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Supervisión, supervisabilidad


por Marcelo Schwalb
(1)


En este artículo se destaca la necesaria economía transferencial que se pone en juego en -y sostiene- la experiencia de supervisión. Se analiza cómo dicho factor transferencial generalmente se ve limitado en las supervisiones institucionales, en donde, al no instalarse claramente una demanda, se configura, más bien, un "espacio de reflexión clínica" pero no -estrictamente hablando- una "supervisión".


Desde hace varios años, entre las tareas que desempeño en el Ameghino, figura la de supervisor. Con el correr del tiempo me fui cuestionando, particularmente, sobre una de las modalidades: la grupal de concurrentes. Hoy en día propongo modificar el título "supervisión" para esta práctica. Creo que más bien debería titularse como "espacio de reflexión clínica" o algo parecido. Por varios motivos, llegué a la conclusión de que allí no se produce ese acto psicoanalítico mayor puesto en juego en una supervisión.. Los motivos de esta afirmación se basan principalmente en dos hechos. El primero es la falta de demanda, el "supervisor" es nombrado generalmente por una comisión que lo elige entre varios "postulantes". Se advierte de entrada una fuerte inversión de la demanda. La elección suele hacerse con buen criterio, no es eso lo que cuestiono. Tampoco cuestiono la validez del espacio en cuanto a la riqueza del intercambio que allí ocurre. Es más, creo que es imprescindible como modo inicial de acercamiento a la clínica del hospital.
Pero se trata de eso, de un "intercambio", de una transmisión de "experiencias" en el sentido más amplio de la palabra, es decir de la experiencia a la inexperiencia. Y es conveniente que esto quede claro. Porque como dijo el maestro: "se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en las cosas". Creo que este tipo de espacios puede dar pie, generar una demanda de ... control, supervisión. Pero no lo son desde el inicio.
Quizás podamos homologar esta situación a la del paciente en el comienzo de un análisis. La supervisión como el análisis no es de entrada. Requiere un tiempo, variaciones, modulaciones, rectificaciones, cambios de posición.
Pensar en una supervisión sin demanda ni transferencia instaladas es como decirle a un paciente que llega por primera vez: "recuéstese en el diván y diga todo lo que se le ocurra, a partir de ahora empieza su análisis".
Justamente el segundo punto a considerar es el de la transferencia.
Es muy común el exceso en la utilización de este término. Así es que se habla de transferencia de trabajo, o transferencia a la institución, como dos vertientes desde las cuales podría sostenerse esta práctica. La transferencia de trabajo siempre me resultó un giro muy oscuro sobre todo por la confusión que genera el prefijo. Mas clara me resulta la llamada transferencia a la institución. Ahora bien, ubicaría este modo en lo que Freud denomina como la capacidad del neurótico en tanto tal de hacer lazos afectivos por desplazamiento. Pero es imprescindible que esta transferencia generalizada (a un amigo que le fue bien, a un colega derivador, a cierto prestigio social del establecimiento) dé paso el apego transferencial a la persona del médico de tal manera que cuando esta se establece el analista es insustituible, por formar parte del mismo concepto de inconsciente.
Entiendo que el peligro de confundir la transferencia generalizada con la transferencia propiamente analítica consiste en evitar la dimensión de la sexualidad que está en juego en la esencia del concepto.
Cito a Lacan en el Seminario XI: "la transferencia no puede confundirse con un simple medio. Cuántas veces podrán leer fórmulas que asocian por ejemplo, la transferencia con la identificación, cuando la identificación no es mas que una pausa. A la inversa, encontrarán también fórmulas según la cual la función de la transferencia es un medio para la rectificación realizante. Es imposible situar la transferencia correctamente con ninguna de estas referencias. Ya que de realidad se trata ejerceré la crítica en ese plano. Dejaré sentado el aforismo según el cual la transferencia no es la puesta en acto de una ilusión que según se supone nos lleva a esa identificación alienante que es la de cualquier conformización, así fuera a un modelo ideal, modelo al que ningún caso puede servir de soporte al analista. "La transferencia es la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente".
Propongo ubicar entonces en tanto concepto fundamental, la transferencia en el corazón mismo del acto de supervisión y no como una idea lateral o entendida de manera generalizada (ilusoria, imaginaria).
Cometeríamos el mismo error de Jung cuando hablaba de la libido como una especie de energía psíquica general excluyendo su componente estrictamente sexual. En términos estrictos entiendo que no puede haber supervisión sin transferencia. Y esto implica de parte del supervisado una posición tal de dejarse llevar a partir de su propia subjetividad puesta a funcionar en el dispositivo. Al igual que en un análisis la función del supervisor causa, produce efectos y define, estrategia mediante, con el manejo de la transferencia.
En el seminario X, señala Lacan: "Freud se sirvió de su propia angustia frente a su deseo para reconocer que lo que se trataba de hacer era comprender para qué servía todo esto y admitir que Anna O. apuntaba a él. Es a esto que debemos haber entrado por el fantasma del análisis, y en el uso racional de la transferencia."
Cuál es, entonces, en una supervisión el uso racional de la transferencia?
Parte de la respuesta la encontramos en lo que sigue del párrafo: " y es lo que no va a permitir ver que lo que funciona en el neurótico en este nivel del objeto es algo que haya podido hacer la transferencia de "a" en el Otro. Lo que es necesario enseñarle a dar al neurótico es nada, y es justamente su angustia". Si el supervisado algo puede ceder de su angustia es sólo por la posibilidad que ofrece el supervisor. Se trata en este nivel de suspender y desprenderse de su propia subjetividad, de no ceder a la tentación de ofrecer respuestas fantasmáticas, que reduplicarían las dificultades (neuróticas, porque no decirlo) de quien consulta. Se trata entonces de poder sostener la disparidad posicional antes que cualquier tipo de reciprocidad ilusoria.
Si logramos algo de esto podremos quedar satisfechos a cambio de otra renuncia: la de interpretar.
Quiero en este punto relatar una experiencia: hace tiempo una colega me pide una supervisión. En el mismo momento en que convenimos el horario, me adelanta que le pasó algo "terrible" y que necesita que nos veamos lo antes posible. Al día siguiente relata: "Un paciente muy joven, veinte años, llega a la entrevista de admisión. Tiene un discurso basado netamente en su preocupación por temas sociales. El hambre, la desocupación y la exclusión son sus asuntos centrales. Se pregunta cómo el mundo puede ser tan indiferente frente a esto. ¿Es que a la gente no le importa o prefiere mirar para otro lado?"
Ante esta situación, cuenta la supervisante que pensó cuidadosamente su intervención, que debió haber sido: "se nota que a vos te preocupa mucho el egoísmo". Intervención bien meditada y calculada. Pero tuvo un lapsus. La frase que resonó finalmente fue: "se nota que a vos te preocupa mucho el erotismo".
Continúa: "me sentí una imbécil. Creo que si no viene nunca mas tiene toda la razón del mundo".
Le digo que se tranquilice y espere los resultados de lo dicho. También le sugiero no desestimar su propia producción inconsciente.
Pienso que el analista trabaja sobre todo y ante todo, con su inconsciente. No sé si está de más decir que su lapsus es tema de análisis: erotismo e imbecilidad demasiados acoplados. A la próxima semana me cuenta que el paciente, profundamente tocado por su intervención, le dice que no sabe si podrá continuar hablando acerca de su sexualidad.
Por eso digo entonces que la función del supervisor no es sin la función del analista en la que se sostiene. En definitiva un supervisor es alguien con quien el consultante podría, potencialmente analizarse.
Es común, en la institución, que entre pares conversemos asiduamente sobre las más diversas situaciones clínicas y lo que nos pasa con eso. Pero no nos pedimos supervisión y creo que no es sólo por una cuestión narcisista o de orgullo. Creo mas bien que esto se debe a una cuestión estructural, además de cierto vínculo endogámico que nos lo impide, no nos analizaríamos unos con otros.
En el otro extremo es cada vez más común proponer al propio analista para supervisar.
Por último, deseo señalar que, dado que el trabajo de supervisión requiere una secuencia transferencial que ponga en marcha el dispositivo, también es factible que esto no ocurra.
El acto de supervisión no debe convertirse en un standard donde a la demanda se responde siempre en forma afirmativa, suponiendo que funcionará, o mejor dicho, que por el solo pedido de supervisión, ya está funcionando.
Así como todos acordamos sobre una serie de coordenadas que nos guían acerca de las condiciones de analizabilidad, propongo reflexionar también sobre las condiciones de supervisabilidad.

(1) Presentado en las Jornadas del Centro "Ameghino" del 2004.

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