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La estación del análisis Por J-B. Pontalis

(En Ese tiempo que no transcurre
J.B.Pontalis
Ed. Gallimard, París, 1997)


¿Qué tipo de enseñanza nos ofrece el psicoanálisis? -o como mejor me gusta expresarlo, la experiencia del psicoanálisis. Lo experimentado, eso a lo que él nos confronta una y otra vez: esa experiencia de lo extraño-. ¿Qué enseñanza, entonces, que en última instancia pudiera ser tomada como esencial, y, quizás, única? Que el tiempo no transcurre.

Consecuencia: el psicoanálisis no es, y no puede llegar a serlo, de una época determinada. No es de otro tiempo sino de un tiempo otro. Es anacrónico, o mejor aún, siguiendo a Nietzche, intempestivo. Es, debería ser, indiferente al espíritu de una época precisa.

Su revelación como un tiempo otro contradice todas nuestras concepciones del tiempo: el de un tiempo cíclico, si consideramos la rotación de nuestro planeta o el retorno periódico de las estaciones; evolutivo, si nos referimos al desarrollo de las especies u organismos; lineal -no siguiendo una línea recta sino zigzagueante, si nos referimos al curso de la historia humana. Contradice nuestra percepción común: la de los años escurriéndose entre los dedos, la del vertiginoso deslizamiento de los granos en un reloj de arena, la de nuestros días y su ritmo, la de nuestro cuerpo y espíritu cuando ganan o declinan en su vigor.

Pensemos sencillamente en el desconcierto que sufrimos cuando la historia nos confronta con la extrema diversidad de calendarios de las antiguas civilizaciones (1), o cuando nos refiere la tardía invención del reloj (2). ¿Cómo vivirían aquellos que no cuantificaban aún el tiempo, o bien lo hacían de otro modo? Cuando no conocían la confusión que provoca en el viajero los cambios horarios, sobre todo cuando se desplaza de un continente a otro?

Pero no me ocupa aquí las diferencias en el modo de ordenar el tiempo, o las variaciones que se pudieron dar en las unidades de medida -con lo que esto supone ya de intento de dominio o forzamiento a una sujeción-. Sino ¿qué podríamos decir del encuentro con un tiempo sin medida? Nuestros pacientes realizan dicho encuentro, a veces con la emoción de una "primera vez" que condensa otras, a veces con una suerte de abatimiento.

Con emoción cuando de repente, sin previo aviso, emergen secuencias de una escena que, por la vivacidad de su manifestación los sorprende -más por su emergencia que por su contenido-. No se presentan, para ellos y para nosotros, como un recuerdo más o menos situable en una cronología, sino cabalmente como una aparición, en afinidad no con una alucinación sino con lo alucinatorio del sueño. Encontrar en el fondo de una caja de cartón o un álbum, una fotografía sin fecha, de las que hasta no hace tanto se llamaban "instantáneas", puede producir un efecto comparable. Tenemos que un instante genera otro instante, más cargado de afecto que el primero, pues repentinamente todo un mundo se deposita en él. Se trata de un pasado presente al que doy vida en lugar de sentirme determinado por él. En un mismo movimiento, pérdida y encuentro (bajo el aspecto de un reencuentro): ese regreso me lleva hacia adelante.

Proust no está lejos.

Con agobio, como lo testimonia la queja reiterada y acusadora de esta paciente: "Cuando pienso que en cuarenta años nunca me moví de allí!"
Allí, es decir de un espacio cerrado, de puertas clausuradas, en una "cuarentena" a la que se hubiera consagrado vivir eternamente, Allí, donde se me muestra una dolorosa encarnación del título: "Inhibición, síntoma y angustia". Allí, batallando con el goce alcohólico de una madre que no deja de escrutar en mi propia persona. Allí, luchando con la seducción terrorífica que ejerce sobre ella un padre intocable (3). Ella no es otra cosa que el receptáculo de esas figuras-allí, sosteniendo con ellas un interminable debate, hablando o totalmente invadida por ellas, callada, abroquelada en su silencio, como si hubiera renunciado a modificarlas, como si ya no tuviera existencia, o más radicalmente, como si fuera, al mismo tiempo, incluida y excluida de cierta "escena primitiva" que, por su naturaleza irrepresentable, no puede ser puesta en acto más que bajo la forma de impulsos y parálisis del pensamiento. Se asocian aquí, un pensamiento y una sexualidad "salvajes", desmesurados. Acoplamiento, conjunción muy lejana a una mera erotización del pensamiento. Para esta mujer hablar en público es obsceno, recibir un llamado telefónico una intrusión violenta. Entre ella y el otro, apenas un tabique: una delgada barrera, opaca y trasparente al mismo tiempo. Trasmitirá a sus hijos -según su propia convicción- la pasión destructiva que la habita. De su analista ha creído, querido creer, que él no busca más que anonadarla.

El tiempo está fijado, rechaza toda temporalidad, o, para expresarlo de otro modo, toda movilidad: "Cuándo pienso que en cuarenta años nunca me moví de allí!", se encuentra inmóvil frente a una puerta cerrada.

Existe otro modo de presente-pasado, en el que el efecto del aprés coup parece inoperante. Nunca dejaré de ser eso: nada. Lo que me anima (mi alma) ya no es mía. Desde el comienzo, a la entrada misma del juego, el "fin de la partida". Por otra parte, una y otra vez, "sobresaltos", siempre "impedimentos".

Esta vez es Beckett quien está cerca.

El sueño ya le había enseñado a Freud que el tiempo no es lo que de él se dice. No es irreversible, no sigue su curso lento como un río, como lo pretende la tradición, o a toda marcha, como una flecha que atraviesa el espacio: ambas imágenes tienen en común el asignarle una dirección. El sueño, en un mismo movimiento, cae hacia arriba y trepa hacia abajo. Batalla los tiempos, los recorre en todos los sentidos, hace advenir simultaneidades extrañas, coexistir ritmos diferentes -procede por aceleraciones o aminoramientos que pueden congelar de espanto o colmar de beatitud-, lo rubrica tanto Mack Sennett como Robert Bresson-, da vida a los muertos y hace retornar a los desaparecidos. Para "desligar" las representaciones -o separar el significante del significado-, es necesario ante todo que la desligazón se opere sobre el tiempo. El sueño efectivamente desliga el tiempo.

Cuando el sueño soñado pasa a su relato, incluso si conserva sus rasgos "absurdos" ajenos al orden del tiempo, intenta inscribirse en una lógica temporal: su narración se afecta de un "antes" y un "después", de un "luego", "entonces". Se verá dotado de un comienzo, un fin, organizándose como secuencias de un film, sin embargo, en el sueño tendemos a desconocer ese curso, él no supone más que prevalencia de imágenes todas dadas en presente. Del "hacer del sueño" pasamos, casi sin advertirlo al "hice un sueño", y de ese modo hacemos pie en el tiempo, tránsito vacilante, en tanto el sueño no es apartado de nosotros su persistencia nos impregna.

En la cura, Freud -y como él todo analista-, se confronta con una experiencia temporal diferente a la del sueño, aún cuando pueda presentar ciertas analogías. Le resultó mucho más difícil encontrar su especificidad en la cura que en el caso ejemplar del sueño. En la primera resulta mucho más desconcertante su experiencia por cuanto es efectivamente doble. Se verifica en sus propios fundamentos. Nos obliga a pensar en conjunto -no para conciliar sino, según mi pensamiento, para mantener su tensión- dos datos que se contradicen: por un lado, la existencia de un fuera del tiempo (lo inconsciente Zeitlos), por el otro, el tiempo de la sesión, medida por algunos de nosotros, del mismo modo que la duración de la cura, en minutos. "How many analytic hours?" interrogan los adictos a la contabilidad, único criterio para unos cuantos, de zanjar la cuestión respecto de lo que es análisis de lo que no lo es!

Y además, no olvidemos que el sueño, mucho antes de Freud, fue, bajo el bello nombre de ensueño y de su visita, considerado por todos y cada uno, como llegado desde el exterior, abordado como potencia y mensaje oscuro, como emanación de lo desconocido, cualquiera sea el nombre que se le haya otorgado: dios, ángel o demonio, órganos del cuerpo que reivindican su derecho de expresión, abismos o... inconsciente. Sin embargo, lo extraño del sueño nos resulta familiar. Es una compañía más o menos civilizada. Lo que el sueño integra de violencia sexual y asesinato, nosotros nos esforzamos en colonizarlo.

Forjar un encuentro con el tiempo otro, mientras estamos despiertos, hablando, eventualmente razonando, o cuando recordamos el pasado o anticipamos el porvenir, diferenciando una y otra cosa del presente, es una manera bien distinta de contrariedad para lo que nadie está prevenido. En esto somos vulnerables.

Me doy cuenta que al hablar de ese tiempo otro, sin poder llegar a circunscribirlo, haciéndolo sólo en términos negativos (aquello que no es, aquello de lo que se diferencia), no estoy hablando de otra cosa que de la transferencia. Transferencia cuya dirección permanece siempre incierta aunque su existencia no deje lugar a dudas. Transferencia de la que no ignoramos que excede a la figura del analista, e incluso la de toda figura real o imaginaria del pasado. Transferencia fuera de las figuras, del tiempo y el lenguaje. Un modo de actuar, un Agieren, decía Freud. Una pasión en acto, exigente, intensamente actual pero sin edad.

Se han podido reconocer en las dos formas de pasado presente que a grandes trazos acabo de evocar, las dos orientaciones freudianas concernientes a lo que se produce en una cura: rememoración, repetición. Sin embargo, no nos apresuremos en el uso de estas palabras.
Freud, con frecuencia, puso nombre a aquello que aún no lo tenía. Pero en el uso de un lenguaje también se juega un abuso. Y el coautor de un Vocabulario, aún cuando su empresa apuntaba a un fin contrario al de fijar un sentido a las palabras, es quizás más sensible a ese abuso, a esa ineluctable entropía.

Segundo motivo, aún más fuerte, para no precipitarnos en las palabras de nuestro vocabulario: Freud prefería los términos de la lengua de los que cada uno podía disponer: nuestro patrimonio común. No ignoraba los recursos, y "rememoración" y "repetición", eran dos de ellos. Pero lo hizo modificando su sentido como lo hacen, por otra parte, todos aquellos a los que se puede atribuir la creación de una obra de pensamiento o de una obra literaria. A veces, sin saberlo, trabajan la lengua ejerciendo una violencia que también reciben desde la lengua. (De ahí, entre paréntesis, la dificultad inherente a toda operación de traducción: se insiste sobre la inflexión del sentido, incluso de su subversión, se puede llegar a tecnificarlo exageradamente hasta forjar un neolenguaje, y entonces uno se aproxima a una perversión del lenguaje; o tendemos, a la inversa, a permanecer lo más próximos posible al leguaje común, con el riesgo de un debilitamiento del valor propio del empleo que la obra, poco a poco, ha asignado a tal o cual término. Se conoce la polémica actitud en Francia de este asunto en relación a la obra de Freud, como a la de Heidegger o Hegel)

Rememoración, entonces. Es lo que atañe a las primeras curas relatadas por Freud. Aparentemente es de la memoria de lo que se trata. La histérica sufre de reminiscencias y es curada por un trabajo de memoria (Erinnerungsardbeit, se lee en el caso de Frandelein Elisabeth von R.), es decir, por un levantamiento, por capas sucesivas, de la amnesia o la represión, en tanto se las tenía en aquel entonces por equivalentes.

Efectivamente, las concepciones tradicionales de la memoria y el olvido se encuentran profundamente modificadas en razón de esta equivalencia. Sin embargo, seguimos estando en este punto fieles al ideal utópico de un Michelet (el de una "resurrección integral del pasado", Michelet, en quien la vocación del historiador nace mientras era niño, en la visión de esos "gigantes" del museo de monumentos franceses -una escena primitiva lo habitaba-). O también próximos a la marcha paciente y anhelante de un Proust que pretendía "recuperar un tiempo" (a falta de madre...), o incluso, a la pasión meticulosa del arqueólogo en su terreno de excavación, de la curiosidad indagatoria, o incluso inquisitoria, del escudriñador de archivos. Dicho de otro modo, la memoria se complejiza pero sigue siendo memoria.

Esta complejización -la del sistema por relación al sistema , del Ensayo- fue una temprana confrontación para Freud. Apelemos al famoso pasaje de Estudios sobre la histeria, concerniente a la organización de la memoria. Varios modelos más o menos imaginarios son propuestos, entre ellos este: "Todo sucede, escribe Freud, como si se registrara en archivos mantenidos en un orden perfecto". Pero un orden sometido a categorías múltiples, como puede suceder con un fichero: clasificación cronológica, temática, por palabras claves o grado de accesibilidad, etc., según se las tenga por "usuales" (conciente-preconciente), o por "incunables" (lo inconciente).

La concepción más elaborada de traza mnémica, inscripta en sistemas diferentes y capaz de combinarse con otras de soporte representativo muy diferente, es resultado de esa metáfora del archivo: la teoría del significante lacaniano deriva de allí. En este punto estamos a gran distancia de la reminiscencia, de toda evocación del recuerdo siempre reconstruido, como por ejemplo, el sueño en su narración.

Hablar de trazas mémicas, hacer de la memoria una combinación (no digo combinatoria) siempre reorganizada, de trazas afectadas de caducidad es lo que orienta a Freud por mucho tiempo asignándole a la cura "colmar las lagunas de la memoria", fórmula que nos llega como para ser recuperada por nosotros, aún cuando reconocemos su inadecuación respecto del trabajo de análisis.

Si pretendemos permanecer cerca de la manera en que efectivamente se desarrolla un análisis, deberíamos igualmente no prestar reconocimiento a esa otra fórmula que también se propone como objetivo de una cura: "reconstrucción de la historia de un sujeto".

Lo que entendemos por historia, ha sido modificado por el psicoanálisis tanto como a la idea de memoria. Ya para nuestros actuales historiadores "hacer historia" (título de los boletines coleccionables de Pierre Nora), es construir el pasado, y construirlo a partir de los interrogantes y las alternativas del presente (el joven Raymond Aron había planteado esto ya en una tesis de 1938). Descubrir que el paciente se inventa numerosas novelas, novela familiar y mitología personal, sostener con Viderman, que el analista "construye" una historia en la que al fin de cuentas el analizando se reconocerá, no tendría, me parece, mayor diferencia con el trabajo de los historiadores que saben desde muchísimo tiempo que, aún ateniéndose estrictamente a los hechos establecidos, su elección, su condena es tener que hacer interpretaciones, que no existe historia sin construcción, o, incluso, para los más audaces, que ficción y verdad van a la par. Un historiador tan escrupuloso como Georges Duby pudo decir: "de un modo ineluctable el historiador debe soñar. Seriamente pero soñar" .

No hay historias de vida en Freud una vez que llegó a ser Freud. Ninguna historia de los casos, como mucho historia de la enfermedad, o, más tarde, con "el hombre de Los lobos", este título: "Extracto de (Aus, literalmente: a partir de) la historia de una neurosis infantil". Neurosis infantil, no de la infancia, neurosis a adivinar, a hacer aparecer de traza en traza: efecto del arte... Y, "extracto de", no la totalidad, sino fragmentos que sólo el análisis, en tanto desconstruye antes que nada, va a poder poner en contacto y hacer concordar. Rompecabezas digamos, pero sin modelo para guiarse y sin "rosebud" que lo concluya; red ferroviaria si se lo prefiere, pero bajo condición de que nuevas vías se abran, que haya vías muertas, errores de orientación, incluso descarrilamientos; un sistema nervioso que no tiene centro. A cada uno la imagen que prefiera...

Extraña rememoración que no es la de episodios, escenas vividas (ver la suerte que le toco al sueño del hombre de los lobos), y que deja en suspenso la diferencia entre lo real y lo imaginario. Si todo recuerdo es una pantalla, no lo es al estilo de las "muñecas rusas", sino porque en ella viene a depositarse en una forma, en una representación enmarcada, encuadrada, presentada a la mirada, trazas, y no más que trazas. Condensación, desplazamiento, transformaciones del trabajo de sueño, incorporación del trabajo del duelo, que operan en lo que, de modo incierto, nombramos hasta acá, y seguiremos nombrando, memoria.

Extraña historia ésta que se refiere a episodios psíquicos en los que su permanencia sólo se verifica por una actualización en la sesión. Pues la puesta en movimiento de representaciones y afectos que autoriza (cuando la cosa funciona) la "cita" analítica, produce episodios al tiempo que efectos de sentido. Episodios: lo que llega. El sueño: episodios de la noche. Transferencia: episodios, accidentes del análisis. Exit, para los dos casos, el tiempo mensurado, ordenado, el desarrollo pasado, presente, futuro.

Mientras tanto, no nos cansaremos de repetir con Freud "que los procesos del sistema Icc. no están ordenados temporalmente, que el tiempo no los modifica". No concluyamos demasiado rápidamente que, allí donde no hay conciencia del tiempo que transcurre, ninguna representación de un tiempo ordenado está ausente. Releamos en todo caso las admirables páginas del Malestar en donde Freud, intentando hacer sensible el tiempo de nuestro "ser psíquico" recurre a la imagen de Roma, la "ciudad eterna", o mejor aún, "transtemporal". En la otra escena, otro tiempo, el tiempo otro... Tiempos que se yuxtaponen, se mezclan, se encastran, se entrelazan, al mismo tiempo ceñidos y discordantes. Ese tiempo que no transcurre, no es la negación del tiempo que pasa. Es su realización.

Ahora repetición. ¿De qué se trata en el fondo? Con toda facilidad podemos trazar aquello a lo que no se reduce: a la constancia de hábitos y rasgos de carácter, a esquemas de comportamiento, prevalencia de tal tipo de relación de objeto (oral, anal), a la permanencia de un modo de goce (masoquista por ejemplo). Los "clichés", apunta Freud, se repiten regularmente en el curso de la vida". Señalar tales clichés, eventualmente hacer tomar conciencia de ellos al paciente, no solamente es ineficaz, sino seguramente el modo más eficaz de dejar a un lado al fantasma subyacente que gobierna el escenario repetitivo.

Lo que se repite, no digo lo que se rehace sino lo que insiste, es lo que no tiene lugar, no lo ha encontrado, y no encontrándolo, no tiene existencia como episodio psíquico. El no-lugar hace justicia en los actos del sujeto. Esta es la paradoja de la repetición. Se repite como en un teatro pero en ausencia de, vacío de, texto. Se repite un fuera de texto, lo incrustado no lo impreso -lo que es algo bien diferente de las notas al pié de página o las palabras dispersas y las inscripciones garabateadas en el margen, que son, en sí mismas signos benditos de lo reprimido.

En el corazón de la compulsión a repetir veo algo diferente a la puesta en jaque en que nos ponen nuestros deseos y, en consecuencia, frente al hecho de su inacabamiento, una exigencia de retomarlos -reactivación de dominio, de saturación-. Si hubiera puesta en jaque ya habría capacidad de representación.

Constatación exigente para Freud, y que le cuestionó cabalmente la concepción de un análisis "cautivante", en el que, como en su Gradiva, avanza y cobra vida aquello que, de traza en traza, autoriza interpretaciones, construcciones. Animado por el Eros analítico, se multiplican trayectos sobre redes asociativas, a través de ruinas y vestigios. Si, constatación que es el desencanto que abre al "Mas allá del principio del placer": "he aquí que el paciente repite en el presente en lugar de recordar", "como el médico preferiría" agrega, qué confesión!

Sin embargo, si este paciente indigno, no recuerda, no recupera los "fragmentos del pasado" ¿es por defecto de la memoria, indolencia de su voluntad o por impulso de una represión más activa, es decir por un motivo más esencial? "Esencial", esta palabra es inusual en Freud, y es la que acude a él frente a la constatación desilusionante a la que hice alusión antes: "El enfermo no puede recordar todo lo que en él haya de reprimido y quizás, precisamente, lo esencial". ¿Es necesario seguir hablando aquí de lo reprimido?

Un analista que intentara hacer reconocer a su paciente, uno particularmente "resistente", la realidad presente de lo reprimido, diciéndole, por ejemplo: "Mire usted acá mismo, cómo se muestra activo lo que aparentemente ya no tenía existencia" (es decir, es cosa del pasado, olvidado, desaparecido); rápidamente sería corregido por el paciente: "No, tiene presencia porque ello ya no existe".

Me haré entender mejor con un breve ejemplo: "No tengo recuerdos de infancia". De este modo inaugura y prosigue un período de análisis cierto hombre; un análisis que ya he retomado en numerosas evocaciones, repetidamente..., como si debiera hacerme cargo, hacer mía una memoria de infancia tan afirmativamente negada, y de la que él me hacía responsable de mantener indefinidamente con vida. Sin embargo este hombre, este niño de niñez borrada, no dejaba de ofrecerme pruebas de una memoria excepcional: no faltaba a ninguna sesión el relato de un sueño, con extrema precisión y riqueza de detalles, en que no pudiera hacer el inventario de algún departamento en el que hubiera habitado; ningún nombre, de persona o ciudad, ningún título de libro escapaba en su evocación, nunca tropiezos con las palabras. El asociaba, yo escuchaba, intervenciones oportunas, estábamos mutuamente congraciados. El consejo que en otro tiempo Lacan daba a los analistas, a mi me caía de maravillas: "hagan palabras cruzadas". Efectivamente, la "grilla" donde ubicar las letras era astutamente dispuesta por mi paciente. Esa grilla nos tenía encerrados uno con el otro. Mis palabras no hacían más que tomar ubicación en las casillas listas para recibirlas.

Progresivamente empecé a percibir como una evidencia que su palabra tanto como la mía no eran portadoras de nada, no se dirigían a nada, que no había otra presencia entre ambos que una ausencia. Todas aquellas palabras estaban diluidas, esos lugares inventariados, los relatos de los sueños, los episodios referidos de su historia no tenían otra función que gravitar alrededor de esa ausencia e impedir su acceso. Cierto día esa ausencia -que se daba a ver- se hizo evidente como algo que se relacionaba con su madre, desaparecida tempranamente, literalmente sin dejar huellas. Esa ausencia tomó así cuerpo en la sesión. ¿Cómo? Lo extraño es que ya lo he olvidado, no es que se trate de un tratamiento muy antiguo, en todo caso pienso que fui algo en esa encarnación actualizada de lo desaparecido, y quise, en esta oportunidad, dar testimonio de ese desfallecimiento en mí. Al fin de cuentas poner en palabras y en memoria disponible aquello a lo que el análisis había dado consistencia y vida por primera vez. Conjugar al mismo tiempo pérdida y reencuentro y reconocimiento sensible, la negra muerte y el pequeño Eros.

El segundo ejemplo lo tomo prestado de las primeras páginas de "Mas allá del principio del placer", se trata del caso más probatorio de la compulsión a repetir, no se trata del tan abundantemente comentado del "fort-da", en el que se da a ver, como Lacan lo mostró antes que nadie, el prototipo de una simbolización y, por lo tanto del lenguaje. En ese ejemplo, si así se lo puede decir, el juego ya está ganado: la repetición no tiene más que un tiempo, el niño en cuestión es un caramelo para el análisis. No, el caso más demostrativo, más revelador, es el de la neurosis de destino. Vemos en este una metáfora más que una entidad clínica bien definida. Destino, Schicksal, Deimon, Fatum: decir es hacer y ese hacer no es el mío. Actúo una escena de la que no soy autor. Me toca en suerte repetirlo. No soy su locutor, no hablo, soy hablado. ¿Cómo podría tener esperanzas de incluirme en él si eso puede que sea lo que "pertenece a su desgracia". De aquí el aspecto persecutorio que revisten las quejas de quienes se sienten víctimas del destino, incluso si reconocen su participación en él. No obstante "vaya usted a decirle a los españoles -escribía Mérimée- que son responsables de su propia desgracia. No les falta convencimiento al respecto".

Tomemos ambas ideas en conjunto -llamémosles infans y fatum- planteemos entonces la hipótesis de que el sujeto de la repetición es no-hablante.
No asimilemos el infans al lactante, nuevo objeto de elección de tantos analistas en nuestros días. Tampoco lo ubiquemos en un estado "pre-verbal", como si estuviera fuera del lenguaje. Es una locura que se le pueda hablar, hablar de él, a su alrededor. Sólo podemos interpretrarlo -sus llantos, gritos, gestos, juegos-. Puede, incluso, que se hable a sí mismo como lo hace mi paciente. Únicamente su mundo de sensaciones, en desorden, en su caos, sus movimientos corporales hechos de impulsos y reacciones -tomar, soltar-, olores y gruñidos, no los puede traducir en signos. La Hilflosigkeit -el estado de desamparo-, desconcierto absoluto, el "des-ser" (Lacan), el "inauxilio" (traductores franceses de las obras de Freud), es, ante todo, esto: no tener recurso y amparo en el lenguaje.

El lenguaje es siempre y para todos, estar de duelo. Es nuestro máximo y permanente luto. Sin embargo, soportar el duelo puede entenderse de dos maneras. Como el mantenimiento a toda costa del lazo de amor y odio con el objeto perdido, o como transformación de una pérdida en ausencia. En el primer caso el lenguaje no supone más que una ruptura inaceptable con la "cosa misma", lo tengo, pero, únicamente como un desafío hostil, no puedo usar al lenguaje más que neutralizándolo, reduciéndolo a un rol funcional de información y comunicación. En el segundo caso, me entrego a su movimiento: y entregado al duelo me dirijo, también, hacia lo que no es él, a lo que lo excede. El amor, la poesía, ofrecen esa chance... y, algunas veces, el análisis.

¿En qué se empeña el psicoanálisis? En hacer hablar al infans, silenciar al fatum. ¿Cuál fue el genio de Freud? Haber inventado un método -asociación libre=Analuein=desligazón=el destejer como oficio, -y un dispositivo- una palabra garabateaba, analogía próxima al sueño, palabra susceptible de escapar a la vigilancia, tanto de quien la emite como de quien la escucha y recibe, como destinatario no identificado. Método y dispositivo, bajo condición de que puedan permanecer más instituyentes que instituidos, permitiendo que el lenguaje no sea reducido a las funciones que se le gusta asignar. Por el análisis, el lenguaje se desliga de toda función. Se entrega a su potencia e imperfección fundamental. Lleva y transporta hacia lo que escapa de él. Transporta fuera de sí, es transferencia.

Imaginemos por un instante que pudiera concebirse una cura sin transferencia. La hermenéutica podría pasarlo a lo grande, pero, en ese caso no habría análisis. Habría sentido, ubicación convincente de una historia, habría interpretación, decodificación, traducción, abundante caza y pesca de significantes, pero no habría quinta estación.

El tiempo del infans, el del análisis es el de la quinta estación. ¿De qué se trata? Jean Giraudoux la evoca en su novela Bella, en el siguiente pasaje: "Allí donde él gobierna, (a este "él" podríamos designarlo como el fantasma, la fantasía que, en su omnipotencia imaginaria, desafía la naturaleza de las cosas), "Allí donde él gobierna, escribe Giraudoux, florece una quinta estación que hace dar ciruelas al manzano, frambuesas al roble". Sin embargo es Pascal Quignard quien, más recientemente, ha sabido conferirle, en admirables páginas, el alcance que más nos interesa. Toma la invención de una fórmula -pues con Quignard jamás sabemos lo que pertenece o no a su credo: igual que en un análisis ¿cuál es el de uno y el del otro?- de una olvidada novela de la antigüedad romana, o dicho de otro modo, de una de nuestros contemporáneos, Caius Albicius Silus: "Hay algo que no pertenece al orden del tiempo y que sin embargo retorna cada año, como el otoño o el invierno, la primavera y el verano. Algo que tiene sus propios frutos y su propia luz". Y Quignard hace el siguiente comentario: "Albicius remite a esa verdadera pre-estación que vaga furtivamente durante toda nuestra vida, que merodea a las estaciones calendarias, que visita un poco las actividades del día, a menudo los sentimientos, siempre el dormir, por las vías del ensueño y relatos que derivan en esa especie de recuerdo verbal que de ellos se retiene, despojándole de toda su luminosidad y febrilidad".

Estación anacrónica -literalmente hablando-, que no posee existencia en sí. Si "merodea" las estaciones calendarias es que no toma su lugar en la sucesión natural, menos aún las excluiría. Continúa Quignard: "Estación que es extranjera, no a la totalidad del lenguaje sino a todo pensamiento articulado".

Quinta estación podría ser otro nombre, de mayor poder evocativo, para designar a lo inconsciente freudiano: fuera del tiempo, que podemos concebir tanto tópicamente como sistema no agotable, funcionando en circuito cerrado, como un lugar separado", producto de una división fundamental del alma (represión primaria), y también dinámicamente, ejerciendo una atracción sobre los otros sistemas, sobre las otras estaciones, atracción que les imprime un movimiento: lo inconsciente, en este caso, circuito abierto. Lo que habrá de retenernos sobre todo, es la ligazón que establecen las líneas que acabo de citar (aunque sería la totalidad del capítulo lo que sería preciso leer para tornar sensible su resonancia) entre lo extranjero al tiempo y lo extranjero a la totalidad del lenguaje. En efecto, van a la par.

Paradoja: mensuramos el tiempo de las sesiones, fijamos su frecuencia, el día y la hora, indicamos las fechas de su interrupción, etc. Reconocemos el calendario, el tiempo de los relojes, y nos sometemos a ellos como buenos obsesivos. Y sin embargo, lo que buscamos percibir, hacer advenir, es el fuera del tiempo. Los límites temporales que imponemos y nos imponemos nos parecen ser la condición de ese advenimiento.

Idéntica paradoja parece concernir al lenguaje: invitamos a un decirlo todo -lo que el sentido común llamaría hablar para no decir, para, efectivamente, decir naderías que, el discurso "bien articulado", descarta; esa nada o ese demasiado que nos constituye en el origen (a cada cual su big bang) -y no apuntamos más que a una cosa: que sea dicho no sólo lo que únicamente se puede proferir allí: secretos de toda naturaleza, fallas de la memoria, placeres vergonzantes, ensoñaciones del Gran narcisismo y fantasmas del pequeño Edipo, síntomas o rituales disimulados o familiares -qué más agregar?-, sino, sobre todo, que se diga lo que jamás uno llegó a decirse, en los confines del lenguaje, como la quinta estación, retomando una vez más las palabras de Albicius Quignard, "encontrándose en el límite del tiempo personal", en el vacío, en lo que forma agujeros y bolsones en el universo del tiempo".

Cuando, no hace mucho tiempo, objetivamos estadios del desarrollo (libidinales, del yo), cuando hoy día pretendemos descubrir lo arcaico, el "mycenien" de lo psíquico (defensas, angustias, imagos que se llaman arcaicas), cuando confundimos lo más antiguo con lo más "profundo" o lo más "verdadero", cuando intentamos remontar cada vez hacia más atrás, hacia los orígenes, el Ur (pues ¿quién más animado por el fantasma de los orígenes que el psicoanalista?), cuando todo esto sucede creo que quedamos atrapados en una representación del tiempo que no es la que nuestra experiencia de lo inconsciente debería suscitar. Ciertamente no es la cronología la que allí nos ocupa, tampoco ignoramos los efectos del "aprés coup" en las reconstrucciones y deformaciones, pero es todavía el dios Chronos quien sigue reinando, y con él, el amo Logos.

Seguramente es difícil, imposible quizás, transcribir en palabras lo que escapa al dominio del Logos: el grito de nuestra entrada a la vida, nuestra precoz animalidad, la perversidad y el impudor nativo de nuestros sueños, a veces, en el desarrollo de su lógica algo nos trasmiten. Ese tiempo, esa "alógica" no se encuentra en nuestro pasado. Está en el origen del presente. Origen vivo, inagotable, Freud lo llama lo infantil. Es lo sexual indiferenciado donde pueden coexistir ternura y sensualidad, masculino y femenino, activo y pasivo; la sexualidad no subordinada a una función ni ligada a órgano específico, la sexualidad es totalmente ignorante del principio de realidad y quizás no sometida al principio del placer -que implica ya cierta finalidad-. Lo sexual sin principios.

Lo infantil no tiene edad, no corresponde a un lugar ni tiene tiempo asignable. Es otro nombre de la quinta estación.

Noten que esta fórmula me sirve para desplegar el sentido de la palabra "estación", en lo que evoca -a la vez- como pasajero (el verano terminó, está en esto su autonomía), y de retorno de lo regular (se aproxima otro verano).

No es de hoy que se proclama por todos lados que el psicoanálisis ya no es una estación, que su tiempo ya pasó, incluso que se encuentra moribundo; la edad de sus descubrimientos y de su escándalo -epistemológico, moral, social, religioso- ya perdió vigencia. Una etnología que podría emplearse a las sociedades en vías de extinción, para escribir su historia, poniendo con preferencia el acento en los tenebrosos asuntos de familia, o para rescatar las más ínfimas reliquias de su fundador: Freud tiene sus museos.

Leemos esto: "toda esta última estación, Einstein tuvo su verano en nuestra pasión de moda, este invierno será, creo, la estación de Freud". Fue señalado por Jules Romains en 1922, una época en la que la obra de Freud era totalmente desconocida en Francia, donde ningún psicoanalista ejercía, lo que no impidió denunciar el entusiasmo por ese producto vienés incompatible con el "genio latino" y predecir su fin inminente. Esta canción ya la había escuchado Freud y mucho más sentenciosa: no la tuvo en cuenta. O, si la tuvo en cuenta, no fue para contestar a los ataques de sus detractores sino para responder a las exigencias de su pensamiento. Más tarde las palabras, los argumentos, cambiaron, actualmente son las neurociencias las que tomaron la posta, el espíritu de la canción sigue siendo el mismo.

Lo novedoso es que los psicoanalistas, a su turno, también se quejan, como si se identificaran con el agresor. Se los escucha especular melancólicamente sobre el porvenir del psicoanálisis, como ganados por el sabor anticipado de su desaparición. Se preguntan de un modo ansioso, en esta era de frenética modernidad: ¿no seremos los últimos dinosaurios? Después de todo porqué escaparíamos a ese destino efímero, a lo "pasajero" sobre el que Freud escribió algunas emotivas y serenas páginas, resonancias -se comenta- de un intercambio con un "ser sensible", Rainer María Rilke, durante un paseo de montaña en la hermosa estación: "supongamos, declara, que deviniera un tiempo en que las pinturas y esculturas que nosotros hoy admiramos se hayan perdido o que en el futuro viniera una raza de hombres que no comprendan la obra de nuestros poetas y pensadores (¿se incluiría él mismo en ese lote?), o incluso una era geológica donde todo lo vivo sobre la tierra pereciera". Aquí, es sobre la Verganglichbiet, sobre el transcurrir del tiempo, en lo que Freud está meditando.

Ciertamente, en los tiempos que corren, no faltan motivos que susciten nuestra inquietud: triunfo arrogante y generalizado de las tecnociencias aplicadas también a lo humano, ideología reinante sobre la rentabilidad, resultados objetivamente verificables, potestad creciente del Estado, o sus delegados (los organismos de Salud Pública), cuerpo fragmentado de lo que podía aún, hasta no hace mucho, llamarse "comunidad psicoanalítica", crisis y burocratización creciente de la Asociación Psicoanalítica Internacional obligada a "apretar las tuercas" para no incluir en su seno más que a respetables y respetuosos; proliferación de técnicas psicoterapéuticas (se inventa una por semana), que, más o menos, remotamente derivadas del psicoanálisis, pretenden ser más eficaces, más rápidas, menos caras, promesas de salud individual y terrenal. Abrevio el inventario.

Pero lo más inquietante no está en estos motivos externos. Reside, en todo caso, en la crisis de confianza que gana a los propios psicoanalistas. Lo aleatorio de su práctica donde tambalean los "carteles indicadores", la devaluación y mediatización de sus conceptos (Edipo, castración, pulsión, fantasma, incluso, pulsión de muerte), la diversidad de teorías concurrentes que sus adeptos defienden y propagan con uñas y dientes, y además, confesémoslo, la suficiencia de algunos psicoanalistas ("Nuestros otros analistas" que dan la apariencia de pertenecer a una especie aparte, confundiendo, en consecuencia, una posición eminentemente precaria y una función inestable por naturaleza con la permanencia de un ser), todo esto parece alentar cierta morosidad. Entonces llegamos a pensar que efectivamente el psicoanálisis tiene los días contados, que su estación llega a su término, que es irremediablemente viejo -un siglo, pilas de publicaciones que consultamos con un apetito decreciente, coloquios, congresos reiterativos... "¿qué hay de nuevo?"- florecimiento de neoconceptos fabricados, ante todo, para satisfacción narcisista del autor y para diferenciarse del vecino... ¿lo pinto exageradamente negro? Escuchemos simplemente lo que se rumorea a media voz.

Y luego sucede que en el curso de una sesión igual a otras se produce una revelación entre los sus dos protagonistas, que una puerta se abre, palabras inauditas, una emoción desconocida que surge, transportándonos más allá de las fronteras de nuestro acostumbrado campo afectivo, de nuestro código mental personal, de nuestro diccionario privado, nuestra geografía interna, aparece un pensamiento que ignorábamos antes de su formulación llegándonos de vaya a saber dónde, y entonces el psicoanálisis recobra su juventud!

"Cuando el duelo renuncia totalmente a lo que se ha perdido también se ha consumido a sí mismo, y en la medida en que aún seamos jóvenes y vigorosos, reemplazaremos el objeto perdido por otros nuevos, si es posible tan o más valiosos". Es así como Freud, a quien ligeramente se acusa de pesimista, concluye su meditación sobre lo efímero. Es así como nos curamos de la queja y la melancolía ("el psicoanálisis ya no es lo que era"). Para encontrar objetos valiosos ¿no tendremos que hacer un duelo por el objeto perdido, un objeto que sólo existe por obra y gracia de la nostalgia? En cuanto al objeto valioso, sólo la imposibilidad, la dificultad de todo análisis, en su extrema singularidad, donde se transforma lo más vivo de nuestro ser, nos lo puede ofrecer. Ello no avanza más que si ello resiste.

Cierto día suscité algún alboroto con esta provocativa sentencia: "Analistas, no crean en el psicoanálisis!" Todo se sostenía, enteramente, en el en. Pues frente a nuestros incrédulos también tenemos a nuestros creyentes, adversarios cómplices de los primeros: aquellos que proclaman su credo. Quien cree en el cielo, y quien no cree más en él, a menudo son lo mismo. Creer o no creer en el psicoanálisis como se cree o no se cree en la astrología, como irónicamente lo expresó J.Laplanche. ¿Es esa verdaderamente la cuestión? Para quienes la tienen por una "falsa ciencia" o una ciencia no falseable (Popper and Co.), a la que nada puede desmentir o confirmar, el psicoanálisis no podría ser más que un objeto de creencia, con sus dogmas, sus doctores y aparatos. Esto es porque Popper lo compara con el marxismo (lo que, en el estado actual de cosas, no habla bien de nuestros asuntos...).

Con toda seguridad que no es objeto de un saber: ningún curso "formará" jamás un analista, ninguna interpretación es enunciada -o debería serlo- en nombre de un saber. Y, por otra parte, proclamarse el dueño de un no saber sería una circunstancia agravante, pues erigir un no saber absoluto no es más que el avatar de un saber supremo , alternativa última de la posición del Amo, inexpugnable.

Menos aún se puede tratar de un objeto de creencia o de su inverso: lo increíble. En efecto, que es creer en? Remitirse a otro que se identifica a la Verdad. Le otorgamos entonces el privilegio exorbitante de hacernos creer en lo increíble. Lo sorpresivo, la inquietud fecunda del pensamiento, aquello que lo pone en movimiento -también en jaque- no encuentra oportunidad de ser. El psicoanálisis se expone a este riesgo si se asimila a su objeto de investigación -el inconsciente y sus formaciones-, si confunde lo latente con la verdad, en una palabra: si uno se toma por psicoanalista.

En este punto me permito prevenir sobre un eventual malentendido. Al invocar, directa o indirectamente, a la "quinta estación", me rehusé asignarle un lugar, conferirle estatuto de realidad, -a no ser la realidad de una línea de horizonte- Horizonte, dixit el diccionario: línea donde termina nuestra visión, donde cielo y tierra -o agua- parecen reunirse. Se avanza hacia dicha línea, pero no se podría estar allí. Nos indica un movimiento hacia, no define un lugar y tiempo. Creer -otra vez la creencia- que uno puede instalarse allí, residiendo, apropiándoselo, que allí podrían encarnarse nuestros deseos, es un engaño heredero de la magia. La definición del diccionario lo dice bien: "parecen reunirse". Dicho de otro modo, la quinta estación no tiene sustancia. Lo inconsciente tampoco. El fuera del tiempo que figura, iluminando, animando y ahuecando las estaciones calendarias, no tiene otra razón que la de abrir el tiempo. No posee el poder de transformar en armonía el desorden, el juego de los contrarios, la ambivalencia primordial del humano. Será esta una ilusión mayor aún que confundirla con la eternidad, ese no-tiempo de los muertos.

Volvamos a la cura. El amor de transferencia -que preferiría llamar pasión "enteramente absorbida por la presa atrapada" y susceptible de volverse odio, la cara negra del amor-, apunta a confirmar que la quinta estación deba existir cabalmente en sí, a que se pueda acceder a ella, a que la exigencia del amor infantil -de la que Freud decía que era en esencia la neurosis- exclusiva, insaciable, impaciente ("todo, todo ya"), no conociendo ni medida ni límites, y no conformándose con fragmentos-, pueda en ella aliviarse, colmarse, sin restos.

Sin embargo, el amor de transferencia, declarado o no, ese irreductible de permanencia insidioso, no es transferencia. Esta última se "adivina" no se declara, como la neurosis infantil que debe adivinarse bajo la neurosis manifiesta.

La transferencia -hablo de transferencia analítica, pues hay otras: a los profesores, de filosofía, de gimnasia, nuestros médicos, patrones, y también sobre nuestros padres que se ofrecen como blanco inigualable del desorden de nuestras mociones pulsionales -la transferencia es movimiento. Ciertamente puede fijarse por algún tiempo, conocemos períodos de bonanza, anticipadoras de tempestades, pero la navegación se reiniciará un día u otro, la travesía se proseguirá, pues es seguro que la transferencia es un mensaje y su destinatario permanentemente otro. La cita con el analista consiste en recorridos para encuentros fallidos. La perlaboración (Durcharbeiteiten), el tiempo para "comprender" no es a mis ojos otra cosa que el trabajo de la transferencia, "trabajo" que escapa -como otras ocurrencias freudianas (trabajo del sueño, de las pulsiones, de la cultura, cada uno con su propio tiempo)- a todo dominio consciente. Es ese trabajo el que otorga espesura al tiempo.

Espero que haya quedado claro, al intentar evocar el fuera del curso del tiempo y fuera de la totalidad del lenguaje (aunque acordando en eso su crédito a las palabras), que no atribuyo forma sustancial ni a lo uno ni a lo otro.
En esto me autorizo para mantener mi provocación antedicha "No crean en el psicoanálisis", no crean en la quinta estación, pero entréguense, en una confianza sin reservas, a la fuerza de atracción que ejerce sobre ustedes, a su poder de animación, de animación de un movimiento del pensamiento.
Que esa estación no sea observable, aunque portadora de luces y sombras ¿no sería, justamente, lo que asegura su permanencia al borde del tiempo, a todo lo largo de nuestros días y noches?

(1) Cf. Krzystof Pomian, L'ordre du temps, Paris, Gallimard, 1984
(2) Cf. David S. Landes, L'heure qu'il est, París, Gallimard, 1987
(3) Un padre que no seduce a su hija y no es seducido por ella es, sin duda, menos tóxico, pero seguramente más mortificante (el desdén) que un padre abiertamente seductor.

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