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La Supervisión
por Miriam Bercovich

Desde una perspectiva ligada a las enseñanzas de Lacan, se aborda en este texto la problemática de la supervisión de los tratamientos psicoanalíticos, en continuidad con los artículos publicados anteriormente ("Sobremesa Grupo de los Ocho" y "Una función que cuando ocurre, se produce").


La supervisión o análisis de control es un hecho clínico desde que el psicoanálisis existe.
Si nos dirigimos hacia la historia, siempre tan reveladora a la hora de intentar ubicar algo de la genealogía de la cuestión que nos ocupa, encontramos que desde siempre existió el dispositivo aunque aún no nominado. Dispositivo que suponía a un analista en los comienzos de su práctica durante al menos el primer tramo de su formación dirigiéndose a otro, con mayor experiencia, a quien le consultaba, con quien compartía dudas y angustias, a quien solicitaba consejo, a quien confiaba lo que acontecía en su clínica.
En alemán el termino elegido por Freud fue control, control que aludía al significado más del lado de "orientación" que del lado "policial", éste último sentido para quienes habitamos el castellano siempre nos es un peligro tentador. Nos deslizamos hacia allí con facilidad . Tentación que explicaría tal vez las dificultades con las que tropezamos cuando queremos pensar la supervisión y su lógica.
En la historia del psicoanálisis Max Eitingon fue un protagonista muy importante, si bien nunca tuvo una participación muy destacada en cuanto a su producción, fue central su lugar en cuanto a la política, paciente de Freud, sus sesiones transcurrieron durante las indeclinables caminatas de Freud, en los atardeceres de Viena.
Freud le confía a Eitingon la organización centralizada y unificada de lo que concernía a la formación de los analistas. Es así que funda la Trainning Comission que desde la IPA coordinaba todas las asociaciones psicoanaliticas.

Bajo la poderosa influencia de la Asociación Psicoanálitica de Estados Unidos la palabra alemana "control" fue desplazada por el término anglosajón "supervisión".
Desde el inicio la idea del "control analítico" estuvo ligada a la noción de contratransferencia. Es Ferenczi quien en una carta de las tantísimas intercambiadas con Freud , en l908 plantea por primera vez cuán afectado se sentía en muchas ocasiones en relación a los dichos de sus pacientes:..."Tengo una tendencia a considerar como propios los asuntos de los enfermos...".
Freud, a su vez empleó por primera vez el término "contratransferencia" en una carta a Jung en l909, y en un artículo de l910 que se llamó "El porvenir de la terapia psicoanálitica" mencionaba la existencia en la persona del analista de una contratransferencia que se instala en él por la influencia del paciente sobre la sensibilidad del inconciente del propio analista. En el mismo escrito Freud plantea que estaba muy próximo el momento en que se tendría derecho a "plantear la exigencia de que el médico reconozca en sí mismo esa contratransferencia y la domine... Sabiendo que ningún analista puede ir más allá de lo que le permiten sus propios complejos y resistencias interiores, exigiendo que todo principiante inicie su actividad con un autoanálisis y vaya haciéndolo cada vez más profundo según vaya ampliando su experiencia en el tratamiento de enfermos. Aquel que no consiga llevar a cabo semejante autoanálisis puede estar seguro de no poseer la capacidad de tratar analíticamente a un enfermo."
En 1919 en un escrito sobre la enseñanza del psicoanálisis en la universidad, Freud dirá:..."es indudable que la incorporación del psicoanálisis a la enseñanza universitaria significaría una satisfacción moral para todo analista pero no es menos evidente que éste puede por su parte, prescindir de la universidad sin menoscabo alguno de su formación. En efecto la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio bibliográfico respectivo y más concretamente en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanáliticas así como por el contacto personal con los miembros antiguos y experimentados de las mismas. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrlo mediante tratamientos efectuados bajo el control y la guía de los psicoanalistas más reconocidos"...

Más tarde Lacan denuncia como lugar resistencial la obligatoriedad de la supervisión y su condición de requisito para cumplir con la carrera de analista. Será él quien recupere el término alemán de "análisis de control". A partir de la enseñanza de Lacan todo aquello que atañe al ámbito de la supervisión se conmueve y se vuelve controversial. El trípode consagrado por Freud persiste, pero ya no es tan claro, ya no se medirá en horas obligatorias lo que concierne al pasaje de analizante a analista. Las fuertes afirmaciones de Lacan que tienden a cuestionar un psicoanálisis psiquiatralizado y burocratizado cuestionan la institución psicoanálitica. Sostiene el análisis de control, es más lo practica intensamente, recomienda que no recaiga sobre la misma persona el análisis didáctico y el análisis de control y sabemos que muchos de sus pacientes controlaban con él. Licencia de quien encarna el lugar de fundar, también le pasa a Freud que analiza a Ana al tiempo que contraindica el análisis de familiares o allegados muy próximos.

La supervisión toca directamente la formulación de Lacan "el analista no se autoriza sino de sí mismo". Expulsado de la IPA esta afirmación parece una reacción directa inspirada por la "excomunión" a la que se siente sometido. Más tarde agregará: "de sí mismo si es un analista"... "de sí mismo y en algunos otros"... "de sí mismo ante otros", todas posiciones que pronuncia entre 1967 y1978. Vemos el problema: si sólo se autoriza de sí mismo, qué sentido tiene ese dispositivo donde un analista se dirige a otro para interrogar su clínica. Si es analista, no es necesario dirigirse a otro que lo reconozca como tal, deberá soportar su hacer, su práctica, su acto si queremos ser más lacanianos a la hora de elegir las palabras. Hablar a otro es siempre hacerlo desde una posición de analizante, es siempre demandando interpretación. Por este lado encallamos, se hace difícil formular una lógica, nos sigue faltando una metapsicología del análisis de control. Hace un tiempo una analista comentaba que necesitaba supervisar cuando sentía que "las orejas se le empezaban a tapar" y ya no podía escuchar. Me parece una forma brillante de nombrar lo que creo que se juega en el dispositivo del análisis de control. Siempre hay un momento a lo largo de un tratamiento en que el sentido o el saber, saber sobre un analizante obtura, "tapa las orejas" y el analista no dispone ya de aquello medular que hace a su función. Ese vacío, vacío de sentido que propiciará el discurso. El analista en el lugar del objeto, objeta todo sentido, objeta una fijación de goce que tiende a detener la deriva del decir, del deseo y de la vida.
Freud proponía dejar a un lado el saber, la abstinencia también incluía no sólo el saber teórico, también el saber sobre el paciente. Escuchar cada vez, despojados de ese saber que a veces coagula en la oreja del analista, un saber inerte que tiende a cerrar el sentido, que no está abierto a la novedad, a lo no realizado de la producción inconciente. Quizás esta vez, por ejemplo, mencione a la madre en algún otro sentido, desde algún otro lugar, es decir, que esa escena no sea la de siempre, que algún matiz la diferencie. Leer esa diferencia requiere suspender lo "sabido del paciente".

El dispositivo del análisis de control es eficaz en este sentido, rescata al analista de cierta alineación a lo ya sabido, le devuelve la hiancia, medular a su función. Le permite recuperar ese vacío de sentido que escribimos "a".
Para concluir tomaría también el espíritu del origen, un analista se dirige a otro más experimentado, en quien confía, para pedir consejo, buscar una guía, todos términos horrorosos para nuestros días. La noción de maestro es algo que se pierde, pero para quienes tuvieron la dicha de alguna vez encontrar uno, sabrán cuan preciosa es la experiencia que allí acontece, y si bien su destino es la caída, no es sin él.
Si la lengua francesa tuviera dos significantes para nombrar cuestiones tan diferentes tal vez Lacan no habría quedado tan atrapado en el encierro que implica tener una misma palabra para nombrar amo y maestro, en francés es metre el significante para ambos sentidos. Metre es maestro y amo. Confundir amo y maestro engendra una pérdida, al decapitar al amo nos quedamos sin maestro.

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