En
"Los desastres de Sofía"(1),
Clarice Lispector nos mete en un tema complejo: "una
alfombra hecha de tantos hilos que no puede resignarse
a seguir un hilo solo". Intentaremos hilvanar
algunos puntos de esta historia hecha de muchas historias,
desde una perspectiva que refleje el pensamiento de
Winnicott .
Sofía es una... ¿niña? ¿mujer?...
¿cómo llamarla? ¿cómo
nombrar ese estado del alma que se niega a seguir
en la infancia interminable, pero que no alcanza a
sentirse parte del mundo de los grandes?
Ella se siente atraída por su maestro, hombre
gordo, grande y silencioso, de hombros contraídos.
Casi sin saber, inventa un juego de seducción:
comienza a portarse mal en el aula, lo provoca, lo
exaspera, convirtiéndose en objeto de odio
de aquel hombre que amaba, no como la mujer que sería
un día sino "como una criatura que
intenta torpemente proteger a un adulto, con la cólera
de quien todavía no fue cobarde y ve a un hombre
fuerte de hombros tan cargados".
Lo
amaba como una niña que ya lleva a su adulto-mujer
en la carne, sin saber muy bien qué hacer con
ella.
"De
noche, antes de dormir, me irritaba. Yo tenía
poco más de nueve años, dura edad como
el tallo no quebrado de una begoña. Lo provocaba,
y al conseguir exacerbarlo, sentía en la boca,
con gloria de martirio, la acidez insoportable de
la begonia cuando es aplastada entre los dientes;
y roía las uñas, exultante. Por la mañana,
al cruzar los portones de la escuela, pura como iba
con mi café con leche y la cara lavada, era
un impacto encontrarme en carne y hueso con el hombre
que me había hecho delirar durante un abismal
minuto antes de dormir. En superficie de tiempo había
sido apenas un minuto, pero en profundidad eran viejos
siglos de oscurísima dulzura. Por la mañana
-como si no hubiese contado con la existencia real
de aquel que desencadenara mis negros sueños
de amor- por la mañana, delante del hombre
grande con su saco corto, era lanzada de golpe a la
vergüenza, la perplejidad y la aterradora esperanza.
La esperanza era mi mayor pecado".
(...)"Aprender no aprendía en aquellas
clases. El juego de hacerlo infeliz ya me había
invadido demasiado. Soportando con desenvuelta amargura
mis piernas largas y mis zapatos siempre deformados,
humillada por no ser una flor, y sobre todo por una
infancia enorme que temía que nunca llegara
a su fin -más infeliz lo hacía y sacudía
con altivez mi única riqueza: los cabellos
lacios que yo esperaba que quedaran lindos un día
con permanente y que con vistas al futuro ya ejercitaba
sacudiéndolos (...) la verdad es que no me
sobraba tiempo para estudiar (...) las alegrías
me ocupaban; estar atenta me tomaba días y
días, estaban los libros de historia...estaban
los chicos que había elegido y que no me habían
elegido...estaba la esperanzada amenaza del pecado,
que con miedo me ocupaba en esperar, sin olvidar que
estaba permanentemente ocupada en querer y no querer
ser lo que era, no me decidía por cuál
de mí...no, no era para irritar al maestro
que no estudiaba; sólo tenía tiempo
para crecer. Cosa que hacía para todas partes...en
mi apuro crecía sin saber hacia dónde...fue
una pena que el maestro no hubiera llegado a ver aquello
en lo cual yo me convertiría: a los trece años,
con las manos limpias, bañada, bien arreglada
y bonita."
(...) "Luchaba por la salvación de aquel
hombre. Quería su bien, y en respuesta él
me odiaba. Ya se había convertido en un placer
no dejarlo en paz. El juego me fascinaba sin saber
que obedecía a una de las cosas que más
suceden en el mundo, yo estaba siendo la prostituta
y el santo..."
(...) "Me había convertido en su seductora,
deber que nadie me había impuesto. Pero era
como si, sola con un alpinista paralizado por el terror
del precipicio, yo, por más torpe que fuese,
no pudiera sino intentar ayudarlo a bajar. El maestro
había tenido la poca suerte de que fuera justamente
la más imprudente la que quedara a solas con
él en su yermo. Por mas arriesgado que fuese
mi lugar, estaba obligada a arrastrarlo hacia mi lado,
pues el suyo era mortal. Era lo que yo hacía,
como una criatura inoportuna tira a un adulto del
borde del saco. El no miraba para atrás, no
preguntaba lo que yo quería, y se libraba de
mi con un sacudón. Yo continuaba tirándole
del saco, mi único instrumento era la insistencia.
Y de todo eso él sólo advertía
que yo le rompía los bolsillos. Es cierto que
ni yo misma sabía con seguridad lo que hacía,
mi vida con el maestro era invisible, pero sentía
que mi papel era malo y peligroso: me empujaba la
voracidad por una vida real que tardaba, y mas que
torpe, también sentía placer en romperle
los bolsillos."
(...) "Y en el gusto de perseguirlo yo también
lo acosaba con la mirada: a todo lo que decía
respondía con una simple mirada directa de
la cual nadie en sana conciencia podría acusarme.
Era una mirada que yo convertía en bien límpida
y angélica, muy abierta, como la de la candidez
mirando el crimen. Y conseguía siempre el mismo
resultado: con perturbación evitaba mis ojos,
comenzaba a tartamudear..."
Luego
de estas extensas citas, pongamos un pie en una de
las distinciones que Donald Winnicott introduce en
el psicoanálisis. Me refiero a la distinción
entre la relación con un objeto y la utilización
del objeto. En el primer caso, el objeto no tiene
existencia independiente, es un objeto subjetivo,
creado por el mismo sujeto para mantenerlo dentro
de su control omnipotente. Dice Winnicott: "(...)
si se lo desea usar, es forzoso que el objeto sea
real en el sentido de formar parte de una realidad
compartida, y no un manojo de proyecciones".
(2)
Así, entonces, interpreto las palabras de Sofía,
su vida con el maestro era invisible, existía
en su más profunda intimidad, en el marco de
una relación plena y profundamente real, aunque
sin poder desplegarse -ni nutrirse- en la realidad.
Deberá haber un pasaje desde la relación
de objeto a la utilización del objeto, lo que
implica que en el sujeto opere el principio de realidad,
es decir, que acepte las diferencias
(3) entre lo subjetivo y lo objetivo,
(4) algo que hace que se establezca una relación
con los objetos aunque no se los pueda controlar ni
dominar (dice Winnicott en este sentido: "los
mecanismos proyectivos colaboran con el acto de percibir
qué hay allí, pero no son la razón
de que el objeto se encuentre allí").
Retomaré esta cuestión más adelante.
Sofía
escribe una composición a partir de una historia
que el maestro lee en clase, cuya moraleja rondaba
la idea de tener que trabajar para poder enriquecer
y asegurar un destino, en lugar de entretenerse en
la búsqueda de un tesoro "salvador".
Ella a su vez le otorga un sentido diferente: el problema
no es buscar tesoros, sino asumir que ellos estarán
en donde menos se espera encontrarlos -habrá
que apostar, entonces, a encontrarlos en el marco
de esa incertidumbre, a desafiar al destino en esa
entrega de búsqueda sin certezas-.
Y a partir de la escritura ocurre el desenlace: Sofía
entrega rápido su composición y sale
al patio, de repente recuerda haberse dejado su cartera
en el aula y regresa cuando sus compañeros
ya habían salido, pero el maestro aún
permanecía...
"Solo,
en el sillón me miraba. Era la primera vez
que estábamos frente a frente, por nuestra
cuenta. Me miraba. Mis pasos, de tan lentos, casi
cesaron.
Por primera vez estaba sola con él, sin el
cuchicheado apoyo de la clase, sin la admiración
que mi atrevimiento provocaba. Intenté sonreír,
sintiendo que la sangre me huía del rostro.
Una gota de sudor me corrió por la frente.
El me miraba. La mirada era una pata tierna y pesada
sobre mí. Pero si la pata era suave, me paralizaba
por completo como la de un gato que sin apuro sujeta
la cola del ratón. La gota de sudor fue bajando
por la nariz y por la boca, cortando al medio mi sonrisa.
Tan solo eso: sin una expresión en la mirada,
el me miraba. Comencé a bordear la pared con
los ojos bajos prendiéndome toda a mi sonrisa,
único trazo de un rostro que ya había
perdido los contornos. Nunca había advertido
qué larga era la sala de clase. Sólo
ahora al paso lento del miedo, veía su tamaño
real.
Fue cuando oí mi nombre.
De súbito, clavada en el piso, con la boca
seca, allí quedé de espaldas a él
sin coraje para darme vuelta. La brisa que venía
de la puerta acabó de secar el sudor del cuerpo.
Giré despacio, conteniendo dentro de los puños
cerrados, el impulso de correr.
Al sonido de mi nombre, la sala se había deshipnotizado.
Y bien despacio vi al maestro todo entero. Bien despacio
vi que el maestro era muy grande y muy feo, y que
el era el hombre de mi vida. El nuevo y gran miedo.
Pequeña, sonámbula, sola, frente aquello
a lo cual mi fatal libertad me había finalmente
llevado (...)
Calmo como antes de matar fríamente me dijo:
-Acércate más...
¿Cómo
es que se venga un hombre?
Iba a recibir de vuelta en pleno rostro la pelota
del mundo que yo misma le había arrojado y
que no por eso me era conocida. Iba a recibir de vuelta
una realidad que no habría existido si no la
hubiese temerariamente adivinado y dado vida de esta
forma. ¿Hasta que punto aquel hombre, montaña
de compacta tristeza, era también montaña
de furia? (...)
-...Tome
su cuaderno...agregó él.
La
sorpresa me hizo mirarlo súbitamente. ¿Era
sólo eso, entonces? El alivio inesperado fue
casi más chocante que mi susto anterior.
Entonces él dijo, usando por primera vez la
sonrisa que había aprendido:
-Su
composición del tesoro está tan linda.
El tesoro que sólo falta descubrir. Tu...-nada
agregó por un momento. Me escrutó suave,
indiscreto, tan íntimo como si fuera mi corazón-.
-Tu eres una chica extraña, me dijo al fin.
Fue
la primera vergüenza real de mi vida. Bajé
los ojos, sin poder sostener la mirada indefensa de
aquel hombre a quien había engañado."
Un hermoso relato para situar cómo una presencia
sostiene: El maestro la mira, reflejándola.
Winnicott advierte que la mirada de la madre (suficientemente
buena) refleja la mirada del infans, (qué ve
el infans cuando mira a la madre?: se ve a sí
mismo...). Y esto hacemos de por vida: reflejarnos
en los demás. Siempre y cuando el otro tenga
la capacidad de reflejarnos. Sí, el maestro
la mira, la refleja, la nombra, la particulariza desde
algún deseo, desde un lugar que escapaba al
control fantaseado de Sofía. Y ella siente
una vergüenza real, tal vez el primer afecto
real que la convierte en mujer, ahora ella tampoco
será la misma.
Como veníamos planteando, existe, de acuerdo
al pensamiento de Winnicott, una diferencia entre
la relación de objeto y el uso del objeto,
un pasaje entre la relación y el uso para el
cual el sujeto precisa destruir al objeto, en gestos
que sólo cobrarán la significación
de una destrucción si el objeto no sobrevive,
es decir, si reacciona. Pero si éste sobrevive
a la destrucción, adquirirá su propio
valor, se transformará en un objeto objetivo
(la destrucción será, entonces, fantasmática
y en el marco de la relación amor-odio que
caracteriza cualquier relación libidinal).
Por medio de la agresión, asistimos entonces
a una transformación, en este caso, desde la
relación con un maestro-(padre)- subjetivo
a un maestro objetivo (porque fue capaz, quizás,
él mismo, de admitir ya "no saber"
en cuanto a los tesoros, al destino, a una entrega).
En Winnicott la agresión no es relativa a que
el objeto frustre, sino que posibilita que al objeto
se lo desubjetivize, se lo coloque fuera del propio
sujeto. Así, con la agresión se construye
la realidad, se contribuye al sentimiento de constancia
del objeto, entonces puede usarse, lo que implica
que el sujeto pueda enriquecerse con lo que es diferente,
otro, no-yo.
Dice Winnicott: "(...) Esta destrucción
se convierte en telón de fondo inconsciente
para el amor a un objeto real, es decir, un objeto
que se encuentra fuera de la zona de control omnipotente
del sujeto ".(5)
Ahora
Sofía se enfrenta a una experiencia de mujer,
se pregunta cómo se venga un hombre, también
se irrita porque él "obligase a una
porquería de chica a comprender a un hombre:
(...) Si, mi impresión era que a pesar de su
rabia, él de algún modo había
confiado en mí, y que entonces yo lo había
engañado con el cuento del tesoro. En esa época
yo pensaba que todo lo que se inventa es mentira y
solamente la conciencia atormentada del pecado me
redimía del vicio..."
De
este modo el juego se transforma y comienza uno nuevo,
en el que se puede también amar y odiar, pero
esta vez en el marco de una realidad compartida.
"(...)Tuve
que tragar como pude la ofensa que me hacía
al creer en mí(...)!tonto!, si le pudiera gritar,
esa historia del tesoro escondido fue inventada, es
sólo cosa para una chica!"(...) Y de repente,
con el corazón golpeando de desilusión,
no soporté un instante más; sin haber
tomado el cuaderno, corrí hacia el parque,
la mano en la boca, como si me hubieran roto los dientes.
Con la mano en la boca, horrorizada, corría,
corría para no detenerme nunca; la oración
más profunda no es aquella que pide; la oración
más profunda es la que no pide más:
corría, corría muy asustada..."
(1)
En La Legión Extranjera, Monte Avila Editores,
Caracas, 1971
(2) DWW, "El uso de un objeto y la relación
por medio de Identificaciones", en Play and Reality.
(3) "Diferencias" que no tienen un mero
carácter antagónico, al contrario, diferencias
que nutrirán al self, que no despertarán
un sentimiento paranoide ni deberán derrotarse
por certezas yoicas de comprensión.
(4) Conviene aclarar que para Winnicott, lo "objetivo"
o lo "subjetivo" son términos relativos,
en todo caso la vida obtiene su riqueza de mantener
su superposición.
(5) Ob. Cit.