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Imágenes: Clara Biedma  

Dos hermanos 1 de Milton Hatoum 2 por Paula Larotonda


Asombros, Imágenes y Primeros Juegos en la infancia de los gemelos Yaqub y Omar en su ciudad del Amazonas.
La editora escoge y traduce un fragmento en el que se relata aquello que fue el  fin de la infancia de Yaqub en un baile de carnaval.

 

La casa fue vendida con todos los recuerdos
Todos los muebles todas las pesadillas
Todos los pecados cometidos o en vías de cometer
La casa fue vendida con su batir de puertas
Con su viento encanado su vista del mundo
Sus imponderables (...)
Carlos Drummond de Andrad
e

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Sucedió un año antes de la Segunda Guerra, cuando los gemelos cumplieron los trece años de edad. Halim quería mandarlos al sur del Líbano, pero Zana resistió, y consiguió persuadir al marido para que mande solamente a Yaqub. Durante años Omar, el Benjamín,  fue tratado como hijo único (...)
(...) Ahora Yaqub estaba de vuelta: un muchacho tan apuesto y alto como el otro hijo, el benjamín de la familia (el gemelo que había nacido pocos minutos después) (...)
En el camino desde el aeropuerto a la casa, Yaqub reconoció un pedazo de la infancia vivida en Manaos, se emocionó con la visión de los barcos coloridos, atracados en los márgenes de los riachos por donde él, el hermano y el padre habían navegado en una canoa cubierta de paja. Yaqub miró al padre y apenas balbuceó unos sonidos confusos.
"¿Qué sucedió?", perguntó Zana."Te arrancaron la lengua?"
"No mamá", dijo, sin sacar los ojos del paisaje de la infancia, de alguna cosa interrumpida antes de tiempo, bruscamente.
Los barcos, la corrida en la playa cuando el río se secaba, los paseos hasta el Careiro, al otro lado del río Negro, de donde volvían con cestas llenas de fruta y peces. El y el hermano entraban corriendo en la casa, zigzagueaban por el patio de atrás, cazaban lagartijas...Cuando llovía, los dos trepaban en el gomero del patio de la casa, y el Benjamín trepaba más alto, se arriesgaba, se burlaba del hermano, que se equilibraba en medio del árbol, escondido en el follaje, agarrado del tronco más grueso, temblando de miedo, temiendo perder el equilibrio. La voz de Omar, el benjamín: "De aquí arriba puedo mirar todo, sube, sube": Yaqub no se movía, ni miraba hacia lo alto: descendía con gestos meticulosos y esperaba al hermano, siempre lo esperaba, no le gustaba ser reprendido solo. Detestaba los retos de Zana cuando huían en las mañanas de lluvia torrencial y el Benjamín, vestido sólo de calzoncillo, embarrado, se zambullía  en el riacho cerca del presidio. Ellos veían las manos y las siluetas de los detenidos, y él oía al hermano insultar y burlarse, sin saber quienes eran los insultados: si los detenidos o los chicos3 que ayudaban a las madres, tías o abuelas a retirar las ropas en las paradas de las palafitas4.
No, aliento no tenía para acompañar al hermano. Ni coraje. Sentía rabia, de sí mismo y del otro, cuando veía el brazo del benjamín enroscado en el pescuezo de un chico, cerca de la colmena que había en los fondos de la casa. Sentía rabia de su impotencia y temblaba de miedo, acobardado, al ver al Benjamín desafiar a tres  o cuatro chicos, aguantar los golpes  y responder con furia y palabrotas. Yaqub se escondía, pero no dejaba de admirar el coraje de Omar. Quería pelear con él, sentir el rostro hinchado, el gusto a sangre en la boca, el ardor del labio partido, con  la frente y la cabeza llena de chichones. Quería correr descalzo, sin miedo de quemarse los pies en las calles de pavimento calentadas por el fuerte sol de la tarde, y saltar para agarrar el hilo  de un barrilete que volaba lentamente, en círculos, suelto en el espacio. El Benjamín tomaba impulso, saltaba, rodaba en el aire como un acróbata y caía de pie, soltando un grito de guerra y mostrando las manos lastimadas. Yaqub reculaba al ver las manos del hermano llenas de sangre, cortadas por el vidrio del cerol5.
Yaqub no era ese acróbata, no se ensuciaba las manos con cerol, mas bien le gustaba jugar y saltar en los bailes de Carnaval en los balcones de Sultana Benemou, donde el Benjamín se quedaba para ver la fiesta de los adultos y el pasaje de la comparsa durante la noche. Ellos tenían trece años, y, para Yaqub, fue como si la infancia hubiese terminado en el último baile en el caserón de los Benemou. En aquella noche ni soñaba que dos meses después iba a separarse de los padres, del país y de ese paisaje que ahora, sentado en el asiento delantero del Land Rover, reanimaba su rostro.
El baile de los jóvenes había comenzado antes del anochecer. A las diez los adultos entraron disfrazados en la sala del caserón, cantando, saltando y echando a los más jóvenes. Yaqub quiso quedarse hasta media noche, porque una sobrina de los Reinoso, la  rubiona, con su cuerpo espigado de jovencita, también iba a jugar hasta la mañana del miércoles de cenizas. Sería la primera noche de Lívia en la fiesta de los adultos, la primera noche que él, Yaqub, la vio con los labios pintados, los ojos contorneados por líneas negras, las trenzas salpicadas de lentejuelas que brillaban sobre los hombros bronceados. Quería quedarse para saltar abrazado con ella, sentirse casi adulto como ella. Ya pensaba en aproximarse a Lívia cuando la voz de Zana ordenó: "Lleva a tu hermana para casa. Puedes volver luego". El obedeció. Acompañó a Rania hasta el cuarto, esperó hasta que se durmiera y volvió corriendo al caserón de los Benemou. La sala hervía de comparsas, y en el medio de tantos colores y de las máscaras vio las trenzas brillantes y los labios pintados, y luego tembló al reconocer un  cabello y un rostro iguales al suyo, muy cerca del rostro que admiraba.
Lívía y el hermano bailaban en un rincón de la sala. Bailaban quietos,  enroscados, movidos por un ritmo sólo de ellos, que no era carnavalesco. Cuando la comparsa  saltaba chocándose en el aire, los dos rostros se encontraban y, ahí, sí, daban carcajadas de Carnaval. Yaqub ensombreció. No tuvo coraje de ir a hablar con ella. Odió el baile, "Odié las música de aquella noche, los disfrazados, y odié la noche", contó Yaqub a Domingas  la tarde del Miércoles de Cenizas. Fue una noche insomne.  Fingía dormir cuando el hermano entró al cuarto aquella madrugada, cuando el sonido de las marchitas carnavalescas y el griterío de los borrachos hinchaban la atmósfera de Manaos. Con los ojos cerrados, sintió el olor del lanza perfume y del sudor, el olor de dos cuerpos enlazados, y percibió que el hermano estaba sentado en el piso y lo miraba.  Yaqub permaneció quieto, receloso, derrotado. Notó al hermano salir lentamente del cuarto, el cabello y la camisa llenos de papel picado y serpentina, el rostro sonriente y lleno de placer.
Fue su último baile. Es decir, la última mañana en que vio llegar al hermano de una noche de fiesta. No entendía por qué Zana no retaba al  benjamín, y no entendió por qué él, y no el hermano, viajó para el Líbano dos meses después.
Ahora el Land Rover contorneaba la plaza Nuestra Señora de los Remedios, se aproximaba a la casa y él no quería recordar el día de la partida. Solito, al cuidado de una familia de amigos que iba a viajar para el Líbano. Sí, ¿por qué él y no el Benjamín?, se preguntaba, y las mangueiras y oitizeiros6 sombreando la calzada, y estas nubes inmensas, inertes como una pintura con fondo azulado, el perfume de la calle de la infancia, de los patios de atrás, de la humedad amazónica, la visión de los vecinos asomados en las ventanas y la madre acariciándole la nuca, la voz dócil diciéndole: "llegamos querido, a nuestra casa...".

(En la próxima entrega: Un relato sobre la venganza, el remordimiento, la pasión, el odio...)

1 Dois Irmaos. Sao Paulo, Compañía das letras, 2006. Romance inédito en la Argentina.
2 Nacido en Manaus en 1952 enseñó literatura en la Universidad Federal del Amazonas y en la Universidad de California (Berkeley). Vive en Sao Paulo y es columnista de la revista Entre Livros.
Otros títulos de su obra: Relato de un cierto Oriente y Cenizas del Norte.
3Curumins, niños indígenas, en idioma Tupí
4 Construcciones sobre pilotes de madera que se utilizan en los márgenes de los ríos del Amazonas.
5 Sustancia hecha de cola y vidrio picado que algunos niños pasan por los hilos del barrilete, para cortar –en el aire- los hilos de los demás barriletes, para hacerlos caer.
6 Arboles frutales (de mangos y de oitis).

 
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