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Fin
de la infancia,
presentación de Daniel Ripesi a los trabajos:
* Final del juego por Miguel Calvano
* Salvación por el pecado por Paula Larotonda
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A
Puli, Luli y Mani,
porque toman sus sueños muy en serio.
Un
día cualquiera sucede. Tarde o temprano, lo
queramos o no, termina por ocurrir: nos hacemos "adultos".
No es que esto sea necesariamente bueno o malo, pero
es, sin lugar a dudas, una experiencia siempre a destiempo
y poco remediable. Lo que sí resulta algo tormentoso
en el hecho de "convertirnos en adultos"
es que nos pasa cuando aún somos niños.
Sentimos que algo se quiebra en nuestro interior y
que ya no somos "del todo" niños.
Porque ser adultos se experimenta, desde el vamos,
como una especie de desgarro "en" la niñez.
Somos adultos al sufrir esa herida en el tejido de
una infancia en la que aún estamos inmersos.
No debiera pensarse, de todos modos, que la infancia
es como un paraíso perdido... A menudo sucede
lo contrario y ser adulto, viene a dar medida y a
otorgar un sentido a confusos terrores, a inconfesables
anhelos, a una suerte de laberinto hundido en brumas
tan mágicas como tenebrosas. Como este "ser
adulto" es tan extraño y confusamente
conmovedor para el niño que todavía
somos, no lo podemos decir: nos faltan las palabras,
pero advertimos que ya hemos perdido cierto silencio.
De ahí en más, "ese adulto"
que nos usurpó el cuerpo y las ideas, se comportará
como una amenaza para ese amigable compañero
de juegos que cuidaba de nuestra entrega en ellos:
un silencio intimísimo e igualmente indecible.
Ser adulto es un visitante inesperado que incomoda
nuestro silencio originario, y lo sobrellevamos como
si fuera un pecado que ni siquiera podemos compartir
con nuestros pares (porque, "¿si acaso
a ellos todavía no les ocurrió?").
De modo que vemos a nuestros amiguitos como
si se hubiese establecido con algunos de ellos (y
no sabemos con cuáles exactamente!!) una rara
complicidad: hacemos de niños cuando
ya no lo somos enteramente. Por eso empezamos a disfrutar
menos de los juegos, nos aburrimos con mayor facilidad,
nos sentimos en falta. Por otro lado, establecemos
una complicidad aún más incómoda
e incriminatoria: hacemos de niños con los
adultos. Ellos nos miran, nos tratan y nos educan
como si aún fuéramos niños. Y
empezamos a odiarlos porque ya no lo somos y no merecemos
ese trato. Odio y decepción: porque empezamos
a alimentar esta sospecha ¿no serán
ellos -los adultos- también niños que
en realidad aún lo disimulan?. ¿Y si
ser adulto es esa otra complicidad establecida entre
los grandes?: Hacen que son adultos pero saben
que todavía son niños (y ellos tampoco
lo comentan con otros porque tampoco saben si al otro
"adulto" le pasa lo mismo... Temen perder
autoridad, y esas tontas cosas de... niños!)
Parece que hay una especie de confianza ciega y esperanzada
en todo el mundo: que exista algún niño
enteramente niño y un adulto íntegramente
adulto...
Cuando dos adultos pueden ser niños juntos
se sienten más audaces y sinceros (el amor
a veces lo logra haciendo del juego erótico
algo más encantador), pero también sienten
terror de cuán lejos podría llevarlos
esa experiencia. Cuando dos niños comparten
juntos el adulto que ya son (y, por ejemplo, se hacen
cómplices de una misma codicia mientras fuman
a escondidas) se sienten más reales pero absolutamente
condenados. Ser honesto y más real parecen
experiencias que se excluyen: es un estar a destiempo
de las circunstancias, es decir, poder ser niños,
sin demasiado escrúpulos, ya de adultos; o
adultos, sin excesivas responsabilidades, ya de niños:
lograr una u otra cosa se disfruta, pero con la gravitación
lamentable de una doble amenaza: sentir un terror
indecible de perder todo límite -en un caso-
y sufrir lo indeclinable de una condena por la estrechez
repetida de siempre los mismos límites en nuestra
existencia.
Hay, al parecer, una conservación del niño
en el adulto y una anticipación del adulto
en el niño, y es ese confín incierto
(en el que el desarrollo madurativo pierde sus certezas
y claridades), que queremos indagar con algunos artículos.
Porque, de todos modos, parece haber un fin de la
infancia, un principio de la pubertad... ¿Cuáles
serán sus puntos de anclaje, sus duelos, sus
acuerdos y desacuerdos? A
continuación dos artículos para iniciar
un recorrido por estos enigmas:
A partir del cuento homónimo de Julio
Cortázar, Miguel Calvano trabaja en
su texto "Final del
juego" algunos temas que implican la diferencia
lógica que se pone de manifiesto entre la pubertad
y la infancia. Así mismo, a partir de un cuento
de Clarice Lispector, "Los desastres
de Sofía", Paula Larotonda en
"Salvación por
el pecado", piensa -con mirada winnicottiana-
los mismos sucesos, es decir, el momento en que el
juego infantil encuentra sus primeras conmociones.
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