Severo hasta la crueldad el sino desgrana con crudeza las carencias.
Todos los días.
Amanece y el hábito despabila un borbollón de pasos rumbo al sustento.
Callados los pómulos enjutos y las manos gruesas de amasar quimeras, arremangan la paciencia.
Los reflejos amarillos de la estación, se trizan
En bostezos sobre el andén y las apariencias.
Como todos los días, los magros salarios amontonan
el silencio hilvanado la partida.
Arreo cotidiano.
A veces el lucero se monta sobre una raya azul que se confunde y se pierde celeste en la amanecida.
Y los ojos, apagados.
La vida sin ver la vida.
En las casas bajas la austeridad del pan caliente, imagina la simetría del tren crujiendo sobre la vía.
Nadie lo sabe.
A veces la luna se demora en el rocío mientras los yuyos desperezan la urbanidad y nadie lo sabe.
La rutina estruja la pasión.
Y allá, dentro, el miedo paraliza las ansias con la amenaza de la desocupación.
Temprano prende lumbre el cansancio.
Y la espera, siempre espera.
Cada jornal un día y cada día el porvenir.
El temor y la fatiga parirán la mansedumbre en los ojos que están aguardando.
Es severo hasta la crueldad, el devenir.