mientras el humo de la chimenea dibujaba ancestrales figuras
sexuales en un atardecer delicioso del Delta. Era todo tan
sutilmente brillante, como envuelto en una imperceptible
atmósfera de armonía y pacífico bienestar.
Entonces, ¿es posible? ¿Está todo ahí?
¿Sólo hay que saber cómo?
Ricárdez:
No sé qué me pasa.
Malatesta: Seguidor como perro de sulky el hombre.
Potoco: Pero usted toma para evadirse...
Ricárdez: Yyyy..., sí.
Así
las cosas, sigo preguntándome todo todo el tiempo.
Sigo buscando mi origen: mi padre cumple ochenta y mi hermana
mayor tiene cincuenta y dos para cincuenta y tres. Ella
me acunó bajo la parra olorosa y las plantas y mamá
siempre fuerte con (contra) su depresión. Nací
cerca del río, como a treinta cuadras. Mis ojos estuvieron
fuera de sus cuencas por un rato, fui motoquero. Me llamaron
en mi vida: cuatro ojos, bizcocho, vení para acá,
batilupa, gordo-flaco (alternativamente), óliver,
cortála con las preguntas, tagarna, mauroliver, entre
otras muchas y variadas maneras que yo supe acatar, combatir,
rebelarme, disfrutar.
Es necesario que dude, que me revuelque en la osamenta de
las palabras, de las emociones, de cada pensamiento, de
mis creencias, de la certeza inefable de una existencia
que amo: la que la vida que me ha tocado vivir.