Y así comenzó la charla, Pontalis sonrió
con extraña conmiseración, como si mi comentario
hubiera dado en el centro de una cuestión que nos
haría inmediatamente cómplices... Se paró
a mi lado, y empezó, también él a contemplar
al cuadro. Uno al lado del otro sin mirarnos, entonces,
Pontalis empezó a hablar, pausado pero con un énfasis
muy particular, más que contarme una historia, la
confesaba...
Ah, ese cuadro! Una noche hace muchos años,
conocí a Roland, su autor, en la casa de unos amigos.
Tenía que irse de Francia en unos días y les
dejaba unas telas en guarda. Había una sobre el piso,
en un rincón de la habitación donde cenábamos.
Roland estaba algo apagado. La conversación, con
la ayuda del vino -usted sabe..- se desenvolvía vivaz,
como para acallar la inquietud de su partida. Mi mirada
se dirigía hacia la tela, brevemente al principio,
después más y más a menudo. Escuchaba
las risas, tomaba parte de los diálogos, pero en
el fondo de la movilidad imprevisible que hace a la jovialidad
de una conversación, un impulso tomó cuerpo,
se insinuaba en una idea fija: "quiero tenerla".
Unas horas después volvía por el Boulevard
Saint Germain con la tela oculta bajo mi impermeable. Le
había pagado a Roland el precio que me había
pedido, no obstante yo huía como si la hubiera robado.
Este cuadro es como los que a mi me gustan, un análogon
de un sueño, una percepción onírica.
Y ahí la tiene, nunca pasa desapercibida.
Esta
última frase quedó flotando como una confidencia
repentina, de esas que de pronto sorprenden al propio emisor.
Sentí que tenía que hacer una pausa para salir
de esa atmósfera de demasiado íntima.
En una nueva complicidad, de discreción en este caso,
ambos nos desentendimos del cuadro, entonces comenté:
Sr. Pontalis, en L'enfant des limbes, usted comentaba
que por muy poco no llego a convertirse en comediante, instructor,
granjero o, incluso, conductor de camiones... ¿Le
queda alguna deuda pendiente en ese sentido?
Le diré, a los cuatro años me imaginaba
los oficios para los cuales no era indispensable saber leer
o escribir, en los que unas palabras simples -como por ejemplo,
"Buen día", "alcanzame el destornillador"-
bastaran para mantener la camaradería y asegurar
la ejecución de la tarea. De niño mis preferencias
se dirigían por exclusión a los oficios destinados
a los trabajadores inmigrantes: seria barrendero, albañil,
lavador de automóviles. Es que no quería entrar
en el lenguaje, quería permanecer en el estado del
infans... Sin embargo, hoy toda mi actividad profesional,
que quise variada, tiene que ver únicamente con hechos
lingüísticos: ejerzo el psicoanálisis,
edito libros y una revista, leo manuscritos, escribo de
cuando en cuando, a veces traduzco. Mas que la mayoría
de la gente, heme aquí en terrenos diferentes pero
siempre ocupado en un mismo objeto: las palabras. Como sea,
a los veinticinco años estaba recién casado,
y realmente no tenía demasiado claro a qué
quería dedicarme. A mi madre se le había puesto
en la cabeza que quería presentarme un conocido suyo
que era dueño de una flota de camiones. Finalmente
fui locutor de radio, pero lo que verdaderamente anhelaba
era ser comediante. En Alejandría llegamos a montar
una obra en la que actuaba como galancito. En fin, a la
prima del Rey Farauk le resulte muy convincente! Pero ya
pasó, me siento cómodo como analista aunque
es cierto que todavía me gusta hacer imitaciones.
De
un modo u otro, su encuentro con Lacan favoreció
esa vocación de psicoanalista... Y curiosamente se
apartó de él porque se resistía a imitarlo;
sin embargo, ¿cómo pudo sortear el magnetismo
tan pregnante de figuras como la Lacan o Sartre? Pontalis
pareció ponerse repentinamente en guardia, se retrajo
a una cierta distancia desde donde medir su respuesta, al
cabo me dijo:
Vayamos por partes, durante algunos años asistí
a los seminarios de Lacan y me analicé con él.
Digamos que fue un poco él mismo quien "me atrapó",
lo que no era infrecuente en Lacan. Yo lo conocía
porque teníamos un amigo en común: Marleau
Ponty. Un día le comenté mi intención
de iniciar un análisis y me contestó: "Lo
espero mañana a las 10.45 hs." Comencé
entonces un análisis didáctico con él,
"didáctico" porque creía que lo
único que justificaba la experiencia era mi pasión
por el lenguaje, en lo demás, me parecía que
todo me iba bien... Por supuesto no se sostuvo mucho tiempo
esta última impresión. Con Sartre, quien también
fue mi maestro, y a quien admire profundamente, no fue mérito
ni demérito de mi parte demostrar mi incapacidad
de ser fiel. La voluntad de Sartre, y sin duda su orgullo,
era "parecerse a cualquiera", sin tierra ni posesiones,
sin legados ni herederos. No soportaba a los seguidores.
Ni reverencia ni referencia. Es inimaginable haberlo escuchado
hablar de "su enseñanza". Lacan, todo el
mundo lo sabe, se postulaba para ocupar el lugar vacante
del "Maestro", palabra y fundación que
en aquel entonces me parecía de las más sospechosas.
Nutrirse de Lacan sin ser lacaniano era una tarea al parecer
imposible a la que me apreste durante algún tiempo.
Publique durante varios años las actas del seminario;
escribí sobre Lacan en palabras que no eran las suyas.
Sin duda me equivocaba: en mi prisa por "traducirlo"
mostraba mi reticencia a "incorporarlo". Sin duda
tenia miedo: temía que si me impregnaba mas de él,
terminaría disuelto. Me resistía, no a reconocer
mi deuda para con su persona y su pensamiento, que sigue
siendo inmensa, sino a quedar prisionero de su lenguaje.
Porque veía que Lacan forjaba poco a poco su lenguaje
con sucesivas torsiones, mientras que a mí alrededor
los discípulos, mis pares, se convertían a
él sin ni siquiera advertirlo.
¿Y
pudo escapar definitivamente a todo tipo de "impregnación
imaginaria" para poder ser "usted mismo"?
Ahora, Pontalis me miró como estudiando a fondo mis
"verdaderas" intenciones. Por un instante pareció
dudar entre mandarme al diablo o, recuperando una gentileza
muy aristocrática en él, contestar. Optó
por esto último, pero algo lo había incomodado:
Dios sabe que en la búsqueda de esa verdadera
identidad -que usted enuncia con algo de ironía-,
siempre nos mortifica ver que resulta tan incierta y precaria,
tan dependiente de tal o cual maestro, de tal o cual amor.
Nos avergüenza comprobar que sin duda esta hecha solo
de fragmentos tomados de otros, precisamente en la época
en que más nos vanagloriamos de nuestra singularidad...
Yo conocí la mortificación de perecerse a
lo que uno desprecia, de tener por interlocutor intimo al
enemigo, el temor de descubrir en uno mismo aquello que
rechaza.
Finalmente,
fue su amor al lenguaje lo que lo hizo analista, pero ¡había
otros modos de amarlo sin necesidad de ese oficio!
Sin duda; así fue que me postulé y gané
un concurso como profesor de filosofía... Sin embargo,
un día, un alumno me dijo: "Sus cursos son muy
interesantes, pero pareciera que usted no cree en ellos".
En un primer momento me sentí algo ofendido, pero
después advertí que su observación
tenía algo de cierto. De modo que intenté
otro modo de expresión y comunicación. Tenía
en ese momento veinticinco años, un buen momento
para decidir ser analista, porque es importante, que antes
de esa decisión, uno haya pasado por algunas pruebas.
¿Y
enseguida supo que era el camino correcto?
Nunca nada me hizo dudar de aquella elección,
sin embargo, el pasaje desde el diván al sillón
del analista no fue sencillo. No era que me sintiera exactamente
un impostor, pero no dejaba de interrogarme sobre qué
me autorizaba exactamente a ocupar ese lugar, al principio
estaba muy atemorizado de atender y solo recibía
los casos imposibles, confieso que me sentía muy
desamparado.
Pontalis
empezó a distenderse, quizás me empezó
a juzgar demasiado inofensivo. Yo recuperé también
cierta tranquilidad y pregunté: ¿Y qué
lo autorizó? ¿Qué cualidades debe tener
un buen analista?
La curiosidad. La curiosidad de saber "cómo
está fabricado ese otro ser humano". Alguien
tan similar a nosotros y, al mismo tiempo, tan diferente.
De pronto se advierte que su modo de pensamiento no se parece
al nuestro, y nos preguntamos: "¿cómo
puede vivir así? ¿por qué le da tanta
importancia a esas cosas?" y descubrimos que él
mismo está limitado por su propio pensamiento, que
lo hace vacilar una y otra vez. Esa especie de condescendencia
y de superioridad que muestran algunos analistas me parece
inadmisible... Lo que propone un análisis es intentar
otro punto de vista al del paciente que es necesariamente
parcial y limitado, otro punto de vista, digo, que también
será, aunque de manera distinta, parcial y limitado.
Por otra parte, podría rubricar aquel agradecimiento
de Winnicott que decía: "A mis pacientes que
pagaron por enseñarme". Este agradecimiento
no hace alusión sólo al plus de experiencia
clínica que les debería, sino a mucho más:
a lo que hace que un tratamiento sea verdaderamente eficaz,
es decir, cuando hace vacilar las referencias del analista,
modifican el régimen de su pensamiento, en fin, puedo
arriesgar esta fórmula: cuando lo obliga a "ser"
analista. Realmente no adhiero a una neutralidad total del
analista, no veo cómo pasar tantos años con
un paciente escuchándolo con indiferencia. Yo me
encariño y deseo que les vaya bien en sus vidas.
Participó
en una obra por el centenario del psicoanálisis,
conmemorado por la publicación de La interpretación
de los sueños... Quería preguntarle
¿Qué lugar ocupan hoy los sueños en
la clínica psicoanalítica?
Bueno, podría decirse -usando una fórmula
melancólica- que... el sueño ya no es lo que
era!! Es casi un objeto de nostalgia. Sin lugar a dudas,
sabemos que más de una cura progresa sin que haya
interpretaciones, ni siquiera aporte, de sueños...
Por mi parte tengo una cierta reticencia, en mi práctica,
a descifrar el contenido de un sueño si no he percibido
antes lo que representa como experiencia, o como rechazo
de experiencia. Algo así como determinar el lugar
que ocupa en la tópica subjetiva del soñador...
Lo
interrumpo un momento a propósito de la expresión
"tópica subjetiva", podría
comentarnos qué implica para usted esta expresión
que a menudo emplea en sus textos...
Bueno, el sujeto freudiano es definido de entrada
como una serie de lugares, funcionalmente especializados,
una especialización concebida en su primera tópica
como sucesión, por así decir (sistemas "Ics.,
Pcs., Cs.), en la que la energía sigue un recorrido
temporal progresando o retrocediendo, según el orden
de los sistemas; en la segunda tópica esto es pensado
según lo que podríamos llamar un encajonamiento...
Así el yo se diferencia del ello, el superyó
arraiga en el ello diferenciándose del yo, etc. El
objeto de la ciencia en Freud es el estudio del aparato...
Ahora bien, para que el juego de las instancias pueda funcionar,
para que los conflictos intersistémicos e intrasistémicos
tomen forma es necesaria la organización de un espacio
psíquico ya diferenciado: una tópica subjetiva.
De la matapsicología freudiana, el punto de vista
"tópico" fue el que me resulto de entrada
mas inmediatamente accesible: uno necesita varios lugares
para conservar alguna posibilidad de ser uno mismo...
Bueno,
André Green decía, en "L'Enfant de ça"-
que los psicoanalistas nunca elaboraron una teoría
del espacio psíquico, que se habían dedicado,
en cambio, a elaborar una teoría de los objetos...
Si, él decía que se había provisto
una teoría de los contenidos sin preocuparse por
el continente... si no recuerdo mal, decía que "el
espacio como medio interior" no ha encontrado todavía
su autor en el psicoanálisis. Por mi parte no estoy
tan seguro que deba asimilarse "medio interior"
y espacio psíquico subjetivo, deberíamos actuar
de modo tal que la "bruja Metapsicología"
no nos impida ver la tópica propia de cada sujeto,
que siempre está por descubrirse. La tópica
de las instancias no debe confundirse con la de los lugares
del inconsciente, ésta permite con más seguridad
que la primera localizar el lugar que le está asignado
al analista en la transferencia: testigo lejano, cómplice
próximo, receptor seguro, perseguidor, depositario,
ideal, etc.
Ahora
hablábamos con fluidez, y animado por el clima que
se iba generando le hice un comentario que le propuso el
tipo de diálogo que él parecía preferir,
uno menos académico y más íntimo. Le
dije: Usted, en Fenêtres, su último
libro, comenta que su "tópica" subjetiva
es a la vez una de "ventanas abiertas", pero en
una "habitación íntima y personal..."
Es que podría repasar cada etapa de mi vida
según cierta sucesión de ventanas que se abrían:
las primeras salidas más allá de mi barrio,
lejos de mi familia, con los amigos. El aprendizaje de lenguas
extranjeras, las clases de filosofía, mis primeros
viajes traspasando fronteras, mis amores.. aunque no todos
por cierto!, mis lecturas y relecturas, mi análisis
desde el diván y mis análisis desde el sillón.
Le diré algo que le va a gustar a su espíritu
winnicottiano, sostengo mi tópica subjetiva como
una paradoja: siempre insisto en que las puertas estén
bien cerradas, cada pieza debe tener su uso personal y bien
delimitado, pero las ventanas, las ventanas deben estar
abiertas...
Recuperada la confianza, Pontalis encendió un cigarro
de aroma profundo y esperó a que le hiciera la siguiente
pregunta. Entonces le dije -sin mucho ingenio, es cierto,
pero es que estaba demasiado emocionado...- La tarea del
analista es demasiado solitaria ¿es por eso que además
decidió ser editor?
Esta doble función me es absolutamente necesaria,
de lo contrario, tarde o temprano, se instalaría
el aburrimiento en mi función e analista. No podría
ser nunca un analista de tiempo completo. El trabajo de
editor, además, me permite una relación más
social. En un primer momento trabaja de editor, de analista
y en la CNRS y no daba abasto. Claude Gallimard me propuso,
entonces, integrar sólo el comité de lectura
junto a otros novelistas. El intercambio con ellos relanzó
mi escritura literaria. En cierto modo, escribir es como
un análisis, avanzar hacia lo que se ignora y no
se domina, y permanece desconocido.
Volvamos
a su libro Fenêtres, esa suerte de versión
privada del famoso Vocabulario del psicoanálisis,
de cuya aparición hace ya unos treinta años...
¿Cómo surgió la idea?
Cuando empecé a interesarme en el psicoanálisis,
nada me pareció más urgente que empadronar
sus palabras clave. Fue necesario que concluyera el "Vocabulario"
para permitirme algo que -lo reconozco- es ilusorio: la
facultad de pensar sin palabras. Sin embargo necesito esa
ilusión: sin ella no puedo amar al lenguaje. Y fue
movido por la atracción que ejercen en mi las palabras,
que quería redactar, justamente, un léxico
de uso personal. Sin embargo, el libro se transformo rápidamente
en otra cosa, abarcando frases e imágenes a partir
de las cuales podía imaginar diversas ideas. Al modo
en que ensayé hacerlo en un texto bastante viejo
ya "Lo vivo y lo muerto entrelazados", en el que,
tomando como punto de partida al fenómeno de la "transferencia",
diferenciaba cuatro niveles en varias palabras susceptibles
de crear imágenes más que conceptos: "empresa",
"sorpresa", "presa" y "dominio".
También es cierto que las palabras sufren de todos
modos una suerte de entropía: se usan y se desgastan.
Y, las palabras en psicoanálisis, en un tiempo que
puede juzgarse breve, también decantaron, no ya en
la forma cristalizada de conceptos, sino en las formas vulgarizadas
del lenguaje común. Finalmente, el psicoanálisis
siendo un movimiento más que una institución
reclama el reconocimiento de un movimiento en la palabra,
un movimiento que, como en la cura, va por rodeos, inflexiones,
procede por espirales, conoce coartadas y atajos.
A
esa decantación achatada de la palabra que circula
entre los psicoanalistas, esa coagulación de ideas
que se hacen mera jerga -es decir, contraseñas que
garantizan la pertenencia en determinado círculo
militante (lacanianos, kleinianos, etc.)-, Winnicott la
llamaba "lenguaje muerto", en contraposición
a un lenguaje vivo en el que se tensiona el deseo de comunicar
en un lenguaje mas o menos publico para ser entendido por
los colegas -pero en un discurso demasiado ajeno a uno mismo,
y por lo tanto demasiado abstracto-, y otro definitivamente
subjetivo -pero excesivamente personal, y por lo tanto,
casi un dialecto íntimo inentendible para los demás-...
¿Cómo solucionar ese dilema entre un lenguaje
vivo y uno muerto?
Es que una vez conocida la anatomía de una
lengua, desligadas sus articulaciones, recorridas en todas
direcciones sus trayectos, solo se tiene un deseo: olvidarla.
Pero como es imposible -como refiere usted que lo decía
Winnicott- hablar una lengua que solo sea de uno y que sin
embargo todos puedan escuchar, uno se vuelve hacia una lengua
que se quisiera violenta y límpida. Solo las palabras
simples me hacen vibrar; para mí el único
arte es el de transformar los nombres comunes en nombres
propios. El lenguaje que yo amo es aquel con flexibilidad
suficiente para dejarse renovar indefinidamente, seducir
insensiblemente, apartar del camino recto...
Bueno,
Octavio Paz decía que la poesía es al lenguaje,
lo que el erotismo a la sexualidad, justamente, un apartamiento
del camino recto -como usted decía-; es decir, una
desviación de sus fines, la poesía al desentenderse
del objetivo de comunicar, y el erotismo del objetivo de
la reproducción... podemos concluir, entonces, que
usted ama, y no concibe otra cosa, mas que a un lenguaje
poético...
Bueno, digamos que amo un lenguaje lo bastante dócil
como para no haya la necesidad perentoria de encasillarlo,
suficientemente compulsivo como para que jamás olvidemos
su alteridad, de modo que en los momentos de gracia pueda
uno fundirse en ella, para recobrarse después, colmado
por el vacío de las palabras... El lenguaje es, nada
mas ni nada menos, que mi ideal de mujer!!!
El
lenguaje un ideal de mujer..., un misterio entonces! Sr.
Pontalis, usted ama a un lenguaje que encubre tanto como
insinúa pero que jamás ofrecerá respuestas...
Siempre me resulto sospechoso el pensamiento que aunque
no lo reconozca, tiene respuesta para todo e ignora su propia
incertidumbre. Creo que en la base de esta reticencia esta
mi negativa a identificar a un lenguaje con la verdad. Sin
embargo al igual que todos, necesito evidencias. Qué
dicha cuando la evidencia se impone!, cuando nada la puede
alterar! En los gestos del amor (a veces), en el correr
de un niño no importa a donde vaya, en la sed que
se sacia en el instante... Cuando el lenguaje pretende erigirse
en amo absoluto, ignorando que desciende de una sucesión
de muertes y asesinatos, cuando no reconoce que su aparente
luz no es mas que sombra proyectada, entonces llega el silencio
para recordárselo. Si olvida la pérdida que
hay en él, entonces hay que dejar que se pierda,
abandonarlo a su arrogancia. Cuando lo reencontremos, ya
no se escuchará hablando solo; recordara su ausencia
gracias a la nuestra. Y tal vez le haremos falta...
Es
que si en el lenguaje al que usted ama es un ideal de mujer,
no podían faltar desencuentros como el que refiere
en su respuesta... Es una mujer difícil de conquistar
sin duda!
El lenguaje es también, él mismo un
"conquistador". Sin embargo, cuando se entrega
a la tarea de anexarse territorios que no le pertenecen,
se hace insaciable, como lo fueron, justamente, los grandes
conquistadores. Un imperio no acepta fronteras. Si bien
no duda de sus fuerzas, duda de su legitimidad.
¿Será
finalmente el mutismo la amenaza que se cierne sobre el
abuso del lenguaje y lo que a la vez lo pone en evidencia?
Lo paradójico es que cometemos ese abuso para
remediar la insuficiencia del lenguaje, su vacuidad interna,
su violenta o su dulce melancolía. Pretendemos otorgarle
autoridad irrebatible, le exigimos incesantemente que tenga
evidencia de una cosa, la presencia de un cuerpo... pero,
hay que admitirlo, el lenguaje es separación y solo
expresa separación. Y si abandonándonos a
sus poderes tan cercanos a los de la magia, logramos acceder
a una verdad inaudita, nos sentimos transportados por él,
deslumbrados por su belleza, es porque el lenguaje es el
eco lejano e insistente de todas nuestras perdidas.
El
amor a las palabras, esa fuerza irresistible a la que usted
no deja de aludir -y dar testimonio-, también lo
llevo a la escritura...
Sí, y escribir y amar no ofrecen mas que una
certeza: estar condenado a los cambios más extremos
del estado de ánimo. Tal vez la amistad escapa a
esos vaivenes, aunque no deja de tener sus exacerbaciones.
Escribí, es cierto, y un libro es un pedazo de uno
que esta en ese pedazo. Cuando se ha terminado de escribirlo,
uno siente vergüenza mas que orgullo, duelo y no alegría.
Escribió su primer novela a los veinticinco años
y espero otros veinticinco años para publicar otra,
¿no es demasiado tiempo?
Aquella primer novela se parecía demasiado
a un "compendio" de novelas, se intitulaba "L'enfance
d'un autre". No diré que reniego de ella, pero,
francamente, no era demasiado buena. Explotaba elementos
de la infancia pero sin desarrollarlos. Al poco tiempo me
hice profesor de filosofía y empecé a escribir
crónicas -a pedido de Sartre- en Tiempos modernos.
Ya mas tarde me comprometí con la tarea analítica
que me absorbió completamente. Y pasaron veinticinco
años!
Sartre
le pidió que colaborara en Tiempos modernos!, qué
honor...
Claro que sí, pero, de algún modo, Sartre
fue también otro de los elementos que, de un modo
involuntario, ayudó a diluir aquella dedicación
literaria. La sombra que proyectaba sobre nosotros era un
poco pesada, aunque él mismo nos alentaba una y otra
vez a que nos soltáramos. Pero era difícil
estar con este hombre que no paraba de pensar ni de escribir.
Para él, como lo testimoniaba, todo era posible,
para mi no... No veía en Sartre un profesor, no los
limitaba a una función. Él remitía
solo a sí mismo. Cualquier palabra -respeto, admiración,
fascinación- resultaría aquí inapropiada.
No obstante, lo convertí en algo así como
a mi dios. Su poder residía, creo yo, en que eras
capaz, sin perder la apostura, de pensar resueltamente lo
que a mi juicio estaba mas allá de los limites del
pensamiento: podía nombrar lo que me parecía
inaccesible por la vía del lenguaje. Mas aun decir
lo que para mí estaba prohibido decir. Mas tarde
llegue a admirar en Sartre esa mezcla tan suya de ferocidad
y generosidad: el diente afilado y el bolsillo abierto.
El peso de las cosas. Y, en fin, después de veinticinco
años, como usted dice, volví a la literatura,
el nacimiento de mis hijos debe haber jugado, también,
un rol en esa decisión: escritor tardío, padre
tardío...
¿No tiene la impresión que con L'enfant
des limbes usted abordó una escritura más
libre que en otros textos?
Cuando retomé la escritura literaria lo hice
con "Loin", una novela de inspiración autobiográfica,
de espíritu casi adolescente, sólo que ya
tenía cincuenta años! "L'amour des commencement"
fue un escrito casi concertado: un amigo me hizo notar que
había conocido a Sartre, a Lacan, etc. Y me dijo:
"¿por qué no escribes una biografía
intelectual?" Como si se pudiera separar historia personal
del desarrollo intelectual! "Perder de vue" se
inscribe en la temática analítica. Pero es
sobre todo con "Un homme disparaît" que
se produjo un cambio. Ese libro, en todo caso, me costó
mucho trabajo, no sabía exactamente dónde
iba. En L'enfant des limbes" también ignoraba
el curso, sólo la palabra "limbes" me volvía
una y otra vez al espíritu. Finalmente "Fênetres"
admite una acercamiento del psicoanálisis con la
literatura, genera casi un nuevo género, ni psicoanálisis
ni literatura ni ensayo ni ficción. El psicoanálisis
no es tomado como su tema sino como su impulso.
¿Qué
escritores le gusta leer?
De los contemporáneos, Sylvie Germain. Me apasiona
ver como conduce la imaginación y la mirada hacia
lo invisible. Pascal Quignard, sobre todo sus textos breves.
Pierre Micho, también, uno de los grandes. Christian
Bobin, mi amigo Roger Grenier, Claude Roy.. y no quisiera
olvidar a Patrick Modiano.
La
Nouvelle revue de psychanalyse fue sin duda
la publicación de psicoanálisis más
prestigiosa de Francia, respetada y consultada por la mayoría
de los psicoanalistas, no importando la filiación
teórica del lector en cuestión... ¿Por
qué dejó de editarla?
(Pontalis sonrió con cierto cansancio íntimo
de ver repetida hasta el cansancio la misma pregunta...,
y se dispuso, una vez más a intentar una respuesta,
al parecer siempre insuficiente):
Más de cien veces se me planteó la pregunta
y jamás supe responder... Su razón de ser
permanecía en pie, su objetivo no se había
degradado, su impulso inicial no se había diluido.
Pero ¿tenía que tener un motivo razonable?
Decidí separarme de lo que fue durante tanto tiempo
-veinticinco años- una parte de mi vida. Cada vez
que uno se separa -de un lugar, una mujer, un libro que
se publica- uno se separa de sí mismo. Sin saber
uno demasiado por qué aparece el deseo de hacer otra
cosa. No sentí pena, pero sí emoción,
me entregué a la confianza de pensar que la N.R.P
no acababa sino que cobraría vida en otras formas.
Pero nos dijimos adiós, como lo hacen, después
de muchos años analista y paciente sin preocuparse
demasiado sobre quién modificó más
a quién. Y lo cierto es que cuando me digo "no
hice gran cosa de mi vida", me detengo frente a sus
volúmenes, bien a la vista, reinando en mi biblioteca,
y pienso que es una obra útil, algo que jamás
pienso de mis libros. Recuerdo ciertos títulos..
Quise en su momento, y sigo disfrutándolo hoy, que
esos títulos no pudieran figurar como "conceptos"
de ningún vocabulario del psicoanálisis...
Pero,
a pesar de sus reticencias -a menudo reiteradas en este
sentido-, ¿realmente cree usted se podría
prescindir de los conceptos en la teoría psicoanalítica?
El concepto -dice Nietszche- se forma por el olvido
de lo que diferencia un objeto de otro" La condición
necesaria de la formación del concepto es el olvido.
Olvido de lo propio, lo singular, lo diferente. Si digo
"es un obsesivo", olvido lo que me dice, si digo
identificación al padre, prácticamente no
digo nada, si digo transferencia, creo haberme liberado
de ese amor desmesurado y ese odio inacabable, etc. No digo
que deba o se pueda prescindir de los conceptos, pero, al
menos, desprendámonos de quedar sometidos a su tiranía
de abstracción para abrirnos un poco a lo inconcebible.
Aunque no faltará algún productor de conceptos
que nos fabrique el concepto de lo inconcebible! De todos
modos, lo que nos preserva de la empresa tiránica
del concepto es la lengua. La insuperable sensatez de la
lengua -dijo Freud no recuerdo exactamente dónde-.
¿La
insuperable sensatez o la insuperable locura de la lengua?
Ambas, las palabras son viajeras en todos los sentidos
(mientras que el concepto pretende imponer uno solo, definido,
y circunscribiendo su ámbito de aplicación)
La lengua tiene su propio impulso, es móvil, y rico
o pobre, puede decirlo todo; está reconciliada con
lo inesperado, desconcierta al concepto y se ríe
de él.
Sin
embargo, el elogio de la diferencia y el detalle ataría
a un presente intolerable (como decía Borges en Funes
, el memorioso), tan rico y tan nítido en memorias
antiguas y triviales. Nos haría lúcidos espectadores
de un mundo multiforme, instántaneo y casi intolerablemente
preciso...
Borges dice en ese relato "pensar es olvidar
las diferencias.."! y volvemos a Nietszche. Pero es
que el análisis es una experiencia extremamente íntima,
solitaria, absolutamente difícil de trasmitir y de
poner en palabras, y aunque no se trate de lo inefable y
de sus efluvios, es muy resistente al saber y a todo discurso
académico... Una experiencia que se demuestra opaca
aún para aquellos mismos que han decidido someterse
a ella: analista y paciente.
Sr.
Pontalis, en nuestra página indagamos con diversos
autores (Cortazar, C. Lispector, S. Kodvaloff, etc.), sobre
el estado de infancia y lo que podría sentirse como
"el fin de la infancia", podría aportarnos
su experiencia al respecto?
Bueno, ligo íntimamente mi infancia a los veranos
que de niño pasaba en Cabourg.. Recuerdo que la primera
mañana recuperábamos las palas herrumbradas
y los baldes de playa, invariablemente olvidados bajo la
barda el año anterior, a la tarde sacábamos
las bicicletas del garaje. Y los últimos días,
al llegar septiembre, las gruesas prendas de lana impregnadas
de alcanfor que mi madre sacaba del baúl, anunciaban
el próximo regreso a París. Entre la llegada
y la partida, entonces, había un ordenamiento estricto
de juegos, una superposición inamovible de jornadas:
a la mañana la playa, a la tarde, el jardín.
Mi hermano organizaba los juegos de los mas chicos; poseía
el arte de organizar nuestras sucesivas actividades sin
necesidad de imposiciones; partidos de croquet, torneos
de tenis, carreras de embolsados, partidos de ping-pong,
pesca con red. Todos los jueves -jamás otro día-
invitábamos a nuestros amigos y el segundo jueves
de agosto -jamás el tercero- era la "gran merienda".
Ese día venían niños de la vecindad
a los que a veces apenas conocía; había confusión
de biscochuelos, tartas, damascos, crema inglesa y limonada.
Y, con los años, recuerdo aquel verano en que mi
madre vio morir lentamente a su propia madre. No pude ignorar
esa muerte. Después de años de tratamientos
y operaciones, de internaciones en clínicas y casa
de reposo, mi abuela había pedido pasar el verano
en la casa de campo. Falleció en ella. Aquel día
la casa también murió. Los veranos siguientes,
mi tío y su mujer trataron de conservarla viva, pero
ya no era lo mismo. Aquellos años de infancia son
mi única memoria. Después de ella se instalo
la cronología con sus mojones, pero el recuerdo es
frío. En el tiempo de la infancia no hay libretas,
ni fechas, nada que haga pensar: "no debo olvidar esto",
nada que haga decir: "no hay peligro de que olvide
aquello". El fin de la infancia la marcan las agendas!,
los horarios estrictos, y el propio territorio que se hace
mas estrecho, mas limitado.. Por ejemplo, cruzar la calle
para ir desde mi piso hasta la editorial donde trabajo por
la mañana; volver a cruzarla para llegar a mi consultorio
de analista; el quiosco de periódicos esta a cincuenta
metros... Mas allá de estas fronteras rara vez me
siento a gusto. ¿Con el paso de los años (por
no decir "al envejecer") no me estaré convirtiendo
en un gran fóbico?
¡Gracias
Señor Pontalis!