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Final
del Juego *
Por Miguel Calvano
Este
artículo trabaja -apoyándose en el cuento
homónimo de Julio Cortázar-
algunos de los temas que implican la diferencia lógica
que se pone de manifiesto entre la pubertad y la infancia.
|
Abríamos
despacio la puerta blanca y al cerrarla otra vez,
era como un viento,
una libertad que nos tomaba de las manos, de
todo el cuerpo y nos lanzaba hacia delante.
Julio
Cortázar
*
El
presente artículo -ahora con algunas modificaciones-
ya fue publicado
en www.psyche-navegante.com.ar (nro
17)
Este trabajo se propone examinar
(1) algunos de los temas que implican la diferencia
lógica que se pone de manifiesto entre la pubertad
y la infancia. Para ello se intentan situar algunas
de sus coordenadas a través de ciertas consideraciones
sobre un relato literario.
"Final del juego" es un célebre cuento
de Julio Cortázar. (Haga
Click si quiere leer el cuento).
Narra la historia de tres amigas de unos 11 ó
12 años. A la hora de la siesta, que es verdaderamente
una hora que se descuenta del Otro, una hora para
asuntos del sujeto, la hora de la siesta; el Otro
duerme, el sujeto despierta.
A esa hora ellas iban a los fondos de la casa en la
que vivían. Desde allí se veía
el tren. Se encaramaban al terraplén donde
estaban las vías: "encaramadas sobre el
mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino".
El reino es el espacio que se podía ver en
todas direcciones desde arriba del talud. Desde allí
ellas arman un juego. En cierto lugar del "reino"
estaba la "capital del reino", el espacio
entre la puerta blanca del fondo de la casa y el terraplén
del tren.
En ese lugar: "ciudad silvestre y la central
de nuestro juego" ellas tenían una caja
donde guardaban ornamentos (ropa vieja de la familia).
Se hace un sorteo y la favorecida era vestida por
las otras dos. Con esa vestimenta la elegida tenía
que hacer "una estatua o una actitud", una
pose que ella inventaba en cada caso.
Ellas hacen este juego cuando pasa el tren. La gente
del tren la veía, en un instante fugaz, a la
estatua o a la actitud según correspondiera.
Las actitudes eran por ej.: la envidia, los celos,
la gratitud, el miedo, la vergüenza, la generosidad,
la piedad, el desencanto. Exigían las actitudes
mucha flexibilidad (una de las chicas tenía
secuelas importantes de polio o algo así).
Las estatuas se caracterizaban por los ornamentos.
Rápidamente podemos ir situando: hay un espacio
y un tiempo del juego; el reino es el espacio donde
transcurre la escena del juego; escena entre dos límites:
la puerta blanca del fondo de la casa y el terraplén;
la puerta blanca es el umbral que indica la salida
exogámica: la puerta blanca entre la casa y
el mundo; la hora de la siesta es la hora del juego;
las estatuas y las actitudes son formas del yo ideal
ofrecidas a la mirada anónima del Otro del
tren. Por otra parte este juego es sustraído,
esta es una condición esencial, a los adultos
familiares de estas chicas.
Están estas niñas doblemente objetalizadas:
por la vestimenta que le ponen las otras y en tanto
objeto inmóvil ofrecido a un ojo anónimo
y fugaz. Hay juego porque hay invención: cada
una se apropia de los significantes del Otro, la estatua
o la actitud, e inventa con eso su "pose"
que es ofrecida tanto a las Otras compañeras
del juego como al mundo omnivoyeur. Así como
algo se muestra, algo se sustrae a la mirada: el cuerpo,
aquello velado por los ornamentos del juego.
Así como hemos hablado del "atrapa sueños"
(2),
este es el juego del "atrapa miradas".
Casi diríamos que es un antecedente de los
desfiles de modelos, una versión teatral de
esos desfiles."Las
cosas cambiaron cuando el primer papelito cayó
del tren". Comienzan a recibir mensajes de un
muchachito, viajero del tren, que firma sus mensajes
opinando sobre el espectáculo del día
anterior. El Otro deja de ser anónimo y asexuado...la
sombra de la angustia se cierne sobre las niñas,
particularmente sobre la niña con problemas
físicos.
Pronto comprenden que a él le gusta justamente
esta niña de los problemas. Su inmovilidad
es absolutamente seductora para él que no sabe
que ella es justamente eso: un cuerpo inmóvil.
Cuerpo que hasta ahora solo recibió miradas
médicas o miradas piadosas.
Comienza el tiempo de la mirada del deseo: un ojo
masculino mordió el anzuelo. La inmovilidad
jugada de estas niñas causa la movilidad del
cuerpo masculino. Pero es una movilidad que no es
juego. El sale del tren, pasa de espectador a personaje.
Mejor aún: pasa de personaje en el tren a personaje
en el escenario. El tema es que cuando baja del tren
ya no hay escena de juego.
Ariel, así se llama nuestro héroe, visita
a las chicas. Leticia, así se llama la chica
del cuerpo rígido, no va a la cita. Gran decepción
para él y para las otras dos que entienden
que él está solo por Leticia allí.
Cuando él se va ellas le entregan una carta
que Leticia le escribió. Le muestran la caja
de los ornamentos. Se interesa solo un momento, luego
se aburre y se va. Ariel no está allí
para jugar con ellas.
Al día siguiente Leticia roba las alhajas de
la madre y la tía y hace una estatua maravillosa.
"Levantó los brazos como si en vez de
una estatua fuera a hacer una actitud y con las manos
señaló el cielo mientras echaba la cabeza
hacia atrás y doblaba el cuerpo hasta darnos
miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua
más regia que había hecho nunca y entonces
vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla
la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola
sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó
de golpe".
Al día siguiente ellas no hacen más
el juego, Leticia en cama muy dolorida, la ventanilla
del tren donde viaja Ariel está vacía.Ante
algunos discursos que auguran que con el siglo veinte
se termina la infancia, ya que caen los soportes sociales
y culturales imprescindibles para sostener la posibilidad
misma de la infancia, nos parece oportuno situar lo
que este cuento de Cortázar narra magistralmente.
A mi entender esta historia trabaja sobre el fin de
la infancia y el ingreso en la pubertad. Siguiendo
la lógica del texto, los términos se
invierten: el ingreso en la pubertad hace culminar
los juegos de la infancia. Leticia pasa de estar representada
por su cuerpo rígido oculto por el juego mismo
que la presenta en movimiento a estar representada
por su carta. La letra anuda cuerpo y deseo.
Es la historia de la actriz que tiene un admirador
anónimo que le manda flores...hasta que ella
lo recibe en el camarín. Pero a partir de allí
la relación es otra: el teatro es la causa
perdida por el encuentro entre dos sujetos no anónimos.
Claro que para Leticia la operación es en disyunción:
si hay juego no hay sexo, si hay carta no hay cuerpo.
Ella sustrae su cuerpo de la escena luego de entregar
su letra.
Tanto el juego como la carta dicen la verdad a medias,
su verdad no es la polio, su verdad es esta sustracción
de la escena: deja de ser mirada y deja de mirar.
La carta indica el fracaso de la estrategia del juego:
la presencia de Ariel en la escena borra el velamiento
del cuerpo de Leticia. Cuando Leticia roba joyas verdaderas
para su última estatua sitúa a esta
estatua entre dos tiempos: su cuerpo está investido
por la presencia de Ariel y ella ofrece a este joven
algo más que el simulacro habitual. Es una
estatua transicional entre la niña disfrazada
y la jovencita enjoyada.
Esta estatua ya no es juego. La estatua ya fue. Esta
jovencita (es ese exacto instante ha dejado de ser
una niña) ofrece un movimiento...que no tiene.
Es una oferta amorosa. El ingreso del varón
en la escena del juego infantil de las niñas,
rompe la escena. Da lugar a "Otra escena":
la del deseo y el sexo anudados por el amor puesto
en esa última estatua. Deseo puesto en esa
mirada de varón solamente para Una mujer.
Las otras dos chicas pasan a ser las relatoras y/o
escritoras de esta historia. Esta es una vertiente
muy concurrida por el cine y la literatura: el adolescente
que relata historias familiares y que recrea su infancia
en ese relato.
Para ellas también la letra y la voz se anudan
al deseo.
La ventanilla del tren que Ariel deja vacía
indica que se produjo una fractura en ese mundo puro
ojo. Ariel abandona esa pasiva posición de
ser gozado por esos ojos de niña, esos ojos
que lo miran sin verlo, que lo "saben" ahí
en el tren, mirando. A ese mundo pasará a constituirlo
un vacío. El vacío de la infancia perdida.
Vacío fundador del deseo sexuado. Esto vale
también para las niñas. Para ellas también
el mundo pasa a estar habitado por un vacío.
Mirar-ser mirado tendrá un precio diverso al
que tenía en la infancia. El precio del sexo.
Empilcharse y mostrarse tendrá siempre, a partir
de ese momento inicial, consecuencias. Este varón
perdido será el inicio de la serie de los hombres.
Un imposible, tanto para ellas como para la Otra,
funda a los "posibles".
Como muchas veces sucede con el deseo el precio del
sexo no es ajeno a la envidia y a los celos.
"Cuando llegó el tren vimos sin ninguna
sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras
nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas,
imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche,
quieto en su asiento, mirando hacia el río
con sus ojos grises".
El espacio y el tiempo del juego concluyen, ya que
concluyen su motor y su causa, en lo sucesivo no se
tratará para estas púberes de ofrecer-se
para la satisfacción faltante en sus padres.
En el relato la madre y la tía de estas chicas
están muy presentes al inicio del cuento, desaparecen
al final del texto.
A pesar del final de la infancia, aún así
quedarán restos. No solo los restos "psíquicos",
quedarán perdidos los juguetes. Vale preguntarse
que habrá sido de esa caja de los ornamentos.
Rescatarlos del olvido, operación casi siempre
azarosa, produce un encuentro que deja a
a los adultos una extraña inquietud: allí
en esos objetos inertes (ya ninguna libido los acaricia)
se deposita el secreto de sus deseos infantiles, eso
misteriosamente propio, eso propiamente ajeno.MIGUEL
CALVANO
Psicólogo. Psicoanalista. Jefe del Departamento
de Docencia e Investigación del Hospital Tobar
García.(1)
El presente artículo fue publicado anteriormente
por la revista Web "Psyche-navegante.com.ar"
-número 17-.
(2) Atrapa Sueños, Psyche Navegante nº
0.
Copyright
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