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La infancia termina cuando se la encuentra
por Paula Larotonda
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En ocasión de la remodelación de La Casa de
Winnicott, Paula Larotonda nos propone que la infancia se
termina cuando regresamos a aquella casa que albergó
nuestros primeros sueños. Y para ello, nos acerca
evocaciones de Santiago Kovadloff
y de Rosa Montero
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Husmeando
entre los textos -desordenados y polvorientos- que descansan
en el altillo de nuestra casa, encontré uno del verano
de 2003, en el que propuse un diálogo entre dos "vecinos"
de Winnicott: Gastón Bachelard y Jean B. Pontalis.
En aquella oportunidad, habíamos publicado algunas
citas con las que estos autores pensaban cómo la
casa natal vive en nosotros inalterada, como la infancia
misma. Pueden leerlo si hacen click aquí.
Entonces me preguntaba: Si la casa natal vive en nosotros,
como la infancia, inalterada, si ella entonces nunca se
pierde, ¿cómo es posible, finalmente, inscribirla
como recuerdo?
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1.
De regreso, Paula
Hace
poco volví a mi casa de Mar del Plata, aquella que
habitamos todos los veranos desde mis ocho hasta mis veinte
años. Había ido a pasar un fin de semana con
mi familia y ni bien salimos a la ruta tuve la idea de visitarla
para mostrarle a mi hija ese sitio muy significativo para
mí.
Me encontré con una obra en construcción,
habían dividido el terreno en dos, y estaban construyendo
dos casas separadas por un pequeño jardín
en donde aún subsistía uno de los cinco árboles
que había plantado mi padre. Me invadió una
sensación de extrañeza, esa no era mi casa
Luego de la primera desilusión, al día siguiente
quise ir nuevamente. Me encaminé por la calle 18
-la primera que fue asfaltada en aquellos tiempos de barro
y pastizal-, y al llegar a la esquina 67, me tope otra vez
con la casa ajena , sin embargo, un pedazo de mi infancia
yacía allí, como un fantasma. El portón
enclenque de madera, que habíamos trasladado desde
nuestra casa de Saavedra, estaba allí, aún
en pie, delante de una pared todavía sin revocar.
Luego que esta estuviera lista, ese pequeño portón
de madera sin duda ya no tendría razón de
ser; de modo que -era obvio- que en pocas horas, el portón
iría a parar al volquete de escombros.
Pensé en pedirlo, pero como era domingo, no había
gente trabajando en el obrador. Entonces decidí robármelo.
Le pedí a Dani que me ayudara y la economía
de mi pedido, aún más que mis argumentos,
lo convencieron: Había sido la puerta de acceso de
mi casa natal y luego el portón que me ligaba a los
veranos de mi niñez
Hicimos fuerza, pero no
podíamos desamurarlo
A medida que pasaron los minutos, comencé a notar
que las bisagras estaban oxidadas y la madera un poco podrida
¿Cómo me lo llevaría de vuelta? ¿Contrataría
un flete? Y cuando llegara a Buenos Aires ¿dónde
lo pondría? De pronto sentí que estaba perdiendo
unas horas hermosas para estar en la playa disfrutando aquel
día
Recordé, de regreso, a mi mejor amiga -con la que
robábamos flores para plantar en el jardín
de la esquina-; mis hermanos y mi tío Ricardo pedaleando
cerca del bosque; mi abuela y mi mamá sentadas a
la sombra de los eucaliptos; mi viejo arreglando el tanque
de agua; mi perro corriendo desaforado detrás de
alguna hembra
2. Freud y el efecto "a posteriori"
Sigmund
Freud propuso un modo de simbolización de las experiencias
en el tiempo, característico en el funcionamiento
del aparato psíquico (en el caso de las neurosis),
a partir del cual el mundo puede ir significándose
para un sujeto. Lo llamó a posteriori y opera
a partir de la inscripción -en lo psíquico-
de dos escenas: una primera -muda y eficaz- que no se inscribe
sino con el efecto retroactivo de la segunda sobre esta
primera. Así, se precisarán siempre, dos representaciones
para dar significado al universo que nos rodea, ya que lo
psíquico funcionará a partir de la diferencia
entre ambas. Esta diferencia es la que pone en movimiento
al aparato.
(1)
De
este modo Freud pensó las características
temporales de la estructuración del psiquismo, ligado
a la sexualidad, en tanto infantil y traumática:
una primera escena en el que el Otro de los cuidados, digamos
la madre, nutre y acaricia a su bebé "inocente",
lo besa, lo baña, lo acuna, le canta
le hace
vivir ciertas experiencias de satisfacción -apuntaladas
en el acto alimenticio- introduciéndolo en el mundo
de la sexualidad, del amor, del deseo. Se origina entonces
una excitación sexual somática, en una época
en que su elaboración simbólica es imposible
(a causa de la inmadurez sexual del sujeto); y el incipiente
aparato psíquico del infans comenzará a fantasear,
en el intento de dar alguna explicación a la excitación
sexual producida por la madre
.
Esta
elaboración quedará, por lo tanto, "a
la espera" de un segundo tiempo, luego de la pubertad
(2), en el que el sujeto -maduro sexualmente- adquirirá
una nueva estructura de significación desde la cual
interpretará aquellas primeras experiencias, significará
"a posteriori" (Lacan dirá apres-coup)
el tiempo y el espacio ligándolo asociativamente
con nuevas representaciones.
Es decir que el funcionamiento temporal a posteriori está
sostenido por la fantasía. Esta irá tejiendo
una trama simbólica de la historia de ese infantil
sujeto; irá planteando un movimiento en el devenir
de esa persona que intentará siempre -una y otra
vez- revivir aquellas primeras experiencias infantiles por
medio de las fantasías. Empero, los objetos de la
fantasía nunca ofrecerán más que sustitutos
de aquel objeto perdido de la mítica y plena satisfacción.
Así, por un lado el objeto perdido se inscribe a
partir del nuevo objeto nunca pleno, encontrado en la fantasía.
Por el otro, entre aquel objeto perdido y este -hallado
en la fantasía- , se abre la posibilidad de pensar
las diferencias que los separan y los tornan significativos,
y ese margen es el que impulsa a seguir buscando, a seguir
pensando y deseando
Entonces,
el movimiento es siempre el mismo: la segunda escena significa
a aquella primera, el objeto encontrado inscribe como perdido
a aquel primer objeto anhelado.
(Solo pierdo mis monedas cuando las busco en mi bolsillo
y no las encuentro; es decir, el primer momento, sea cuando
se me cayeron en la calle, permanece inadvertido. La segunda
escena, cuando debo pagar mi boleto de tren, me retrotrae
a aquella, pero sólo frente a la boletería
advierto la pérdida de ellas, sólo allí
las pierdo).
3. ¿Cuándo es el fin de la infancia?
En
el patio de nuestra casa, Daniel Ripesi indagaba ¿Cuándo
termina la infancia? Allí comenzó un juego
en el que nuestros amigos, visitantes y vecinos, bucearon
en sus recuerdos y compartieron experiencias a lo largo
de estos años. Pueden leer aquellos textos llenos
de frescura si hacen click aquí:
Cuándo
termina la infancia? por Gabi Sandes Borges de Almeida
Desilusiones Oportunas por Octavio Paz
En
el patio de mi infancia por Pablo Neruda
Sobre
el fin de la infancia por Malena Scunio y Luciano
Fialkowski.
Hacen una ronda por Lina Villoldo, Luciano Fialkowski,
Lidia Susana Maquieira, Cristina García Oliver, Giorgio
Morello e Isabel Marazina.
La
nona Josefina por María Julieta Motta
Recuerdos
de Adolescencia por María Julieta Motta
Por
mi parte, creo que la infancia se termina cuando uno pretende
encontrarla, cuando -desesperado- uno intenta recuperar
sus sitios, sus olores, sus texturas, y los encuentra un
poco más amargos, un poco más ásperos,
un tanto más grandes o más pequeños
Decía
Bachelard "La infancia es ciertamente más grande
que la realidad. Para comprobar, a través de todos
nuestros años, nuestra adhesión a la casa
natal, el sueño es más poderoso que los pensamientos".
El fin de la infancia es el hallazgo de las diferencias
que nos unen y separan de aquel espacio/tiempo solitario
(¡como si no bastara con mirarse al espejo!) Es en
aquella casa de la infancia, en aquel sitio que albergó
nuestros primeros sueños en donde que el tiempo se
resignifica. Allí, al decir de Winnicott, el tiempo
y el espacio devienen algo personal, e inexorablemente crecemos.
(3)
A continuación sumo dos relatos, en los que Santiago
Kovadloff y Rosa Montero nos cuentan su regreso a la casa
de la infancia. Veamos cómo, ahora, "de grandes"
se atrevieron a profanar aquel sitio sagrado, aquel territorio
de juegos.
|
Santiago Kovadloff (4)
Hacia principios de 1990, pude concretar un propósito
muchas veces aplazado: volver a Laboulaye. Allí,
al sur de Córdoba, yo había residido con mis
padres y mi hermano desde el verano de 1956 hasta bien entrado
el otoño de 1957. Allí estaba la casa que
mi recuerdo creía preservar como una reliquia intacta
y que fue el segundo de mis hogares; esa casa que se alzaba
frente a los enormes silos de la empresa molinera que mi
padre dirigió. Allí también, el jardín
cautivante que tanto supo darle a mi adolescencia naciente
mientras el cuerpo que había sido mío se encabritaba,
se transformaba y hacía de mí un extraño
y poco menos que un desalojado, atrapado en tensiones inéditas
y empeñadas en probarme, como Rimbaud lo haría
mucho después, que yo era yo.
En Laboulaye aprendí a conocer y reconocer el canto
de muchos pájaros(
) En Laboulaye fui dueño,
por primera vez, de un caballo (
) Descubrí,
me descubrí (
) Allí, se incubó
en mí, de un modo al que sé decisivo, mi manera
dilecta de habitar el tiempo (
) En Laboulaye me di
cuenta de la presencia poco menos palpable del pasado en
el presente, acaso porque los pueblos de provincia, aletargados
como aún viven, dejar ver mejor de dónde se
viene que a dónde se va; allí, la saudade,
esa sed, ese anhelo sin objeto, trazó en mí
el surco que define su desvelo, esa iluminación que
nos embarga cuando se abren y florecen en nosotros las distancias
entre los sitios que el cuerpo ocupa y aquellos otros, perdidos,
añorados o nunca habidos, por los que el ensueño
se desvive de mil modos y en mil circunstancias diferentes.
La hondura de cuanto allí me fue pasando (
)
me impulsaba a volver a buscar lo que, habitado y perdido,
perduraba en las formas que nombraba la palabra Laboulaye.
De modo que volví, y volví donde no debía.
Corrí detrás de lo que no hay cómo
encontrar en nuestro entorno porque nunca estuvo sino en
nosotros.
Sin que nada me pareciese distinto, todo me resultó
irreconocible. La casa que fuera mía me abrumó
con su hermetismo. La vi insignificante o no pude soportar
la cercanía de su pobre realidad. El hecho es que
la sentí irrelevante, invenciblemente ajena, estrecha
y reducida como no lo era en mí. Sus paredes exteriores,
a las que yo recordaba blancas y refulgentes bajo un tejado
vivamente ocre, no eran sino de un celeste feo y apagado
que, según su propietario, un hombre mayor resignado
a mi visita, nunca habían sido de otro color.
¿Y cómo terminar de creer que aquel minúsculo
jardín desgraciado fuera el mismo que mi recuerdo
guardaba con húmedos rincones susurrantes y aromas
que yo había aprendido a saborear y a discernir?
No era la franca dejadez que en todo veía ni el pesar
con que el calor de febrero oprime lo que toca lo que al
mirar venía a apenarme. Era, en cambio, esa brutal
indiferencia, el hecho de que mis ojos no fueran íntimamente
solicitados por nada de lo que veían; el hecho de
que aquel sitio resultara tan ajeno a mí como lo
era yo para el dueño de casa, mientras me seguía
a distancia, entre desconfiado y silencioso, por cada uno
de los ambientes que recorríamos.
La nostalgia había cumplido con pericia su faena
encubridora. Esa alquimia notable de la geografía
y los escenarios terminó por infundir valor de realidad
a lo que no lo tenía- El ayer, de tal modo, ya no
precedía al hoy sino que era su fruto. Materia inicial
de una metáfora labrada por mi espíritu, la
realidad de esa casa escapaba ahora al encantamiento que
la había marginado, se escabullía como por
un sumidero y venía a imponerse como escenario irreductible
a cualquier familiaridad. No había forma de volver.
No había adónde. No había quién
lo hiciera. Lo que yo buscaba era incapaz de subsistir fuera
de mí, exceder mi ensueño o ser el correlato
manso de mi fantasía (
) Nada, en esa casa,
me remitía a la que había sido mía
(
) Volver al pasado en sentido estricto, es decidirse
a soportar la experiencia del propio anonadamiento. Ese
que resulta del encuentro con las cosas equivocadas, que
no son otras que las que alguna vez fueron nuestras pero
que, como tales, ya no subsisten fuera de la trama de nuestros
recuerdos (
)
Todo lo que encontré me desorientó con su
anonimato, su inexpresividad y su lejanía. Como si
yo fuera Gulliver y Laboulaye fuera Liliput, la desproporción
entre nosotros me desconcertó primero y luego me
resultó irremontable. No había margen para
la convergencia. Un Gulliver era yo que, tras mirar una
vez más a Laboulaye, tampoco pude reconocerme, pues
mi propio tamaño no correspondía al que me
adjudicaba. Es que no se desconoce un sitio que alguna vez
fue nuestro y al que llegamos a amar sin que, a la vez,
no nos desconozcamos a nosotros mismos (
) En Laboulaye
perduraba todo lo que esencialmente ya no estaba allí.
¿Cómo dar relieve a ruinas que no convocan
la memoria emocional de lo perdido? Frente a tanto dato
hostil de la realidad, mi poder evocativo se desdibujaba
y desconocía, como un pájaro malherido que
corretea sin poder alzar vuelo. Si quería seguir
vinculado a lo que amaba debía decidirme y resignar
todo trato con el escenario exterior de mi ensueño;
debía cerrar los ojos y partir. No había,
para mí, en ese terreno, indicios relevantes, referencias
ineludibles. El espacio concreto donde me encontraba, lejos
de potenciar mi sensación de presencia, me acotaba,
imponía un quebranto a mis vivencias, licuaba mi
sentimiento de realidad (
)
Regresé a Buenos Aires urgido por el deseo de reencontrarme.
Sabía que a medida que me alejara de Laboulaye, los
días y el olvido irían cauterizando mi desencanto.
Y así fue. Puesto que "estamos tejidos de idéntica
tela que los sueños"
(5), basta saber adónde no debe volverse para
seguir paseándose por allí con auténtica
emoción.
|
Rosa
Montero
(6)
"De pronto sentí la imperiosa necesidad de volver
a ver la casa de mi infancia, ese pido modesto y alquilado
en el que viví con mi familia desde los cinco años
hasta los veintiuno, edad en la que me emancipé.
Poco después, mis padres y Martina se mudaron. Otra
gente llegó y vivió allí; yo no había
vuelto a ver la casa en veinticinco años. Pero ahora
necesitaba regresar; aunque el lugar estuviera muy cambiado,
las paredes seguirían existiendo, así como
el estrecho patio que yo contemplaba por la ventana de mi
cuarto; y tal vez algún pedacito de mi antiguo yo
flotara todavía por allí como el ectoplasma
de un fantasma. De manera que escribí una carta dirigida
a los "actuales inquilinos", porque lo ignoraba
todo sobre los ocupantes; y explicaba que había vivido
allí y que por favor me dejaran visitarles. Pocos
días después recibí por e-mail la respuesta
generosa y amable de los dueños del piso, José
Ramón y Esperanza, y concerté una cita para
acercarme a verles. Yo no sé qué esperaba
encontrar: tal vez mi memoria perdida de redomada amnésica,
tal vez mi ignorancia infantil o el oscuro silencio de la
familia. Quedamos a mediodía; el portal estaba igual,
incluso con las mismas cenefas pintadas en las paredes,
pero el ascensor era nuevo: ya en mis tiempos era un cacharro
viejo y a menudo roto. Subí en la pequeña
caja del elevador, metálica y de color verde quirófano,
y en efecto me sentí como si estuviera entrando en
un hospital y me fueran a practicar alguna intervención
menor: extirpar una reminiscencia, suturar un recuerdo.
El piso, un séptimo y último, conservaba la
estructura original, pero como es natural no tenía
nada que ver con la casa de mi infancia. El suelo, antes
de las baldosas, era parquet; las viejas ventanas de madera
habían sido sustituidas por marcos metálicos.
El baño y la cocina eran bonitos y modernos, cuando
en mi niñez habían sido tétricos y
oscuros. Era una casa luminosa y feliz, la casa de otros,
la vida de otros, el pasado de otros. José Ramón
y Esperanza, una pareja de mi edad con dos hijas veinteañeras,
fueron afectuosos, compañeros, encantadores. Esperanza,
con fina intuición, llegó a decir: "Deberíamos
dejarla sola". Es verdad que yo les sentía como
intrusos; esa casa era mía, porque era la casa de
mi niñez. Daba igual que yo sólo hubiera vivido
allí durante dieciséis años y ellos
durante veinticinco; o que ellos la hubieran comprado y
reformado, mientras que nosotros sólo la alquilábamos.
Cualquier consideración racional me parecía
absurda: esa casa era MIA. Y, al mismo tiempo, ¿Qué
le habían hecho estos advenedizos, dónde estaba
mi viejo hogar, dónde estaba yo, qué nos había
ocurrido? Intenté volver a meterme en mis antiguos
ojos de niña para ver el mundo desde allí
pero no pude. El pasado no existe, por mucho que diga Marcel
Proust. A punto ya de irme, después de haberme tomado
unas cervezas con ellos y de haber charlado en esa sala
ajena, Esperanza me dijo que, por debajo del parquet, se
mantenían intactas las viejas baldosas. ¿El
suelo original, con su cenefa geométrica bordeando
las paredes! Ese dibujo había formado parte de muchos
de mis juegos infantiles, había aparecido en una
escena de mi novela "Te trataré como a una reina"
y había sido el origen de otro libro "Temblor".
Quedé impresionada e inmediatamente mi imaginación
me escenificó una fantasía: yo regresando
de noche de modo subrepticio y arrancando las tablas de
madera hasta sacar a la luz lo único que quedaba
de mi niñez: unas feas losetas de terrazo barato.
Y esa ensoñación fue un verdadero alivio.
La novela es un artefacto temporal, como la vida misma.
La novela es una red para cazar el tiempo, como las redes
que llevaba Nabokov para cazar mariposas; aunque, por desgracia,
tanto los lepidópteros como los fragmentos de temporalidad
mueren enseguida cuando son atrapados.
Algunos autores son verdaderamente geniales a la hora de
capturar el frágil aleteo de lo temporal. Recuerdo,
por ejemplo, esa obra maestra que es "Espejo roto",
de Mercé Rodoreda. La novela abarca sesenta o setenta
años de la vida de una familia de la burguesía
catalana; en el primer tercio del libro, uno de los personajes,
todavía joven e inocente, contempla la calle a través
de una ventana y advierte, de pasada, una pequeña
imperfección en el cristal, una burbuja que deforma
el vidrio, la mancha de azafrán que hace que esa
ventana adquiera realidad. Muchos años y muchas páginas
más tarde, el mismo personaje, tan envejecido como
envilecido, vuelve a contemplar el mundo a través
de otra ventana. Pero hete aquí que ese cristal también
tiene una tara, también muestra una pequeña
burbuja, que al protagonista le recuerda algo, aunque no
sabe qué. ¿Dónde había visto
él con anterioridad algo semejante? Se estruja la
cabeza pero no consigue atraparlo, aunque la pompa de aire
le inquieta y le estremece, le rememora paraísos
perdidos, promesas traicionadas, felicidades rotas. Es un
mensajero del pasado y viene cargado de dolor y de melancolía.
Y lo más grande, lo más maravilloso, el truco
admirable de esa delicada prestidigitadora que fue Rodoreda,
es que el lector siente lo mismo que su personaje; también
él rememora vagamente otra burbuja cristalina aparecida
con anterioridad en la novela y, aunque no recuerda cuando
ni por qué, siente que estaba relacionada con un
tiempo de dicha que ahora ha terminado. En consecuencia,
también el lector experimenta la nostalgia infinita,
la amarga tristeza de la pérdida."
(1) Su diferencia, cierto desnivel entre ellas y no el orden
exacto de su secuencia.
(2) Tal como piensa Freud este movimiento en un principio
(en "El proyecto
"), más tarde, el
eje que cliva las experiencias de un sujeto será
el Complejo de Edipo
(3) Winnicott decía que madurar es hacer del tiempo
y del espacio algo personal.
(4) Una biografía de la lluvia, Emecé, Buenos
Aires, 2004.
(5) William Shakespeare, La Tempestad, O. C., Aguilar, Madrid,
1951, Acto IV, pág. 2057.
(6) La loca de la casa, Santillana Ediciones Generales S.L.,
Buenos Aires 2003.
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