“…durante mucho tiempo soñé que mi madre era negra. Yo me había inventado una historia, un pasado para huir de la realidad a mi vuelta de África, en ese país, en ese lugar donde yo no conocía a nadie, donde me había vuelto un extranjero” J. M. G. Le Clèzio, El Africano
El propósito de este trabajo es compartir algunas reflexiones que surgieron en mí durante el análisis de un niño de 11 años.
Habiendo tenido el tratamiento una evolución favorable, me interesó reconstruir, aunque fuera en parte, las condiciones analíticas que se requerían para conducirlo. Algunas nociones de la obra de Winnicott como la de Espacio Transicional, Zona de Ilusión o Experiencia de Omnipotencia, me ayudaron tanto a repensar aciertos y errores, como a dimensionar la gravedad del caso, tema principal de estas jornadas.
El paciente al que llamaré Manuel, es derivado al hospital, de una Escuela de niños Ciegos y Disminuidos Visuales. El contacto inicial con el caso, lo tengo a través de la Psicóloga y la Trabajadora Social de dicha escuela, quienes propusieron acompañar al papá a la primera entrevista. El padre no asiste a este primer encuentro, siendo entonces a través de ellas que me llegan los primeros datos del paciente.
Ambas se muestran muy preocupadas por Manuel y aclaran que es un caso especial por diversos motivos. Por un lado razones socio-económicas ya que quién está a cargo del niño, es sólo el papá, que trabaja de vendedor ambulante. La falta de dinero hizo que ambos se tuvieran que mudar continuamente y vivir con familiares en lugares muy precarios. El colegio ha aportado a padre e hijo un respaldo simbólico y material ya que recibieron, útiles, ropa y en ocasiones se le prestó al papá dinero para las mudanzas. No quiero dejar de señalar que llamó mi atención lo adecuado de la posición desde donde se aportaba esta ayuda, motivo por el cual, no se complicaba una situación que fácilmente podía devenir incómoda.
Volviendo a Manuel, comentan las profesionales que es un niño afectuoso y muy inteligente, pero con reacciones que le obstaculizan el aprendizaje y el vínculo con sus compañeros. Agregan que si bien el equipo docente tenía experiencia en el trabajo con niños con problemática psicológica, a la mayoría de las maestras el trabajo con Manuel se les tornaba muy difícil. Especialmente cuando atravesaba crisis donde estallaba en llantos y gritos. Tanto la Psicóloga como la Trabajadora Social coincidían en que el estallido iba acompañado de una gran congoja que paralizaba a quienes estaban con él.
Algunos datos de la Historia del Paciente
Las entrevistas con el papá fueron pocas y bastante accidentadas. Avisaba que no podía llegar o se iba antes de tiempo. Se lo notó siempre con una incomodidad angustiosa que hacía difícil el armado de la historia. Consideré tomar esta dificultad como un dato y guardar algunos interrogantes para un momento más propicio.
Del material que pude reconstruir, sabemos que Manuel nació de la unión de Gustavo y Mónica quienes se separaban y juntaban continuamente. “Ella era muy veleta dice Gustavo, ya tenía tres hijos antes que había abandonado. Después siguió teniendo más y parece que también los dejó por ahí”. Entre peleas y reconciliaciones en las que Mónica desaparecía por varios días, nace un año después de Manuel, Federico el segundo hijo.
A los pocos meses de vida de Manuel, aparecen en él signos neurológicos que al ser estudiados, los médicos concluyen que se trata de un tumor cerebral. Por este motivo es operado a los 6 meses, a los 2 años y a los 5. El tumor se extrae casi por completo pero queda ciego. Tiempo antes de la segunda operación, Mónica, la mamá, deja la casa. Desbordado por la situación Gustavo pide ayuda a uno de sus hermanos, quien acepta llevar a vivir consigo sólo a Federico. Manuel queda viviendo con su papá desde aquel momento.
Pasados 2 años Gustavo vuelve a estar en pareja y tiene 2 hijas con la nueva mujer “Ella colaboraba bastante con la crianza de Manuel, pero a los 3 años se separan”.
En la actualidad Manuel se visita con sus 3 hermanos. Las niñas siguen viviendo con su mamá biológica, y Federico, con la tía hermana de Gustavo, a quien desde hace años le dice mamá.
Algunos pasajes del trabajo con el Paciente
Manuel se muestra desde el principio como un chico enérgico, afectuoso y por momentos bastante histriónico. Se maneja muy bien en el espacio, debido probablemente, al hecho de haber contado en el inicio de su vida, con un pequeño resto visual.
Con mucho acento peruano, a pesar de ser argentino, se dispuso enseguida a hablar, por lo general de algo referido a la escuela. Su discurso se desorganizaba con frecuencia, al punto de no poder comprender lo que transmitía. De a ratos se volcaba a un modo de hablar poético, jugando con las palabras, transformándolas a piacere como quien hace variaciones sobre una melodía. También al expresarse intercalaba canciones (quizá su principal tesoro) usándolas como medio para decir lo que quería explicar. Era claro su placer por comunicar, inventar palabras, recortar y pegar canciones y poesías. Sin embargo, un costado complejo de este uso particular del lenguaje, es la incomunicación que produce no saber qué elementos de los que se usan, son o no socialmente compartidos.
Escuchar a Manuel, en los inicios, trajo a mi memoria el caso Didier, que le presentan a Dolto un grupo de psicoanalistas canadienses, quien tenía un lenguaje bien estructurado pero solo él lo entendía. Ella allí dice “que se trata de un niño que se embarca en la sola necesidad de la palabra y se corta la sociabilidad del lenguaje”.
A medida que transcurrían las entrevistas, el decir de Manuel se fue organizando sin perder sus características lúdicas. Comenzó a traer con energía y hasta cierta prepotencia sus temas de interés. Intercalaba algunas afirmaciones que trasuntaban un peso transferencial, por ejemplo cuando comenta:”Sabés que la Psicóloga del colegio tiene mamá y papá?. Pregunta luego ¿Vos tenés mamá y papá?. Considerando lo inoportuno de no responder en este caso, arriesgo un sí. El entonces agrega “Claro, porque una psicóloga tiene que tener familia”.
De este modo Manuel va construyendo y señalando cuáles son las características indispensables que necesita de un analista.
En la sesión siguiente despliega un universo imaginario poblado de madres, abuelas, tías y hermanos “Yo tengo la mamá Ana que me regaló dos CD de Madonna, la mamá Graciela que me invitó para la navidad a su casa y la mamá Adriana que me compró una campera”. Pude contabilizar 9 madres, 4 tías, 4 abuelas y 6 hermanos. Algunos de los nombres de las madres coincidían con los de sus maestras.
Advertí la importancia de tomar nota de la complejidad de este universo, respetándolo con exactitud y sin introducir suspicacias sobre su realidad.
Consideré que estas producciones imaginarias, que parecen tener un carácter delirante, contribuyen a mediar entre el principio de placer y el principio de realidad y son tanto un reconocimiento de lo que debe ser aceptado como un rechazo de lo que aún no se puede tolerar.
Winnicott en el artículo “Alucinación y desalucinación” de 1957 afirma que la mayoría de los chicos alucinan libremente y que no es anormal que una madre diga que en el pasillo de su casa hay una vaca y que su hijo de cuatro años tiene dificultades por este impedimento. Ese mismo chico tiene toda una serie de objetos imaginarios que deben ser tratados con el debido respeto.
Algunas sesiones después, ante preguntas de la analista, Manuel comenzó a mostrarse muy enojado y por momentos casi desesperado. Este estado me hizo recordar lo dicho por las profesionales de su escuela, sobre el tipo de angustia que invadía a Manuel durante sus crisis y sobre lo difícil que resultaba contenerlo. En más de una oportunidad se dirigió a la analista retándola con énfasis y diciendo:”Tú te equivocas Psicóloga, otra vez te equivocas, cállate, no preguntes”
A esto seguía una desazón que parecía ser angustia pero al no funcionar ni como motor ni como orientador de la cura, lo pensaría como un ejemplo de lo que Freud denomina Hilflosigkeit, traducido como “desvalimiento”, “desamparo” o “carencia”. Según el diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontalis se refiere al estado del lactante que dependiendo totalmente de otra persona para la satisfacción de sus necesidades, se halla impotente para realizar la acción específica adecuada para poner fin a la tensión interna. Reconocí entonces que el paciente pedía un estricto cuidado de lo que estaba creando, como si dijera: “Silencio, artista trabajando, prohibido desconcentrarlo.”
Ante estas manifestaciones pude pensar que ese no era el momento adecuado para introducir variantes, interrogar o relacionar elementos sino mas bien ser testigo y soporte de un mundo ilusorio tan complejo como necesario. Resultaba una verdadera paradoja que un niño sin visión guiara con tanta precisión a la analista, señalando los límites de los territorios que podían ser transitados y los que aún debían esperar.
José Valeros en su libro “El jugar del analista”, reflexiona sobre la cura de un adolescente grave y dice: “Esta nota pretende sugerir al analista la máxima cautela, prudencia y tolerancia ante situaciones concretas de enfrentamiento con sus pacientes, antes de hacer responsable al paciente por una situación de crisis en el tratamiento.
En esta circunstancia, yo fallé porque no permití el libre curso de la transferencia, no me sometí a una orden tiránica del paciente lo cual hubiera establecido que yo estaba disponible para adaptarme a sus necesidades. Afortunadamente Roberto no necesitaba de aquello en que erré para proseguir con el curso de su diseño inconsciente de la cura”.
Un poco más adelante Manuel me interroga sobre algunos lugares del mundo donde considera que podría vivir cuando sea grande y tuviera una esposa que se llamaría Marcela, algunos hijos y una mamá.
Decía: “Psicóloga, ¿cómo es Londres?” La analista intentaba recordar sus conocimientos de Geografía para recrear la respuesta. Manuel sigue investigando y pregunta ¿Y Haití?, como en este caso la analista hizo alusión a la pobreza de ese país, Manuel le responde: “Mejor de esos países donde sufre la gente no me averigües, busquemos otros”.
Una de las formas en que Winnicott concibe a los espacios y fenómenos transicionales, es que sean zonas libres de exigencia, es decir que brinden la posibilidad de atravesar experiencias de omnipotencia. En este sentido acompañar a Manuel en este recorrido y búsqueda de lugares donde no hay sufrimiento, no constituye una negación de la castración sino más bien implica la creación de espacios lo suficientemente confiables y seguros que permitan simbolizar el sufrimiento que necesariamente implica la existencia.
montcecil@yahoo.com.ar