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Salvación por el pecado
Por Paula Larotonda

A partir del cuento de Clarice Lispector, "Los desastres de Sofía", la autora piensa con mirada winnicottiana el momento en el que el juego infantil encuentra sus primeras conmociones.

En "Los desastres de Sofía"(1), Clarice Lispector nos mete en un tema complejo: "una alfombra hecha de tantos hilos que no puede resignarse a seguir un hilo solo". Intentaremos hilvanar algunos puntos de esta historia hecha de muchas historias, desde una perspectiva que refleje el pensamiento de Winnicott .
Sofía es una... ¿niña? ¿mujer?... ¿cómo llamarla? ¿cómo nombrar ese estado del alma que se niega a seguir en la infancia interminable, pero que no alcanza a sentirse parte del mundo de los grandes?
Ella se siente atraída por su maestro, hombre gordo, grande y silencioso, de hombros contraídos. Casi sin saber, inventa un juego de seducción: comienza a portarse mal en el aula, lo provoca, lo exaspera, convirtiéndose en objeto de odio de aquel hombre que amaba, no como la mujer que sería un día sino "como una criatura que intenta torpemente proteger a un adulto, con la cólera de quien todavía no fue cobarde y ve a un hombre fuerte de hombros tan cargados".

Lo amaba como una niña que ya lleva a su adulto-mujer en la carne, sin saber muy bien qué hacer con ella.

"De noche, antes de dormir, me irritaba. Yo tenía poco más de nueve años, dura edad como el tallo no quebrado de una begoña. Lo provocaba, y al conseguir exacerbarlo, sentía en la boca, con gloria de martirio, la acidez insoportable de la begonia cuando es aplastada entre los dientes; y roía las uñas, exultante. Por la mañana, al cruzar los portones de la escuela, pura como iba con mi café con leche y la cara lavada, era un impacto encontrarme en carne y hueso con el hombre que me había hecho delirar durante un abismal minuto antes de dormir. En superficie de tiempo había sido apenas un minuto, pero en profundidad eran viejos siglos de oscurísima dulzura. Por la mañana -como si no hubiese contado con la existencia real de aquel que desencadenara mis negros sueños de amor- por la mañana, delante del hombre grande con su saco corto, era lanzada de golpe a la vergüenza, la perplejidad y la aterradora esperanza. La esperanza era mi mayor pecado".
(...)"Aprender no aprendía en aquellas clases. El juego de hacerlo infeliz ya me había invadido demasiado. Soportando con desenvuelta amargura mis piernas largas y mis zapatos siempre deformados, humillada por no ser una flor, y sobre todo por una infancia enorme que temía que nunca llegara a su fin -más infeliz lo hacía y sacudía con altivez mi única riqueza: los cabellos lacios que yo esperaba que quedaran lindos un día con permanente y que con vistas al futuro ya ejercitaba sacudiéndolos (...) la verdad es que no me sobraba tiempo para estudiar (...) las alegrías me ocupaban; estar atenta me tomaba días y días, estaban los libros de historia...estaban los chicos que había elegido y que no me habían elegido...estaba la esperanzada amenaza del pecado, que con miedo me ocupaba en esperar, sin olvidar que estaba permanentemente ocupada en querer y no querer ser lo que era, no me decidía por cuál de mí...no, no era para irritar al maestro que no estudiaba; sólo tenía tiempo para crecer. Cosa que hacía para todas partes...en mi apuro crecía sin saber hacia dónde...fue una pena que el maestro no hubiera llegado a ver aquello en lo cual yo me convertiría: a los trece años, con las manos limpias, bañada, bien arreglada y bonita."
(...) "Luchaba por la salvación de aquel hombre. Quería su bien, y en respuesta él me odiaba. Ya se había convertido en un placer no dejarlo en paz. El juego me fascinaba sin saber que obedecía a una de las cosas que más suceden en el mundo, yo estaba siendo la prostituta y el santo..."
(...) "Me había convertido en su seductora, deber que nadie me había impuesto. Pero era como si, sola con un alpinista paralizado por el terror del precipicio, yo, por más torpe que fuese, no pudiera sino intentar ayudarlo a bajar. El maestro había tenido la poca suerte de que fuera justamente la más imprudente la que quedara a solas con él en su yermo. Por mas arriesgado que fuese mi lugar, estaba obligada a arrastrarlo hacia mi lado, pues el suyo era mortal. Era lo que yo hacía, como una criatura inoportuna tira a un adulto del borde del saco. El no miraba para atrás, no preguntaba lo que yo quería, y se libraba de mi con un sacudón. Yo continuaba tirándole del saco, mi único instrumento era la insistencia. Y de todo eso él sólo advertía que yo le rompía los bolsillos. Es cierto que ni yo misma sabía con seguridad lo que hacía, mi vida con el maestro era invisible, pero sentía que mi papel era malo y peligroso: me empujaba la voracidad por una vida real que tardaba, y mas que torpe, también sentía placer en romperle los bolsillos."
(...) "Y en el gusto de perseguirlo yo también lo acosaba con la mirada: a todo lo que decía respondía con una simple mirada directa de la cual nadie en sana conciencia podría acusarme. Era una mirada que yo convertía en bien límpida y angélica, muy abierta, como la de la candidez mirando el crimen. Y conseguía siempre el mismo resultado: con perturbación evitaba mis ojos, comenzaba a tartamudear..."

Luego de estas extensas citas, pongamos un pie en una de las distinciones que Donald Winnicott introduce en el psicoanálisis. Me refiero a la distinción entre la relación con un objeto y la utilización del objeto. En el primer caso, el objeto no tiene existencia independiente, es un objeto subjetivo, creado por el mismo sujeto para mantenerlo dentro de su control omnipotente. Dice Winnicott: "(...) si se lo desea usar, es forzoso que el objeto sea real en el sentido de formar parte de una realidad compartida, y no un manojo de proyecciones". (2)
Así, entonces, interpreto las palabras de Sofía, su vida con el maestro era invisible, existía en su más profunda intimidad, en el marco de una relación plena y profundamente real, aunque sin poder desplegarse -ni nutrirse- en la realidad. Deberá haber un pasaje desde la relación de objeto a la utilización del objeto, lo que implica que en el sujeto opere el principio de realidad, es decir, que acepte las diferencias (3) entre lo subjetivo y lo objetivo, (4) algo que hace que se establezca una relación con los objetos aunque no se los pueda controlar ni dominar (dice Winnicott en este sentido: "los mecanismos proyectivos colaboran con el acto de percibir qué hay allí, pero no son la razón de que el objeto se encuentre allí"). Retomaré esta cuestión más adelante.

Sofía escribe una composición a partir de una historia que el maestro lee en clase, cuya moraleja rondaba la idea de tener que trabajar para poder enriquecer y asegurar un destino, en lugar de entretenerse en la búsqueda de un tesoro "salvador". Ella a su vez le otorga un sentido diferente: el problema no es buscar tesoros, sino asumir que ellos estarán en donde menos se espera encontrarlos -habrá que apostar, entonces, a encontrarlos en el marco de esa incertidumbre, a desafiar al destino en esa entrega de búsqueda sin certezas-.
Y a partir de la escritura ocurre el desenlace: Sofía entrega rápido su composición y sale al patio, de repente recuerda haberse dejado su cartera en el aula y regresa cuando sus compañeros ya habían salido, pero el maestro aún permanecía...

"Solo, en el sillón me miraba. Era la primera vez que estábamos frente a frente, por nuestra cuenta. Me miraba. Mis pasos, de tan lentos, casi cesaron.
Por primera vez estaba sola con él, sin el cuchicheado apoyo de la clase, sin la admiración que mi atrevimiento provocaba. Intenté sonreír, sintiendo que la sangre me huía del rostro. Una gota de sudor me corrió por la frente. El me miraba. La mirada era una pata tierna y pesada sobre mí. Pero si la pata era suave, me paralizaba por completo como la de un gato que sin apuro sujeta la cola del ratón. La gota de sudor fue bajando por la nariz y por la boca, cortando al medio mi sonrisa. Tan solo eso: sin una expresión en la mirada, el me miraba. Comencé a bordear la pared con los ojos bajos prendiéndome toda a mi sonrisa, único trazo de un rostro que ya había perdido los contornos. Nunca había advertido qué larga era la sala de clase. Sólo ahora al paso lento del miedo, veía su tamaño real.
Fue cuando oí mi nombre.
De súbito, clavada en el piso, con la boca seca, allí quedé de espaldas a él sin coraje para darme vuelta. La brisa que venía de la puerta acabó de secar el sudor del cuerpo. Giré despacio, conteniendo dentro de los puños cerrados, el impulso de correr.
Al sonido de mi nombre, la sala se había deshipnotizado.
Y bien despacio vi al maestro todo entero. Bien despacio vi que el maestro era muy grande y muy feo, y que el era el hombre de mi vida. El nuevo y gran miedo. Pequeña, sonámbula, sola, frente aquello a lo cual mi fatal libertad me había finalmente llevado (...)
Calmo como antes de matar fríamente me dijo:
-Acércate más...

¿Cómo es que se venga un hombre?
Iba a recibir de vuelta en pleno rostro la pelota del mundo que yo misma le había arrojado y que no por eso me era conocida. Iba a recibir de vuelta una realidad que no habría existido si no la hubiese temerariamente adivinado y dado vida de esta forma. ¿Hasta que punto aquel hombre, montaña de compacta tristeza, era también montaña de furia? (...)

-...Tome su cuaderno...agregó él.

La sorpresa me hizo mirarlo súbitamente. ¿Era sólo eso, entonces? El alivio inesperado fue casi más chocante que mi susto anterior.
Entonces él dijo, usando por primera vez la sonrisa que había aprendido:

-Su composición del tesoro está tan linda. El tesoro que sólo falta descubrir. Tu...-nada agregó por un momento. Me escrutó suave, indiscreto, tan íntimo como si fuera mi corazón-. -Tu eres una chica extraña, me dijo al fin.

Fue la primera vergüenza real de mi vida. Bajé los ojos, sin poder sostener la mirada indefensa de aquel hombre a quien había engañado."


Un hermoso relato para situar cómo una presencia sostiene: El maestro la mira, reflejándola. Winnicott advierte que la mirada de la madre (suficientemente buena) refleja la mirada del infans, (qué ve el infans cuando mira a la madre?: se ve a sí mismo...). Y esto hacemos de por vida: reflejarnos en los demás. Siempre y cuando el otro tenga la capacidad de reflejarnos. Sí, el maestro la mira, la refleja, la nombra, la particulariza desde algún deseo, desde un lugar que escapaba al control fantaseado de Sofía. Y ella siente una vergüenza real, tal vez el primer afecto real que la convierte en mujer, ahora ella tampoco será la misma.
Como veníamos planteando, existe, de acuerdo al pensamiento de Winnicott, una diferencia entre la relación de objeto y el uso del objeto, un pasaje entre la relación y el uso para el cual el sujeto precisa destruir al objeto, en gestos que sólo cobrarán la significación de una destrucción si el objeto no sobrevive, es decir, si reacciona. Pero si éste sobrevive a la destrucción, adquirirá su propio valor, se transformará en un objeto objetivo (la destrucción será, entonces, fantasmática y en el marco de la relación amor-odio que caracteriza cualquier relación libidinal).
Por medio de la agresión, asistimos entonces a una transformación, en este caso, desde la relación con un maestro-(padre)- subjetivo a un maestro objetivo (porque fue capaz, quizás, él mismo, de admitir ya "no saber" en cuanto a los tesoros, al destino, a una entrega).
En Winnicott la agresión no es relativa a que el objeto frustre, sino que posibilita que al objeto se lo desubjetivize, se lo coloque fuera del propio sujeto. Así, con la agresión se construye la realidad, se contribuye al sentimiento de constancia del objeto, entonces puede usarse, lo que implica que el sujeto pueda enriquecerse con lo que es diferente, otro, no-yo.
Dice Winnicott: "(...) Esta destrucción se convierte en telón de fondo inconsciente para el amor a un objeto real, es decir, un objeto que se encuentra fuera de la zona de control omnipotente del sujeto ".(5)

Ahora Sofía se enfrenta a una experiencia de mujer, se pregunta cómo se venga un hombre, también se irrita porque él "obligase a una porquería de chica a comprender a un hombre: (...) Si, mi impresión era que a pesar de su rabia, él de algún modo había confiado en mí, y que entonces yo lo había engañado con el cuento del tesoro. En esa época yo pensaba que todo lo que se inventa es mentira y solamente la conciencia atormentada del pecado me redimía del vicio..."

De este modo el juego se transforma y comienza uno nuevo, en el que se puede también amar y odiar, pero esta vez en el marco de una realidad compartida.

"(...)Tuve que tragar como pude la ofensa que me hacía al creer en mí(...)!tonto!, si le pudiera gritar, esa historia del tesoro escondido fue inventada, es sólo cosa para una chica!"(...) Y de repente, con el corazón golpeando de desilusión, no soporté un instante más; sin haber tomado el cuaderno, corrí hacia el parque, la mano en la boca, como si me hubieran roto los dientes. Con la mano en la boca, horrorizada, corría, corría para no detenerme nunca; la oración más profunda no es aquella que pide; la oración más profunda es la que no pide más: corría, corría muy asustada..."

(1) En La Legión Extranjera, Monte Avila Editores, Caracas, 1971
(2) DWW, "El uso de un objeto y la relación por medio de Identificaciones", en Play and Reality.
(3) "Diferencias" que no tienen un mero carácter antagónico, al contrario, diferencias que nutrirán al self, que no despertarán un sentimiento paranoide ni deberán derrotarse por certezas yoicas de comprensión.
(4) Conviene aclarar que para Winnicott, lo "objetivo" o lo "subjetivo" son términos relativos, en todo caso la vida obtiene su riqueza de mantener su superposición.
(5) Ob. Cit.

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