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Charla de Espacio potencial

con Emmanuel Bing


Espacio potencial: Estimado Emmanuel, le agradecemos su disposición a charlar con nosotros, estamos conmovidos con su escritura y con las ideas que usted desarrolla en relación a la experiencia creativa, son profundas y de sensible agudeza. Tomamos contacto con su pensamiento y su obra pictórica a partir de su crítica a Fenêtres (de J-B. Pontalis), a partir de cual también visitamos su página de Internet "Le journal et les mots". Bien, le proponemos reflexionar alrededor de algunos puntos de su comentario al libro de Pontalis que nos llamaron especialmente la atención...
(Cuando usted dice: "J-B. Pontalis cita a Nietzsche: "El concepto se forja en el olvido de lo que diferencia una cosa de otra" Se hacen presente en mi espíritu instántaneamente Kant y Spinoza. No comparto la idea del concepto como algo coagulado, para mí es evolutivo e incluso rizomático por su movimiento. Sin embargo puedo comprender la inclinación por esa acepción "clásica" del concepto. Conceptualizar no es hacer inteligible algo, no es un modo de empleo. El concepto es un recurso que debe ser móvil, vital, estar en evolución y, si es lo que debe ser, algo útil, es una herramienta para otros conceptos y comprensiones. Lo que queda fijado no es el concepto, sino el conocimiento, el academicismo, el saber, pero un saber sin saber hacer, el ser sin devenir".) Nosotros evocamos a Fernando Pessoa, quien decía que hay suficiente metafísica en no pensar en nada... Queremos preguntarle si contra un "saber sin saber hacer", el arte no podría proponer, aunque por breves instantes, un "saber hacer sin saber", es decir un gesto que despliegue algo de lo vivo en un gesto espontáneo (como usted dice más adelante "en la infinita exploración del gesto enloquecido")
Emmanuel Bing: Ante todo, puede que el gesto tenga una naturaleza distinta a la del gesto espontáneo, el gesto no devendría ex nihilo. Sería más bien como la prolongación, la puesta en acto de un deseo, tal gesto interrogaría desde la traza que deja. Desde mi punto de vista, el trazo sobre la hoja de papel, o sobre la tela es, al mismo tiempo herida y cicatriz. Repara en un sentido y lastima en otro. De modo que lo que enuncio aquí respecto de la traza y la cicatriz conforman mi saber de pintor, pero un saber siempre après coup. Mi saber hacer está del lado del gesto, no guía ni obliga, es libre pero sin una espontaneidad en el sentido de algo reducido a una impulsión. Posición del cuerpo, cuerpo del pintor, cuerpo del modelo, es de todo esto que el gesto participa en su función de prolongación. Creo que para el artista el "saber hacer" precede al "saber", es decir que el acto creador precede a su comprensión, su explicación. Es esto lo que he podido aprender de mis telas, son mis dibujos, mis frases lo que me permiten avanzar. El saber, cuando anticipa al gesto, lo torna imposible, lo aniquila. Cuando lo que está en juego es la escritura, este aspecto es particularmente crucial.

E.P.: Cuando usted dice: Un niño aburrido: aquel que ya no cree en los poderes de la ilusión. De pronto, deja de jugar. No irá sin embargo a hacer la tarea del colegio, Nada le llama la atención. Prefigura al hombre desganado. Creo haber escuchado a Doltó expresar: ¿Qué chance puede tener un niño aburrido? Nosotros pensamos en preguntarles por las ilusiones que sostienen con vida sus gestos, cierto juego de infancia que buscaría lugar en sus telas.. ¿Qué experiencia o alternativas marcaron -o marcan- para usted "el fin de la infancia"?
E.B.: Creo que el fin de la infancia es, a la vez, una decisión y una aceptación. Por ejemplo, en algún momento me fue necesario la decisión de aceptar una madurez que ya había asumido en mi arte. Hubo en mi vida, sin duda, desgarramientos y episodios pero me resulta difícil situar en particular dónde ocurrió en el fin de la infancia, qué corresponde a ese fin: el terreno del arte, de la madurez -o tristeza- obligatoriamente ligada a las contingencias o a la agresión del mundo exterior. Como sea ligo la salud a la facultad de crear.


E.P.: (Usted dice: "En efecto los pacientes, tanto como los alumnos, son los motores, y esto de dos maneras: por su historia personal (lo que han tomado de la sensibilidad ajena), pero también por lo que se descubre en ellos como novedad, como posibilidad -y que un proyecto teórico permite realizar-".) A partir de estas ideas suyas, nosotros pensamos en que las marcas de la historia personal descubrimos aquello que nos condena a ser como habitualmente somos, en tanto que descubrir lo que usted enuncia como "novedad", cierto carácter potencial no realizado y desconocido de uno mismo, en fin, ese descubrimiento sorpresivo de uno mismo (a veces favorable y a veces inquietante), es lo que verdaderamente ofrece la posibilidad de un cambio sustancial en la posición subjetiva de una persona: esa posibilidad ¿no la favorece también el arte?¿cómo llega a dar uno con ese desconocido de uno mismo sin volverse demasiado loco con "la novedad"?
E.B.: No sé si capto adecuadamente el sentido de la pregunta… La idea de que el arte permite un encuentro profundo con uno mismo, pero un encuentro que lo toma a uno "con la guardia baja", dando margen a un enloquecimiento, bueno, esta perspectiva nos introduce en una problemática muy compleja, nos plantea la reacción del arte con la estructura psíquica, si se trata, en el arte, de sublimación o no. En lo que a mí concierne, creo que la disposición a la enfermedad deviene de la imposibilidad de crear. Dicho de otro modo, "volverse loco" proviene del dolor de no poder crear, de que este recurso esté inaccesible para un sujeto.


E.P.: (Comenta usted: -desde esta cita de Pontalis: El inquieto pincel del pintor, buscador ¿sería quizás más apto que la pluma que se empuña para dar forma al pensamiento onírico, para encarnarlo? La pintura que amo es un analogon del sueño.- Pontalis olvida la materia, lo externo. La obra del pintor. El cuadro decisivo. Tomemos esa espléndida obra de Siudmak de los estados iniciales de la torre Eiffel. Esa pintura se presenta ante mi como un analogon de un sueño justamente. Como lo es, también, la pintura de Bosch. Cuando hago notar que Pontalis olvida la materia, es para destacar que el pincel del pintor, cuando es buscador, lo que encuentra es la materia, lo que se crea en la alquimia del momento, en la exploración infinita del gesto loco. Es necesario poseer una seguridad extraordinaria para realizar la pintura que ama Pontalis si tomo en cuenta mis propios sueños y la dificultad que encuentro en pintarlos cuando intento en ese deseo irrealizable. En la escritura mi técnica es probablemente un poco más segura, por lo menos así lo creo.) A nosotros nos alegra este pensamiento, a menudo se olvida que el valor simbólico de los objetos también debe tener "su carne" ¿Podría ampliar un poco su pensamiento expuesto en estas líneas respecto al anclaje de lo simbólico en la materia?
E.B.: Efectivamente creo que el valor simbólico de una obra resulta de su encarnadura. Cuando sueño, por ejemplo, las imágenes que veo, toman una forma de realidad fotográfica, cinética. La pintura que intento ofrecer, cuando realmente soy capaz de hacerlo, no es etérea ni de una magia ingrávida, tampoco vaporosa o difusa, sino más bien anclada en una realidad pesada y pesante, plena, terrestre y extremadamente neta. Tampoco como lo de ciertos pintores que intentan esa forma de perfección absoluta -radicalmente extranjera para mí, desde el punto de vista de mi capacidad técnica, y de mi incapacidad para absorberme en un trabajo tan meticuloso, tan prolongado y detallista-, como es la pintura clásica y el hiper-realismo. A pesar de todo esa pintura también me gusta, me encantan los cuadros de Csermus, Siudmac. Pero, como en los sueños, no alcanzo jamás la perfección fotográfica absoluta, ni su profundidad, cualquiera sea el método que se pretenda usar. Un día soñé con un cierto número de telas que había pintado, más tarde llegaba un amigo que empezaba a retocarlos, borrarlos, destruirlos. Las telas de mi sueño eran de una profunda beatitud y de gran inteligencia. Estaba allí, en el sueño, toda una obra! Cuando me levanté, durante todo ese día, me tomó una febrilidad de trabajo pictórico: quería recuperar lo que recordaba de aquellas telas, a modo de reparación, en respuesta a la destrucción, por mi aversión a la destrucción, sin embargo fue una tarea absolutamente limitada por lo imposible de lograr esa reproducción. Una tela del sueño, por ejemplo, representaba una caída majestuosa de agua, silenciosa, con reflejos violetas y blancos... tratando de someter esta tela a un rigor formal, logré echarla a perder, logré algo desprovisto de encanto.. De modo que me entregué más a la reproducción del espíritu de las telas soñadas que a su aspecto formal, de un modo más abstracto... Accedí, entonces, a una nueva etapa, un nuevo período en el carácter de mi pintura, y realmente produjo suceso!

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