Pintura: Rómulo Maccio
-“Mamá” – o esa manera tan personal de llamarme que no recuerdo en qué idioma es. Se refiere a mí, me nombra. Es él llamándome, lo escribo ahora en mi lengua, “mamá”.
-Eso de la muerte, le pasa también a los animales?
Le digo que sí. Su todo se enturbia. Le digo “no es para ponerse triste” (que loca soy: “no es para ponerse triste” le digo, la palabra materna es rara, potente. Lo obliga a ir a contramano de sí y a la vez lo protege (o intenta protegerlo, o protegerme a mí?) Al final, lo que es, es eso nomás)
Lo que pasa es que cuando su madre le dice que no es para ponerse triste, se da cuenta que se puso triste. Su madre lo nombra, y eso que podría nombrar otras cosas… Podría nombrar el cielo, podría nombrar su nombre, podría cualquier cosa. Pero su madre soy yo y soy yo la que contesta, sin estar nunca preparada más que por él, por lo que de él me dice, por lo que de él soy. Y tal vez no sea tristeza, tal vez la triste sea yo. Y seguro que él tiene razón. Eso seguro, él tiene razón pero yo le digo que no. Le digo que no es triste la cosa. (oh! El niño habla!)
Y días más tarde me lo pregunta de nuevo. En su idioma que no sé cuál es pero lo entiendo. Le contesto en mi lengua, el español. Sí, le pasa también a los animales. No quiero abundar, se ve. Silencio.
Mi hermoso hijo, no lleno de todas mis faltas. Mi precioso hijo para quien yo soy su madre. Sueña que una mujer le dice, sueña que yo no estoy, sueña, me cuenta. Me cuenta 1, 2, 3, me pregunta, lo quiero tanto, si está bien, la cuenta. Sí, mi querido hijo, los árabes inventaron la astronomía, los indios comen cobra, dios nunca nació y nunca se muere. Me dice que quiere ser dios.
Y es muy raro, yo no quiero ser dios. Debe ser eso, lo del final de la infancia. Pero no se lo puedo decir, es un secreto.