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La teoría en la práctica clínica, ¿posibilitador u obstáculo? (1)
Por Daniel C. Ripesi

 

Para el analista, la teoría es tanto un riesgo que tiene que asumir, como un necesario punto de apoyo en la tarea clínica.

 


En principio quiero agradecer a la gente de "La Biblioteca", y especialmente a Ivana Dzialoszycki (1), que me invitaran a compartir esta mesa de reflexión. Como hace muchos años que trabajo los textos y el pensamiento de D. W. Winnicott, la idea que se me propuso es que aporte algo al tema desde esa especial perspectiva. Es, entonces, lo que voy a tratar de hacer para la mesa.

El tema que nos ocupa aquí es la gravitación que puede ejercer la teoría en la práctica clínica, y la pregunta que se plantea desde el título, sobre si puede ser considerada "¿posibilitador u obstáculo?", invita a una decisión, o por lo menos sugiere que la teoría, a veces, "juega en contra" y conspira contra el desarrollo de una cura, mientras que otras veces, pareciera ofrecer el resorte más eficaz en donde apoyar, justamente, el curso de un tratamiento.

Supongo que es útil determinar cuándo la teoría hace obstáculo o, bien, cuándo posibilita el desarrollo de una cura, es decir, determinar las variables -muchas veces subjetivas, con frecuencia institucionales- que regulan esa oscilación, sin embargo, lo que quisiera plantear aquí, inspirado en ciertos desarrollos winnicottianos, es que la gravitación de la teoría en nuestra práctica, exige no sólo pensar o estar atentos a esta discriminación, sino tener que asumir y soportar -como analistas- la paradoja de que la teoría es, en el mismo movimiento en que nos orienta en la dirección de una cura, -repito- en el mismo movimiento, posibilitador y obstáculo.

Si el analista intenta resolver esta paradoja, desnaturaliza el proceso analítico. Esa tensión inherente al trabajo analítico es lo único que da economía a la presencia del analista en una cura y no hay cura que progrese -en ningún sentido- sin la presencia del analista. En este sentido, -para el analista- la teoría es tanto un riesgo que tiene que asumir, como un necesario punto de apoyo en la tarea clínica. En el mismo momento que la teoría lo orienta, y le da cierta claridad a lo que "está haciendo" y le propone una dirección y una estrategia posible al analista, también lo está condenando -y está condenando al paciente-, lógicamente, tampoco se puede, ni es conveniente, "ir a tientas" todo el tiempo...

El punto es admitir y soportar esta paradoja que hace de la teoría -repito- una herramienta y un obstáculo -en el mismo instante y en cada acto del analista-. Lo que habrá que ver -en todo caso- es cómo se articula la duda "¿posibilitador-obstáculo?" en cada tratamiento.

De modo, entonces, que no se trata de resolver, sino de articular la duda: En este sentido, me gusta recordar una ocurrencia de Groucho Marx, él decía que cuando se encontraba frente a un auditorio, y en tanto no dijera una sola palabra, sus interlocutores permanecerían en la duda de si él era un genio o un perfecto idiota... Y agregaba, "¿para qué abrir la boca y sacarlos de dudas?"

Lo que Groucho no sabía era que a los pacientes, en general -y a pesar de lo mucho que eventualmente pueda hablar el analista- les cuesta bastante salir de dudas... Esta característica a veces favorece al tratamiento, a veces lo obstaculiza. La teoría un poco nos tienta con mantener la boca cerrada, un poco nos alienta y permite abrirla. A veces, cuando la abrimos hubiéramos querido mantenerla cerrada, otras, nos quedamos pensando que hubiese sido bastante bueno abrirla.

El modo en que Winnicott articulaba estas dos gravitaciones de la teoría en la práctica clínica, era en lo que podríamos llamar "falla del analista". La "falla del analista" permitía orientarse en un tratamiento. Así, comentaba Winnicott que en general intervenía en los tratamientos para mostrar al paciente más los límites de su saber que los alcances de su comprensión, y en otro contexto, que intervenía con algunos de sus pacientes -comentaba- porque si no, ellos se iban creyendo que él lo había "entendido" todo. Es decir que Winnicott abría la boca para "fallar". Como sea, la teoría ofrece el suficiente respaldo como para animar al analista a abrir la boca, y la paradoja es que al abrirla él debe esperar, antes que nada, el efecto de una falla. (Por supuesto, "falla" no debe ponerse en relación a un presunto "acierto" del analista, no se trata de esto (la falla se sanciona como tal en trasferencia.)

La falla está en relación ha cierta conmoción de la expectativa fantasmática con la que el paciente regula su lazo transferencial. El analista, de pronto, hace falla a esa expectativa y se torna extraño al paciente. No es un momento cómodo para nadie, porque el propio paciente -en sus intentos de reacomodar el lazo transferencial- se le hace extraño al analista. Hay fuerte tensión agresiva La falla es la articulación adecuada, en el pensamiento de Winnicott, de la teoría como obstáculo y como vehículo de una cura, cada vez que el analista interviene.

Soportar la paradoja que supone que la teoría se encarna como obstáculo y vehículo en la propia presencia del analista, implica mantener viva a la teoría y mantener con vida al analista, resolver la paradoja supone hacer de la teoría un lenguaje muerto y del analista algo así como un farsante. De modo que desearía leerles el fragmento de dos cartas que Winnicott envía a Bion y a M. Klein, advirtiendo de este penoso detalle de creer estar resolviendo la paradoja antes indicada:

En octubre de 1955, le escribe Bion en estos términos: "...pienso sin duda que la Sociedad (3) ya está tremendamente aburrida de la repetición contumaz de términos. En los últimos seis meses las palabras "identificación proyectiva" han sido utilizadas varios centenares de veces. Desde luego, es seguro que dentro de unos meses la palabra "envidia" se introducirá en todas partes. Como usted sabe, nos topábamos con la frase "objetos internos" en todas las comunicaciones hasta el momento que tomó su lugar "identificación proyectiva". Aquí hay algo equivocado, y creo y espero que usted participe en la tentativa que debemos llevar a cabo, si es que la Sociedad ha de sobrevivir, para dejar atrás estas tendencias desquiciantes, que tienen la naturaleza de una repetición contumaz de estribillos musicales. (4) " Cito, ahora, unas líneas que Winnicott escribe a M. Klein, en las que reflexiona sobre lo sucedido en ocasión de la lectura de un trabajo propio en la Sociedad Británica de Psicoanálisis y sobre el debate desarrollado a posteriori (fundamentalmente a partir del intento de los analistas kleinianos de "traducir" -y criticar- el texto leído por Winnicott desde una jerga plagada de aforismos kleinianos):
"Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir cuán molesto puede resultar, que cuando algo se desarrolla en mí, por mi propio crecimiento y mi propia experiencia analítica, yo tenga el deseo expresarlo en mi propio lenguaje. Es molesto porque supongo que todo el mundo querría hacer lo mismo, cuando sabemos que en una sociedad científica uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, ese lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...) Personalmente creo que sería muy importante que su propia obra pueda ser reenunciada por otras personas que realicen los descubrimientos a su manera y que presenten lo que descubren en su propio lenguaje. Sólo de ese modo se mantendrá vivo el lenguaje. Pero si usted estipula que en el futuro únicamente sea su propio lenguaje el que debe ser utilizado para la enunciación de los descubrimientos de otras personas, el lenguaje se convertirá en un lenguaje muerto, como ya se convirtió en la Sociedad. (...) Sus ideas sólo perdurarán en tanto y en cuanto sean redescubiertas y reformuladas por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico. (...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente integrado deberá ser atacado en forma destructiva. Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente crecer o crear en el análisis... (5)

Para concluir: El título de esta mesa nos propone una preocupación -casi diría- de estricto orden epistemológico. En este sentido me gustaría evocar la reflexión de un eminente epistemólogo francés, que captó el interés de la intelectualidad francesa en la década del '60, invitado especial a algunos de los primeros seminarios de Lacan, y que a mí, me resulta particularmente agudo en sus observaciones y entrañable en su modo de formularlas. Tomo de él una reflexión que quiero compartir ahora con ustedes. Se puede leer en "La poética de la ensoñación", que creo fue su último libro, lo siguiente: "Ah! Los psicoanalistas, piensan demasiado, no sueñan lo suficiente!!!"

De modo que, Gastón Bachelard, el eminente epistemólogo francés, nos invita a comprometernos con la teoría, de un modo que, ante todo, nos permita soñar a nuestros pacientes... Supongo que ha de ser por esto que resulta tan difícil hablar -con cierta honestidad- de la propia experiencia clínica, es decir, porque nos da pudor contar nuestros sueños en público. De todos modos, cuando nos animamos -y podemos compartir los datos de nuestra experiencia clínica-, el relato que exponemos a los demás, pero que también "nos contamos" a nosotros mismos, está ya bastante cargado de "elaboración secundaria".

Supongo que no hay otra alternativa, que la teoría es el único modo, irremediablemente encubridor de contar nuestros sueños clínicos, pero también -y esto es lo importante- el mejor vehículo para poder tenerlos (es decir, para no caer -o, hacer caer- en el insomnio o en las pesadillas). Recordemos el agradecimiento con que Winnicott abre "Realidad y juego" -tantas veces citado-, donde expresa: "A mis pacientes que pagaron por enseñarme", es decir, que la teoría que orientaba a Winnicott le permitía permanecer en posición de no-saber, es decir, de cierta desorientación, en la dirección de las curas.

Es evidente que todos debemos "poseer" un cierto saber teórico a la hora de enfrentarnos con los pacientes, la paradoja sería que para la mejor posesión de dicha teoría implica resignar toda ambición de dominio. Cuanto menos se domina mejor posesión se tiene de una teoría, y -esto es lo importante- se la puede usar. Porque una teoría -sobre todo- tiene que poder ser usada -del mismo modo que los pacientes deben sentir que pueden "usar" a sus tratamientos y en especial a sus analistas-.

Como lo anhelaba Winnicott: "deseo que mis pacientes me usen, me usen hasta gastarme, y se vayan..."

(1) Desgrabación de la ponencia de Daniel Ripesi en las Jornadas 2005 "Las intervenciones de los analistas (Diversidad, Invención y Experiencia), convocadas por Reuniones de la biblioteca -red de investigación en psicoanálisis-, el 3 de diciembre de 2005.
(2) Integrante de la comisión organizadora de las jornadas.
(3) Se refiere a la Sociedad Psicoanalítica Británica.
El gesto espontáneo, Ed. Paidós, Bs. As., 1990; negritas mías.
(5) Carta a M. Klein, el día 17 de noviembre de 1952 - en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós, Bs. As., 1990- (Negritas mías).

 
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