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A continuación ofrecemos la mirada crítica de Emmanuel Bing (prestigioso artista plástico, pintor, escritor y diseñador francés), sobre el libro de J-B. Pontalis, "Fenêtres".

A partir del mismo mantuvimos un intercambio de emails que publicamos al final de su comentario del libro, en "Lo que el diálogo prolonga".
(Este número de Espacio potencial está ilustrado con sus exquisitas pinturas...)


El territorio de las palabras

El texto se abre con un poema de Rilke. Esto me sugiere que el autor ama la poesía, de modo que simpatizo con él automáticamente, aunque -debo decirlo-, dicho poema no me conmueva demasiado.

La elección de ciertos vocablos, siendo esa la razón del libro, lejos de confinar en cierto léxico, abre ventanas al pensamiento, al espacio abierto, a lo posible. Sin un orden alfabético que carecería de todo sentido, pero con ecos de vaya a saber qué otro orden. Pienso, entonces, en las "palabras maná" de Barthes. Pienso en la carga afectiva de las palabras.


Mi sillón muy cerca de la ventana: follaje del árbol y canto de pájaros. Favorece así una proximidad silenciosa a la intimidad del analista que -con esta frase- nos participa también de su presencia.

Me visita una golondrina animada y aturdida y revolotea unos instantes por la habitación. Como si el pájaro, más de una vez encerrado en la oscuridad de la habitación no dejara de ser, a pesar de todo, algo anecdótico. ¿Qué sentido tiene esta frase, de aspecto poético, más evocativa que descriptiva, pero sin intensidad? De pronto el libro parece caérseme de las manos. Pero es sólo una impresión. Las primeras líneas me habían atrapado y anticipaba ya el placer. Antes de hacer un juicio de valor o comentarlas, yo hubiera deseado ver la golondrina. Casi podía estar allí, se me había ofrecido una atmósfera. Animada y aturdida, escorias dejadas en el texto. Guijarro que me impide encontrar la espera necesaria para la tensión que un poco antes se había inducido. Esto me permite situar al hombre, al que escribe, lo que de él va en su pluma y en su posición en la escritura.

Existen los sillones de analistas. Uno de ellos se encuentra en la habitación, es un sillón del que emana una sola posibilidad cualitativa: ser sillón de analista. Causa gracia, es una ingenuidad, solo por la naturaleza misma de su posición deriva una atribución. Me río porque el sillón parece dar a quien lo ocupa su identidad: el que allí se sienta es analista. Imagino un comercio donde exista una sección "sillones de analistas".

Ventanas al corredor de los vagones del tren, me veo inducido a recuerdos. Cuatro idiomas, creo, para advertir que nadie se debe asomar por la ventana. El autor sólo refiere tres. Recuerdo haber atravesado toda Europa en trenes. París, Londres, Bruselas. Mientras el libro evoca, yo me levanto. Me dejo llevar voluntariamente por el marfil de las páginas.

"Ventanas de pintores: Vermeer, Friedrich, Bonard -sobre todo Bonard- Mujeres en la ventana, con sus miradas vueltas a la proximidad de un jardín y hacia sus confines, el cielo, lo invisible, siempre que no caiga en el vacío". Entonces miro mi "Mujer en la ventana", una tela que pinté hace tres años. Una tela que me enseñó la delicadeza de los muros.

Puertas cerradas, ventanas abiertas. A mí también me gustan las puertas cerradas.

J-B. Pontalis cita a Nietzsche: "El concepto se forja en el olvido de lo que diferencia una cosa de otra" Se hacen presente en mi espíritu a un tiempo Kant y Spinoza. No comparto la idea del concepto como algo coagulado, para mi es evolutivo e incluso rizomático por su movimiento. Sin embargo puedo comprender la inclinación por la acepción "clásica" del concepto. Conceptualizar no es hacer inteligible algo, no es un modo de empleo. El concepto es un recurso que debe ser móvil, vital, en evolución y, si es lo que debe ser, algo útil, es una herramienta para otros conceptos y comprensiones. Lo que queda fijado no es concepto, es conocimiento, academicismo, saber, un saber sin saber hacer, el ser sin devenir.

Frente a la afirmación pública y unánime -"Nosotros, psicoanalistas expertos diplomados en lo inconsciente-, quedo perplejo". J-B. Pontalis, casualmente asistente de un congreso, describe esta escena: Me hace reír y me río con ganas. Expertos diplomados del inconsciente, el autor ríe y yo también. ¿Un congreso de psicoanalistas no sería finalmente una instancia colectiva de represión?

En el marco de un congreso en el que J. B. Pontalis, a pesar de sus reticencias, decide estar, escucha la siguiente frase: "Todos sus objetivos emanaban de lo que habían encontrado sus curas (...) Dije: encontrado en el curso de sus curas, debí decir: había encontrado en sí misma" Pienso, entonces, en F. Dolto -no se dice que sea de ella-, pero me recuerda lo que tanto apreciaba en ella: la simplididad de su decir, aun frente a estructuras estremadamente complejas. J-B. Pontalis es también sensible a la verdad y a la esencia que emana de la vida, de la práctica en lo que ella tenga de humano y de la teorización de lo humano, lo sencillamente humano, carnal.

En la palabra, tanto como en la escritura, ponerse en juego es el único modo de trasmitir verdaderamente algo. Es la posibilidad de decir la simple verdad de lo que sucede de un modo más fuerte e importante que lo que podría hacerlo un discurso teórico, lejos del reducido espacio del consultorio, puerta cerrada, ventana abierta. De ver lo que se "reabsorbe", disuelve, queda "atrapado" de todo lo que hay de nuevo, vivo y subjetivo bajo el achatamiento del discurso normativo de la teoría. Una teoría conducida como racionalización, cuando no como una censura brutal por ciertos psicoanalistas de ese congreso, como si fueran desbordados por los relatos en la experiencia clínica. Me pregunto si Pontalis no se refiere a la conferencia en la que Dolto expone sobre la sexualidad femenina.

Mis pacientes son mis maestros, si hay avances en psicoanálisis es, ante todo, por ellos. Esta frase despertó en mi una reacción contra cierto lugar común en pedagogía, al anunciar que son los alumnos quienes hacen avanzar las cosas. Hay una elipsis en la frase mis paciente son mis maestros, y es en dicha elipsis que me sumerjo. En efecto los pacientes, tanto como los alumnos, son los motores, y esto de dos maneras: por su historia personal (lo que han tomado de la sensibilidad ajena), pero también por lo que se descubre en ellos como novedad, como posibilidad -y que un proyecto teórico permite realizar-.

No me exijan una rendición de cuentas. Exíjase de paciente y analista que justifiquen después de algunos meses o años, lo que han podido avanzar en el curso de tal o cual sesión en la que creyeron que estaban sobre algo importante. Destaco el plural de esa pareja imposible. Pero la frase no me abandona. Me obliga a comprender algo, poseer algo de la experiencia del otro. Se me torna esencial para la comprensión de la duración.

Palabras de un niño: Los sueños son cuando eso se queda en la cabeza, las pesadillas, cuando vienen por la habitación. Pienso en mi pequeña hija de cinco años.

El inquieto pincel del pintor, buscador ¿sería quizás más apto que la pluma que se empuña para dar forma al pensamiento onírico, para encarnarlo? La pintura que amo es un analogon del sueño. Pontalis olvida la materia, lo externo. La obra del pintor. El cuadro decisivo. Tomemos esa espléndida obra de Siudmak de los estados iniciales de la torre Eiffel. Esa pintura se presenta ante mí como un analogon de un sueño justamente. Como lo es, también, la pintura de Bosch. Cuando hago notar que olvidó la materia, es que el pincel del pintor, cuando es buscador, lo que encuentra es la materia, lo que se crea en la alquimia del momento, en la exploración infinita del gesto loco. Es necesario poseer una seguridad extraordinaria para realizar la pintura que ama Pontalis si tomo en cuenta mis propios sueños y la dificultad que encuentro en pintarlos cuando intento en ese deseo irrealizable. En la escritura mi técnica es probablemente un poco más segura, por lo menos así lo creo.

Un niño aburrido: aquel que ya no cree en los poderes de la ilusión. De pronto, deja de jugar. No irá sin embargo a hacer la tarea del colegio, Nada le llama la atención. Prefigura al hombre desganado. Creo haber escuchado a Doltó expresar: ¿Qué chance puede tener un niño aburrido?


Pontalis cita a un paciente: "Soy el niño de un muerto", "con este paciente -nos dice- de ningún modo deberé quedar en un silencio de muerto". Con toda seguridad, pero ¿es que habría pacientes que deberían sufrir un silencio de muerto? ¿para purgar la condena de qué crimen? ¿culpables de qué? ¿Qué sentido tendría ese silencio de muerte sobre el debería venir a inscribirse mi palabra en el curso de una sesión sino el de desalentar a esa intención? ¿Cuándo finalizaría? ¿Por qué debería inquietarme un silencio que sólo tiene un valor técnico? ¿Por decirme desde el otro que esa nada incomprensible es aquello por lo cual siempre me he sentido aislado, reprimido, de mi propia vida?


El libro termina con una abertura, una claridad. Sobre el territorio de las palabras. Es un libro fácil, dócil. Densidad e intensidad como la de una contienda de extrema fragilidad, que un soplo podría echar por tierra. Como si estuviera con el ojo pegado a la cerradura de la cerradura del consultorio de un psicoanalista. Sin embargo no veo bien. No escucho. Nada sucede. Como escritura sobre el vacío. En el silencio, frases en los intersticios. Nada, por otra parte que lo que se diga sobre ese silencio soporte que acá propone el filo de las páginas.

Un libro bello, de verdad sincera, llano, sin concesiones. Dice. A veces revela. Notas, legible. Puedo sentir la proximidad de tener que alejarme de él.

De modo que una profunda tristeza me invade. Bella tristeza.

Río, de lo que he entendido, de lo que intuyo, de lo que me es extraño.

Emmanuel Bing, 18 de septiembre 2000

(*) Nacido en Paris en 1959, en el seno de una familia de artistas, entre ellos: escritores, pintores, actores y filósofos.

1969 à 1972 : Dieulefit. Gouaches, sérigraphies, sculpture et terres cuites, linogravure. Feutre, encre; crayons, craies. Peinture abstraite, lignes simples et claires, couleurs marquées et peu nombreuses, une peinture d'impact très moderne.

1972 : Aix-en-Provence. Création de livres poétiques uniques, avec illustrations à l'aquarelle et reliures à la main.

1973 : premières œuvres sur bois, huiles et gouaches. Période abstraite. Travail très abouti à partir d'outils créés pour l'occasion, règles et grattoirs. Premières ventes. Rencontre avec la peinture arabe, calligraphique et symboliste.

1974 à 1976 : Cours d'arts plastiques. S'entoure d'artistes et d'étudiants plus âgés. Étudie de nombreuses techniques, encres, lavis, aquarelles, plumes d'oie, plumes diverses. Une exposition Picasso à Avignon sera révélatrice d'une forme d'art, mais les peintres préférés d'alors sont Klee, Neuberth, Mirò, Max Ernst, Armand, Klossowski, Hans Bellmer.

Trois pôles :
L'abstrait. Une peinture qui tient compte de la pâte et joue sur la matière, comme enjeu fort de l'abstraction. Cette peinture l'amènera au symbolisme onirique qui est un des éléments centraux de sa structuration picturale.
Le concret. La rencontre avec une jeune peintre suisse qui le pousse à dessiner des arbres le lancera sur cette piste entre lavis, gouaches et aquarelles, et qui sera pour lui l'un des cheminements artistiques les plus fournis, une expression qui laisse à la trace toute sa veine de sens.
L'onirique. Représenté par les dessins à la plume et certaines encres et gouaches. C'est encore une peinture de type discursif, où l'impact de sens joue dans les premiers degrés comme dans les profondeurs.

1976 à 1980 : Paris. Peinture à la craie, encres. Nombreux apprentissages, dessin d'après modèle et dessins d'imagination dans des ateliers de peintres.

1980 à 1985 : en marge d'autres métiers la poursuite forcenée de la peinture ; passages par la bande dessinée, beaucoup des recherches sur les encres. Intérêts pour Michaux. Découverte de Klimt, d'Edouard Munch, fréquentation du Louvre et des musées, des galeries. Une série d'œuvres denses nommées les séminaires. Séries d'autoportraits de plus en plus simplifiés, comme si l'autoportrait devait devenir une signature.

1985 à 1990 : Peinture à l'huile sur toile. Une technique très affirmée au couteau, des recherches dans de nombreux secteurs. Les métiers des arts graphiques qu'il pratique par ailleurs lui permettent de donner une certaine réalité à ses conceptions graphiques.

1990 à 1995 : Peinture à l'huile et création d'une pensée philosophique structurale, sous jacente au discours pictural, permettant à la fois le repérage des lignes dites et des lignes induites, des fuites et perspectives, des traverses de sens qui unissent et séparent conscience, réel, spirituel, désir et terre.

1994 : Exposition collective, Paris 19e. Présentation d'une trentaine d'œuvres, avec rétrospectives tournantes multimédia en présentation sur ordinateur.

1995 : Exposition dans la salle du Compositeur, allée Darius Milhaud, Paris 19e.

1996 : Exposition collective au Plessis-feu-Aussous (le village du peintre Jean Commère)
Exposition à Rozay en Brie, dans le cadre d'une grande exposition collective.

1997 : Exposition collective au Plessis-feu-Aussous.

1997 à 1999 : Exposition permanente, studio à Boulogne.

2000 : Mars : Exposition collective, au cinquième Salon de Printemps à Coulommiers, après sélection par le Jury.
Avril : Exposition personnelle, rue Bréguet. "Arbres, paysages & visages". 63 œuvres exposées. Lavis, gouaches, huiles, toiles et bois.

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