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La frontera vecina. Por Juan Pawlow.

En la hora de la siesta, territorio del silencio y lo prohibido... las sorpresas: nunca tan próximos a lo extraño y tan ajenos a lo que necesitábamos sentir familiar.

A dos amigos: a Enio por el recuerdo
a Dani por la ocasión.

Aquellas tardes de verano eran extensas. En esa época la tarde era un largo trecho que comenzaba más allá de la comida del mediodía con el desierto llamado "hora de la siesta".
Vagábamos por aquel desierto en el silencio del territorio prohibido, el comedor de la casa de mi amigo, oscuro, en un día abrumador.
La casa de mi amigo quedaba de un lado del mundo, el mundo accesible; la medianera no era obstáculo para que uno u otro atravesara en una u otra dirección. Del otro lado: otro mundo. Un mundo lejano pegado a la casa, pared de por medio. Un mundo incomprensible para nosotros , pero creo que también para sus propios habitantes.
De ese lado de la casa habían instalado las suyas los gitanos. Gitanos que justo en ese instante de la historia detuvieron su movimiento, habían dejado de errar, habían detenido el tiempo que los había impulsado a recorrer una y otra vez los caminos. Dejaron sus carpas, su nomadismo y se establecieron en dos casa de madera, una detrás de la otra.
Mundo raro de por sí el de la infancia: ¿Qué ve un chico? ¿Con qué ojos mira el mundo? ¿Cómo cubre el universo de sus juegos la fatalidad y las diferencias, la vida y la muerte?
¿Qué miraban nuestros ojos cuando veían habitualmente, día a día, esas largas polleras y los pañuelos multicolores, edredones y alfombras aireándose al sol, el samovar lustroso, el movimiento de la gente, los autos y las camionetas yendo y viniendo constantemente?
A nuestros oídos llegaban voces extranjeras, nombres extraños. Gritos inútiles que salían de la boca de una gitana en la que abundaba el oro. Y no sólo en su boca, sus manos, su cuello, las orejas y muñecas también rebosaban de oro.
Vivían allí los gitanos y los gitanitos, entre ellos Julupe, que tendría más o menos nuestra edad.
Errábamos con mi amigo a la búsqueda de algo que sacudiera el tedio que producía aquel calor. No sé quién de los dos habrá dado con los diccionarios acomodados en el modular. No recuerdo quién reparó particularmente en el apéndice anunciado en el lomo: "Diccionario español - gitano caló." Nos sumergimos en ese libro a la caza de algunas palabras. ¿Querríamos que Julupe se llevara alguna sorpresa?
No sé que palabras habremos elegido. Me acuerdo sólo de una: calé; tal vez las otras tuvieran que ver con lo que para nosotros era un juego y que para Julupe no. En realidad nunca jugábamos con él, a lo sumo esa parodia, un largo discutir sobre el precio de algún objeto, una bicicleta, una pelota. Nosotros fingíamos un interés vendedor, él regateaba el precio; con mi amigo nunca evaluamos en serio la posibilidad de cerrar el trato.
¿Cuál serían aquellas palabras que, afanosos, nuestros dedos buscaron recorriendo el diccionario? ¿Cuáles eran aquellas palabras ahora perdidas para siempre?
Era sólo un puñado de palabras que cabría en nuestra mano, las aprendimos con premura en ese comedor oscuro, en la tarde calurosa. Una vez aprehendidas fuimos a la búsqueda de Julupe. Nunca lo buscábamos, y menos llamábamos a su casa; ese día tampoco lo hicimos aunque seguramente estuvimos a punto. Lo esperamos merodeando el barrio, repitiendo, para que no escapen, esas pocas palabras.
Nunca nuestro júbilo fue tanto al ver a Julupe, venía a lo lejos caminando con otro gitanito. Corrimos hacia él: ¡Caló! ¡Calé! Y aquellas otras imposibles.
Recuerdo claramente su gesto. Su cara se incomprensión se deslizó hacia la indiferencia y siguió con el gitanito caminando como si nada.
En aquel territorio prohibido, aquella tarde de verano, se nos habían confundido las lenguas. ¿Pero acaso sabíamos de la existencia de la Mitteleuropa? ¿Sabíamos que había algo llamado Europa oriental?
Pueblos, países, lenguas y territorios con sus órdenes borrados en nuestra geografía. El término "gitano" nos encandiló y llevó a engaño. Confundimos a éstos y su lengua con el caló de Andalucía, el "gitano" que reconocía aquel diccionario.
Y sin embargo aún sin la geografía yo tendría que haber advertido algo. Tendría que haber reconocido en Julupe a alguien mucho más próximo. ¿O no había escuchado a su abuelo? ¿O no había escuchado a la mía? Su abuelo, el viejo gitano que tomó la dolorosa decisión de abandonar el nomadismo, y que había perdido por eso su condición de cacique, hablaba en ruso con mi abuela. Y esas palabras, esa lengua, no eran para mí extranjeras. ¿No compartían ellos, además de la lengua la Iglesia?
Aquel desconocimiento tal vez no fuera inocente. Ahora podría afirmar que no se trataba de falta de saber. Si hubiera reconocido ese entrelazamiento de lenguas, esa comunidad religiosa -la Iglesia ortodoxa rusa-, seguramente me hubiera espantado al sentirme tan próximo a Julupe y tan lejano al amigo de mi infancia. Se hubiera derribado un muro -el que parecía infranqueable- y ese mundo tan distante se habría encontrado más cerca. La frontera vecina habría cambiado de lado.

A "Julupe", por lo que tuvimos en común y
recién ahora descubro

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