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Rosa Montero nos cuenta sobre el progresivo y definitivo
fallecimiento del niño que llevamos dentro, y de
los efectos de cierto empacho de realidad en la lengua y
la escritura...
(1)
(1)
Efectivamente Rosa Montero charló con Espacio Potencial
sobre el fin
de la infancia, aquí se amplían sus ideas
-en una ocurrencia que la misma Rosa Montero autorizó-
tomando fragmentos de su libro "La loca de la casa",
Ed. Santillana, Bs. As., 2003
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Espacio potencial: Sabes Rosa que es casi una costumbre
nuestra preguntar por el "fin de la infancia";
tú misma nos diste ya algún adelanto sobre
este tema, pero realmente quisiéramos ahora si
puedes contarnos algo más al respecto...
Rosa Montero: Mira, el envejecimiento es un
proceso orgánico bastante lamentable que apenas si
tiene un par de cosas buenas (una, que, si te esfuerzas,
aprendes algunas cosas; y dos, que es la mejor prueba de
que no te has muerto todavía) y otras muchas malísimas,
como, por ejemplo, que tus neuronas se destruyen a mansalva,
que tus células se deterioran y se oxidan, que la
gravedad tira de tu cuerpo hacia la tierra-tumba debilitando
los músculos y desplomando las carnes. Pues bien,
a todas estas pesadumbres, y otras que no cito, puede que
también se sume un empacho abrumador de realidad,
la pérdida progresiva de nuestra capacidad de fantasía,
el anquilosamiento de la imaginación. O lo que es
lo mismo, el fallecimiento definitivo del niño que
llevamos en nuestro interior.
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E.P.: ¿Y cómo afecta a la escritura
ese progresivo empacho de realidad?
Rosa Montero: Uno se hace viejo por fuera,
pero también por dentro; y debe ser por esto que
los lectores, a medida que crecen, van dejando mayoritariamente
de ser lectores de novelas y derivan hacia otros géneros
más instalados en el realismo notarial, la biografía,
la historia, el ensayo. Este angostamiento senil de la imaginación
(de la creatividad) puede sucedernos a todos los humanos,
pero si eres novelista estás doblemente fastidiado,
porque entonces te quedas sin trabajo. Entonces la loca
de la casa, harta de tus desprecios de viejo bobo, se marcha
con el tío Celerino a buscar cerebros más
elásticos. Para escribir, en fin, conviene seguir
siendo niño en alguna parte de ti mismo. Conviene
no crecer demasiado. Quién sabe, a lo mejor por eso
admiro tanto a los enanos.
E.P:
Rosa ¿qué relación guarda entonces
el escritor con ese niño siempre amenazado de un
fallecimiento definitivo? ¿Qué mantiene con
vida dentro suyo el escritor de sus inefables experiencias
de infancia?
Rosa Montero: Tal vez en realidad todos los
escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras
los impensables e insoportables silencios de la infancia.
De niños, todos estamos locos, esto es, todos estamos
poseídos por una imaginación sin domesticar
y vivimos en una zona crepuscular de la realidad en la que
todo resulta posible. Educar a un niño supone limitar
su campo visual, empequeñecer el mundo y darle una
forma determinada, para que se adapte a las normas específicas
de cada cultura. Ya se sabe que la realidad no es algo objetivo;
en la Edad Media, la realidad convencional incluía
la existencia de ángeles y demonios, y por consiguiente
los ciudadanos veían ángeles y demonios; pero
si hoy nuestro vecino nos dijera que acababa de encontrarse
en la escalera con el diablo, nos parecería un completo
chiflado. La realidad no es más que una traducción
reductora de la enormidad del mundo y el loco es aquel que
no se acomoda a ese lenguaje.
E.P:
En ese sentido Winnicott decía que la mera cordura
es pobreza... ¿será la sensatez un fatalismo
de quien "crece"?
Rosa Montero: Crecer y adquirir la sensación
del ciudadano adulto implica de algún modo dejar
de saber cosas y perder esa mirada múltiple, caleidoscópica
y libre sobre la vida monumental, sobre esa vida total que
es demasiado grande para poder manejarla, como la ballena
es demasiado grande para poder ser vista por completo. Ya
lo dijo James M. Barry, el autor de Peter Pan: "No
soy lo bastante joven para saberlo todo"...
Biografía
Nacida
en Madrid, en 1951, se apasionó por la literatura
temprano en su infancia, buceando en los libros entre los
cinco y los nueve años, debido a una tuberculosis
que la confinó en casa. Periodista, colaboró
con varias publicaciones hasta tornarse columnista del principal
diario español, El País. Comenzó en
1977 a realizar, para el suplemento dominical del diario,
entrevistas que le valieron diversos premios, hasta que
en 1980 se tornó redactora jefe del País Semanal.
Sus principales obras:
La Loca de la Casa (Alfaguara)
El Corazón del Tártaro (Espasa)
La Hija del Caníbal (Espasa)
Bárbara contra el Doctor Colmillos (Alfaguara)
El Viaje Fantástico de Bárbara (Alfaguara)
Las Barbaridades de Bárbara (Alfaguara)
Bella y Oscura (Seix Barral)
Temblor (Seix Barral)
Amado Amo (Debate)
Te Trataré Como a una Reina (Seix Barral)
La Función Delta (Debate)
Crónica del Desamor (Debate)
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