En principio quiero agradecer a la gente de "La Biblioteca",
y especialmente a Ivana Dzialoszycki (1),
que me invitaran a compartir esta mesa de reflexión.
Como hace muchos años que trabajo los textos y el
pensamiento de D. W. Winnicott, la idea que se me propuso
es que aporte algo al tema desde esa especial perspectiva.
Es, entonces, lo que voy a tratar de hacer para la mesa.
El
tema que nos ocupa aquí es la gravitación
que puede ejercer la teoría en la práctica
clínica, y la pregunta que se plantea desde el título,
sobre si puede ser considerada "¿posibilitador
u obstáculo?", invita a una decisión,
o por lo menos sugiere que la teoría, a veces, "juega
en contra" y conspira contra el desarrollo de una cura,
mientras que otras veces, pareciera ofrecer el resorte más
eficaz en donde apoyar, justamente, el curso de un tratamiento.
Supongo
que es útil determinar cuándo la teoría
hace obstáculo o, bien, cuándo posibilita
el desarrollo de una cura, es decir, determinar las variables
-muchas veces subjetivas, con frecuencia institucionales-
que regulan esa oscilación, sin embargo, lo que quisiera
plantear aquí, inspirado en ciertos desarrollos winnicottianos,
es que la gravitación de la teoría en nuestra
práctica, exige no sólo pensar o estar atentos
a esta discriminación, sino tener que asumir y soportar
-como analistas- la paradoja de que la teoría es,
en el mismo movimiento en que nos orienta en la dirección
de una cura, -repito- en el mismo movimiento, posibilitador
y obstáculo.
Si
el analista intenta resolver esta paradoja, desnaturaliza
el proceso analítico. Esa tensión inherente
al trabajo analítico es lo único que da economía
a la presencia del analista en una cura y no hay cura que
progrese -en ningún sentido- sin la presencia del
analista. En este sentido, -para el analista- la teoría
es tanto un riesgo que tiene que asumir, como un necesario
punto de apoyo en la tarea clínica. En el mismo momento
que la teoría lo orienta, y le da cierta claridad
a lo que "está haciendo" y le propone una
dirección y una estrategia posible al analista, también
lo está condenando -y está condenando al paciente-,
lógicamente, tampoco se puede, ni es conveniente,
"ir a tientas" todo el tiempo...
El
punto es admitir y soportar esta paradoja que hace de la
teoría -repito- una herramienta y un obstáculo
-en el mismo instante y en cada acto del analista-. Lo que
habrá que ver -en todo caso- es cómo se articula
la duda "¿posibilitador-obstáculo?"
en cada tratamiento.
De
modo, entonces, que no se trata de resolver, sino de articular
la duda: En este sentido, me gusta recordar una ocurrencia
de Groucho Marx, él decía que cuando se encontraba
frente a un auditorio, y en tanto no dijera una sola palabra,
sus interlocutores permanecerían en la duda de si
él era un genio o un perfecto idiota... Y agregaba,
"¿para qué abrir la boca y sacarlos de
dudas?"
Lo
que Groucho no sabía era que a los pacientes, en
general -y a pesar de lo mucho que eventualmente pueda hablar
el analista- les cuesta bastante salir de dudas... Esta
característica a veces favorece al tratamiento, a
veces lo obstaculiza. La teoría un poco nos tienta
con mantener la boca cerrada, un poco nos alienta y permite
abrirla. A veces, cuando la abrimos hubiéramos querido
mantenerla cerrada, otras, nos quedamos pensando que hubiese
sido bastante bueno abrirla.
El
modo en que Winnicott articulaba estas dos gravitaciones
de la teoría en la práctica clínica,
era en lo que podríamos llamar "falla del analista".
La "falla del analista" permitía orientarse
en un tratamiento. Así, comentaba Winnicott que en
general intervenía en los tratamientos para mostrar
al paciente más los límites de su saber que
los alcances de su comprensión, y en otro contexto,
que intervenía con algunos de sus pacientes -comentaba-
porque si no, ellos se iban creyendo que él lo había
"entendido" todo. Es decir que Winnicott abría
la boca para "fallar". Como sea, la teoría
ofrece el suficiente respaldo como para animar al analista
a abrir la boca, y la paradoja es que al abrirla él
debe esperar, antes que nada, el efecto de una falla. (Por
supuesto, "falla" no debe ponerse en relación
a un presunto "acierto" del analista, no se trata
de esto (la falla se sanciona como tal en trasferencia.)
La
falla está en relación ha cierta conmoción
de la expectativa fantasmática con la que el paciente
regula su lazo transferencial. El analista, de pronto, hace
falla a esa expectativa y se torna extraño al paciente.
No es un momento cómodo para nadie, porque el propio
paciente -en sus intentos de reacomodar el lazo transferencial-
se le hace extraño al analista. Hay fuerte tensión
agresiva La falla es la articulación adecuada, en
el pensamiento de Winnicott, de la teoría como obstáculo
y como vehículo de una cura, cada vez que el analista
interviene.
Soportar
la paradoja que supone que la teoría se encarna como
obstáculo y vehículo en la propia presencia
del analista, implica mantener viva a la teoría y
mantener con vida al analista, resolver la paradoja supone
hacer de la teoría un lenguaje muerto y del analista
algo así como un farsante. De modo que desearía
leerles el fragmento de dos cartas que Winnicott envía
a Bion y a M. Klein, advirtiendo de este penoso detalle
de creer estar resolviendo la paradoja antes indicada:
En
octubre de 1955, le escribe Bion en estos términos:
"...pienso sin duda que la Sociedad (3)
ya está tremendamente aburrida de la repetición
contumaz de términos. En los últimos seis
meses las palabras "identificación proyectiva"
han sido utilizadas varios centenares de veces. Desde luego,
es seguro que dentro de unos meses la palabra "envidia"
se introducirá en todas partes. Como usted sabe,
nos topábamos con la frase "objetos internos"
en todas las comunicaciones hasta el momento que tomó
su lugar "identificación proyectiva". Aquí
hay algo equivocado, y creo y espero que usted participe
en la tentativa que debemos llevar a cabo, si es que la
Sociedad ha de sobrevivir, para dejar atrás estas
tendencias desquiciantes, que tienen la naturaleza de una
repetición contumaz de estribillos musicales.
(4)
" Cito, ahora, unas líneas
que Winnicott escribe a M. Klein, en las que reflexiona
sobre lo sucedido en ocasión de la lectura de un
trabajo propio en la Sociedad Británica de Psicoanálisis
y sobre el debate desarrollado a posteriori (fundamentalmente
a partir del intento de los analistas kleinianos de "traducir"
-y criticar- el texto leído por Winnicott desde una
jerga plagada de aforismos kleinianos):
"Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir
cuán molesto puede resultar, que cuando algo se desarrolla
en mí, por mi propio crecimiento y mi propia experiencia
analítica, yo tenga el deseo expresarlo en mi propio
lenguaje. Es molesto porque supongo que todo el mundo querría
hacer lo mismo, cuando sabemos que en una sociedad científica
uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común.
Sin embargo, ese lenguaje debe mantenerse vivo, ya
que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...)
Personalmente creo que sería muy importante que su
propia obra pueda ser reenunciada por otras personas que
realicen los descubrimientos a su manera y que presenten
lo que descubren en su propio lenguaje. Sólo
de ese modo se mantendrá vivo el lenguaje. Pero si
usted estipula que en el futuro únicamente sea su
propio lenguaje el que debe ser utilizado para la enunciación
de los descubrimientos de otras personas, el lenguaje se
convertirá en un lenguaje muerto, como ya se convirtió
en la Sociedad. (...) Sus ideas sólo perdurarán
en tanto y en cuanto sean redescubiertas y reformuladas
por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico.
(...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje
denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito
constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente
integrado deberá ser atacado en forma destructiva.
Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas
kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente
crecer o crear en el análisis...
(5)
Para
concluir: El título de esta mesa nos propone una
preocupación -casi diría- de estricto orden
epistemológico. En este sentido me gustaría
evocar la reflexión de un eminente epistemólogo
francés, que captó el interés de la
intelectualidad francesa en la década del '60, invitado
especial a algunos de los primeros seminarios de Lacan,
y que a mí, me resulta particularmente agudo en sus
observaciones y entrañable en su modo de formularlas.
Tomo de él una reflexión que quiero compartir
ahora con ustedes. Se puede leer en "La poética
de la ensoñación", que creo fue su último
libro, lo siguiente: "Ah! Los psicoanalistas, piensan
demasiado, no sueñan lo suficiente!!!"
De
modo que, Gastón Bachelard, el eminente epistemólogo
francés, nos invita a comprometernos con la teoría,
de un modo que, ante todo, nos permita soñar a nuestros
pacientes... Supongo que ha de ser por esto que resulta
tan difícil hablar -con cierta honestidad- de la
propia experiencia clínica, es decir, porque nos
da pudor contar nuestros sueños en público.
De todos modos, cuando nos animamos -y podemos compartir
los datos de nuestra experiencia clínica-, el relato
que exponemos a los demás, pero que también
"nos contamos" a nosotros mismos, está
ya bastante cargado de "elaboración secundaria".
Supongo
que no hay otra alternativa, que la teoría es el
único modo, irremediablemente encubridor de contar
nuestros sueños clínicos, pero también
-y esto es lo importante- el mejor vehículo para
poder tenerlos (es decir, para no caer -o, hacer caer- en
el insomnio o en las pesadillas). Recordemos el agradecimiento
con que Winnicott abre "Realidad y juego" -tantas
veces citado-, donde expresa: "A mis pacientes que
pagaron por enseñarme", es decir, que la teoría
que orientaba a Winnicott le permitía permanecer
en posición de no-saber, es decir, de cierta desorientación,
en la dirección de las curas.
Es
evidente que todos debemos "poseer" un cierto
saber teórico a la hora de enfrentarnos con los pacientes,
la paradoja sería que para la mejor posesión
de dicha teoría implica resignar toda ambición
de dominio. Cuanto menos se domina mejor posesión
se tiene de una teoría, y -esto es lo importante-
se la puede usar. Porque una teoría -sobre todo-
tiene que poder ser usada -del mismo modo que los pacientes
deben sentir que pueden "usar" a sus tratamientos
y en especial a sus analistas-.
Como
lo anhelaba Winnicott: "deseo que mis pacientes me
usen, me usen hasta gastarme, y se vayan..."
(1)
Desgrabación de la ponencia de Daniel Ripesi en las
Jornadas 2005 "Las intervenciones de los analistas
(Diversidad, Invención y Experiencia), convocadas
por Reuniones de la biblioteca -red de investigación
en psicoanálisis-, el 3 de diciembre de 2005.
(2) Integrante de la comisión organizadora de las
jornadas.
(3) Se refiere a la Sociedad Psicoanalítica Británica.
El gesto espontáneo, Ed. Paidós, Bs. As.,
1990; negritas mías.
(5) Carta a M. Klein, el día 17 de noviembre de 1952
- en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós,
Bs. As., 1990- (Negritas mías).