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Presentación del libro “Winnicott para principiantes”1, en el XX Encuentro Latinoamericano sobre el pensamiento de D.W. Winnicott2

1 De Eduardo Smalinsky y Daniel Ripesi, ilustraciones de Eulogia Merlé; Ed. Longseller, Buenos Aires, 2010

2 4 y 5 de noviembre 2011, Montevideo, Uruguay.

Pintura: Egon Schiele

Para que la escritura de “Winnicott para principiantes” pudiera realmente producirse, es decir, para que de un modo u otro pudiéramos empezar al “meternos” en la producción de ese texto, a articular en una narración las ideas de Winnicott y a plantear en un escrito el desarrollo de su teoría, hubo que tramitar, que digerir -diría yo, y de movida- una palabra que presentó alguna incomodidad a nuestros empeños, una palabra que impuso enormes resistencias y que operó como obstáculo en el inicio mismo de la escritura del texto.

 

La palabra en cuestión con la que tropezamos -y este modo de decirlo casi no es una metáfora-, era la expresión “para principiantes” que nos proponía el título mismo de la colección que nos había solicitado esta edición dedicada al pensamiento de Winnicott.

Primera cuestión, resulta difícil creer en un lector inocente. Nadie puede leer nada “por primera vez”, siempre hay una carga importante de saber, de prejuicios, de vagas presunciones, etc., cuando se aborda (en un aparente por “primera vez”) cualquier texto. De modo que -para empezar- no creíamos en “lectores principantes”.

Segunda cuestión, es difícil concebir que se pueda transmitir el contenido de una teoría, cualquiera que sea, “desde el principio”, ni bien uno decide el punto de partida para hacerlo, se verifican ciertos antecedentes que uno rápidamente piensa que sería oportuno explicar “antes que nada” para hacer comprensible al punto de partida inicialmente elegido, y luego, esos antecedentes imponen otros antecedentes, y así al infinito...

Situar el principio de algo no es ni más ni menos que un acto de invención, una arbitrariedad que se propone al lector como el acuerdo inicial de una ficción jamás verificable. Es proponer un mito, como si se debiera comenzar el texto diciendo: “En el principio...” o, mejor aún, tratándose de Winnicott, el libro debió haber empezado con la consabida: “Había una vez...” o, por qué no el “Dale que…” con que los niños inician sus juegos.

Pero a estos reparos eruditos se oponía en nuestro espíritu, como un motor posible de la escritura de “Winnicott para principiantes”, una advertencia del propio Winnicott a sus colegas, a quienes decía: “Alguna vez, los psicoanalistas deben tomarse el trabajo de explicar lo obvio”. Y lo obvio es, para los analistas lo que ha quedado coagulado en esa jerga que a menudo intercambiamos en la complicidad de estar diciendo algo muy complejo pero sin saber exactamente qué estamos diciendo!

A esa jerga Winnicott la llamó lenguaje muerto. En definitiva, la posibilidad de escribir este libro fue transformarnos nosotros mismos en “escritores principiantes”, escritores de palabras menos protegidas por la formalización exagerada, palabras con más voluntad de correr riesgos que de “dar en el blanco”, y, lo único que esperamos es habernos aproximado en la escritura de “Winniccott para principiantes” a cierto lenguaje vivo. Muchas Gracias.



 
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