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Pontalis por Pontalis (1)

El consultorio de Pontalis es amplio y luminoso. Su escritorio está al borde de una ventana desde donde puede verse -y casi tocarse- una frondosa arboleda. El canto de los pájaros llega nítido. La decoración es discreta pero sumamente acogedora. No está sobrecargada de adornos, sólo un detalle destella con intensidad inquietante y sobrecogedora: un cuadro en la pared próxima al escritorio... Apenas uno entra a la habitación ese cuadro impone su presencia y es difícil dejar de mirarlo.

Su imagen figura una superficie de agua y mármol, totalmente lisa. Su profundidad atrapa, cautiva de inmediato. El agua sin remolinos. El mármol en escalones que conducen al espejo de agua gris. Es como un brazo del mar penetrando en la ciudad. Sin embargo no hay corrientes, es -en todo caso- un brazo muerto. También hay una fábrica, chimeneas de una fábrica que parecen ser de hierro. Más que una fábrica parece un taller deshabitado. Hay, entonces, dos arquitecturas, dos tipos de construcciones o texturas que hablan de otro tiempo. Su unión en una única imagen es insólita, no sobresalta, intriga. Coexisten y se ignoran. Son colindantes pero no se mezclan. Capturado por el azul intenso, el ocre y otras tonalidades más bien opacas, observo que en una de las esquinas de la tela figura un diminuto hombrecito sentado. Lo único indefinido del cuadro es este personaje, está esbozado desmañadamente. Cercano y distante, contempla el cuadro del que él mismo forma parte: observa la imagen pero ésta no lo pertenece... Cuando Pontalis entra al consultorio -encarna en su presencia el mismo equilibrio entre lo discreto y lo informal del propio consultorio-, no pude evitar un sobresalto, y creo que murmuré -un tanto aturdido-: "Es que ese cuadro..."


Y así comenzó la charla, Pontalis sonrió con extraña conmiseración, como si mi comentario hubiera dado en el centro de una cuestión que nos haría inmediatamente cómplices... Se paró a mi lado, y empezó, también él a contemplar al cuadro. Uno al lado del otro sin mirarnos, entonces, Pontalis empezó a hablar, pausado pero con un énfasis muy particular, más que contarme una historia, la confesaba...
Ah, ese cuadro! Una noche hace muchos años, conocí a Roland, su autor, en la casa de unos amigos. Tenía que irse de Francia en unos días y les dejaba unas telas en guarda. Había una sobre el piso, en un rincón de la habitación donde cenábamos. Roland estaba algo apagado. La conversación, con la ayuda del vino -usted sabe..- se desenvolvía vivaz, como para acallar la inquietud de su partida. Mi mirada se dirigía hacia la tela, brevemente al principio, después más y más a menudo. Escuchaba las risas, tomaba parte de los diálogos, pero en el fondo de la movilidad imprevisible que hace a la jovialidad de una conversación, un impulso tomó cuerpo, se insinuaba en una idea fija: "quiero tenerla". Unas horas después volvía por el Boulevard Saint Germain con la tela oculta bajo mi impermeable. Le había pagado a Roland el precio que me había pedido, no obstante yo huía como si la hubiera robado. Este cuadro es como los que a mi me gustan, un análogon de un sueño, una percepción onírica. Y ahí la tiene, nunca pasa desapercibida.

Esta última frase quedó flotando como una confidencia repentina, de esas que de pronto sorprenden al propio emisor. Sentí que tenía que hacer una pausa para salir de esa atmósfera de demasiado íntima.
En una nueva complicidad, de discreción en este caso, ambos nos desentendimos del cuadro, entonces comenté: Sr. Pontalis, en L'enfant des limbes, usted comentaba que por muy poco no llego a convertirse en comediante, instructor, granjero o, incluso, conductor de camiones... ¿Le queda alguna deuda pendiente en ese sentido?
Le diré, a los cuatro años me imaginaba los oficios para los cuales no era indispensable saber leer o escribir, en los que unas palabras simples -como por ejemplo, "Buen día", "alcanzame el destornillador"- bastaran para mantener la camaradería y asegurar la ejecución de la tarea. De niño mis preferencias se dirigían por exclusión a los oficios destinados a los trabajadores inmigrantes: seria barrendero, albañil, lavador de automóviles. Es que no quería entrar en el lenguaje, quería permanecer en el estado del infans... Sin embargo, hoy toda mi actividad profesional, que quise variada, tiene que ver únicamente con hechos lingüísticos: ejerzo el psicoanálisis, edito libros y una revista, leo manuscritos, escribo de cuando en cuando, a veces traduzco. Mas que la mayoría de la gente, heme aquí en terrenos diferentes pero siempre ocupado en un mismo objeto: las palabras. Como sea, a los veinticinco años estaba recién casado, y realmente no tenía demasiado claro a qué quería dedicarme. A mi madre se le había puesto en la cabeza que quería presentarme un conocido suyo que era dueño de una flota de camiones. Finalmente fui locutor de radio, pero lo que verdaderamente anhelaba era ser comediante. En Alejandría llegamos a montar una obra en la que actuaba como galancito. En fin, a la prima del Rey Farauk le resulte muy convincente! Pero ya pasó, me siento cómodo como analista aunque es cierto que todavía me gusta hacer imitaciones.

De un modo u otro, su encuentro con Lacan favoreció esa vocación de psicoanalista... Y curiosamente se apartó de él porque se resistía a imitarlo; sin embargo, ¿cómo pudo sortear el magnetismo tan pregnante de figuras como la Lacan o Sartre? Pontalis pareció ponerse repentinamente en guardia, se retrajo a una cierta distancia desde donde medir su respuesta, al cabo me dijo:
Vayamos por partes, durante algunos años asistí a los seminarios de Lacan y me analicé con él. Digamos que fue un poco él mismo quien "me atrapó", lo que no era infrecuente en Lacan. Yo lo conocía porque teníamos un amigo en común: Marleau Ponty. Un día le comenté mi intención de iniciar un análisis y me contestó: "Lo espero mañana a las 10.45 hs." Comencé entonces un análisis didáctico con él, "didáctico" porque creía que lo único que justificaba la experiencia era mi pasión por el lenguaje, en lo demás, me parecía que todo me iba bien... Por supuesto no se sostuvo mucho tiempo esta última impresión. Con Sartre, quien también fue mi maestro, y a quien admire profundamente, no fue mérito ni demérito de mi parte demostrar mi incapacidad de ser fiel. La voluntad de Sartre, y sin duda su orgullo, era "parecerse a cualquiera", sin tierra ni posesiones, sin legados ni herederos. No soportaba a los seguidores. Ni reverencia ni referencia. Es inimaginable haberlo escuchado hablar de "su enseñanza". Lacan, todo el mundo lo sabe, se postulaba para ocupar el lugar vacante del "Maestro", palabra y fundación que en aquel entonces me parecía de las más sospechosas. Nutrirse de Lacan sin ser lacaniano era una tarea al parecer imposible a la que me apreste durante algún tiempo. Publique durante varios años las actas del seminario; escribí sobre Lacan en palabras que no eran las suyas. Sin duda me equivocaba: en mi prisa por "traducirlo" mostraba mi reticencia a "incorporarlo". Sin duda tenia miedo: temía que si me impregnaba mas de él, terminaría disuelto. Me resistía, no a reconocer mi deuda para con su persona y su pensamiento, que sigue siendo inmensa, sino a quedar prisionero de su lenguaje. Porque veía que Lacan forjaba poco a poco su lenguaje con sucesivas torsiones, mientras que a mí alrededor los discípulos, mis pares, se convertían a él sin ni siquiera advertirlo.

¿Y pudo escapar definitivamente a todo tipo de "impregnación imaginaria" para poder ser "usted mismo"?
Ahora, Pontalis me miró como estudiando a fondo mis "verdaderas" intenciones. Por un instante pareció dudar entre mandarme al diablo o, recuperando una gentileza muy aristocrática en él, contestar. Optó por esto último, pero algo lo había incomodado:
Dios sabe que en la búsqueda de esa verdadera identidad -que usted enuncia con algo de ironía-, siempre nos mortifica ver que resulta tan incierta y precaria, tan dependiente de tal o cual maestro, de tal o cual amor. Nos avergüenza comprobar que sin duda esta hecha solo de fragmentos tomados de otros, precisamente en la época en que más nos vanagloriamos de nuestra singularidad... Yo conocí la mortificación de perecerse a lo que uno desprecia, de tener por interlocutor intimo al enemigo, el temor de descubrir en uno mismo aquello que rechaza.

Finalmente, fue su amor al lenguaje lo que lo hizo analista, pero ¡había otros modos de amarlo sin necesidad de ese oficio!
Sin duda; así fue que me postulé y gané un concurso como profesor de filosofía... Sin embargo, un día, un alumno me dijo: "Sus cursos son muy interesantes, pero pareciera que usted no cree en ellos". En un primer momento me sentí algo ofendido, pero después advertí que su observación tenía algo de cierto. De modo que intenté otro modo de expresión y comunicación. Tenía en ese momento veinticinco años, un buen momento para decidir ser analista, porque es importante, que antes de esa decisión, uno haya pasado por algunas pruebas.

¿Y enseguida supo que era el camino correcto?
Nunca nada me hizo dudar de aquella elección, sin embargo, el pasaje desde el diván al sillón del analista no fue sencillo. No era que me sintiera exactamente un impostor, pero no dejaba de interrogarme sobre qué me autorizaba exactamente a ocupar ese lugar, al principio estaba muy atemorizado de atender y solo recibía los casos imposibles, confieso que me sentía muy desamparado.

Pontalis empezó a distenderse, quizás me empezó a juzgar demasiado inofensivo. Yo recuperé también cierta tranquilidad y pregunté: ¿Y qué lo autorizó? ¿Qué cualidades debe tener un buen analista?
La curiosidad. La curiosidad de saber "cómo está fabricado ese otro ser humano". Alguien tan similar a nosotros y, al mismo tiempo, tan diferente. De pronto se advierte que su modo de pensamiento no se parece al nuestro, y nos preguntamos: "¿cómo puede vivir así? ¿por qué le da tanta importancia a esas cosas?" y descubrimos que él mismo está limitado por su propio pensamiento, que lo hace vacilar una y otra vez. Esa especie de condescendencia y de superioridad que muestran algunos analistas me parece inadmisible... Lo que propone un análisis es intentar otro punto de vista al del paciente que es necesariamente parcial y limitado, otro punto de vista, digo, que también será, aunque de manera distinta, parcial y limitado. Por otra parte, podría rubricar aquel agradecimiento de Winnicott que decía: "A mis pacientes que pagaron por enseñarme". Este agradecimiento no hace alusión sólo al plus de experiencia clínica que les debería, sino a mucho más: a lo que hace que un tratamiento sea verdaderamente eficaz, es decir, cuando hace vacilar las referencias del analista, modifican el régimen de su pensamiento, en fin, puedo arriesgar esta fórmula: cuando lo obliga a "ser" analista. Realmente no adhiero a una neutralidad total del analista, no veo cómo pasar tantos años con un paciente escuchándolo con indiferencia. Yo me encariño y deseo que les vaya bien en sus vidas.

Participó en una obra por el centenario del psicoanálisis, conmemorado por la publicación de La interpretación de los sueños... Quería preguntarle ¿Qué lugar ocupan hoy los sueños en la clínica psicoanalítica?
Bueno, podría decirse -usando una fórmula melancólica- que... el sueño ya no es lo que era!! Es casi un objeto de nostalgia. Sin lugar a dudas, sabemos que más de una cura progresa sin que haya interpretaciones, ni siquiera aporte, de sueños... Por mi parte tengo una cierta reticencia, en mi práctica, a descifrar el contenido de un sueño si no he percibido antes lo que representa como experiencia, o como rechazo de experiencia. Algo así como determinar el lugar que ocupa en la tópica subjetiva del soñador...

Lo interrumpo un momento a propósito de la expresión "tópica subjetiva", podría comentarnos qué implica para usted esta expresión que a menudo emplea en sus textos...
Bueno, el sujeto freudiano es definido de entrada como una serie de lugares, funcionalmente especializados, una especialización concebida en su primera tópica como sucesión, por así decir (sistemas "Ics., Pcs., Cs.), en la que la energía sigue un recorrido temporal progresando o retrocediendo, según el orden de los sistemas; en la segunda tópica esto es pensado según lo que podríamos llamar un encajonamiento... Así el yo se diferencia del ello, el superyó arraiga en el ello diferenciándose del yo, etc. El objeto de la ciencia en Freud es el estudio del aparato... Ahora bien, para que el juego de las instancias pueda funcionar, para que los conflictos intersistémicos e intrasistémicos tomen forma es necesaria la organización de un espacio psíquico ya diferenciado: una tópica subjetiva. De la matapsicología freudiana, el punto de vista "tópico" fue el que me resulto de entrada mas inmediatamente accesible: uno necesita varios lugares para conservar alguna posibilidad de ser uno mismo...

Bueno, André Green decía, en "L'Enfant de ça"- que los psicoanalistas nunca elaboraron una teoría del espacio psíquico, que se habían dedicado, en cambio, a elaborar una teoría de los objetos...
Si, él decía que se había provisto una teoría de los contenidos sin preocuparse por el continente... si no recuerdo mal, decía que "el espacio como medio interior" no ha encontrado todavía su autor en el psicoanálisis. Por mi parte no estoy tan seguro que deba asimilarse "medio interior" y espacio psíquico subjetivo, deberíamos actuar de modo tal que la "bruja Metapsicología" no nos impida ver la tópica propia de cada sujeto, que siempre está por descubrirse. La tópica de las instancias no debe confundirse con la de los lugares del inconsciente, ésta permite con más seguridad que la primera localizar el lugar que le está asignado al analista en la transferencia: testigo lejano, cómplice próximo, receptor seguro, perseguidor, depositario, ideal, etc.

Ahora hablábamos con fluidez, y animado por el clima que se iba generando le hice un comentario que le propuso el tipo de diálogo que él parecía preferir, uno menos académico y más íntimo. Le dije: Usted, en Fenêtres, su último libro, comenta que su "tópica" subjetiva es a la vez una de "ventanas abiertas", pero en una "habitación íntima y personal..."
Es que podría repasar cada etapa de mi vida según cierta sucesión de ventanas que se abrían: las primeras salidas más allá de mi barrio, lejos de mi familia, con los amigos. El aprendizaje de lenguas extranjeras, las clases de filosofía, mis primeros viajes traspasando fronteras, mis amores.. aunque no todos por cierto!, mis lecturas y relecturas, mi análisis desde el diván y mis análisis desde el sillón. Le diré algo que le va a gustar a su espíritu winnicottiano, sostengo mi tópica subjetiva como una paradoja: siempre insisto en que las puertas estén bien cerradas, cada pieza debe tener su uso personal y bien delimitado, pero las ventanas, las ventanas deben estar abiertas...

Recuperada la confianza, Pontalis encendió un cigarro de aroma profundo y esperó a que le hiciera la siguiente pregunta. Entonces le dije -sin mucho ingenio, es cierto, pero es que estaba demasiado emocionado...- La tarea del analista es demasiado solitaria ¿es por eso que además decidió ser editor?
Esta doble función me es absolutamente necesaria, de lo contrario, tarde o temprano, se instalaría el aburrimiento en mi función e analista. No podría ser nunca un analista de tiempo completo. El trabajo de editor, además, me permite una relación más social. En un primer momento trabaja de editor, de analista y en la CNRS y no daba abasto. Claude Gallimard me propuso, entonces, integrar sólo el comité de lectura junto a otros novelistas. El intercambio con ellos relanzó mi escritura literaria. En cierto modo, escribir es como un análisis, avanzar hacia lo que se ignora y no se domina, y permanece desconocido.

Volvamos a su libro Fenêtres, esa suerte de versión privada del famoso Vocabulario del psicoanálisis, de cuya aparición hace ya unos treinta años... ¿Cómo surgió la idea?
Cuando empecé a interesarme en el psicoanálisis, nada me pareció más urgente que empadronar sus palabras clave. Fue necesario que concluyera el "Vocabulario" para permitirme algo que -lo reconozco- es ilusorio: la facultad de pensar sin palabras. Sin embargo necesito esa ilusión: sin ella no puedo amar al lenguaje. Y fue movido por la atracción que ejercen en mi las palabras, que quería redactar, justamente, un léxico de uso personal. Sin embargo, el libro se transformo rápidamente en otra cosa, abarcando frases e imágenes a partir de las cuales podía imaginar diversas ideas. Al modo en que ensayé hacerlo en un texto bastante viejo ya "Lo vivo y lo muerto entrelazados", en el que, tomando como punto de partida al fenómeno de la "transferencia", diferenciaba cuatro niveles en varias palabras susceptibles de crear imágenes más que conceptos: "empresa", "sorpresa", "presa" y "dominio". También es cierto que las palabras sufren de todos modos una suerte de entropía: se usan y se desgastan. Y, las palabras en psicoanálisis, en un tiempo que puede juzgarse breve, también decantaron, no ya en la forma cristalizada de conceptos, sino en las formas vulgarizadas del lenguaje común. Finalmente, el psicoanálisis siendo un movimiento más que una institución reclama el reconocimiento de un movimiento en la palabra, un movimiento que, como en la cura, va por rodeos, inflexiones, procede por espirales, conoce coartadas y atajos.

A esa decantación achatada de la palabra que circula entre los psicoanalistas, esa coagulación de ideas que se hacen mera jerga -es decir, contraseñas que garantizan la pertenencia en determinado círculo militante (lacanianos, kleinianos, etc.)-, Winnicott la llamaba "lenguaje muerto", en contraposición a un lenguaje vivo en el que se tensiona el deseo de comunicar en un lenguaje mas o menos publico para ser entendido por los colegas -pero en un discurso demasiado ajeno a uno mismo, y por lo tanto demasiado abstracto-, y otro definitivamente subjetivo -pero excesivamente personal, y por lo tanto, casi un dialecto íntimo inentendible para los demás-... ¿Cómo solucionar ese dilema entre un lenguaje vivo y uno muerto?
Es que una vez conocida la anatomía de una lengua, desligadas sus articulaciones, recorridas en todas direcciones sus trayectos, solo se tiene un deseo: olvidarla. Pero como es imposible -como refiere usted que lo decía Winnicott- hablar una lengua que solo sea de uno y que sin embargo todos puedan escuchar, uno se vuelve hacia una lengua que se quisiera violenta y límpida. Solo las palabras simples me hacen vibrar; para mí el único arte es el de transformar los nombres comunes en nombres propios. El lenguaje que yo amo es aquel con flexibilidad suficiente para dejarse renovar indefinidamente, seducir insensiblemente, apartar del camino recto...

Bueno, Octavio Paz decía que la poesía es al lenguaje, lo que el erotismo a la sexualidad, justamente, un apartamiento del camino recto -como usted decía-; es decir, una desviación de sus fines, la poesía al desentenderse del objetivo de comunicar, y el erotismo del objetivo de la reproducción... podemos concluir, entonces, que usted ama, y no concibe otra cosa, mas que a un lenguaje poético...
Bueno, digamos que amo un lenguaje lo bastante dócil como para no haya la necesidad perentoria de encasillarlo, suficientemente compulsivo como para que jamás olvidemos su alteridad, de modo que en los momentos de gracia pueda uno fundirse en ella, para recobrarse después, colmado por el vacío de las palabras... El lenguaje es, nada mas ni nada menos, que mi ideal de mujer!!!

El lenguaje un ideal de mujer..., un misterio entonces! Sr. Pontalis, usted ama a un lenguaje que encubre tanto como insinúa pero que jamás ofrecerá respuestas...
Siempre me resulto sospechoso el pensamiento que aunque no lo reconozca, tiene respuesta para todo e ignora su propia incertidumbre. Creo que en la base de esta reticencia esta mi negativa a identificar a un lenguaje con la verdad. Sin embargo al igual que todos, necesito evidencias. Qué dicha cuando la evidencia se impone!, cuando nada la puede alterar! En los gestos del amor (a veces), en el correr de un niño no importa a donde vaya, en la sed que se sacia en el instante... Cuando el lenguaje pretende erigirse en amo absoluto, ignorando que desciende de una sucesión de muertes y asesinatos, cuando no reconoce que su aparente luz no es mas que sombra proyectada, entonces llega el silencio para recordárselo. Si olvida la pérdida que hay en él, entonces hay que dejar que se pierda, abandonarlo a su arrogancia. Cuando lo reencontremos, ya no se escuchará hablando solo; recordara su ausencia gracias a la nuestra. Y tal vez le haremos falta...

Es que si en el lenguaje al que usted ama es un ideal de mujer, no podían faltar desencuentros como el que refiere en su respuesta... Es una mujer difícil de conquistar sin duda!
El lenguaje es también, él mismo un "conquistador". Sin embargo, cuando se entrega a la tarea de anexarse territorios que no le pertenecen, se hace insaciable, como lo fueron, justamente, los grandes conquistadores. Un imperio no acepta fronteras. Si bien no duda de sus fuerzas, duda de su legitimidad.

¿Será finalmente el mutismo la amenaza que se cierne sobre el abuso del lenguaje y lo que a la vez lo pone en evidencia?
Lo paradójico es que cometemos ese abuso para remediar la insuficiencia del lenguaje, su vacuidad interna, su violenta o su dulce melancolía. Pretendemos otorgarle autoridad irrebatible, le exigimos incesantemente que tenga evidencia de una cosa, la presencia de un cuerpo... pero, hay que admitirlo, el lenguaje es separación y solo expresa separación. Y si abandonándonos a sus poderes tan cercanos a los de la magia, logramos acceder a una verdad inaudita, nos sentimos transportados por él, deslumbrados por su belleza, es porque el lenguaje es el eco lejano e insistente de todas nuestras perdidas.

El amor a las palabras, esa fuerza irresistible a la que usted no deja de aludir -y dar testimonio-, también lo llevo a la escritura...
Sí, y escribir y amar no ofrecen mas que una certeza: estar condenado a los cambios más extremos del estado de ánimo. Tal vez la amistad escapa a esos vaivenes, aunque no deja de tener sus exacerbaciones. Escribí, es cierto, y un libro es un pedazo de uno que esta en ese pedazo. Cuando se ha terminado de escribirlo, uno siente vergüenza mas que orgullo, duelo y no alegría.


Escribió su primer novela a los veinticinco años y espero otros veinticinco años para publicar otra, ¿no es demasiado tiempo?
Aquella primer novela se parecía demasiado a un "compendio" de novelas, se intitulaba "L'enfance d'un autre". No diré que reniego de ella, pero, francamente, no era demasiado buena. Explotaba elementos de la infancia pero sin desarrollarlos. Al poco tiempo me hice profesor de filosofía y empecé a escribir crónicas -a pedido de Sartre- en Tiempos modernos. Ya mas tarde me comprometí con la tarea analítica que me absorbió completamente. Y pasaron veinticinco años!

Sartre le pidió que colaborara en Tiempos modernos!, qué honor...
Claro que sí, pero, de algún modo, Sartre fue también otro de los elementos que, de un modo involuntario, ayudó a diluir aquella dedicación literaria. La sombra que proyectaba sobre nosotros era un poco pesada, aunque él mismo nos alentaba una y otra vez a que nos soltáramos. Pero era difícil estar con este hombre que no paraba de pensar ni de escribir. Para él, como lo testimoniaba, todo era posible, para mi no... No veía en Sartre un profesor, no los limitaba a una función. Él remitía solo a sí mismo. Cualquier palabra -respeto, admiración, fascinación- resultaría aquí inapropiada. No obstante, lo convertí en algo así como a mi dios. Su poder residía, creo yo, en que eras capaz, sin perder la apostura, de pensar resueltamente lo que a mi juicio estaba mas allá de los limites del pensamiento: podía nombrar lo que me parecía inaccesible por la vía del lenguaje. Mas aun decir lo que para mí estaba prohibido decir. Mas tarde llegue a admirar en Sartre esa mezcla tan suya de ferocidad y generosidad: el diente afilado y el bolsillo abierto. El peso de las cosas. Y, en fin, después de veinticinco años, como usted dice, volví a la literatura, el nacimiento de mis hijos debe haber jugado, también, un rol en esa decisión: escritor tardío, padre tardío...


¿No tiene la impresión que con L'enfant des limbes usted abordó una escritura más libre que en otros textos?
Cuando retomé la escritura literaria lo hice con "Loin", una novela de inspiración autobiográfica, de espíritu casi adolescente, sólo que ya tenía cincuenta años! "L'amour des commencement" fue un escrito casi concertado: un amigo me hizo notar que había conocido a Sartre, a Lacan, etc. Y me dijo: "¿por qué no escribes una biografía intelectual?" Como si se pudiera separar historia personal del desarrollo intelectual! "Perder de vue" se inscribe en la temática analítica. Pero es sobre todo con "Un homme disparaît" que se produjo un cambio. Ese libro, en todo caso, me costó mucho trabajo, no sabía exactamente dónde iba. En L'enfant des limbes" también ignoraba el curso, sólo la palabra "limbes" me volvía una y otra vez al espíritu. Finalmente "Fênetres" admite una acercamiento del psicoanálisis con la literatura, genera casi un nuevo género, ni psicoanálisis ni literatura ni ensayo ni ficción. El psicoanálisis no es tomado como su tema sino como su impulso.

¿Qué escritores le gusta leer?
De los contemporáneos, Sylvie Germain. Me apasiona ver como conduce la imaginación y la mirada hacia lo invisible. Pascal Quignard, sobre todo sus textos breves. Pierre Micho, también, uno de los grandes. Christian Bobin, mi amigo Roger Grenier, Claude Roy.. y no quisiera olvidar a Patrick Modiano.

La Nouvelle revue de psychanalyse fue sin duda la publicación de psicoanálisis más prestigiosa de Francia, respetada y consultada por la mayoría de los psicoanalistas, no importando la filiación teórica del lector en cuestión... ¿Por qué dejó de editarla?
(Pontalis sonrió con cierto cansancio íntimo de ver repetida hasta el cansancio la misma pregunta..., y se dispuso, una vez más a intentar una respuesta, al parecer siempre insuficiente):
Más de cien veces se me planteó la pregunta y jamás supe responder... Su razón de ser permanecía en pie, su objetivo no se había degradado, su impulso inicial no se había diluido. Pero ¿tenía que tener un motivo razonable? Decidí separarme de lo que fue durante tanto tiempo -veinticinco años- una parte de mi vida. Cada vez que uno se separa -de un lugar, una mujer, un libro que se publica- uno se separa de sí mismo. Sin saber uno demasiado por qué aparece el deseo de hacer otra cosa. No sentí pena, pero sí emoción, me entregué a la confianza de pensar que la N.R.P no acababa sino que cobraría vida en otras formas. Pero nos dijimos adiós, como lo hacen, después de muchos años analista y paciente sin preocuparse demasiado sobre quién modificó más a quién. Y lo cierto es que cuando me digo "no hice gran cosa de mi vida", me detengo frente a sus volúmenes, bien a la vista, reinando en mi biblioteca, y pienso que es una obra útil, algo que jamás pienso de mis libros. Recuerdo ciertos títulos.. Quise en su momento, y sigo disfrutándolo hoy, que esos títulos no pudieran figurar como "conceptos" de ningún vocabulario del psicoanálisis...

Pero, a pesar de sus reticencias -a menudo reiteradas en este sentido-, ¿realmente cree usted se podría prescindir de los conceptos en la teoría psicoanalítica?
El concepto -dice Nietszche- se forma por el olvido de lo que diferencia un objeto de otro" La condición necesaria de la formación del concepto es el olvido. Olvido de lo propio, lo singular, lo diferente. Si digo "es un obsesivo", olvido lo que me dice, si digo identificación al padre, prácticamente no digo nada, si digo transferencia, creo haberme liberado de ese amor desmesurado y ese odio inacabable, etc. No digo que deba o se pueda prescindir de los conceptos, pero, al menos, desprendámonos de quedar sometidos a su tiranía de abstracción para abrirnos un poco a lo inconcebible. Aunque no faltará algún productor de conceptos que nos fabrique el concepto de lo inconcebible! De todos modos, lo que nos preserva de la empresa tiránica del concepto es la lengua. La insuperable sensatez de la lengua -dijo Freud no recuerdo exactamente dónde-.

¿La insuperable sensatez o la insuperable locura de la lengua?
Ambas, las palabras son viajeras en todos los sentidos (mientras que el concepto pretende imponer uno solo, definido, y circunscribiendo su ámbito de aplicación) La lengua tiene su propio impulso, es móvil, y rico o pobre, puede decirlo todo; está reconciliada con lo inesperado, desconcierta al concepto y se ríe de él.

Sin embargo, el elogio de la diferencia y el detalle ataría a un presente intolerable (como decía Borges en Funes , el memorioso), tan rico y tan nítido en memorias antiguas y triviales. Nos haría lúcidos espectadores de un mundo multiforme, instántaneo y casi intolerablemente preciso...
Borges dice en ese relato "pensar es olvidar las diferencias.."! y volvemos a Nietszche. Pero es que el análisis es una experiencia extremamente íntima, solitaria, absolutamente difícil de trasmitir y de poner en palabras, y aunque no se trate de lo inefable y de sus efluvios, es muy resistente al saber y a todo discurso académico... Una experiencia que se demuestra opaca aún para aquellos mismos que han decidido someterse a ella: analista y paciente.

Sr. Pontalis, en nuestra página indagamos con diversos autores (Cortazar, C. Lispector, S. Kodvaloff, etc.), sobre el estado de infancia y lo que podría sentirse como "el fin de la infancia", podría aportarnos su experiencia al respecto?
Bueno, ligo íntimamente mi infancia a los veranos que de niño pasaba en Cabourg.. Recuerdo que la primera mañana recuperábamos las palas herrumbradas y los baldes de playa, invariablemente olvidados bajo la barda el año anterior, a la tarde sacábamos las bicicletas del garaje. Y los últimos días, al llegar septiembre, las gruesas prendas de lana impregnadas de alcanfor que mi madre sacaba del baúl, anunciaban el próximo regreso a París. Entre la llegada y la partida, entonces, había un ordenamiento estricto de juegos, una superposición inamovible de jornadas: a la mañana la playa, a la tarde, el jardín. Mi hermano organizaba los juegos de los mas chicos; poseía el arte de organizar nuestras sucesivas actividades sin necesidad de imposiciones; partidos de croquet, torneos de tenis, carreras de embolsados, partidos de ping-pong, pesca con red. Todos los jueves -jamás otro día- invitábamos a nuestros amigos y el segundo jueves de agosto -jamás el tercero- era la "gran merienda". Ese día venían niños de la vecindad a los que a veces apenas conocía; había confusión de biscochuelos, tartas, damascos, crema inglesa y limonada. Y, con los años, recuerdo aquel verano en que mi madre vio morir lentamente a su propia madre. No pude ignorar esa muerte. Después de años de tratamientos y operaciones, de internaciones en clínicas y casa de reposo, mi abuela había pedido pasar el verano en la casa de campo. Falleció en ella. Aquel día la casa también murió. Los veranos siguientes, mi tío y su mujer trataron de conservarla viva, pero ya no era lo mismo. Aquellos años de infancia son mi única memoria. Después de ella se instalo la cronología con sus mojones, pero el recuerdo es frío. En el tiempo de la infancia no hay libretas, ni fechas, nada que haga pensar: "no debo olvidar esto", nada que haga decir: "no hay peligro de que olvide aquello". El fin de la infancia la marcan las agendas!, los horarios estrictos, y el propio territorio que se hace mas estrecho, mas limitado.. Por ejemplo, cruzar la calle para ir desde mi piso hasta la editorial donde trabajo por la mañana; volver a cruzarla para llegar a mi consultorio de analista; el quiosco de periódicos esta a cincuenta metros... Mas allá de estas fronteras rara vez me siento a gusto. ¿Con el paso de los años (por no decir "al envejecer") no me estaré convirtiendo en un gran fóbico?

¡Gracias Señor Pontalis!

 



J-B. Pontalis
Su nombre está inexorablemente ligado al Vocabulaire de la psychanalyse, que ha sido publicado hace ya... 35 años -en colaboración con J. Laplanche- . Formado con Lacan (luego siguiendo su propio rumbo),
Pontalis constituye un referente "psi" inevitable. A los 78 años, recibe regularmente pacientes pasado el medio día.
Por las mañanas trabaja como editor en

Gallimard donde dirige la colección "L'un et l'autre", publicó "Loin" en 1980, El amor a los comienzos en el '86, Fenêtres en 1999, luego "En marge des jours" (un poco su continuación, según afirma su autor). Recorrido excepcional de quien fue alumno dilecto de Sartre -quien lo convocó como redactor para su publicación "Tiempos modernos", investigador de la CNRS, dirigió la que, en opinión de los más ilustres psicoanalistas franceses -de las más diversas orientaciones teóricas- fue la revista de mayor prestigio en el campo del psicoanálisis: la Nouvel revue de psychanályse"".
"En el centro de toda mi obra se trabaja una reflexión sobre el trabajo en la lengua" afirma este escritor mompellieriano, cuya última obra "La sombra pensativa de Kafka", cuando había renunciado a publicar en Gallimard "El lenguaje y las voces".

 


Él mismo se presenta a Espacio potencial en un extenso diálogo, ofrecemos a continuación el listado completo de su obra, comentarios y algunos capítulos de sus libros inéditos en Argentina:

Vocabulaire de la psychanalyse -1967- (Publicado en Argentina)
Après Freud -1968- (Comentario del libro por Pontalis)
Entre le rêve et le douleur -1977- (Publicado en Argentina)
Loin -1980- (Comentario del libro)
Fantasme originaire, fantasmes des origines, origine du fantasme -1985- (Publicado en Argentina)
L'amour des commencements -1986- (Publicado en Argentina)
Perdre de vue -1988- (Comentario y capítulo del libro)
L'force d'atraction -1990- (Publicado en Argentina, comentario)
Un homme disparaît -1996- (Comentario del libro)
Ce temps qui ne passe pas -1997- (Comentario del libro)
L'enfans des limbes -1998- (Comentario del libro)
Fenêtres -2000- Comentario del texto a cargo de Emmanuel Bing -artista plástico y escritor francés-; Diálogo con el crítico Emmanuel Bing.
En marge des jours -2002- (Comentario del libro por Florence Trocmé)
L'enfans des limbes -1998-

(1) El presente artículo se basa en una investigación bibliográfica de la obra de Pontalis realizada por el autor.

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