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La otra niñez por Julio Pirrera Quiroga

En cada amanecer,
confirmaciones de lo vivo y de lo muerto, cumplimiento de condenas y misteriosas revelaciones.





Cada amanecer se parece menos a la ternura imaginada.

Cada amanecer, en las orillas de la ciudad brota un caserío

desparejo, donde trajina el retorno de un manojo de

violetas sin vender.

Cada amanecer.

El rocío se escurre entre los yuyos cuando

regresa la blusa

angosta ensanchando las

caderas y los ojos, derramándose por nada.

La niña.
La muñeca de trapo de los ojos pintados y

abiertos, esperan abiertos.

El tiempo de los brotes esparce verdes y

más verdes en las ramas de septiembre y la

piel, se estira asustando la paciencia.

Ya no mece las costuras inermes del trapo

mugriento, de mirar incierto.

Ya no mece.

El instinto y la primavera arrasan las

inocencias, sin un gesto de amor.

Octubre entibia el aire en la serenata de

la lluvia machacando y machacando la luna

sobre el barro, con la promesa de una

flor.

Cada amanecer.

Indolente se desentiende sobre la hilera

de casas desmadejadas de palos cartón y

nada, la indiferencia.

Y cuando el noveno se redondee sobre sus

Rodillas, la hipocresía esconderá su

adolescencia avergonzada.

Y la niñez, muriendo en la partida.

Cada día diluye los días mujereando los

senos, y el asombro, cincelando la vida.

La noche muerde las madrugadas

desvaneciendo la candidez del vientre

tirante, de la niña frágil y callada.

Ya no esculpe sonrisas en la boca redonda

su muñeca de trapo de mirar incierto.

Cada amanecer convierte a la hilera de

palo cartón y nada, en un caserío

apretujado y soñoliento.

Ramillete modesto de violetas azules, cada

amanecer.
Todavía, el silencio mugriento de la boca

y los ojos de trapo pintado, duermen a su

lado redondos y abiertos.


JPQ 2006


 
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