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El patio de atrás
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Recuerdos
de Adolescencia
por María Julieta Motta
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Entre tantas evocaciones, quizás haya sólo
un pequeño puñado de esos recuerdos que tenga
la dignidad de verdadero recuerdo. Dos o tres de esos "de
enserio" marcarán lo verdaderamente dejado atrás,
y adelantarán la novedad de lo que inevitablemente
seguirá. Quien narra estos recuerdos, nos dice que
Un atardecer, cansada de andar, apoyé la bici
en la ligustrina vecina y pegué un respingo, la bruja
estaba en la puerta de calle. El antes y el después
de aquel encuentro marcaron probablemente, el fin de su
infancia, y el siguiente recuerdo imborrable...
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Papá
murió cuando yo tenía catorce años. Desde entonces, mamá,
intentando paliar nuestra pena, me dio absoluta independencia,
que a veces me pesaba demasiado. Una de estas libertades,
ni bien comenzadas las vacaciones de verano, era mandarme
a lo de mis tíos Yolanda y Alfredo y mis primos, tres varones
y una mujer, un poco mayores que yo. Solita tomaba el tranvía
en la esquina de casa, llegaba a Constitución y de allí
a Adrogué, un pueblo cercano a la Capital, de bellas calles
arboladas, quintas y casas armoniosas, con el inolvidable
perfume, que tenía entonces el ferrocarril. Para mí, Adrogué
era el campo y se lo decía a mis vecinos cuando estaba de
regreso. De las semanas que pasé allí, no recuerdo ni un
día lluvioso, el tiempo era soleado, siempre de primavera.
Tenía buena comunicación con mis primos y sus amigos y como
era la más pequeña, me adoraban. Allí aprendí a andar en
bicicleta, recorrer el gallinero en busca de huevos, arrancar
las frutas de los árboles y hasta sufrir descomposturas
por los atracones de aquellos jugosos y enormes duraznos.
El chalet donde vivían era de altos y yo, acostumbrada a
un oscuro departamento en Once, al principio creía que mis
parientes eran ricos, pero la observación de sus costumbres
me dio otra experiencia. Mi presencia hacía tambalear el
presupuesto de la tía, pero siempre me preparaba un plato
especial. Cuando le pedía ir a la panadería -por mi excitación
de estar de vacaciones, era la primera en levantarme de
la cama, después de Yolanda, quien recogía la leña para
la cocina económica- al fin consentía y hurgaba en su monedero
y me encargaba facturas para el desayuno. Una cosa que no
entendía era que se pasaba apagando las luces que encendíamos
y era tal su manía que resultaba molesta. ¡pobre tía rica!
Lo único que intentaba era reducir la cuenta de la luz.
Entonces no existía la televisión y mis primos con sus cuentos
de fantasmas y aparecidos, hacían volar mi imaginación.
La sombra de tío Alfredo tropezando en la escalera, al anochecer
me asustaba. De mayor comprendí que él era alcohólico, por
eso no hacía más que dormir durante el día o pelear con
su mujer cuando se iba a Buenos Aires, porque ella era hermosa
y él la celaba. A pesar de su adicción, Alfredo era distinguido
y culto, perdió su trabajo y subsistían por una pensión
graciable, otorgada al que, en un tiempo fuera secretario
del Director de la Municipalidad. A eso se debían las penurias
de mis parientes. Lo único que opacaban las vacaciones,
era la casa vecina. Estaba sobre un jardín desprolijo, de
pastos crecidos y los chicos la llamaban la casa abandonada
o la embrujada. Yo no conocía a su ocupante y me preguntaba
cómo subsistiría. Por las noches, escuchaba ruidos extraños
y hasta voces. Después me enteré que una persona del barrio
le alcanzaba pan, leche o frutas. Al no conocerla, la imaginaba
una bruja. Con los chicos jugábamos al fútbol, yo hacía
de arquera e invariablemente me mandaban la pelota al jardín
de al lado y se reían de mi susto. Desde dentro de la casa,
llegaba una voz cascada, recriminándome invadir su territorio
y una vez me pareció que desde la puerta del fondo, alguien
me espiaba. Un atardecer, cansada de andar, apoyé la bici
en la ligustrina vecina y pegué un respingo, la bruja estaba
en la puerta de calle. Era una viejita de cabellos blancos
que me dijo: -¡Sos de Buenos Aires?, te conozco, no le creas
a tus primos, no soy una bruja sino una vieja solitaria.
Podrías alguna vez traerme algo. La mujer que me ayuda,
ha estado enferma y no tengo nada para comer. Al otro día
pagué con mi plata media docena de tortitas negras, dos
panes y una leche y se los dejé tras la verja... Nunca más
le temí y los chicos, que seguían enviándome la pelota al
lado, ignorantes del secreto entre la anciana y yo, ahora
se admiraban de mi osadía y comentaban: -Se ve que está
creciendo, ya no se asusta de la vieja loca. Aquellas vacaciones
duraron un par de años...La plata en casa no alcanzaba.
El magisterio se había extendido por más tiempo. Tuve que
dejar la carrera y emplearme. Pero esa experiencia que comenzó
a mis dieciséis años merita otro cuento...
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