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| Isla
de piratas: "Crear es preciso"
por Paula Larotonda |
Mañana de sol en el Abasto. Aquel sábado 15
de mayo la casona cultural Humahuaca representaba a la casa
de Winnicott. Una y otra tan acogedoras como siempre, recibieron
a las visitas con empanadas caseras y vinito para apaciguar
el frío.
Adentro de la casa, Daniel Ripesi, familia y amigos, esperaban
que la magia aconteciera una vez más.
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Fue así como la murga de Coghlan se metió de
lleno en el patio, y nuestras piernas comenzaron a seguir
el ritmo de los zurdos.
Entre mburucujás y glisinas supimos que eran los dueños
de la ilusión, y que nadie se atreva a quitársela!
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Minutos despúes, en la sala de estar, "la Pachamama"
nos envolvió con su magia al interpretar los versos
de Fernando Pessoa: "Un barco...un barco parece ser
un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar,
sino llegar a un puerto. Todos nosotros nos encontramos navegando,
sin la idea del puerto en el que deberíamos refugiarnos.
Reproducimos así, el aspecto doloroso de la aventurera
fórmula de los argonautas: navegar es preciso, vivir
no es preciso......Quiero para mí el espíritu
de esa frase, pero transformada de modo que concuerde con
lo que soy: Vivir no es preciso, navegar no es preciso, lo
que es necesario es crear.
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Así,
el ambiente que generó la titiritera Adriana Sobrero
abrió paso a las palabras de Daniel:
Efectivamente
es bueno navegar, a veces nos sentimos confiados e intrépidos
-como chicos- y nos abrimos a mar abierto, nos aventuramos
a los confines y exploramos tierras extrañas, con
cada descubrimiento dejamos de ser los mismos. Otras nos
gana la prudencia o los temores y nos quedamos cerquita
de la orilla, hay días y días, hoy yo mismo
no sé muy bien dónde estoy parado... Pero
estoy en buena compañía, quiero agradecerles
que esta mañana todos ustedes se hayan acercado a
esta isla donde, paradójicamente, quemamos las naves,
digo paradójicamente porque quemar las naves es a
veces el mejor modo de comenzar una travesía, una
travesía que no admite arrepentimientos ni vueltas
atrás... Ahora le voy a dar la palabra a Carlos Pérez,
escritor, psicoanalista, músico, actor, en fin no
sé en que orden todo esto, o quizás en completo
desorden, que va a contarnos un poco de qué paisaje
se trata en este libro, y a quien desde ya agradezco esa
gentileza.
Reproducimos aquí las palabras que Carlos eligió
para presentar el libro "Quemar las naves":
Con
este libro de Daniel Ripesi me sucede algo especial, que
va más allá de sus merecimientos o, mejor
dicho, que debido a sus merecimientos me coloca ante la
evidencia de algo intransmisible, cercano a la imposibilidad
de ejercer la crítica literaria o quizá esto
mismo que está sucediendo ahora, la presentación
de un libro.
Para volver evidente lo antedicho debo retroceder un poco
en el tiempo: Hace un par de años les llevé
a los Salgado, padre e hijo, responsables de Letra Viva,
la propuesta de realizar un concurso donde participaran,
anónimamente, autores de textos de investigación
y desarrollos en clínica psicoanalítica. La
idea les entusiasmó, no hay en nuestro medio concursos
semejantes por fuera de las instituciones -y de las instituciones
nada sé- por lo que dieron curso a la iniciativa
y organizamos el "Premio Letra Viva", para el
que elegimos un jurado que también yo integré.
Al llegarnos las obras concursantes comprobé, para
mi sorpresa, que seis eran de aceptable nivel; cuatro de
muy buena factura y dos de ellas se destacaban tanto por
su originalidad como por la excelente escritura; con esto
quiero decir que eran obras de escritores (esto parece obvio
pero no es así: a mi entender la oferta de libros
es mucha, pero la producción de escritores escasea,
sobre todo en nuestra disciplina). Cuando tuve que optar
por una de las dos obras mencionadas me incliné por
"Quemar las naves". Si bien el concurso era mediante
presentaciones anónimas ya había reconocido
el estilo de Daniel. Entiendan que cuando uno reconoce a
un autor por el estilo -digo estilo pero no tics o efectismos-
estamos ante un escritor original, el estilo tiene una relación
de inmediatez con lo que causa y singulariza a un autor.
El problema comenzó allí, porque los restantes
miembros del jurado habían elegido otras obras, y
entonces comprobé que el ejercicio de la crítica
es -al menos para mí- casi un imposible: no logré
demostrar la originalidad de "Quemar las naves".
Más aún: otro de los jurados argumentó
que no nos poníamos de acuerdo porque mientras a
mí me interesaba el valor literario él prefería
destacar el seco manejo de los conceptos. Y yo quería
expresarle que no es necesario andar diciendo que a tal
cuestión le corresponde tal concepto para que la
escritura sea rigurosa, y que precisamente el valor de esta
obra de Ripesi está en activar conceptos, en hacerlos
circular vivos. Recordé una carta que García
Lorca le dirigiera a un amigo en la que manifiesta: "La
verdad es lo vivo y ahora quieren llenarnos de muertos y
de aserrín de corcho. El disparate, si está
vivo, es verdad; el teorema, si está muerto, es mentira.
¡Dejad que corra el aire! ¿No te angustia la
idea de un mar con todos los peces atados con cadenita a
un solo punto, sin conciencia? No discuto el dogma. Pero
no quiero ver el punto donde se acaba ese dogma". Pero
no tuve éxito y el premio fue para otra obra. "Quemar
las naves" permaneció boyando en las inciertas
aguas de una mención de honor.
Si buscan la prevalencia de postulados axiomáticos,
de fórmulas referenciales que funcionen como principios,
como dogmas, definiciones secas, compren otro libro, hay
muchos. Aquí sucede algo diverso, el propio Daniel
lo dice a propósito de los diccionarios, cito: "El
diccionario no encuentra la menor oportunidad de ser operativo
si no podemos atribuirle alguna entonación a sus
definiciones. Así, algunas de ellas pueden ser como
secretitos susurrados al oído: invitan -según
los casos- a una complicidad inocente o criminal... Si el
diccionario al definir no parece hablar, no define nada".
"La verdad es lo vivo y ahora quieren llenarnos de
muertos y de aserrín de corcho", exclama Lorca,
en cuya estima hay una explícita concordancia con
la línea que Daniel desarrolla, y en tanto winnicottiano
declarado lo hace a través de su maestro. Se refiere
al desvelo de Winnicott por el afán militante de
muchos psicoanalistas, preocupación que lo llevara
a denunciar los peligros del devaneo escolástico
que produce uniformidad en los discursos de los analistas,
achatando tanto el campo teórico como el clínico.
Alarmado por los sistemas artificiosos que consolidan el
ejercicio de un poder impotente, le dirigió una carta
a Melanie Klein en la que, lacónico, afirma: "No
hay nada peor que un lenguaje muerto". Como vemos,
tanto el poeta como el analista se alarman del mismo modo;
más que tratarse de puntos de contacto entre poesía
y psicoanálisis es la misma cuestión, vista
de uno u otro lado por quien se anima con valentía.
La posición de Daniel en su libro está libre
de este tipo de contaminaciones, lo ejemplificaré
con la transcripción del siguiente fragmento del
texto: "La penumbra permitía un bosquejo de
lo que hasta hacía apenas unas horas poseía
cierta vitalidad. Antes de esa penumbra que lo había
ido invadiendo todo, los movimientos de su morador eran
guiados por lo familiar; amparados en esa orientación
confiada que no reconoce más expectativas que el
reencuentro con lo que siempre estuvo allí, a mano...
La morosidad de sus gestos cotidianos, el desgano sin resentimiento
de su rutina recorrían un espacio que habitaba no
tanto con desinterés como con esa tranquilidad que
no se alteraba -desde hacía ya unos cuantos años-
por ningún tipo de agitación íntima...
Era tarde y decidió despedirse de todo... Dispuso
lo necesario para ejecutar su determinación. Apagó
la luz y saboreó un silencio que, creyó, le
venía a reclamar una entrega sin reparos... Una serenidad
creciente aquietó su espíritu, de modo que
fue perdiendo hasta el menor soplo de sospecha y prevención,
perdió, en definitiva, hasta su menor disposición
de alerta... Un silencio de claustro aportó un decoro
necesario a la escenografía: el cuerpo -que descansaba
en esa plenitud de oscuridad- buscó su postura de
cadáver, el ritmo respiratorio se hizo profundamente
lento, demasiado lento, la frecuencia cardíaca disminuyó
y buscó extinguirse, se perdió progresivamente
la tonicidad muscular hacia una flaccidez casi total, la
temperatura corporal cayó lentamente... Una muerte
pareció el desenlace más lógico...
Y entró en el ritmo frágil de esa sucesión
de defunciones y nacimientos que lo visitaba cada noche
y lo despertaba cada día: una vez más, estaba
durmiendo".
Luego siguen consideraciones sobre las pulsiones de muerte
y de vida, una cita de Nerval, para quien "el sueño
es una vida segunda... los primeros instantes del dormir
son la imagen de la muerte", otras referencias literarias,
a Valérry, Unamuno, Borges, Marechal, a Freud cuando
en el Proyecto se refiere a la caída de la carga
endógena y a que si la descarga fuese completa ocurriría
un dormir sin sueños y luego continúa con
la mención de otros psicoanalistas debatiendo el
tema. Aquí quiero intercalar lo siguiente: El investigador
que desarrolla una disciplina suele valerse de la literatura
para descubrir, describir, escribir o poner a prueba un
interrogante acerca del acontecer humano. Luego, la incógnita
se mantiene. ¿Qué perdura? ¿El sistema
de pensamiento o el acto creador devenido obra? Me inclino
por lo segundo, de allí que las consideraciones que
se hagan a partir de una obra resulten provisorias; estamos
en libertad de sustituirlas por otras cuantas veces resulte
oportuno, Freud nos lo enseñó. Pero nos queda
el escrito no viciado de dogma, el texto vivo al decir de
Lorca, como es el fragmento que acabo de transcribir. Daniel
también lo estima de este modo cuando cita a Pessoa,
quien altera aquello de los argonautas: "navegar es
preciso, vivir no es preciso", apostando a que lo preciso
sea crear.
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Mis
acuerdos con Daniel son varios, hasta llegaron a la sorpresa
de encontrar fragmentos de llamativa concordancia, como
éste, donde escribe: "Borges nos comenta de
aquel emperador chino que ya no sabía al despertar
de su sueño, en el que había soñado
que era una mariposa, si luego, despierto, no era sino una
mariposa que lo estaba soñando emperador" Y
agrega:
"No, lo verdaderamente inquietante no es la vacilación
de una identidad mutante; no, la inquietud puede ser más
bien ¿quién sería si despierto del
todo, si los sueños dejaran de sostener mi vigilia?".
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Por mi parte, alguna vez escribí: "Es leyenda
el chino que soñando ser mariposa ignoraba al despertar
si acababa de asistir a ese sueño o si él
era un esperanzado anhelo de mariposa. La situación
a la que he llegado está menos afectada de tan simple
alternativa. Poco importa que suponga la vigilia engendrada
en un sueño o a éste la forma estética
de un adolescente y viejo tumulto. Años de una vida
de aprendiz es el espacio de un sueño, del que despierto
para reavivar la busca, en el que duermo para encender la
noche nueva y el claro día que con ella espera".
En esta imbricación de sueño y vigilia encontramos,
en el texto de Daniel, páginas muy logradas. Cita
a Bachelard, quien asevera: "En suma, el psicoanalista
piensa demasiado, no sueña lo suficiente", y
de inmediato encuentra la palabra-guía de Winnicott,
porque Daniel sueña con Winnicott, doblemente: En
cierto modo, Winnicott es el nombre de su sueño,
pero también sueña con él sueños
compartidos y además nos incita, una y otra vez,
a "asumir el punto de vista del soñador",
frase también de Bachelard. Aquí encuentra
lugar otro de sus autores preferidos, Macedonio Fernández
con aquello de que no toda vigilia es la de los ojos abiertos.
A la manera de Dante con Virgilio -salvando las necesarias
distancias- Daniel tiene en Winnicott a su íntimo
Virgilio, al que elige por hallarlo más afín
al descubrimiento que sorprende que a la averiguación
que confirma, porque se entrega al juego espontáneo
aunque nada ingenuo de la experiencia clínica y se
avecina a la textura onírica que impide presumir
de objetividad, que permanece extraña a la agudeza
de una vigilia que se jacte de lucidez y a la experiencia
dogmática que se aproxima al delirio consensuado.
Esto para nada es liviano, Winnicott se acerca de este modo
y mediante el tratamiento de pacientes fronterizos, esquizoides,
al dilema de si la vida vale o no, en verdad, ser vivida.
Daniel cruza la estima de Winnicott con la de Camus y su
preocupación por el suicidio. Según Camus,
frente a la alternativa del suicidio puede contestarse por
sí o por no. Optando por el no, la mayoría
vive como si pensara que sí. El problema no es quitarse
la vida en un acto fatal sino lo fatal de un simulacro de
tránsito que nada transita, que desemboca en el patético
proferir un lenguaje muerto, al decir de Winnicott. Lorca
lo supo al afirmar: "Yo trabajo para morir viviendo.
No quiero trabajar para vivir muriendo".
"Quemar
las naves", tituló Daniel. Saludemos este título
porque aquí hay algo que de tan a la vista puede
pasar inadvertido: Titular "Quemar las naves"
es ya quemar las naves en lo relativo al uso consensuado
de los títulos. No sé cómo le habrá
ido a Daniel, en lo que me concierne yo quería que
mi último libro se titulara "El coraje de querer",
pero resultó que un editor lo encontró demasiado
literario para un ensayo, mientras para otro era demasiado
ensayístico para una obra que debe mentar su asunto
desde la tapa, y a un tercero le resultó peligrosamente
parecido al título de un libro de autoayuda. En fin,
los editores parecen saber del producto que debe presentarse
al lector. A mi pesar modifiqué el título
del mío, pero Daniel no, tuvo el coraje de querer
quemar las naves desde la tapa y lo hizo. Si hubiera titulado
"Ensayos winnicottianos sobre las vicisitudes del objeto
transicional" puede que hubiese tenido más chances
en el concurso... Cuando uno se topa con el "Quemar
las naves", levanta la vista. Claro, esto no es garantía
de lo que sigue, pero sí el avance de una apuesta
fuerte; el mismo Daniel refiere, a propósito del
atrevimiento del personaje histórico, que "lo
hizo para permanecer, en diversos sentidos, sobre la orilla
menos favorable". Como Daniel no es una bestia como
Hernán Cortés, en vez de pretender la conquista
de lo inconsciente supo hacer de lo extraño, esa
orilla nada favorable que ni siquiera es orilla, el asunto
del texto. Por eso digo que al titular "Quemar las
naves" Daniel quemó naves y el subtítulo:
"Ensayos winnicottianos" es la mínima orientación
para que no se piense que se trata de un libro de poesía,
de una novela, de un tratado de náutica o de la biografía
del conquistador hispano. Pero en este libro hay narrativa,
sobre todo en los relatos clínicos; despojados de
fórmulas o axiomas que mientan rigor, nos colocan
en ese espacio donde lo literario es psicoanálisis,
donde el psicoanálisis es literatura. Nada más
diré de ellos por lo que luego aclararé, pero
no quiero guardarme sin compartir un párrafo que
marqué al margen, donde la sutileza clínica
no está exenta de humor. Daniel habla del tratamiento
de una paciente y en un momento acota: "En rigor, gran
parte de mi trabajo pasaba por no ceder al juego de una
lucidez interpretativa, ni ampararme tampoco en el silencio:
lo primero configuraba una rápida connivencia de
'análisis de expertos', y lo segundo me reciclaba
pronto en el juego de los enigmas a descifrar. Era en el
contacto informal, la charla distendida y familiar -que
yo proponía en nuestros encuentros- que los silencios
enigmáticos y las palabras de bruñida lucidez,
cuando aparecían, podían hacernos sentir genuinamente
ridículos".
Al momento de concluir diré esto: Me molestan los
críticos que para ejercer su oficio cuentan la película
o el libro al que se refieren. Entiendo haberme ocupado
de "Quemar las naves" casi sin decir cosa alguna
de su asunto. Espero que ello incite a comprar el libro
y a descubrirlo en intimidad, quemando naves. Finalizo con
palabras de Daniel: "Quemar las naves renueva el misterio
de dar cabida a un territorio para el trato, justamente,
con lo extraño, una experiencia donde lo propio y
lo ajeno en su fatal indeterminación amenzan operar
una transformación posible a quien se atreve a esa
visita".
Finalmente
Daniel Ripesi concluyó la presentación de
su libro diciendo:
En la dedicatoria de este libro le auguré a mis
hijos -de quienes siento un profundo orgullo- a Paula, a
Laura, a Mariano y a Chiara que, a fuerza de acumular experiencia
y rumbo, iba a llegar un momento, seguramente poco previsible,
muy poco calculable, en que se verían impulsados,
por una fuerza imperiosa e irresistible a "quemar las
naves". Les quiero advertir que se trata de una decisión
difícil, porque -más que decidir uno- la mayoría
de las veces esa fuerza nos decide a nosotros y un poco
a pesar nuestro. Para mí "quemar la naves"
es nuestra posibilidad de poner los propios sueños
a favor de esa fuerza. No le den bola (y yo sé que
este "no le den bola" estoy incluido cuando más
de una vez les he dado mis sermones de padre) no le den
bola -digo- a quienes vengan a oponer a sus sueños
alguna versión inapelable -y presuntamente objetiva-
de la realidad. Porque hay algunas personas que, vaya a
saber por qué raro privilegio, se creen dueños
de la realidad. Sin embargo, la única realidad es
la de los sueños. Es cierto que algunos sueñan
mejor que otros, pero ninguno puede decir que tiene sueños
que coinciden enteramente con la realidad, lo que bien visto
sería una especie de estupidez y algo bastante aburrido.
Porque ya que soñamos hagámoslo con talento.
"Quemar las naves" es, para decirlo claramente,
poder abrir los ojos y seguir soñando, encontrar
la textura onírica de la realidad. Pero claro, encontrarla
en la propia realidad. Este libro habla de la pobreza psíquica
que se produce cuando uno cae en algunos de estos dos dogmatismos:
el dogmatismo que dictan los sueños que pierden su
punto de apoyo en la realidad (se le llama delirios) y el
dogmatismo que dicta la realidad cuando pierde el onirismo
que lo mantiene con vida (a veces se le llama sensatez,
otras cordura). Por eso hijos sigan poniendo sus ilusiones
en ese difícil borde que se extiende entre los sueños
y la realidad.
Para concluir, también quería decir que Unamuno,
en el prólogo de la última edición
de su libro "Niebla", casi al final de su vida,
comentaba que ya no se sentía demasiado real, se
sentía frágil, y explicaba ese progresivo
sentimiento de irrealidad se debía porque a esa altura
de su vida ya había perdido a muchos de sus amigos,
"los que mejor me soñaban" -comentaba-.
Por eso también dediqué este libro a mi mujer
para instarla a que, justamente, me siga soñando.
Ahora, para no dormirnos, mi hijo, nos va ayudar a sostener
nuestros sueños de vigilia interpretando unos tangos
en su guitarra.
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Y llegó el primer tango, de Piazzolla, Adiós
Nonino, y la música y el silencio se apoderaron de
nuestra casa, algunos lagrimearon, otros nos estremecimos,
Todos nos quedamos soñando despiertos.
(Si quiere escuchar haga click aquí) - próximamente
-
Seguimos con una maravillosa tertulia entre amigos y familia,
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hasta que el sol se empezó a esconder en el barrio
del Abasto de Buenos Aires y los piratas se fueron quemando
naves hasta la próxima isla...¡es que son incorregibles!
¡Gracias a todos los que estuvieron y a los que nos
acompañaron a la distancia!
paularot@datamarkets.com.ar
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