La supervisión o análisis de control es un
hecho clínico desde que el psicoanálisis existe.
Si nos dirigimos hacia la historia, siempre tan reveladora
a la hora de intentar ubicar algo de la genealogía
de la cuestión que nos ocupa, encontramos que desde
siempre existió el dispositivo aunque aún
no nominado. Dispositivo que suponía a un analista
en los comienzos de su práctica durante al menos
el primer tramo de su formación dirigiéndose
a otro, con mayor experiencia, a quien le consultaba, con
quien compartía dudas y angustias, a quien solicitaba
consejo, a quien confiaba lo que acontecía en su
clínica.
En alemán el termino elegido por Freud fue control,
control que aludía al significado más del
lado de "orientación" que del lado "policial",
éste último sentido para quienes habitamos
el castellano siempre nos es un peligro tentador. Nos deslizamos
hacia allí con facilidad . Tentación que explicaría
tal vez las dificultades con las que tropezamos cuando queremos
pensar la supervisión y su lógica.
En la historia del psicoanálisis Max Eitingon fue
un protagonista muy importante, si bien nunca tuvo una participación
muy destacada en cuanto a su producción, fue central
su lugar en cuanto a la política, paciente de Freud,
sus sesiones transcurrieron durante las indeclinables caminatas
de Freud, en los atardeceres de Viena.
Freud le confía a Eitingon la organización
centralizada y unificada de lo que concernía a la
formación de los analistas. Es así que funda
la Trainning Comission que desde la IPA coordinaba todas
las asociaciones psicoanaliticas.
Bajo
la poderosa influencia de la Asociación Psicoanálitica
de Estados Unidos la palabra alemana "control"
fue desplazada por el término anglosajón "supervisión".
Desde el inicio la idea del "control analítico"
estuvo ligada a la noción de contratransferencia.
Es Ferenczi quien en una carta de las tantísimas
intercambiadas con Freud , en l908 plantea por primera vez
cuán afectado se sentía en muchas ocasiones
en relación a los dichos de sus pacientes:..."Tengo
una tendencia a considerar como propios los asuntos de los
enfermos...".
Freud, a su vez empleó por primera vez el término
"contratransferencia" en una carta a Jung en l909,
y en un artículo de l910 que se llamó "El
porvenir de la terapia psicoanálitica" mencionaba
la existencia en la persona del analista de una contratransferencia
que se instala en él por la influencia del paciente
sobre la sensibilidad del inconciente del propio analista.
En el mismo escrito Freud plantea que estaba muy próximo
el momento en que se tendría derecho a "plantear
la exigencia de que el médico reconozca en sí
mismo esa contratransferencia y la domine... Sabiendo que
ningún analista puede ir más allá de
lo que le permiten sus propios complejos y resistencias
interiores, exigiendo que todo principiante inicie su actividad
con un autoanálisis y vaya haciéndolo cada
vez más profundo según vaya ampliando su experiencia
en el tratamiento de enfermos. Aquel que no consiga llevar
a cabo semejante autoanálisis puede estar seguro
de no poseer la capacidad de tratar analíticamente
a un enfermo."
En 1919 en un escrito sobre la enseñanza del psicoanálisis
en la universidad, Freud dirá:..."es indudable
que la incorporación del psicoanálisis a la
enseñanza universitaria significaría una satisfacción
moral para todo analista pero no es menos evidente que éste
puede por su parte, prescindir de la universidad sin menoscabo
alguno de su formación. En efecto la orientación
teórica que le es imprescindible la obtiene mediante
el estudio bibliográfico respectivo y más
concretamente en las sesiones científicas de las
asociaciones psicoanáliticas así como por
el contacto personal con los miembros antiguos y experimentados
de las mismas. En cuanto a su experiencia práctica,
aparte de adquirirla a través de su propio análisis,
podrá lograrlo mediante tratamientos efectuados bajo
el control y la guía de los psicoanalistas más
reconocidos"...
Más
tarde Lacan denuncia como lugar resistencial la obligatoriedad
de la supervisión y su condición de requisito
para cumplir con la carrera de analista. Será él
quien recupere el término alemán de "análisis
de control". A partir de la enseñanza de Lacan
todo aquello que atañe al ámbito de la supervisión
se conmueve y se vuelve controversial. El trípode
consagrado por Freud persiste, pero ya no es tan claro,
ya no se medirá en horas obligatorias lo que concierne
al pasaje de analizante a analista. Las fuertes afirmaciones
de Lacan que tienden a cuestionar un psicoanálisis
psiquiatralizado y burocratizado cuestionan la institución
psicoanálitica. Sostiene el análisis de control,
es más lo practica intensamente, recomienda que no
recaiga sobre la misma persona el análisis didáctico
y el análisis de control y sabemos que muchos de
sus pacientes controlaban con él. Licencia de quien
encarna el lugar de fundar, también le pasa a Freud
que analiza a Ana al tiempo que contraindica el análisis
de familiares o allegados muy próximos.
La
supervisión toca directamente la formulación
de Lacan "el analista no se autoriza sino de sí
mismo". Expulsado de la IPA esta afirmación
parece una reacción directa inspirada por la "excomunión"
a la que se siente sometido. Más tarde agregará:
"de sí mismo si es un analista"... "de
sí mismo y en algunos otros"... "de sí
mismo ante otros", todas posiciones que pronuncia entre
1967 y1978. Vemos el problema: si sólo se autoriza
de sí mismo, qué sentido tiene ese dispositivo
donde un analista se dirige a otro para interrogar su clínica.
Si es analista, no es necesario dirigirse a otro que lo
reconozca como tal, deberá soportar su hacer, su
práctica, su acto si queremos ser más lacanianos
a la hora de elegir las palabras. Hablar a otro es siempre
hacerlo desde una posición de analizante, es siempre
demandando interpretación. Por este lado encallamos,
se hace difícil formular una lógica, nos sigue
faltando una metapsicología del análisis de
control. Hace un tiempo una analista comentaba que necesitaba
supervisar cuando sentía que "las orejas se
le empezaban a tapar" y ya no podía escuchar.
Me parece una forma brillante de nombrar lo que creo que
se juega en el dispositivo del análisis de control.
Siempre hay un momento a lo largo de un tratamiento en que
el sentido o el saber, saber sobre un analizante obtura,
"tapa las orejas" y el analista no dispone ya
de aquello medular que hace a su función. Ese vacío,
vacío de sentido que propiciará el discurso.
El analista en el lugar del objeto, objeta todo sentido,
objeta una fijación de goce que tiende a detener
la deriva del decir, del deseo y de la vida.
Freud proponía dejar a un lado el saber, la abstinencia
también incluía no sólo el saber teórico,
también el saber sobre el paciente. Escuchar cada
vez, despojados de ese saber que a veces coagula en la oreja
del analista, un saber inerte que tiende a cerrar el sentido,
que no está abierto a la novedad, a lo no realizado
de la producción inconciente. Quizás esta
vez, por ejemplo, mencione a la madre en algún otro
sentido, desde algún otro lugar, es decir, que esa
escena no sea la de siempre, que algún matiz la diferencie.
Leer esa diferencia requiere suspender lo "sabido del
paciente".
El
dispositivo del análisis de control es eficaz en
este sentido, rescata al analista de cierta alineación
a lo ya sabido, le devuelve la hiancia, medular a su función.
Le permite recuperar ese vacío de sentido que escribimos
"a".
Para concluir tomaría también el espíritu
del origen, un analista se dirige a otro más experimentado,
en quien confía, para pedir consejo, buscar una guía,
todos términos horrorosos para nuestros días.
La noción de maestro es algo que se pierde, pero
para quienes tuvieron la dicha de alguna vez encontrar uno,
sabrán cuan preciosa es la experiencia que allí
acontece, y si bien su destino es la caída, no es
sin él.
Si la lengua francesa tuviera dos significantes para nombrar
cuestiones tan diferentes tal vez Lacan no habría
quedado tan atrapado en el encierro que implica tener una
misma palabra para nombrar amo y maestro, en francés
es metre el significante para ambos sentidos. Metre es maestro
y amo. Confundir amo y maestro engendra una pérdida,
al decapitar al amo nos quedamos sin maestro.