo extenuante de traducir a Pessoa lo comprendí a partir de un sueño que tuve con él. El se me aparecía, tal como aparece en la tapa del libro, y se detenía ante mí. Media 1,70, era un hombre mas bien bajo, y sentía como si lo hubiera conocido, delgado y serio me decía en ese sueño: ¿qué vas a hacer de mí? Cuando desperté estaba muy emocionado, me preguntaba si mi idioma estaría a la altura del de él, si tendría yo un castellano en el que él pudiera florecer. En fin, me preguntaba si sabía yo donde me había metido... Y creo que solo pude controlar el temor que me inspiraban esas preguntas escribiendo a mano, y siguiéndolo en el campo de mi propia escritura, brindándole lo que a mí mismo me daba, diciéndole: "no tengo mas que esto, pero te lo doy". La traducción del Libro del desasosiego es la mejor que yo podía haber hecho, no se trata de si es buena o es mala, hasta ahí di, no le retaceé un centímetro de mi vida, nada, nada...Viví para traducir ese libro, suspendí todo lo que estaba haciendo en términos de creación personal, me concentré en esa creación personal, que era ser el intérprete de Fernando Pessoa. Me había preparado quizás toda la vida para hacer eso. Pessoa es para mi más real que mi vecino del quinto piso. Es mi maestro, es uno de mis maestros. Con él yo me di cuenta que era un escritor, con él y con Rilke. A los cincuenta años, me sentía maduro para emprender su traducción, ya había traducido algunos de sus poemas, de hecho ahora estoy trabajando en la traducción de su obra poética. Además había pasado por otras experiencias de traducción interesantes para mí, por ejemplo, Gimaraes Rosa, un desafío notable para un traductor, pues había que poner
en juego el conocimiento de la lengua, el buen humor, la ductilidad para entender sus neologismos, el portugués del siglo XVII al que él recurría incesantemente...Entonces, cuando llegó el momento de encontrarme con "El libro del desasosiego", yo me pude entregar a ese encuentro. Si no uno ejerce meramente el conocimiento de una lengua, sin embargo, uno debe constituirse con lo que traduce. Debe oír entrañablemente a la palabra que traduce y preguntarse qué destino posible podría correr en el propio instrumento. Un libro es una partitura, hay que ejecutar una traducción. Es decir que la traducción es un doble ejercicio, de lectura de la partitura y de reconfiguración de la propia subjetividad en función de esa partitura. Uno es un ejecutante como traductor.

E.P.: Algo así como lo que proponía Mallarmé, "pintar no la cosa sino el efecto que produce..."
S.K.: Eso es, lo creo profundamente... Cuando imprimí "Los ensayos de la intimidad", un libro inédito, yo planteaba que el ensayo es el registro temperamental que uno hace de un problema, eso hace que el discurso propio sea en verdad una interpretación. Toda la labor literaria, desde lo que pueda significar escribir un texto propio hasta traducir a otro, un artículo, una conferencia, que es esencialmente ejecución oral de un nunciado literario, son inscripciones en la labor interpretativa. El hombre, me parece, es un ser que quiere ser musical, no ser, sino significar. Uno sostiene la existencia por obra de lo que puede llegar a significar para la mirada del otro. La mirada del otro nos autoriza, nos convalida, nos infunde realidad . Entonces, si el hombre es undamentalmente un ser significativo respira interpretación, provee interpretación con su propia mirada en el otro, se articula como un significante. Ser significativo es incidir de algún modo en la vida del prójimo como para que podamos cobrar realidad.

EP: Como los soldaditos de plomo que se desaniman, porque interpretar también es eso, que el lenguaje se conserve vivo, porque si no las palabras son como los soldaditos de plomo, ya no se puede jugar con ellas...
SK.: Yo creo que esa es la responsabilidad fundamental de un escritor, es infundir a las palabras la vida. No se hace la luz porque Dios quiso que se haga la luz, se hace la luz por el modo con que Dios dijo que se haga la luz. En consecuencia, cuando debatimos en torno a si mediante la palabra creamos mundo, no cabe ninguna duda que la respuesta es si, las palabras le infunden significación a lo que ya existe, entonces no se trata de dar vida a lo que aún no existe, sino de infundirle presencia a lo que sólo existía hasta allí. Y de eso se trata, de estar presente. Y vivimos en una época en que la presencia tiende a ser reemplazada por la imagen, por eso creo que la función de un escritor es restituirle presencia a las palabras y a quienes las leen invitarlos a compartir la hospitalidad que en términos de presencia brindan las palabras.

EP: Pero ¿cómo se hace para transmitir la cadencia -que Ud. decía que es la parte mas viva de la palabra- por medio de la escritura?
SK.: Un escritor puede darse cuenta cuándo la musicalidad que busca está ausente, pero difícilmente pueda explicar como logra encontrarla. Acá tocamos un punto muy clave, que tiene que ver con la relación amorosa, todos sabemos si hemos tenido un mínimo de fortuna, que de pronto, la mirada del otro, nos acoge como un ser amado. De pronto alguien nos dice algo muy hermoso, y nosotros no sabemos por qué en ese instante senos ha dicho eso, de pronto alguien significaba intensamente algo para otro sin que se lo haya propuesto, y esto se debe, me parece a mí, al modo como uno logra dejar ceder armónicamente. Esa armonía tiene realidad en el otro, en la mirada del otro. Es una armonía recogida por la mirada del otro. A mí me parece que la composición literaria es saber infundirle a las palabras una entonación, es algo más fácil de advertir por el escritor cuando está ausente que cuando tiene que explicar como lo logró. Borges dice así: "cada vez que encuentro en lo que escribo un error, es inconfundiblemente mío, cuando en lo que escribo reconozco un acierto no puedo explicar como yo lo logré". Estamos tocando un punto medular, es decir, filosóficamente medular, en lo que hace a la filosofía del arte, que es el que tiene que ver con el autodiscernimiento del propio talento. Es muy difícil discernirse como alguien que está dotado de una virtud. Se la puede ejercer de pronto, y lo más probable es que no lo pueda hacer con la plenitud que quisiera, pero la belleza no pertenece en el sentido estricto, a un producto más, es un acontecimiento que atañe a alguien pero no en términos de producción. No se tiene la "maitrisse de la langue", no se lo posee como un saber conciente. Cuando Federico García Lorca, hace de esto
muchos años, fue invitado a hablar en un homenaje a Quevedo, sobre la poesía, dijo esto: " Pero ¿qué voy a decir yo de la poesía, que puedo decir yo de este mar, de este cielo, de estas nubes? Mirarla, mirarles, mirarlo... ¿Qué más puedo decir? Ahora bien, si me preguntáis si sé trabajar con el fuego, pues os diré que sé trabajar con él perfectamente." Es decir que se trata del dominio de la materia que permite la articulación tonal del lenguaje, pero resulta muy difícil decir cómo se llega a eso. El camino pasa por advertir cuales son los rumbos que no se deben seguir, uno se da cuenta seguramente de lo que es un tono impostado, de lo que es un recurso inauténtico, de lo que es una sobrepresentificación del recurso verbal, lo reconoce y dice: esto no, esto no es mío.. De pronto la propia respiración es lo que va dictando a uno el propio modo de proyección. Y luego está la cortesía, la cortesía es la hospitalidad que uno le brinda allector en su escritura, no por obra de una amabilidad externa, sino cuando el estilo se estructura como un acto hospitalario. Acogiendo al otro en su enunciación. Si no lo hace, posiblemente prepondere en la construcción de su estilo un rasgo parcial de enojo, la convicción, la euforia, la hipocresía, el cinismo, el júbilo. Pero ser acogedor, es decir, hacerle espacio al otro, es un recurso que permite administrar la propia expresión...

E.P.: Camino difícil, ya que si las cosas van bien en ese trayecto de búsqueda expresiva, se tiene una suerte de sorpresa y desconcierto de uno mismo..
S.K.: ...y una alegría extraordinaria, que es la que anunciaba Elliot, y es la de desconocerse en la propia escritura. Cuando un texto sale bien, esta lleno de gratitud, porque uno ha podido mas que uno. . .

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