Aquellas
tardes de verano eran extensas. En esa época la tarde
era un largo trecho que comenzaba más allá
de la comida del mediodía con el desierto llamado
"hora de la siesta".
Vagábamos por aquel desierto en el silencio del territorio
prohibido, el comedor de la casa de mi amigo, oscuro, en
un día abrumador.
La casa de mi amigo quedaba de un lado del mundo, el mundo
accesible; la medianera no era obstáculo para que
uno u otro atravesara en una u otra dirección. Del
otro lado: otro mundo. Un mundo lejano pegado a la casa,
pared de por medio. Un mundo incomprensible para nosotros
, pero creo que también para sus propios habitantes.
De ese lado de la casa habían instalado las suyas
los gitanos. Gitanos que justo en ese instante de la historia
detuvieron su movimiento, habían dejado de errar,
habían detenido el tiempo que los había impulsado
a recorrer una y otra vez los caminos. Dejaron sus carpas,
su nomadismo y se establecieron en dos casa de madera, una
detrás de la otra.
Mundo raro de por sí el de la infancia: ¿Qué
ve un chico? ¿Con qué ojos mira el mundo?
¿Cómo cubre el universo de sus juegos la fatalidad
y las diferencias, la vida y la muerte?
¿Qué miraban nuestros ojos cuando veían
habitualmente, día a día, esas largas polleras
y los pañuelos multicolores, edredones y alfombras
aireándose al sol, el samovar lustroso, el movimiento
de la gente, los autos y las camionetas yendo y viniendo
constantemente?
A nuestros oídos llegaban voces extranjeras, nombres
extraños. Gritos inútiles que salían
de la boca de una gitana en la que abundaba el oro. Y no
sólo en su boca, sus manos, su cuello, las orejas
y muñecas también rebosaban de oro.
Vivían allí los gitanos y los gitanitos, entre
ellos Julupe, que tendría más o menos
nuestra edad.
Errábamos con mi amigo a la búsqueda de algo
que sacudiera el tedio que producía aquel calor.
No sé quién de los dos habrá dado con
los diccionarios acomodados en el modular. No recuerdo quién
reparó particularmente en el apéndice anunciado
en el lomo: "Diccionario español - gitano caló."
Nos sumergimos en ese libro a la caza de algunas palabras.
¿Querríamos que Julupe se llevara alguna
sorpresa?
No sé que palabras habremos elegido. Me acuerdo sólo
de una: calé; tal vez las otras tuvieran que ver
con lo que para nosotros era un juego y que para Julupe
no. En realidad nunca jugábamos con él, a
lo sumo esa parodia, un largo discutir sobre el precio de
algún objeto, una bicicleta, una pelota. Nosotros
fingíamos un interés vendedor, él regateaba
el precio; con mi amigo nunca evaluamos en serio la posibilidad
de cerrar el trato.
¿Cuál serían aquellas palabras que,
afanosos, nuestros dedos buscaron recorriendo el diccionario?
¿Cuáles eran aquellas palabras ahora perdidas
para siempre?
Era sólo un puñado de palabras que cabría
en nuestra mano, las aprendimos con premura en ese comedor
oscuro, en la tarde calurosa. Una vez aprehendidas fuimos
a la búsqueda de Julupe. Nunca lo buscábamos,
y menos llamábamos a su casa; ese día tampoco
lo hicimos aunque seguramente estuvimos a punto. Lo esperamos
merodeando el barrio, repitiendo, para que no escapen, esas
pocas palabras.
Nunca nuestro júbilo fue tanto al ver a Julupe,
venía a lo lejos caminando con otro gitanito. Corrimos
hacia él: ¡Caló! ¡Calé!
Y aquellas otras imposibles.
Recuerdo claramente su gesto. Su cara se incomprensión
se deslizó hacia la indiferencia y siguió
con el gitanito caminando como si nada.
En aquel territorio prohibido, aquella tarde de verano,
se nos habían confundido las lenguas. ¿Pero
acaso sabíamos de la existencia de la Mitteleuropa?
¿Sabíamos que había algo llamado Europa
oriental?
Pueblos, países, lenguas y territorios con sus órdenes
borrados en nuestra geografía. El término
"gitano" nos encandiló y llevó a
engaño. Confundimos a éstos y su lengua con
el caló de Andalucía, el "gitano"
que reconocía aquel diccionario.
Y sin embargo aún sin la geografía yo tendría
que haber advertido algo. Tendría que haber reconocido
en Julupe a alguien mucho más próximo.
¿O no había escuchado a su abuelo? ¿O
no había escuchado a la mía? Su abuelo, el
viejo gitano que tomó la dolorosa decisión
de abandonar el nomadismo, y que había perdido por
eso su condición de cacique, hablaba en ruso con
mi abuela. Y esas palabras, esa lengua, no eran para mí
extranjeras. ¿No compartían ellos, además
de la lengua la Iglesia?
Aquel desconocimiento tal vez no fuera inocente. Ahora podría
afirmar que no se trataba de falta de saber. Si hubiera
reconocido ese entrelazamiento de lenguas, esa comunidad
religiosa -la Iglesia ortodoxa rusa-, seguramente me hubiera
espantado al sentirme tan próximo a Julupe
y tan lejano al amigo de mi infancia. Se hubiera derribado
un muro -el que parecía infranqueable- y ese mundo
tan distante se habría encontrado más cerca.
La frontera vecina habría cambiado de lado.
A
"Julupe", por lo que tuvimos en común y
recién ahora descubro