¿Qué tipo de enseñanza nos ofrece el
psicoanálisis? -o como mejor me gusta expresarlo,
la experiencia del psicoanálisis. Lo experimentado,
eso a lo que él nos confronta una y otra vez: esa
experiencia de lo extraño-. ¿Qué enseñanza,
entonces, que en última instancia pudiera ser tomada
como esencial, y, quizás, única? Que el tiempo
no transcurre.
Consecuencia:
el psicoanálisis no es, y no puede llegar a serlo,
de una época determinada. No es de otro tiempo sino
de un tiempo otro. Es anacrónico, o mejor aún,
siguiendo a Nietzche, intempestivo. Es, debería ser,
indiferente al espíritu de una época precisa.
Su
revelación como un tiempo otro contradice
todas nuestras concepciones del tiempo: el de un tiempo
cíclico, si consideramos la rotación de nuestro
planeta o el retorno periódico de las estaciones;
evolutivo, si nos referimos al desarrollo de las especies
u organismos; lineal -no siguiendo una línea recta
sino zigzagueante, si nos referimos al curso de la historia
humana. Contradice nuestra percepción común:
la de los años escurriéndose entre los dedos,
la del vertiginoso deslizamiento de los granos en un reloj
de arena, la de nuestros días y su ritmo, la de nuestro
cuerpo y espíritu cuando ganan o declinan en su vigor.
Pensemos
sencillamente en el desconcierto que sufrimos cuando la
historia nos confronta con la extrema diversidad de calendarios
de las antiguas civilizaciones (1),
o cuando nos refiere la tardía invención del
reloj
(2). ¿Cómo vivirían aquellos
que no cuantificaban aún el tiempo, o bien lo hacían
de otro modo? Cuando no conocían la confusión
que provoca en el viajero los cambios horarios, sobre todo
cuando se desplaza de un continente a otro?
Pero
no me ocupa aquí las diferencias en el modo de ordenar
el tiempo, o las variaciones que se pudieron dar en las
unidades de medida -con lo que esto supone ya de intento
de dominio o forzamiento a una sujeción-. Sino ¿qué
podríamos decir del encuentro con un tiempo sin
medida? Nuestros pacientes realizan dicho encuentro,
a veces con la emoción de una "primera vez"
que condensa otras, a veces con una suerte de abatimiento.
Con
emoción cuando de repente, sin previo aviso, emergen
secuencias de una escena que, por la vivacidad de su manifestación
los sorprende -más por su emergencia que por su contenido-.
No se presentan, para ellos y para nosotros, como un recuerdo
más o menos situable en una cronología, sino
cabalmente como una aparición, en afinidad
no con una alucinación sino con lo alucinatorio del
sueño. Encontrar en el fondo de una caja de cartón
o un álbum, una fotografía sin fecha, de las
que hasta no hace tanto se llamaban "instantáneas",
puede producir un efecto comparable. Tenemos que un instante
genera otro instante, más cargado de afecto que el
primero, pues repentinamente todo un mundo se deposita en
él. Se trata de un pasado presente al que
doy vida en lugar de sentirme determinado por él.
En un mismo movimiento, pérdida y encuentro (bajo
el aspecto de un reencuentro): ese regreso me lleva hacia
adelante.
Proust
no está lejos.
Con
agobio, como lo testimonia la queja reiterada y acusadora
de esta paciente: "Cuando pienso que en cuarenta años
nunca me moví de allí!"
Allí, es decir de un espacio cerrado, de puertas
clausuradas, en una "cuarentena" a la que se hubiera
consagrado vivir eternamente, Allí, donde
se me muestra una dolorosa encarnación del título:
"Inhibición, síntoma y angustia".
Allí, batallando con el goce alcohólico
de una madre que no deja de escrutar en mi propia persona.
Allí, luchando con la seducción terrorífica
que ejerce sobre ella un padre intocable (3).
Ella no es otra cosa que el receptáculo de esas figuras-allí,
sosteniendo con ellas un interminable debate, hablando o
totalmente invadida por ellas, callada, abroquelada en su
silencio, como si hubiera renunciado a modificarlas, como
si ya no tuviera existencia, o más radicalmente,
como si fuera, al mismo tiempo, incluida y excluida de cierta
"escena primitiva" que, por su naturaleza irrepresentable,
no puede ser puesta en acto más que bajo la forma
de impulsos y parálisis del pensamiento. Se asocian
aquí, un pensamiento y una sexualidad "salvajes",
desmesurados. Acoplamiento, conjunción muy lejana
a una mera erotización del pensamiento. Para esta
mujer hablar en público es obsceno, recibir un llamado
telefónico una intrusión violenta. Entre ella
y el otro, apenas un tabique: una delgada barrera, opaca
y trasparente al mismo tiempo. Trasmitirá a sus hijos
-según su propia convicción- la pasión
destructiva que la habita. De su analista ha creído,
querido creer, que él no busca más que anonadarla.
El
tiempo está fijado, rechaza toda temporalidad, o,
para expresarlo de otro modo, toda movilidad: "Cuándo
pienso que en cuarenta años nunca me moví
de allí!", se encuentra inmóvil frente
a una puerta cerrada.
Existe
otro modo de presente-pasado, en el que el efecto del aprés
coup parece inoperante. Nunca dejaré de ser eso:
nada. Lo que me anima (mi alma) ya no es mía. Desde
el comienzo, a la entrada misma del juego, el "fin
de la partida". Por otra parte, una y otra vez, "sobresaltos",
siempre "impedimentos".
Esta vez es Beckett quien está cerca.
El
sueño ya le había enseñado a Freud
que el tiempo no es lo que de él se dice. No es irreversible,
no sigue su curso lento como un río, como lo pretende
la tradición, o a toda marcha, como una flecha que
atraviesa el espacio: ambas imágenes tienen en común
el asignarle una dirección. El sueño, en un
mismo movimiento, cae hacia arriba y trepa hacia abajo.
Batalla los tiempos, los recorre en todos los sentidos,
hace advenir simultaneidades extrañas, coexistir
ritmos diferentes -procede por aceleraciones o aminoramientos
que pueden congelar de espanto o colmar de beatitud-, lo
rubrica tanto Mack Sennett como Robert Bresson-, da vida
a los muertos y hace retornar a los desaparecidos. Para
"desligar" las representaciones -o separar el
significante del significado-, es necesario ante todo que
la desligazón se opere sobre el tiempo. El sueño
efectivamente desliga el tiempo.
Cuando
el sueño soñado pasa a su relato, incluso
si conserva sus rasgos "absurdos" ajenos al orden
del tiempo, intenta inscribirse en una lógica temporal:
su narración se afecta de un "antes" y
un "después", de un "luego",
"entonces". Se verá dotado de un comienzo,
un fin, organizándose como secuencias de un film,
sin embargo, en el sueño tendemos a desconocer ese
curso, él no supone más que prevalencia de
imágenes todas dadas en presente. Del "hacer
del sueño" pasamos, casi sin advertirlo al "hice
un sueño", y de ese modo hacemos pie en el tiempo,
tránsito vacilante, en tanto el sueño no es
apartado de nosotros su persistencia nos impregna.
En
la cura, Freud -y como él todo analista-, se confronta
con una experiencia temporal diferente a la del sueño,
aún cuando pueda presentar ciertas analogías.
Le resultó mucho más difícil encontrar
su especificidad en la cura que en el caso ejemplar del
sueño. En la primera resulta mucho más desconcertante
su experiencia por cuanto es efectivamente doble. Se verifica
en sus propios fundamentos. Nos obliga a pensar en conjunto
-no para conciliar sino, según mi pensamiento, para
mantener su tensión- dos datos que se contradicen:
por un lado, la existencia de un fuera del tiempo (lo inconsciente
Zeitlos), por el otro, el tiempo de la sesión, medida
por algunos de nosotros, del mismo modo que la duración
de la cura, en minutos. "How many analytic hours?"
interrogan los adictos a la contabilidad, único criterio
para unos cuantos, de zanjar la cuestión respecto
de lo que es análisis de lo que no lo es!
Y
además, no olvidemos que el sueño, mucho antes
de Freud, fue, bajo el bello nombre de ensueño y
de su visita, considerado por todos y cada uno, como llegado
desde el exterior, abordado como potencia y mensaje oscuro,
como emanación de lo desconocido, cualquiera sea
el nombre que se le haya otorgado: dios, ángel o
demonio, órganos del cuerpo que reivindican su derecho
de expresión, abismos o... inconsciente. Sin embargo,
lo extraño del sueño nos resulta familiar.
Es una compañía más o menos civilizada.
Lo que el sueño integra de violencia sexual y asesinato,
nosotros nos esforzamos en colonizarlo.
Forjar
un encuentro con el tiempo otro, mientras estamos
despiertos, hablando, eventualmente razonando, o cuando
recordamos el pasado o anticipamos el porvenir, diferenciando
una y otra cosa del presente, es una manera bien distinta
de contrariedad para lo que nadie está prevenido.
En esto somos vulnerables.
Me
doy cuenta que al hablar de ese tiempo otro, sin poder llegar
a circunscribirlo, haciéndolo sólo en términos
negativos (aquello que no es, aquello de lo que se diferencia),
no estoy hablando de otra cosa que de la transferencia.
Transferencia cuya dirección permanece siempre incierta
aunque su existencia no deje lugar a dudas. Transferencia
de la que no ignoramos que excede a la figura del analista,
e incluso la de toda figura real o imaginaria del pasado.
Transferencia fuera de las figuras, del tiempo y el lenguaje.
Un modo de actuar, un Agieren, decía Freud.
Una pasión en acto, exigente, intensamente actual
pero sin edad.
Se
han podido reconocer en las dos formas de pasado presente
que a grandes trazos acabo de evocar, las dos orientaciones
freudianas concernientes a lo que se produce en una cura:
rememoración, repetición. Sin embargo, no
nos apresuremos en el uso de estas palabras.
Freud, con frecuencia, puso nombre a aquello que aún
no lo tenía. Pero en el uso de un lenguaje también
se juega un abuso. Y el coautor de un Vocabulario,
aún cuando su empresa apuntaba a un fin contrario
al de fijar un sentido a las palabras, es quizás
más sensible a ese abuso, a esa ineluctable entropía.
Segundo
motivo, aún más fuerte, para no precipitarnos
en las palabras de nuestro vocabulario: Freud prefería
los términos de la lengua de los que cada uno podía
disponer: nuestro patrimonio común. No ignoraba los
recursos, y "rememoración" y "repetición",
eran dos de ellos. Pero lo hizo modificando su sentido como
lo hacen, por otra parte, todos aquellos a los que se puede
atribuir la creación de una obra de pensamiento o
de una obra literaria. A veces, sin saberlo, trabajan la
lengua ejerciendo una violencia que también reciben
desde la lengua. (De ahí, entre paréntesis,
la dificultad inherente a toda operación de traducción:
se insiste sobre la inflexión del sentido, incluso
de su subversión, se puede llegar a tecnificarlo
exageradamente hasta forjar un neolenguaje, y entonces uno
se aproxima a una perversión del lenguaje; o tendemos,
a la inversa, a permanecer lo más próximos
posible al leguaje común, con el riesgo de un debilitamiento
del valor propio del empleo que la obra, poco a poco, ha
asignado a tal o cual término. Se conoce la polémica
actitud en Francia de este asunto en relación a la
obra de Freud, como a la de Heidegger o Hegel)
Rememoración,
entonces. Es lo que atañe a las primeras curas relatadas
por Freud. Aparentemente es de la memoria de lo que se trata.
La histérica sufre de reminiscencias y es curada
por un trabajo de memoria (Erinnerungsardbeit, se
lee en el caso de Frandelein Elisabeth von R.), es decir,
por un levantamiento, por capas sucesivas, de la amnesia
o la represión, en tanto se las tenía en aquel
entonces por equivalentes.
Efectivamente,
las concepciones tradicionales de la memoria y el olvido
se encuentran profundamente modificadas en razón
de esta equivalencia. Sin embargo, seguimos estando en este
punto fieles al ideal utópico de un Michelet (el
de una "resurrección integral del pasado",
Michelet, en quien la vocación del historiador nace
mientras era niño, en la visión de esos "gigantes"
del museo de monumentos franceses -una escena primitiva
lo habitaba-). O también próximos a la marcha
paciente y anhelante de un Proust que pretendía "recuperar
un tiempo" (a falta de madre...), o incluso, a la pasión
meticulosa del arqueólogo en su terreno de excavación,
de la curiosidad indagatoria, o incluso inquisitoria, del
escudriñador de archivos. Dicho de otro modo, la
memoria se complejiza pero sigue siendo memoria.
Esta
complejización -la del sistema por relación
al sistema , del Ensayo- fue una temprana confrontación
para Freud. Apelemos al famoso pasaje de Estudios sobre
la histeria, concerniente a la organización de
la memoria. Varios modelos más o menos imaginarios
son propuestos, entre ellos este: "Todo sucede, escribe
Freud, como si se registrara en archivos mantenidos en un
orden perfecto". Pero un orden sometido a categorías
múltiples, como puede suceder con un fichero: clasificación
cronológica, temática, por palabras claves
o grado de accesibilidad, etc., según se las tenga
por "usuales" (conciente-preconciente), o por
"incunables" (lo inconciente).
La
concepción más elaborada de traza mnémica,
inscripta en sistemas diferentes y capaz de combinarse con
otras de soporte representativo muy diferente, es resultado
de esa metáfora del archivo: la teoría del
significante lacaniano deriva de allí. En este punto
estamos a gran distancia de la reminiscencia, de toda evocación
del recuerdo siempre reconstruido, como por ejemplo, el
sueño en su narración.
Hablar
de trazas mémicas, hacer de la memoria una combinación
(no digo combinatoria) siempre reorganizada, de trazas afectadas
de caducidad es lo que orienta a Freud por mucho tiempo
asignándole a la cura "colmar las lagunas de
la memoria", fórmula que nos llega como para
ser recuperada por nosotros, aún cuando reconocemos
su inadecuación respecto del trabajo de análisis.
Si
pretendemos permanecer cerca de la manera en que efectivamente
se desarrolla un análisis, deberíamos igualmente
no prestar reconocimiento a esa otra fórmula que
también se propone como objetivo de una cura: "reconstrucción
de la historia de un sujeto".
Lo
que entendemos por historia, ha sido modificado por el psicoanálisis
tanto como a la idea de memoria. Ya para nuestros actuales
historiadores "hacer historia" (título
de los boletines coleccionables de Pierre Nora), es construir
el pasado, y construirlo a partir de los interrogantes y
las alternativas del presente (el joven Raymond Aron había
planteado esto ya en una tesis de 1938). Descubrir que el
paciente se inventa numerosas novelas, novela familiar y
mitología personal, sostener con Viderman, que el
analista "construye" una historia en la que al
fin de cuentas el analizando se reconocerá, no tendría,
me parece, mayor diferencia con el trabajo de los historiadores
que saben desde muchísimo tiempo que, aún
ateniéndose estrictamente a los hechos establecidos,
su elección, su condena es tener que hacer interpretaciones,
que no existe historia sin construcción, o, incluso,
para los más audaces, que ficción y verdad
van a la par. Un historiador tan escrupuloso como Georges
Duby pudo decir: "de un modo ineluctable el historiador
debe soñar. Seriamente pero soñar"
.
No
hay historias de vida en Freud una vez que llegó
a ser Freud. Ninguna historia de los casos, como mucho historia
de la enfermedad, o, más tarde, con "el hombre
de Los lobos", este título: "Extracto de
(Aus, literalmente: a partir de) la historia de una
neurosis infantil". Neurosis infantil, no de la infancia,
neurosis a adivinar, a hacer aparecer de traza en traza:
efecto del arte... Y, "extracto de", no la totalidad,
sino fragmentos que sólo el análisis, en tanto
desconstruye antes que nada, va a poder poner en contacto
y hacer concordar. Rompecabezas digamos, pero sin modelo
para guiarse y sin "rosebud" que lo concluya;
red ferroviaria si se lo prefiere, pero bajo condición
de que nuevas vías se abran, que haya vías
muertas, errores de orientación, incluso descarrilamientos;
un sistema nervioso que no tiene centro. A cada uno la imagen
que prefiera...
Extraña
rememoración que no es la de episodios, escenas vividas
(ver la suerte que le toco al sueño del hombre de
los lobos), y que deja en suspenso la diferencia entre lo
real y lo imaginario. Si todo recuerdo es una pantalla,
no lo es al estilo de las "muñecas rusas",
sino porque en ella viene a depositarse en una forma, en
una representación enmarcada, encuadrada, presentada
a la mirada, trazas, y no más que trazas. Condensación,
desplazamiento, transformaciones del trabajo de sueño,
incorporación del trabajo del duelo, que operan en
lo que, de modo incierto, nombramos hasta acá, y
seguiremos nombrando, memoria.
Extraña
historia ésta que se refiere a episodios psíquicos
en los que su permanencia sólo se verifica por una
actualización en la sesión. Pues la puesta
en movimiento de representaciones y afectos que autoriza
(cuando la cosa funciona) la "cita" analítica,
produce episodios al tiempo que efectos de sentido. Episodios:
lo que llega. El sueño: episodios de la noche. Transferencia:
episodios, accidentes del análisis. Exit,
para los dos casos, el tiempo mensurado, ordenado, el desarrollo
pasado, presente, futuro.
Mientras
tanto, no nos cansaremos de repetir con Freud "que
los procesos del sistema Icc. no están ordenados
temporalmente, que el tiempo no los modifica". No concluyamos
demasiado rápidamente que, allí donde no hay
conciencia del tiempo que transcurre, ninguna representación
de un tiempo ordenado está ausente. Releamos en todo
caso las admirables páginas del Malestar en
donde Freud, intentando hacer sensible el tiempo de nuestro
"ser psíquico" recurre a la imagen de Roma,
la "ciudad eterna", o mejor aún, "transtemporal".
En la otra escena, otro tiempo, el tiempo otro... Tiempos
que se yuxtaponen, se mezclan, se encastran, se entrelazan,
al mismo tiempo ceñidos y discordantes. Ese tiempo
que no transcurre, no es la negación del tiempo que
pasa. Es su realización.
Ahora
repetición. ¿De qué se trata en
el fondo? Con toda facilidad podemos trazar aquello a lo
que no se reduce: a la constancia de hábitos y rasgos
de carácter, a esquemas de comportamiento, prevalencia
de tal tipo de relación de objeto (oral, anal), a
la permanencia de un modo de goce (masoquista por ejemplo).
Los "clichés", apunta Freud, se repiten
regularmente en el curso de la vida". Señalar
tales clichés, eventualmente hacer tomar conciencia
de ellos al paciente, no solamente es ineficaz, sino seguramente
el modo más eficaz de dejar a un lado al fantasma
subyacente que gobierna el escenario repetitivo.
Lo
que se repite, no digo lo que se rehace sino lo que insiste,
es lo que no tiene lugar, no lo ha encontrado, y no encontrándolo,
no tiene existencia como episodio psíquico. El no-lugar
hace justicia en los actos del sujeto. Esta es la paradoja
de la repetición. Se repite como en un teatro pero
en ausencia de, vacío de, texto. Se repite un fuera
de texto, lo incrustado no lo impreso -lo
que es algo bien diferente de las notas al pié de
página o las palabras dispersas y las inscripciones
garabateadas en el margen, que son, en sí mismas
signos benditos de lo reprimido.
En
el corazón de la compulsión a repetir veo
algo diferente a la puesta en jaque en que nos ponen nuestros
deseos y, en consecuencia, frente al hecho de su inacabamiento,
una exigencia de retomarlos -reactivación de dominio,
de saturación-. Si hubiera puesta en jaque ya habría
capacidad de representación.
Constatación
exigente para Freud, y que le cuestionó cabalmente
la concepción de un análisis "cautivante",
en el que, como en su Gradiva, avanza y cobra vida aquello
que, de traza en traza, autoriza interpretaciones, construcciones.
Animado por el Eros analítico, se multiplican trayectos
sobre redes asociativas, a través de ruinas y vestigios.
Si, constatación que es el desencanto que abre al
"Mas allá del principio del placer": "he
aquí que el paciente repite en el presente en lugar
de recordar", "como el médico preferiría"
agrega, qué confesión!
Sin
embargo, si este paciente indigno, no recuerda, no recupera
los "fragmentos del pasado" ¿es por defecto
de la memoria, indolencia de su voluntad o por impulso de
una represión más activa, es decir por un
motivo más esencial? "Esencial", esta palabra
es inusual en Freud, y es la que acude a él frente
a la constatación desilusionante a la que hice alusión
antes: "El enfermo no puede recordar todo lo que en
él haya de reprimido y quizás, precisamente,
lo esencial". ¿Es necesario seguir hablando
aquí de lo reprimido?
Un
analista que intentara hacer reconocer a su paciente, uno
particularmente "resistente", la realidad presente
de lo reprimido, diciéndole, por ejemplo: "Mire
usted acá mismo, cómo se muestra activo lo
que aparentemente ya no tenía existencia" (es
decir, es cosa del pasado, olvidado, desaparecido); rápidamente
sería corregido por el paciente: "No, tiene
presencia porque ello ya no existe".
Me
haré entender mejor con un breve ejemplo: "No
tengo recuerdos de infancia". De este modo inaugura
y prosigue un período de análisis cierto hombre;
un análisis que ya he retomado en numerosas evocaciones,
repetidamente..., como si debiera hacerme cargo, hacer mía
una memoria de infancia tan afirmativamente negada, y de
la que él me hacía responsable de mantener
indefinidamente con vida. Sin embargo este hombre, este
niño de niñez borrada, no dejaba de ofrecerme
pruebas de una memoria excepcional: no faltaba a ninguna
sesión el relato de un sueño, con extrema
precisión y riqueza de detalles, en que no pudiera
hacer el inventario de algún departamento en el que
hubiera habitado; ningún nombre, de persona o ciudad,
ningún título de libro escapaba en su evocación,
nunca tropiezos con las palabras. El asociaba, yo escuchaba,
intervenciones oportunas, estábamos mutuamente congraciados.
El consejo que en otro tiempo Lacan daba a los analistas,
a mi me caía de maravillas: "hagan palabras
cruzadas". Efectivamente, la "grilla" donde
ubicar las letras era astutamente dispuesta por mi paciente.
Esa grilla nos tenía encerrados uno con el otro.
Mis palabras no hacían más que tomar ubicación
en las casillas listas para recibirlas.
Progresivamente
empecé a percibir como una evidencia que su palabra
tanto como la mía no eran portadoras de nada, no
se dirigían a nada, que no había otra presencia
entre ambos que una ausencia. Todas aquellas palabras estaban
diluidas, esos lugares inventariados, los relatos de los
sueños, los episodios referidos de su historia no
tenían otra función que gravitar alrededor
de esa ausencia e impedir su acceso. Cierto día esa
ausencia -que se daba a ver- se hizo evidente como algo
que se relacionaba con su madre, desaparecida tempranamente,
literalmente sin dejar huellas. Esa ausencia tomó
así cuerpo en la sesión. ¿Cómo?
Lo extraño es que ya lo he olvidado, no es que se
trate de un tratamiento muy antiguo, en todo caso pienso
que fui algo en esa encarnación actualizada
de lo desaparecido, y quise, en esta oportunidad, dar testimonio
de ese desfallecimiento en mí. Al fin de cuentas
poner en palabras y en memoria disponible aquello a lo que
el análisis había dado consistencia y vida
por primera vez. Conjugar al mismo tiempo pérdida
y reencuentro y reconocimiento sensible, la negra muerte
y el pequeño Eros.
El
segundo ejemplo lo tomo prestado de las primeras páginas
de "Mas allá del principio del placer",
se trata del caso más probatorio de la compulsión
a repetir, no se trata del tan abundantemente comentado
del "fort-da", en el que se da a ver, como Lacan
lo mostró antes que nadie, el prototipo de una simbolización
y, por lo tanto del lenguaje. En ese ejemplo, si así
se lo puede decir, el juego ya está ganado: la repetición
no tiene más que un tiempo, el niño en cuestión
es un caramelo para el análisis. No, el caso más
demostrativo, más revelador, es el de la neurosis
de destino. Vemos en este una metáfora más
que una entidad clínica bien definida. Destino,
Schicksal, Deimon, Fatum: decir es hacer y ese hacer
no es el mío. Actúo una escena de la que no
soy autor. Me toca en suerte repetirlo. No soy su locutor,
no hablo, soy hablado. ¿Cómo podría
tener esperanzas de incluirme en él si eso puede
que sea lo que "pertenece a su desgracia". De
aquí el aspecto persecutorio que revisten las quejas
de quienes se sienten víctimas del destino, incluso
si reconocen su participación en él. No obstante
"vaya usted a decirle a los españoles -escribía
Mérimée- que son responsables de su propia
desgracia. No les falta convencimiento al respecto".
Tomemos
ambas ideas en conjunto -llamémosles infans y
fatum- planteemos entonces la hipótesis de que
el sujeto de la repetición es no-hablante.
No asimilemos el infans al lactante, nuevo objeto
de elección de tantos analistas en nuestros días.
Tampoco lo ubiquemos en un estado "pre-verbal",
como si estuviera fuera del lenguaje. Es una locura que
se le pueda hablar, hablar de él, a su alrededor.
Sólo podemos interpretrarlo -sus llantos,
gritos, gestos, juegos-. Puede, incluso, que se hable a
sí mismo como lo hace mi paciente. Únicamente
su mundo de sensaciones, en desorden, en su caos, sus movimientos
corporales hechos de impulsos y reacciones -tomar, soltar-,
olores y gruñidos, no los puede traducir en signos.
La Hilflosigkeit -el estado de desamparo-, desconcierto
absoluto, el "des-ser" (Lacan), el "inauxilio"
(traductores franceses de las obras de Freud), es, ante
todo, esto: no tener recurso y amparo en el lenguaje.
El
lenguaje es siempre y para todos, estar de duelo. Es nuestro
máximo y permanente luto. Sin embargo, soportar el
duelo puede entenderse de dos maneras. Como el mantenimiento
a toda costa del lazo de amor y odio con el objeto perdido,
o como transformación de una pérdida en ausencia.
En el primer caso el lenguaje no supone más que una
ruptura inaceptable con la "cosa misma", lo tengo,
pero, únicamente como un desafío hostil, no
puedo usar al lenguaje más que neutralizándolo,
reduciéndolo a un rol funcional de información
y comunicación. En el segundo caso, me entrego a
su movimiento: y entregado al duelo me dirijo, también,
hacia lo que no es él, a lo que lo excede. El amor,
la poesía, ofrecen esa chance... y, algunas veces,
el análisis.
¿En
qué se empeña el psicoanálisis? En
hacer hablar al infans, silenciar al fatum.
¿Cuál fue el genio de Freud? Haber inventado
un método -asociación libre=Analuein=desligazón=el
destejer como oficio, -y un dispositivo- una palabra garabateaba,
analogía próxima al sueño, palabra
susceptible de escapar a la vigilancia, tanto de quien la
emite como de quien la escucha y recibe, como destinatario
no identificado. Método y dispositivo, bajo condición
de que puedan permanecer más instituyentes que instituidos,
permitiendo que el lenguaje no sea reducido a las funciones
que se le gusta asignar. Por el análisis, el lenguaje
se desliga de toda función. Se entrega a su potencia
e imperfección fundamental. Lleva y transporta hacia
lo que escapa de él. Transporta fuera de sí,
es transferencia.
Imaginemos por un instante que pudiera concebirse una cura
sin transferencia. La hermenéutica podría
pasarlo a lo grande, pero, en ese caso no habría
análisis. Habría sentido, ubicación
convincente de una historia, habría interpretación,
decodificación, traducción, abundante caza
y pesca de significantes, pero no habría quinta estación.
El
tiempo del infans, el del análisis es el de la quinta
estación. ¿De qué se trata? Jean Giraudoux
la evoca en su novela Bella, en el siguiente pasaje:
"Allí donde él gobierna, (a este "él"
podríamos designarlo como el fantasma, la fantasía
que, en su omnipotencia imaginaria, desafía la naturaleza
de las cosas), "Allí donde él gobierna,
escribe Giraudoux, florece una quinta estación que
hace dar ciruelas al manzano, frambuesas al roble".
Sin embargo es Pascal Quignard quien, más recientemente,
ha sabido conferirle, en admirables páginas, el alcance
que más nos interesa. Toma la invención de
una fórmula -pues con Quignard jamás sabemos
lo que pertenece o no a su credo: igual que en un análisis
¿cuál es el de uno y el del otro?- de una
olvidada novela de la antigüedad romana, o dicho de
otro modo, de una de nuestros contemporáneos, Caius
Albicius Silus: "Hay algo que no pertenece al orden
del tiempo y que sin embargo retorna cada año, como
el otoño o el invierno, la primavera y el verano.
Algo que tiene sus propios frutos y su propia luz".
Y Quignard hace el siguiente comentario: "Albicius
remite a esa verdadera pre-estación que vaga furtivamente
durante toda nuestra vida, que merodea a las estaciones
calendarias, que visita un poco las actividades del día,
a menudo los sentimientos, siempre el dormir, por las vías
del ensueño y relatos que derivan en esa especie
de recuerdo verbal que de ellos se retiene, despojándole
de toda su luminosidad y febrilidad".
Estación
anacrónica -literalmente hablando-, que no posee
existencia en sí. Si "merodea" las estaciones
calendarias es que no toma su lugar en la sucesión
natural, menos aún las excluiría. Continúa
Quignard: "Estación que es extranjera, no a
la totalidad del lenguaje sino a todo pensamiento
articulado".
Quinta
estación podría ser otro nombre, de mayor
poder evocativo, para designar a lo inconsciente freudiano:
fuera del tiempo, que podemos concebir tanto tópicamente
como sistema no agotable, funcionando en circuito cerrado,
como un lugar separado", producto de una división
fundamental del alma (represión primaria), y también
dinámicamente, ejerciendo una atracción
sobre los otros sistemas, sobre las otras estaciones, atracción
que les imprime un movimiento: lo inconsciente, en este
caso, circuito abierto. Lo que habrá de retenernos
sobre todo, es la ligazón que establecen las líneas
que acabo de citar (aunque sería la totalidad del
capítulo lo que sería preciso leer para tornar
sensible su resonancia) entre lo extranjero al tiempo y
lo extranjero a la totalidad del lenguaje. En efecto,
van a la par.
Paradoja:
mensuramos el tiempo de las sesiones, fijamos su frecuencia,
el día y la hora, indicamos las fechas de su interrupción,
etc. Reconocemos el calendario, el tiempo de los relojes,
y nos sometemos a ellos como buenos obsesivos. Y sin embargo,
lo que buscamos percibir, hacer advenir, es el fuera del
tiempo. Los límites temporales que imponemos y nos
imponemos nos parecen ser la condición de ese advenimiento.
Idéntica
paradoja parece concernir al lenguaje: invitamos a un decirlo
todo -lo que el sentido común llamaría hablar
para no decir, para, efectivamente, decir naderías
que, el discurso "bien articulado", descarta;
esa nada o ese demasiado que nos constituye en el origen
(a cada cual su big bang) -y no apuntamos más que
a una cosa: que sea dicho no sólo lo que únicamente
se puede proferir allí: secretos de toda naturaleza,
fallas de la memoria, placeres vergonzantes, ensoñaciones
del Gran narcisismo y fantasmas del pequeño Edipo,
síntomas o rituales disimulados o familiares -qué
más agregar?-, sino, sobre todo, que se diga lo que
jamás uno llegó a decirse, en los confines
del lenguaje, como la quinta estación, retomando
una vez más las palabras de Albicius Quignard, "encontrándose
en el límite del tiempo personal", en el vacío,
en lo que forma agujeros y bolsones en el universo del tiempo".
Cuando,
no hace mucho tiempo, objetivamos estadios del desarrollo
(libidinales, del yo), cuando hoy día pretendemos
descubrir lo arcaico, el "mycenien" de lo psíquico
(defensas, angustias, imagos que se llaman arcaicas), cuando
confundimos lo más antiguo con lo más "profundo"
o lo más "verdadero", cuando intentamos
remontar cada vez hacia más atrás, hacia los
orígenes, el Ur (pues ¿quién
más animado por el fantasma de los orígenes
que el psicoanalista?), cuando todo esto sucede creo que
quedamos atrapados en una representación del tiempo
que no es la que nuestra experiencia de lo inconsciente
debería suscitar. Ciertamente no es la cronología
la que allí nos ocupa, tampoco ignoramos los efectos
del "aprés coup" en las reconstrucciones
y deformaciones, pero es todavía el dios Chronos
quien sigue reinando, y con él, el amo Logos.
Seguramente
es difícil, imposible quizás, transcribir
en palabras lo que escapa al dominio del Logos: el grito
de nuestra entrada a la vida, nuestra precoz animalidad,
la perversidad y el impudor nativo de nuestros sueños,
a veces, en el desarrollo de su lógica algo nos trasmiten.
Ese tiempo, esa "alógica" no se encuentra
en nuestro pasado. Está en el origen del presente.
Origen vivo, inagotable, Freud lo llama lo infantil. Es
lo sexual indiferenciado donde pueden coexistir ternura
y sensualidad, masculino y femenino, activo y pasivo; la
sexualidad no subordinada a una función ni ligada
a órgano específico, la sexualidad es totalmente
ignorante del principio de realidad y quizás no sometida
al principio del placer -que implica ya cierta finalidad-.
Lo sexual sin principios.
Lo
infantil no tiene edad, no corresponde a un lugar ni tiene
tiempo asignable. Es otro nombre de la quinta estación.
Noten
que esta fórmula me sirve para desplegar el sentido
de la palabra "estación", en lo que evoca
-a la vez- como pasajero (el verano terminó, está
en esto su autonomía), y de retorno de lo regular
(se aproxima otro verano).
No
es de hoy que se proclama por todos lados que el psicoanálisis
ya no es una estación, que su tiempo ya pasó,
incluso que se encuentra moribundo; la edad de sus descubrimientos
y de su escándalo -epistemológico, moral,
social, religioso- ya perdió vigencia. Una etnología
que podría emplearse a las sociedades en vías
de extinción, para escribir su historia, poniendo
con preferencia el acento en los tenebrosos asuntos de familia,
o para rescatar las más ínfimas reliquias
de su fundador: Freud tiene sus museos.
Leemos
esto: "toda esta última estación, Einstein
tuvo su verano en nuestra pasión de moda, este invierno
será, creo, la estación de Freud". Fue
señalado por Jules Romains en 1922, una época
en la que la obra de Freud era totalmente desconocida en
Francia, donde ningún psicoanalista ejercía,
lo que no impidió denunciar el entusiasmo por ese
producto vienés incompatible con el "genio latino"
y predecir su fin inminente. Esta canción ya la había
escuchado Freud y mucho más sentenciosa: no la tuvo
en cuenta. O, si la tuvo en cuenta, no fue para contestar
a los ataques de sus detractores sino para responder a las
exigencias de su pensamiento. Más tarde las palabras,
los argumentos, cambiaron, actualmente son las neurociencias
las que tomaron la posta, el espíritu de la canción
sigue siendo el mismo.
Lo
novedoso es que los psicoanalistas, a su turno, también
se quejan, como si se identificaran con el agresor. Se los
escucha especular melancólicamente sobre el porvenir
del psicoanálisis, como ganados por el sabor anticipado
de su desaparición. Se preguntan de un modo ansioso,
en esta era de frenética modernidad: ¿no seremos
los últimos dinosaurios? Después de todo porqué
escaparíamos a ese destino efímero, a lo "pasajero"
sobre el que Freud escribió algunas emotivas y serenas
páginas, resonancias -se comenta- de un intercambio
con un "ser sensible", Rainer María Rilke,
durante un paseo de montaña en la hermosa estación:
"supongamos, declara, que deviniera un tiempo en que
las pinturas y esculturas que nosotros hoy admiramos se
hayan perdido o que en el futuro viniera una raza de hombres
que no comprendan la obra de nuestros poetas y pensadores
(¿se incluiría él mismo en ese lote?),
o incluso una era geológica donde todo lo vivo sobre
la tierra pereciera". Aquí, es sobre la Verganglichbiet,
sobre el transcurrir del tiempo, en lo que Freud está
meditando.
Ciertamente,
en los tiempos que corren, no faltan motivos que susciten
nuestra inquietud: triunfo arrogante y generalizado de las
tecnociencias aplicadas también a lo humano, ideología
reinante sobre la rentabilidad, resultados objetivamente
verificables, potestad creciente del Estado, o sus delegados
(los organismos de Salud Pública), cuerpo fragmentado
de lo que podía aún, hasta no hace mucho,
llamarse "comunidad psicoanalítica", crisis
y burocratización creciente de la Asociación
Psicoanalítica Internacional obligada a "apretar
las tuercas" para no incluir en su seno más
que a respetables y respetuosos; proliferación de
técnicas psicoterapéuticas (se inventa una
por semana), que, más o menos, remotamente derivadas
del psicoanálisis, pretenden ser más eficaces,
más rápidas, menos caras, promesas de salud
individual y terrenal. Abrevio el inventario.
Pero
lo más inquietante no está en estos motivos
externos. Reside, en todo caso, en la crisis de confianza
que gana a los propios psicoanalistas. Lo aleatorio de su
práctica donde tambalean los "carteles indicadores",
la devaluación y mediatización de sus conceptos
(Edipo, castración, pulsión, fantasma, incluso,
pulsión de muerte), la diversidad de teorías
concurrentes que sus adeptos defienden y propagan con uñas
y dientes, y además, confesémoslo, la suficiencia
de algunos psicoanalistas ("Nuestros otros analistas"
que dan la apariencia de pertenecer a una especie aparte,
confundiendo, en consecuencia, una posición eminentemente
precaria y una función inestable por naturaleza con
la permanencia de un ser), todo esto parece alentar cierta
morosidad. Entonces llegamos a pensar que efectivamente
el psicoanálisis tiene los días contados,
que su estación llega a su término, que es
irremediablemente viejo -un siglo, pilas de publicaciones
que consultamos con un apetito decreciente, coloquios, congresos
reiterativos... "¿qué hay de nuevo?"-
florecimiento de neoconceptos fabricados, ante todo, para
satisfacción narcisista del autor y para diferenciarse
del vecino... ¿lo pinto exageradamente negro? Escuchemos
simplemente lo que se rumorea a media voz.
Y
luego sucede que en el curso de una sesión igual
a otras se produce una revelación entre los sus dos
protagonistas, que una puerta se abre, palabras inauditas,
una emoción desconocida que surge, transportándonos
más allá de las fronteras de nuestro acostumbrado
campo afectivo, de nuestro código mental personal,
de nuestro diccionario privado, nuestra geografía
interna, aparece un pensamiento que ignorábamos antes
de su formulación llegándonos de vaya a saber
dónde, y entonces el psicoanálisis recobra
su juventud!
"Cuando
el duelo renuncia totalmente a lo que se ha perdido también
se ha consumido a sí mismo, y en la medida en que
aún seamos jóvenes y vigorosos, reemplazaremos
el objeto perdido por otros nuevos, si es posible tan o
más valiosos". Es así como Freud, a quien
ligeramente se acusa de pesimista, concluye su meditación
sobre lo efímero. Es así como nos curamos
de la queja y la melancolía ("el psicoanálisis
ya no es lo que era"). Para encontrar objetos valiosos
¿no tendremos que hacer un duelo por el objeto perdido,
un objeto que sólo existe por obra y gracia de la
nostalgia? En cuanto al objeto valioso, sólo la imposibilidad,
la dificultad de todo análisis, en su extrema singularidad,
donde se transforma lo más vivo de nuestro ser, nos
lo puede ofrecer. Ello no avanza más que si ello
resiste.
Cierto
día suscité algún alboroto con esta
provocativa sentencia: "Analistas, no crean en el psicoanálisis!"
Todo se sostenía, enteramente, en el en. Pues frente
a nuestros incrédulos también tenemos a nuestros
creyentes, adversarios cómplices de los primeros:
aquellos que proclaman su credo. Quien cree en el
cielo, y quien no cree más en él, a menudo
son lo mismo. Creer o no creer en el psicoanálisis
como se cree o no se cree en la astrología, como
irónicamente lo expresó J.Laplanche. ¿Es
esa verdaderamente la cuestión? Para quienes la tienen
por una "falsa ciencia" o una ciencia no falseable
(Popper and Co.), a la que nada puede desmentir o confirmar,
el psicoanálisis no podría ser más
que un objeto de creencia, con sus dogmas, sus doctores
y aparatos. Esto es porque Popper lo compara con el marxismo
(lo que, en el estado actual de cosas, no habla bien de
nuestros asuntos...).
Con
toda seguridad que no es objeto de un saber: ningún
curso "formará" jamás un analista,
ninguna interpretación es enunciada -o debería
serlo- en nombre de un saber. Y, por otra parte, proclamarse
el dueño de un no saber sería una circunstancia
agravante, pues erigir un no saber absoluto no es más
que el avatar de un saber supremo , alternativa última
de la posición del Amo, inexpugnable.
Menos
aún se puede tratar de un objeto de creencia o de
su inverso: lo increíble. En efecto, que es creer
en? Remitirse a otro que se identifica a la Verdad.
Le otorgamos entonces el privilegio exorbitante de hacernos
creer en lo increíble. Lo sorpresivo, la inquietud
fecunda del pensamiento, aquello que lo pone en movimiento
-también en jaque- no encuentra oportunidad de ser.
El psicoanálisis se expone a este riesgo si se asimila
a su objeto de investigación -el inconsciente y sus
formaciones-, si confunde lo latente con la verdad, en una
palabra: si uno se toma por psicoanalista.
En
este punto me permito prevenir sobre un eventual malentendido.
Al invocar, directa o indirectamente, a la "quinta
estación", me rehusé asignarle un lugar,
conferirle estatuto de realidad, -a no ser la realidad de
una línea de horizonte- Horizonte, dixit el
diccionario: línea donde termina nuestra visión,
donde cielo y tierra -o agua- parecen reunirse. Se avanza
hacia dicha línea, pero no se podría estar
allí. Nos indica un movimiento hacia, no define
un lugar y tiempo. Creer -otra vez la creencia- que uno
puede instalarse allí, residiendo, apropiándoselo,
que allí podrían encarnarse nuestros deseos,
es un engaño heredero de la magia. La definición
del diccionario lo dice bien: "parecen reunirse".
Dicho de otro modo, la quinta estación no tiene sustancia.
Lo inconsciente tampoco. El fuera del tiempo que figura,
iluminando, animando y ahuecando las estaciones calendarias,
no tiene otra razón que la de abrir el tiempo.
No posee el poder de transformar en armonía el desorden,
el juego de los contrarios, la ambivalencia primordial del
humano. Será esta una ilusión mayor aún
que confundirla con la eternidad, ese no-tiempo de los muertos.
Volvamos
a la cura. El amor de transferencia -que preferiría
llamar pasión "enteramente absorbida por la
presa atrapada" y susceptible de volverse odio, la
cara negra del amor-, apunta a confirmar que la quinta estación
deba existir cabalmente en sí, a que se pueda
acceder a ella, a que la exigencia del amor infantil -de
la que Freud decía que era en esencia la neurosis-
exclusiva, insaciable, impaciente ("todo, todo ya"),
no conociendo ni medida ni límites, y no conformándose
con fragmentos-, pueda en ella aliviarse, colmarse, sin
restos.
Sin
embargo, el amor de transferencia, declarado o no, ese irreductible
de permanencia insidioso, no es transferencia. Esta última
se "adivina" no se declara, como la neurosis infantil
que debe adivinarse bajo la neurosis manifiesta.
La
transferencia -hablo de transferencia analítica,
pues hay otras: a los profesores, de filosofía, de
gimnasia, nuestros médicos, patrones, y también
sobre nuestros padres que se ofrecen como blanco inigualable
del desorden de nuestras mociones pulsionales -la transferencia
es movimiento. Ciertamente puede fijarse por algún
tiempo, conocemos períodos de bonanza, anticipadoras
de tempestades, pero la navegación se reiniciará
un día u otro, la travesía se proseguirá,
pues es seguro que la transferencia es un mensaje y su destinatario
permanentemente otro. La cita con el analista consiste en
recorridos para encuentros fallidos. La perlaboración
(Durcharbeiteiten), el tiempo para "comprender"
no es a mis ojos otra cosa que el trabajo de la transferencia,
"trabajo" que escapa -como otras ocurrencias freudianas
(trabajo del sueño, de las pulsiones, de la cultura,
cada uno con su propio tiempo)- a todo dominio consciente.
Es ese trabajo el que otorga espesura al tiempo.
Espero
que haya quedado claro, al intentar evocar el fuera del
curso del tiempo y fuera de la totalidad del lenguaje (aunque
acordando en eso su crédito a las palabras), que
no atribuyo forma sustancial ni a lo uno ni a lo otro.
En esto me autorizo para mantener mi provocación
antedicha "No crean en el psicoanálisis",
no crean en la quinta estación, pero entréguense,
en una confianza sin reservas, a la fuerza de atracción
que ejerce sobre ustedes, a su poder de animación,
de animación de un movimiento del pensamiento.
Que esa estación no sea observable, aunque portadora
de luces y sombras ¿no sería, justamente,
lo que asegura su permanencia al borde del tiempo, a todo
lo largo de nuestros días y noches?
(1)
Cf. Krzystof Pomian, L'ordre du temps, Paris, Gallimard,
1984
(2) Cf. David S. Landes, L'heure qu'il est, París,
Gallimard, 1987
(3) Un padre que no seduce a su hija y no es seducido por
ella es, sin duda, menos tóxico, pero seguramente
más mortificante (el desdén) que un padre
abiertamente seductor.